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Al concluir la Colonia no es desatino recoger la mirada hacia atrás y configurar un balance de ejecutorias, lo que en términos económicos de la época se llevaba en un Cuaderno de Cuenta y Cargo.

La fundación estratégica de poblaciones desde Jamundí hasta Anserma y Cartago y de Buenaventura, permitió la conquista del territorio y la salida al Mar del Sur. Persistieron pueblos de indios como Yumbo, Vijes, Candelaria, que eran en realidad congmerados indígenas anteriores al primer intento de fundación que capitanes de Belalcázar hicieron en el baluarte de Ampudia.

La invasión hispana necesariamente condujo al despojo de las tierras ancestrales de los indígenas, así se les protegiera bajo el sistema de la encomienda y se les respetaran sus cada vez más menguados pueblos de indios. Pero no escasearon abusos en el servicio personal que debían prestar los nativos. A ello mucho se debió la Catástrofe Indiana.

Se introdujeron animales domésticos, semillas, técnicas y artes avanzadas de civilización europea, lográndose una interculturización en los diversos niveles del quehacer humano, edificaciones, agricultura, ganaderías, minas, educación, con aprovechamiento de la también avanzada herencia aborigen. La apropiación de tesoros en guacas, sacas de oro, más la explotación del suelo, redituaron en acumulación de riqueza para los conquistadores.

Se dominó el clima para explotación agropecuaria, erección de viviendas y asentamiento de civilidad dentro del peculiar escenario del trópico, avasallador, sin estaciones, inundable en los inviernos con empozamiento de aguas, aposentadoras de paludismo y dengue.

Se importaron esclavos para las faenas más duras como el pastoreo de ganaderías bajo la canícula o el laboreo en la saca de oros, sustituyendo a los indios que se diezmaban y que se requerían para provisión de alimentos desde sus labranzas, oficios domésticos y satisfacción de encomiendas. Se estableció así el esclavismo como contingente de trabajo a la par que se concertaban labores con indios de mita o forasteros. Como dolama social, así tuviese aceptación institucional, pervivió la esclavitud, pero la posterior liberación de esclavos tuvo ejemplo precursor en doña Margarita Rengifo de Cobo, fundadora con ello de la población del Bolo.

Aunque hubo un rápido mestizaje, perduraron diferencias de castas con predominio del blancaje minoritario que mantuvo el poder político en los ayuntamientos, sin que se pudiera evitar que con el tiempo montañeses y pardos llegasen a acceder a la pequeña, mediana o gran propiedad, y que con el correr del tiempo se consolidase la campenización de labriegos, mestizos de toda pinta y negros manumitidos, en linderos de haciendas, orillas de caminos, vegas de ríos y colonizaciones de baldíos. El criollismo nativo se acentuaba día a día por la intersección de las etnias.

La evangelización tuvo contradicciones con apóstoles abnegados en su inmensa mayoría, y clérigos inferiores a su vocación, algunos codiciosos, otros mundanos y unos que otros condescendientes con los atropellos de los encomenderos, mientras susbsistió este sistema. Se levantaron capillas e iglesias como centros de religiosidad y aglutinación comunitaria.

Los excesos monárquicos se atemparaban con las interpretaciones de los cabildos que esgrimieron y reiteraron una fuerte organización municipal. Era la institución civil dominante en las municipalidades y siempre procuraron atender con pericia y prontitud las conveniencias del común.

Escaso crecimiento demográfico, buen abasto de bienes y un relativo aislamiento, impidieron que se acelerara el cambio tecnológico, pero se instalaron azucarerías y se realizaron transformaciones con trapiches de tres masas accionados por bestias. Se aprovechó la energía hidráulica en la molienda de Nuestra Señora de la Concepción de Nima y en la hacienda de Cañasgordas.

Se montaron aguardienterías cuya fiscalización centralizadora avanzó al paso de los años con asentistas, encabezonamientos, remates, hasta culminar en la administración directa de la renta por intermedio de la Fábrica Real.

La tierra alcanzó alguna nombradía por sus ganaderías de asta y cerda. Se agrandaron los hatos para la exportación de ganados hasta tan lejos como Quito y las minerías de Remedios, en Antioquia. También la crianza de cabras se diseminó por la ruralía.

Se dilató el comercio a otras regiones, a Popayán y a Antioquia, a pesar de los caminos que los ayuntamientos se esforzaban en conservar bien, así como mantener paseros en los varios cruces del Cauca, con tarifas y barcas, y en otros ríos entonces caudalosos.

El latifundio se fragmentó a través de sucesiones y se configuró el alinderamiento de haciendas con propósitos plurivalentes, contabilidad de producciones, apertura de canales de riego, y articulación con las labores de la minería en el Chocó.

Se afianzaron costumbres alimentarias, originadas en los frutos de la tierra, nativos y exóticos, y en la abundancia de carne y proliferación del plátano. Vigilaban los cabildos con gran celo el abasto a las carnicerías, en procura de la tranquilidad del común.

Se abrieron escuelas, hospitales, cárceles, acueductos, mataderos. Periódicamente se reinstituían, ampliándolos, los ejidos con destino a la vivienda popular y a campos comunales de pastoreo.

Se organizaban juegos de plaza con tientas de toros, comedias, pirotecnias, volantines y títeres en las fiestas de postín. Diversión consuetudinaria eran las riñas de gallos. Los excesos de licor trajeron prohibiciones y sirvieron para ejercer control sobre la venta de aguardientes y uso de mediaslunas, prohibiciones que no resistieron largo tiempo por ser una renta pingüe del fisco virreinal.

Desde temprano se negociaba con oro en tejuelos o en polvo pero sólo después se consolidó un sistema monetario para las transacciones y se abrieron líneas de crédito a través de capellanías y censos en manos de instituciones eclesiásticas.

Con las riquezas provenientes de la minería se edificaron templos amplios y sólidos; que legados piadosas exornaron con obras de arte a cuya factura concurrieron artesanos nativos.

Se fortaleció también la producción en las haciendas donde se construyeron casonas estructuradas para vivir en consonancia con el medio ambiente como Cañasgordas, Japio, Concepción de Amaime. Muchos oratorios y viceparroquias se levantaron para acoger a las feligresías rurales.

También se generaron insurgencias frente a las determinaciones del autoritatismo, y finalmente los criollos, sangre de varias generaciones, gestaron la emancipación a través de diversos movimientos autonomistas.

Todo esto es el patrimonio que se traspasa de una edad a otra y que constituye una raíz incrustada en la más auténtica gleba.