La historia colonial chocoana, en cuanto a conquistas y colonizaciones, estuvo ligada por los lados del río Atrato con las poblaciones de la provincia de Cartagena y por las partes del río San Juan con las del Cauca. 1 Las fronteras del Chocó eran los dos mares del Norte y del Sur, las selvas del Darién, la cumbre de la cordillera occidental que, por más señas se nombraba del Chocó, y las selvas y manglares del río Cajambre. El canal entre el Atrato y el San Juan que propuso al Rey Jorge de Quintanilla desde Cartagena en el temprano siglo XVI, nunca rebasó los límites de un proyecto ilusorio que se reavivaba y se reaviva de tiempo en tiempo sin que nunca logre realización.
Reales de minas instauraron en el Chocó con bastante provecho gentes de Popayán, Cali, Toro, Anserma, Roldanillo y Cartago, ubicándose aquí y allá en los cuatro distritos de Citará, Tatama, Nóvita y Raposo, donde se desarrollaron caseríos como San José de Noamá, San Javier del Raposo, San Jerónimo de Nóvita y San Ignacio de Sipí. También colonos antioqueños incursionaban hacia las vetas auríferas por los lados del norte donde surgiría la población del Carmen de Atrato.
Una vez el Cabildo de Cali no pudo sesionar porque la mayoría de sus miembros andaban por el Chocó en cuitas de minas. Por ello los caleños siempre defendieron su jurisdicción sobre Buenaventura y Raposo, y para mantenerla proveyeron tenientes, jueces, curas, y esgrimieron argumentos de una u otra índole.
Esta actitud de predominio se intensificó cuando se nombró un Superintendente y después un Gobernador del Chocó, autónomo de Popayán. Entonces el Cabildo de Cali alegó la existencia de títulos antiguos, la imágen del escudo con sus ríos al mar, y la interdependencia ineludible entre ambas zonas. Es que los mineros de allá eran habitantes de acá y las provisiones para allá se llevaban casi totalmente desde acá. Se argumentaba contra Cali que por la boca de Chirambirá corría navegación en el San Juan, río arriba y río abajo; que por allí se introducían dos veces en el
año mercancías lícitas desde Quito, entre ellas hierro, acero, aguardiente y sal, pero que también se acarreaba contrabando desde Panamá; que por allí se escapaba el oro sin pagar los quintos, y los negros de las minas tambien huían por allí. Los virreyes restringieron el tráfico para cortar esos fraudes, y aún llegaron a prohibir que se llevara aguardiente caucano. Por su parte los caleños arguían que el oro de sus reales se ensayaba y quintaba con toda ley ante la autoridad y que se entregaban los tributos debidos a la Caja Real de Popayán.
El alegato de las jurisdicciones duró por años y años tejiéndose y destejiéndose. El Chocó en verdad dependía de las ciudades del Cauca en gran parte, no sólo con provisión de esclavos sino de víveres, tasajos, herramientas, vestidos y hasta sebo de velas, pero a la vez rentaba mucho oro tanto para los mineros como para las arcas de la Real Hacienda.
Ya se ha relatado que la gran prosperidad de la Vallecaucanía en el siglo XVIII provenía de esa vinculación entre mineros y hacendados y que la gran riqueza acumulada en Popayán en casas e iglesias con artistas quiteños y nativos se enlaza con sus minas, las del Choco, el Cauca, Almaguer y Barbacoas.
Los indios del Citará estaban reducidos en cinco pueblos; los de Nóvita a cuatro, además de los de Tatama y Chamí. Su contribución laboral era escasa en las lavanderías auríferas. En cambio para 1730 había alrededor de 3.000 negros laborando en las minas. Eran ellos la fuerza fundamental para trabajo que exigía fortaleza. 2 De la misma manera que en los reales de Antioquia, esta mano de obra de negros esclavos se aplicaba al mazamorreo del oro; y como su precio de compra había sido alto, y por demás tasado en oro, venía a suceder que en esas montañas se les excluyera de cualquier otra actividad que no fuera la minería.
De allí mismo que la agricultura tuviera que ser precaria en los asientos de minas. A lo sumo existía alguna muy básica para la subsistencia inmediata, entreverada a la cría de algunos animales domésticos. Así, pues, no debieron sembrarse muchos cañaduzales como para fabricación de azúcares y mieles, que de hecho todas, y por supuesto el aguardiente, se remitían desde Cali, Buga, Roldanillo o Cartago. Además la grande y permanente humedad no permitía que las cañas llegaran a sazón de azúcar o panela. Si hubo algunas cañasdulces fue para granjear miel que facilitara la maduración de algún guarapo, la saca clandestina de algún aguardiente y talvez para dar tallos picados, como ración, a las mulas que en recuas sucesivas remontaban los caminos difíciles de ese entonces, como el de Cartago a Nóvita que el Virrey Flórez quiso mejorar en 1776 y luego en 1778.
