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La Ciudad arcaica y la expansión colonial

I. LA CIUDAD ARCAICA

La Ciudad presenta una notable uniformidad estructural aun cuan­ do sus regímenes políticos, el ritmo del desarrollo económico, intelec­ tual y cultural e, incluso, ideológico, varíen considerablemente. Seguían hacía notar M.I. Finley, si bien cuesta algún trabajo encontrar una de­ finición que permita circunscribir el mundo de la Ciudad, los antiguos no tenían dudas a la hora de aplicar correctamente el término, de mo­ do que no experimentaron la necesidad de definirlo. Sus usos nos mues­ tran que, ante todo, se trataba de una comunidad humana: no eran Te- ra, Atenas o Síbaris las que tomaban un decisión o firmaban un trata­ do, sino los tereos, los atenienses o los sibaritas; para Alceo, los ciuda­ danos —y no la ciudad— eran quienes organizaban la defensa.

La llamabanpolis\ geográficamente, era el conjunto de ciudad y te­ rritorio, son sus hábitats agrupados o caseríos dispersos, puerto, acró­ polis, llanura o colinas: todo ello se fundía en la Ciudad. La diversi­ dad era bien venida, pues ayudaba a acercarse a la autarquía, nunca conseguida del todo, pero considerada como garantía necesaria de la libertad y la autonomía. No hubo oposición ni, menos, sumisión entre lo rural y lo urbano. Muchos residentes urbanos vivían de las rentas de sus campos que a menudo explotaban directamente, mientras que mu­ chos aristócratas, que durante mucho tiempo aún, serían los verdade­ ros dueños del poder, vivían en el campo. Otros muchos, en fin, desa­ rrollaban actividades dobles, y aun triples, que los llevaban tan pronto a la ciudad como a sus campos o a la mar.

Las fincas estaban siempre cerca del centro político, pues su superfi­ cie era limitada: las dimensiones de una Ciudad como Atenas (2.600 km 2, aprox.) son excepcionales; en el extremo opuesto, en los 173 km 2

de la isla de Ceos había cuatro poleis. Por ello no tenía nada de incom­ patible vivir en la ciudad y trabajar en el campo y la urbanización, fre­ cuentemente nacida de un sinecismo o de una necesidad defensiva, no suponía necesariamente una división de la población.

Además, el aislamiento del individuo era raro. La población era res­ tringida y la administración, inexistente: las relaciones de vecindad de­ sempeñaban una función considerable (definición de límites de pro­ piedades, testimonios, préstamos sin interés de todas clases). Más aún: el individuo estaba prendido en una trama de relaciones familiares o pseudofamiliares, a veces oscuras (parentesco ficticio e integración co­ mún en un grupo tenían tanta importancia —salvo para las herencias— como el parentesco real). Parece que el oikos siguió siendo la célula bá­ sica, aunque la Ciudad no lo tenía en cuenta sino a efectos de arreglos de herencias o de repartos (p. ej., distribución de kleroi o participación en el esfuerzo colonizador).

El genos, agrupación de oikoi, reúne artificialmente a cuantos se supone descendientes de un antepasado común, mítico, por lo gene­ ral; las posesiones de sus miembros radican, generalmente, en una misma zona. Tal es el grupo privilegiado de los nobles, a través del cual se

«N i las piedras, ni Jas m aderas ni sus constructores hacen Ja C iudad: Ja Ciu­ dad y sus m urallas están doquiera se hallen hom bres capaces de procurar su seguridad». (ALCEO , poeta, aristócrata y soldado, Mitilene, fines del siglo vu. E d. Loeb, 29)

CIUDAD Y CAMPO

Cora o Khora. Territorio de la Ciudad- estado, por oposición a! núcleo urba­ no en sí.

Á tica. Ver m apa 12

Sinecism o. Agrupación de aldeas con­ ducente al establecim iento de un a ad­ ministración com ún y cultos e institu­ ciones políticas tam bién com unes, pe­ ro sin desplazam iento del hábitat; el proceso fue, probablemente, casi siem­ pre muy gradual.

LA POSICIÓN DEL INDIVIDUO

O ikos. Ver capítulo IV, III Kleros, «lote». En su sentido etim oló­ gico, lote de tierra que se atribuye, me­ diante sorteo, al ciudadano. G enos, pl. gené. Etimológicamente vinculado a la noción de nacim iento, fam ilia, raza, descendencia.

U na crítica del concepto tradicional de

genos se ofrece en la tesis de F. BOU- RRIOT, Recherches sur la nature du ge­ nos, Lila, 1976. Véase N . del T ., al co­

mienzo de este capítulo.

Phylé

Ver capítulos VI, III y IX, I

LOS GRUPOS SOCIALES

«Los más conocidos entre estos depen­ dientes son los hilotas lacedemonios, los penestas de Tesalia, los uoicos de Creta, los quilirios de Siracusa, los bi- tinios de Bizancio, los m ariandinos de H eradea del Ponto, los paroicos y pe- latas de todas clases en Istros, Querso- neso de Táuride y en el reino del Bos­ foro. ..»

(PO LU X, g r ie g o a l e ja n d r in o d e l s ig lo ii d . d e C ., a u t o r d e u n d ic c io n a r io , el

Qnomástikon).

produce la afirmación de su poder; no obstante, es posible que los no nobles formasen parte del genos, a título de una especie de clientela de hombres libres bajo la protección de los más poderosos a quienes, en tal caso, servirían.

Parece que, paralela y más antiguamente, existían las fratrías, «her­ mandades» ficticias también, de las que no sabemos si, como piensa A. Andrewes, agrupaban únicamente a las familias nobles de varios gene o si también a sus dependientes no integrados en aquéllos. En la litada es una agrupación de carácter militar, pero, en la época clásica, la fra­ tría desempeña un importante papel en el reconocimiento de la legiti­ midad de los hijos (y, por lo tanto, de la ciudadanía). Su actividad pa­ rece sobre todo religiosa y familiar: garantiza un solidaridad en el co­ mún respeto a los muertos. Ciertos no nobles (que no necesariamente son pobres) se agrupan en orgeones, con un fundamento asimismo cul­ tual; en Atenas acabarán por integrarse en las fratrías. Por último, apa­ recen los thiasoi, en que se juntan gentes de todas clases, acaso para cultos comunes.

El papel histórico de la tribu (phylé) no se hace visible sino desde el siglo VII. Con anterioridad, la población aparece tradicionalmente repartida, entre los dorios, en tres tribus y en cuatro entre los jonios, lo que sirve de base a la organización social y política. La integración en el cuerpo cívico de nuevos miembros de derecho y su acceso a la par­ ticipación política activa van acompañados de una recomposición tri­ bal.

Aunque ignoramos el origen, finalidad y actividades colectivas de estas asociaciones, comprobamos, no obstante, que daban sólida estruc­ tura al cuerpo social y que cuantas reformas apuntaron a modificar pro­ fundamente las relaciones sociopolíticas las manipularon; resultaban, sin duda, esenciales para el funcionamiento de la Ciudad, como inter­ mediarias entre los individuos y la comunidad.

No todos los habitantes de una Ciudad se hallan integrados en su comunidad en igual grado. Los no libres forman un grupo aparte, bas­ tante heterogéneo, por lo demás. El esclavo comprado o criado por su amo forma parte del oikos o del taller artesano; es extraño a la Ciudad. El hombre libre que cae en esclavitud es vendido fuera de ella y queda excluido de la comunidad. Pero hay muchas gentes sujetas a servidum­ bre en las tierras que deben trabajar, aun gozando de una relativa auto­ nomía en su existencia y de algunas oportunidades para librarse de esta condición. «Entre la libertad y la esclavitud», según la expresión de Pó- lux, suponen un grupo nada despreciable y, a veces, incluso predomi­ nante en la Ciudad, por lo cual ésta no puede inhibirse a su respecto. Aunque excluidos de toda participación en decisiones, están inte­ grados en la Ciudad, más que el mero extranjero. Se duda en incluir en este grupo a los campesinos reducidos a situación de dependencia económica y moral, aunque conservando —¿durante cuánto tiempo?— su estatuto de hombres libres. Su número acabó por plantear proble­ mas, como sucedió en la Atenas presoloniana, y sus condiciones de exis-

tencia los acercaron paulatinamente a la servidumbre. No obstante, si­ guieron en posesión de sus derechos, como ciudadanos virtuales, ya que la abolición de las deudas bastó para restablecerlos en su integridad po­ lítica.