Una relación anónima, escrita en mediados del siglo XVIII, menciona cañaduzales y aun trapiches, entre Lloró y Samurindó, y en Neguá, Ichó, Beté, Bebaramá, Jarepetó y Bebará, donde molían dos trapiches, uno de bestia y otro hidráulico. Fueron franciscanos fundadores y doctrineros de algunos de estos pueblos. Es posible que ellos introdujeran allá esta cultura cañamelera entre los indígenas, como lo hicieron en otros partidos del Nuevo Reyno. 3
En 1780 el capitán de ingenieros don Juan Jiménez Donoso adelantó una visita de reconocimiento por el Chocó que consignó en una relación, 4 en la que una vez más apuntó que deberían unirse el Atrato y el San Juan por el derrumbadero de San Pablo, con el fin de facilitar la comunicación fluvial entre Citará y Nóvita.
Y dice que ”Lo que únicamente se cultiva es el maíz y la caña dulce con algunas hierbas y raíces. Sin embargo de darse cuanto se siembra." 5 Al hablar de industrias, no menciona trapiches, pero comenta, sí, de un impuesto al aguardiente, y que se hace una tinta de escribir, con el humo del embil desleído en vino o en aguardiente. Añade que mucho se utiliza la miel de abeja extraída de innumerables enjambres y que entre esas abejas las había canturrones cuyo panal servía en lugar de brea. 5 Era un territorio todavía por conquistar en su inmensidad de selvas y ríos, con excepción de las vertientes donde funcionaban las minerías.
En 1751 fue arrendador de la renta del aguardiente para la provincia del Zitará don Jacinto Rebellón Fernández. Sus aconteceres como asentista bien valen más de una crónica. El pleito que se le armó, ilustra bien sobre el abastecimiento del aguardiente hacia esa comarca y sobre las costumbres que en torno a su transporte y resguardo se seguían en la época.
Aconteció, pues, que el Teniente de Gobernador y Alcalde Mayor de minas para la Provincia del Zitará, don Dionisio Alcalde, instauró juicio contra Rebellón por presuntos fraudes y por desabasto de provisión a los estanquillos. 6
El aguardiente se remesaba desde Cali o Cartago en zurrones, a lomo de mulas, bien pesado, al cuidado de arrieros y cargadores. Cada zurrón contenía más o menos tres arrobas de licor. Al llegar al corregimiento de Chamí se le pesaba de nuevo y se registraban las respectivas planillas y precisamente de los desbalances comprobados surgió el enjuiciamiento contra el arrendador de la renta. Don Jazinto procedió a descargos atribuyendo los faltantes a daños que hacían los indios, a que los zurrones sudaban o a que escurrían por las costuras o a que los arrieros chupaban el licor a escondidas.
Dentro del enjuiciamiento correspondió a don Santiago Antonio del Castillo, escribano público de la Provincia del Citará, embargar la bodega que poseía don Jazinto en San Francisco de Quibdó, pero de pronto un incendio la quemó y de siete frasqueras que allí había se salvaron apenas tres, junto con una escopeta y una espada. Don Nicolás Perea, apoderado de don Jazinto, pidió que se exonerara a su poderdante de las pérdidas acaecidas en ese incendio dado que el fuego había sido público y notorio.
Pero súbitamente falleció don Jazinto. Se le velaba en su casa de Quibdó, en litera y entre cuatro velas, amortajado con el hábito del seráfico padre San Francisco, cuando se presentó el ya entonces Teniente General, Juan Bautista de Ugarte, Sargento Mayor y Administrador de la Real Hacienda, a secuestrar los demás bienes del difunto. Estaba allí don Nicolás Perea y cumplida la diligencia se comprobó la existencia de un escritorio con papeles, ropa diversa guardada en petacas, cama y toldillo, mesa, sillas y otros utensilios. Posteriormente el señor Ugarte mandó a Cartago con Josef de Fuenmayor exhorto requisitorio a los alcaldes ordinarios, con emplazamiento a doña Antonia de Perea, esposa del difunto y hermana del defensor, y a los albaceas, para que se embargaran todos los otros haberes que se componían de ganados, yeguas, caballos, mulas, negros, todo lo que requería un asentista para la provisión de aguardientes hasta el Chocó.
Como el juicio se dilatase, la viuda, albacea y acreedora de dichos bienes, otorgó poder especial y cumplido a Gregorio Montaño, Antonio de la Torre y Juan Hortiz de Ribera para que a su nombre protestaran los 500 patacones de multa que se le habían impuesto e instauraran acción de perjuicios y quebrantos por dilación y demora. Ya corría el año de 1754. Hortiz solicitó también que se le entregaran los autos, libros de cuentas, vales, memorias y demás bienes y se dejara únicamente en depósito lo que ellos produjeren.