Los hombres libres de la Ciudad tampoco son un conjunto homo­ géneo, aun dejando a un lado a los extranjeros, grupo de difícil estudio para esta época. Las desigualdades sociales —muy relativas, a nuestros ojos, ya que apenas existían grandes fortunas— se traducen, de hecho, en el poderío de una aristocracia que concentra todos los poderes: se atri­ buye el derecho de juzgar, en tanto que no hay derecho escrito ni con­ trol popular; y se reserva las funciones importantes del Estado hasta.pl punto de que la Ciudad es, primero, la aristocracia. Al mismo tiempo, posee buena parte de los bienes raíces. No sabemos si el ejercicio de funciones importantes permitió a algunos apropiarse de más tierras o a la inversa. Después, el privilegio de cuna desempeña el papel esen­ cial. Pero el mantenimiento de los poderes de esta casta implica que los bienes de la familia, aun sin dividirse ni enajenarse, se mantengan en proporción con el número de sus miembros; en caso contrario, algu­ nos acaban excluidos del grupo por su pobreza o se marchan en busca de fortuna a otra parte o, incluso, emprenden nuevas actividades. En el seno de esta aristocracia ocurre que consiguen destacarse uno o varios

gene, que llegan a monopolizar el poder (más de hecho que de dere­

cho), como los Baquíadas de Corinto, los Basílidas de Efeso y muchos otros más en el mundo asiático. Se trata, entonces, de una oligarquía más o menos estricta, aunque siempre frágil.

Muchos hombres libres, de distinta fortuna, se encuentran, de este modo, sometidos al gobierno de unos cuantos. Por etapas sucesivas (y no siempre completamente), el demos acaba por imponer una amplia­ ción del cuerpo cívico activo mediante la paulatina integración de to­ dos en las instancias de deliberación y judiciales y la potenciación del control sobre los dirigentes.

Puede admitirse que las transformaciones militares desempeñaron un papel decisivo en estas conquistas políticas, pues es cierto que no puede imponerse la defensa de la Ciudad a quien no está preocupado por ella. Las representaciones figuradas nos muestran que la organiza­ ción del ejército como falange hoplítica era un hecho a mitad del siglo

Vil. Todo está allí: la lanza de acometida, el yelmo, el coselete liso, las cnémides o grebas, el escudo redondo de asa doble y, sobre todo, la falange compacta marchando al ritmo marcado por el auleta. Por sepa­ rado, estos elementos estaban ya adoptados a comienzos del siglo Vil. La cohesión interna de la falange está íntimamente relacionada con el escudo: sujeto sólidamente, ya no puede echarse a la espalda para pro­ teger la huida; al contrario, por delante, cubre la parte izquierda del cuerpo y la derecha del compañero de fila; de ahí una solidaridad to­ tal, un entrenamiento colectivo regular y la necesaria cohesión en la ac­ ción (y en el valor); de ahí, también, la desaparición de los profesiona­ les de la guerra y una igualdad absoluta entre combatientes: se termi-

PODERÍO DE LA ARISTOCRACIA

D em os. Territorio y, luego, población que lo ocupa. El término cobra ense­ guida sentido político (los titulares de derechos o los ciudadanos) o socioló­ gicos (los no aristócratas; a veces, los pobres).

LA REFORMA HOPLITICA

El escudo de hoplita

A uleta. Tocador de aulos, especie de oboe.

«Agón significa com petición y la pala­

bra agonístico describe el mundo de las

com peticiones atléticas que desem pe­ ñaron una función creciente en la vida de la aristocracia y de la polis. Sin em ­ bargo, con la palabra agonal se alude

a un concepto más am plio: al espíritu de com petición leal en todos los cam ­ pos de la existencia, incluso en la gue­ rra... En ningún otro pueblo como en el griego encontram os al gusto por la com petición inform ándolo todo en la vida, privada y p ública, artística y p o ­ lítica, en el interior del Estado y entre Estados.»

( v EHRENBERG, From Solon to Socrates,

1968, p . 19)

ESTRUCTURA POLÍTICA

Magistraturas

M agistrado. C iudadano investido de un cargo o de una función pública. El uso del término procede de la traduc­ ción latina por magistratus de la voz

griega arconte.

Arconte. El que ostenta la arjé, poder

de m ando y de decisión, por delega­ ción y bajo control.

El consejo (Bulé, Boulé)

Probúleum a, proboúleuma. Proyecto

elaborado por el Consejo y som etido a votación de la Asam blea.

La Asamblea

naron los campeones fuera de filas, aun cuando queden sus vestigios en la existencia de unidades de «selectos» y en algunos relatos herodo- teos.

Pero una falange tan compacta no puede apenas maniobrar si no es en campo abierto y en un combate no improvisado; tampoco es apta para la persecución del enemigo derrotado. La guerra se inscribe en una mentalidad arcaica; es el agón, en el que se desea mostrar la propia su­ perioridad y mantener el terreno para consagrar allí a los dioses las ar­ mas abandonadas por el adversario. Esta forma de guerra, arcaica en su táctica, resultó de efectos políticos revolucionarios: si bien no todos podían pagarse tal armamento, al menos quienes sí podían no soporta­ ron por más tiempo la contradicción entre la igualdad en el combate y la desigualdad en el poder. Por ello, muchas de las reivindicaciones políticas del demos debieron de triunfar con ocasión de tal o cual com­ bate. De este cuadro está ausente la caballería; existe, sin embargo, pe­ ro,, como reclutada entre los más ricos, no es aún mucho más que una infantería montada y un cuerpo de enlace.

¿En qué consistía la participación en el poder político? No había, aún, reglas bien definidas: todo se traducía en términos de poderes he­ redados o adquiridos paulatinamente, aunque existía un marco ya asen­ tado, acaso desde hacía siglos: magistraturas, consejo y asamblea eran la trilogía institucional inherente a la Ciudad; su composición y fun­ cionamiento, así como su número, eran variables.

Para Aristóteles, la creación de arcontes habría ido pareja con una reducción del poder regio en beneficio de los aristócratas. Tal evolu­ ción se adecúa poco al caso de Esparta; por otra parte, el lawagetas ya existía simultáneamente con el wanax micénico; y, además, el basileus homérico no parece que tenga tantos poderes como para pensar en poder dividirlos en distintas especializaciones. Las funciones de los ar­ contes también nacieron a medida de la evolución de las necesidades de una comunidad cuyo carácter político se consolidaba y estructuraba, quedando para el basileus lo que ya era antes su función esencial: vin­ cular a la comunidad con los dioses. Estos magistrados (arconte, pole- marca, prítano, etc.) eran los jefes de la Ciudad, pero no sus sobera­ nos.

Son asistidos por un Consejo, compuesto de manera aún aristocrá­ tica, pero según modalidades precisas, que no conocemos bien y que quizás fuesen variables, incluyendo a todos los jefes de las grandes fa­ milias o sólo a una parte, sin que sepamos si era por elección o innata­ mente, vitalicia o temporalmente, sin límite de edad o, como en Es­ parta, desde los sesenta años. Todo es posible. Aconsejaba y controlaba tanto a los magistrados cuanto a la Asamblea y ejercía, con seguridad, un importante papel judicial. Algunas Ciudades crearon un segundo consejo democrático.