Don Carlos de Andrade, designado fiscal de la causa, procedió a levantar testimonios de antiguos asentistas, don José de la Barrera, administrador que fue del estanco y bodega del puerto de Nóvita; don Pedro Francisco de Conto que lo fue de Anzerma, o de personas que hubieren manejado la materia como Hilario de Ledesma o el asentista Juan Francisco Tenza y otros. Todos testificaron bajo gravedad de juramento y señal de la cruz que en efecto se producían mermas en el camino o porque los arrieros sustraían el aguardiente o por defecto en los zurrones o porque sudaban; añadiendo que en la casa de bodegas el licor hervía y se empapaba el tablado y que aun el de las botijas sufría rebaja considerable. Don Manuel Vicente de Lárraga anotó que en los aguardientes de Cartago había más merma que en los que venían de Cali, porque los cueros de Cartago no se beneficiaban tan bien como los de Cali.
En el ínterin don Antonio del Castillo, escribano de San Francisco de Quibdó, acusó a don Nicolás Perea por usar de mentiras contra él a propósito de que se hubiesen perdido los originales de las capitulaciones en las que dizque se consignaba que la provisión a los estanquillos se circunscribía a los términos de si fuese posible.
El fiscal de la causa determinó que eran verídicas las pruebas presentadas sobre evaporación y que se aceptaba el descargo de las mermas, pero que por los desabastos se condenaba al enjuiciado y al pago de seis zurrones de aguardiente de los que no se había hecho cargo. Don Diego de Vallecilla dictó sentencia en San Francisco de Quibdó en 1777.
Asi concluyó el largo pleito que por las trazas pudo ser más breve pero que la lejanía de los lugares, los malos caminos y la farragosa jurisprudencia colonial prolongaron sin necesidad, en desmedro de una viuda y de los hijos menores.
Estas peripecias de trasportar el aguardiente a tierras de minerías se cotejan y complementan muy bien con las que refieren las crónicas se hacían a las poblaciones de Zaragoza, Remedios y Simití. Así mismo con el traslado de los anises desde Guateque y Tenza a diferentes centros de destilación o desde la bodega de Santafé a la Real Fábrica de Cartagena; con la llevada de mieles desde San Antonino de Thena a Santafé o con el intercambio de dulcerías entre distritos de diversos climas.
Ni lo fragoso de los caminos, ni los riesgos de pérdidas en los productos, ni los azares de la comercialización, y en el caso del aguardiente ni la acuciosa vigilancia de la Real Renta, impedían que se realizara el mercadeo de bienes por caminos y ríos virreinales. Siempre había gentes emprendedoras dispuestas a enfrentar peligros a trueque de ganancias. El comercio funcionaba entre regiones.
N O T A S
1. Decía Belalcázar en carta al Rey: “ . . . teniendo grande noticia de una tierra que se dice El Chocó que está en los nacimientos del río del Darién, ser rica de oro y muy poblada de naturales, fértil y muy abundosa de muchas comidas, aparejada para perpetuarse los descubridores y
pobladores de ella, y Vuestra Majestad servido, encargué el descubrimiento de ella a un yerno mío que se dice Hernando de Cepeda . . . “ Carta fechada en Cali en 3 de noviemebre de 1549. 2. Arboleda. G. Historia de Cali, passim, particularmente el relato sobre el siglo XVIII.
3. Cuervo, Antonio B. Colección de documentos inéditos sobre geografía e historia de Colombia, T. 4, págs. 309 a 318. Sobre las misiones franciscanas entre los cunacunas diserta fray Gregorio Arcila Robledo en sus Apuntes Históricos de la Provincia Franciscana de Colombia, pág. 201. Fray Onecio de Candia fundó a Murrí. Había sido destinado a San Bartolomé de Murrindó, pero murió antes de ir a allá. En 1723 murió en Nuestra Señora de Chiquinquirá de Beté el doctrinero fray Félix Forero. Idem, pág. 279.
4. Historia Documental del Chocó dirigida por Enrique Otero Ricaurte. Relación del Chocó o de las Provincias de Citará y Nóvita conforme al reconocimiento del Capitán de Ingenieros don Juan Jiménez Donoso, nov 15 de 1780. Ministerio de Educación Nacional. Ed. Kelly. Bogotá, MCMIV, pág. 208.
5. Idem, pág. 220.
6. Archivo Histórico Nacional, Aguardientes Cauca, T. IV, folios 294 a 501. Es alegato muy rico en declaraciones, testimonios, réplicas y en interminables procedimientos de la jurisprudencia colonial. Hay, por ejemplo, un minucioso inventario del transporte de los zurrones, en los folios 302 a 309.