Finalmente, la soberanía pertenecía a la Asamblea. Su composición es problemática y no sabemos si podían participar los ciudadanos cuyo nivel de renta no les permitiese alcanzar la condición de hoplitas, aun-

que es posible, si suponemos que servían en el ejército en otros niveles; o si se admite que la Ciudad era algo más que su ejército, y que su Asamblea era algo más que una simple asamblea de soldados. En Atenas, por ejemplo, habría sido Solón quien la abrió a todos. Sea como fuere, la Asamblea amplió su competencia a medida que la Ciudad se conso­ lidó y votaba decisiones que obligaban al conjunto de la comunidad, aunque no sabemos si todas debían pasar por la Asamblea; ello hubiera hecho más fácil su aplicación y respondería a una concepción determi­ nada de la colectividad; en todos los casos, el Consejo y los magistrados tendrían que haber preparado previamente el debate. ¿Cuáles eran los asuntos sobre los que podía pronunciarse el voto de la Asamblea? Las relaciones con el extranjero (en particular, las alianzas) y, desde luego, la paz y la guerra. Esta parece vinculada a una afirmación territorial de las Ciudades más importantes; la frontera, elemento antaño desdeña­ ble, se convierte en un límite por cuya precisión hay que preocuparse. También debían de depender de la Asamblea la elección de los magis­ trados y, a veces, de los consejeros, los asuntos religiosos (organización de cultos y fiestas, edificios), las fundaciones de colonias, las decisiones de urbanismo (construcción de fortificaciones, modificación de traza­ dos viarios, demarcación y construcción del ágora, acondicionamiento del puerto, etc.) y, por último, una creación fundamental: la moneda.

Hasta donde sabemos, la moneda es un hecho tardío. A las estima­ ciones de grandes valores en bueyes, caballos o mujeres se añadían los metales, que se pesaban en lingotes, talentos, trípodes, hachas dobles, calderos y, más frecuentemente, en dracmas (puñado de seis óbolos o varillas). Pero la idea de una pieza de metal raro (electron, oro o plata), de peso siempre igual y sellada para indicar su valor e identificar al po­ der público que la garantizaba, nació seguramente en Lidia, en el ter­ cer cuarto del siglo VII; pasó, primero, a las ciudades griegas de Asia Menor y no llegó al continente hasta el último cuarto del siglo; empezó Egina, seguida de lejos por Corinto y Atenas, en el primer cuarto del siglo VI, y por Eubea, ya en el 5 3 0 . El inicio cronológico absoluto nos viene dado por el tesoro del Artemisio de Efeso, con el paso de la gota de metal sin tipos a la moneda con ellos. Esta se impuso en la ciudad emisora con un premio, privilegio de que carecía fuera de sus fronte­ ras. Pero las razones de la aparición de la moneda no pueden estar en las necesidades mercantiles. Las primeras monedas no circulan apenas fuera de la Ciudad de origen, con excepción de las emitidas en las zo­ nas ricas en metal precioso, pues su débil premio las convierte en inte­ resante valor de cambio. La creación, pues, responde a necesidades po­ líticas: soldadas de mercenarios, financiación de obras públicas, pago de ofrendas a las divinidades y quizás, también, para facilitar el control de pagos hechos a la Ciudad, como multas o tasas. Todas esas razones pudieron darse, lo cual nos remite otra vez a la Asamblea, pues tal me­ dida política había de ser decidida por la colectividad.

Habría, finalmente, que decir algunas palabras sobre la justicia. También en esto se va asentando la soberanía del demos·, con el desa-

Ver capítulo VII-II

Lam entos de un poeta-ciudadano exi­ lado: «Y o, pobre mortal, llevo una vi* d a rústica, anhelando oír q u e se me convoca a Ja Asam blea, oh Agesilaides. y al C onsejo; alejado de cuanto mi pa­ dre y el padre de mi padre tuvieron en su vejez, entre estos ciudadanos que se buscan pendencia unos a otros, heme aq u í expulsado, exilado en los confi­ n es...» (ALCEO . Lobel-Page, G 2).

LA MONEDA

Talento. «Balanza» y, Juego, valor pon­ deral; es una unidad de cuenta, de