En 1586 al cura y vicario de Buga, padre Diego Rengifo, le otorgó el Cabildo estancia desde donde desemboca el río Sabaletas arriba a la sierra.
En 1605 se tasó la contribución que debían entregar los vecinos feudatarios, moradores y cabezas de milicias, con el fin de abonar mejoras en el camino a Buenaventura, obra que nunca acababa de hacerse y para la cual cada tiempo habría de traer afán de mejoras y más mejoras. 1
El capitán Diego Lasso de la Vega remató en Quito el cargo de Alférez Real y Regidor Perpetuo. Fue quien primero ocupó en Buga tal distinción que ejerció hasta 1618, cuando falleció.
En 1609 nació en Buga Juan Lemos de Aguirre, hijo de Mateo de Lemos y Francisca de Aguirre. Este ilustre capitán sería el fundador de San Bartholomé de Tuluá.
Quedó el mozo Gregorio Astigarreta dueño de la estancia de Amaime. En 1622 Astigarreta con su esposa Isabel Ribadeneira hacen compañía por seis años con el capitán Francisco Zapata de la Fuente, casado con doña Mariana Ponce de León. Escasea ya la peonada de indios y se impone la vinculación de negros, aun a costa de arrancarlos a las labores de las minas donde su trabajo es más reditivo. Sin embargo hay que producir víveres, cada vez más necesarios para abastecer los lavaderos de oro, donde la agricultura es precaria o casi ninguna. La relación de producción entre ambos tipos de entable, mina y hacienda, empieza a hacerse patente.
En ese mismo año en Buga se hace el abasto de la carnicería entre los criadores de ganado ya que no hubo postura de ninguno de ellos ante el Cabildo. En esa misma circunscripción, en la estancia de los Guayabos, hay levante de ganados ovejunos, además de vacunos.
En tierras de Amaime se aprovecha la energía del agua para usos caseros en la estancia, mover la atahona, accionar el trapiche y alimentar con riego las labranzas. Se ha, pues, canalizado el agua, para los laboríos y posiblemente para el lecho en el patio de la casa se han colocado lajas de piedra o entreverado cantos rodados lo que hace que la acequia ingrese rumorosa.
En 1628 nació en Cali el primer escritor nativo, a la vez primer jesuita colombiano, P. Manuel Rodríguez de Villaseñor. Su obra se titula pomposamente, como es de usanza en la época: El Marañón y Amazonas. Historia de los descubrimientos, entradas y reducción de naciones.
Trabajos malogrados de algunos Conquistadores, y dichosos de otros, así temporales, como espirituales, en las dilatas montañas y mayores ríos de América. El P. Rodriguez fue Procurador de las Provincias de Santa Fe y Quito. Permaneció en España como Procurador General de las Indias y murió en Cádiz en 1684.
En la primera mitad de este siglo hubo en Cali una figura de gran relieve, don Cristóbal Quintero Príncipe, que en la distancia aparece en muchas de sus facetas como prototipo de la cultura empresarial que con el correr de los tiempos se implantaría en la comarca. Su padre, Cristóbal, se desempeñó en distintas ocasiones en cargos edilicios y su abuelo, también Cristóbal, entró como capitán con Belalcázar, y como tal debió recibir solar, estancia de pan y tierras para hato, y asimismo encomienda.
Las ejecutorias de este tercer Cristóbal se inician cuando salió como comandante de huestes en 1602 a combatir a los noanamaes. En 1606 el Gobernador de Popayán le confirió título de armas para ir a pacificar a piles, noanamaes y cajambres, tribus belicosas que asaltaban el camino al puerto de Buenaventura y castigaban con azares a los rancheríos de minas que en las cabeceras de esos ríos costeros empezaban a abrirse.
Fue varón de largas jornadas, procurador de Cali, alcalde ordinario, teniente general. Durante sus campañas militares conoció lo dificultoso del transporte; y sin arredrarse se hizo a setenta y cinco mulas para organizar recuas de comercio tanto con Quito como con Buenaventura. El Cabildo le concedió el estanco de vino y sal, elementos que introducía desde Buenaventura, a trueque de que se le dejara adquirir una fragata para contratas por mar, la que en asocio con Gaspar Francisco Cisneros compró en Guayaquil. Un poco más luego se hizo a la parte del socio.
Pero sus conexiones mercantiles se extendían no solo al Ecuador sino también a Antioquia. Se comprometió en 1619 a entregar en el Valle de Aburrá 600 novillonas, 600 novillos, 20 caballos y 2 bueyes. No era fácil arriar partidas tan numerosas de ganados por los caminos de montaña y por los vados de los ríos, pero no era tampoco faena díficil para los vaqueros de entonces, avezados a cabalgar de continuo y a dormir a la intemperie o en posadas camineras estratégicamente localizadas, las que además estaban aperadas con potreros de alimento y descanso para las bestias.
El prestigio comercial de la comarca vallecaucana radica desde antiguo en el abasto de reses. Ya en este siglo XVII se llevan a Quito partidas hasta de cuatro mil novillos. Y también marranos, a Remedios, Zaragoza o Cáceres, tierras de minería en la lejana Antioquia. Asimismo con carne en
tasajo, azúcar en panal y mieles embotijadas, se surten los reales de minas que dentro de la Gobernación de Popayán se sitúan en los aluviones de ríos o en las vetas de ambas cordilleras, como la de Chontaduro, por Jamundí o la de La Teta, por Caloto.
En 1627 el capitán Cristóbal es otra vez alcalde y se le hace Maese de Campo. Ostenta además la primacía de Alférez Mayor, título que en mucho significaba la culminación de una vida laboriosa al servicio de Cali. Murió en 1638. Había casado con doña Antonia de los Arcos y Ríos.
Junto al pueblo de indios de La Candelaria posée un ingenio, en el llano de Guabinas. Para explotarlo su viuda y su primogénito Rodrigo Quintero han hecho compañía por cuatro años. Rodrigo se ha afincado en la estancia para vigilar la siembra de caña, maíz y pancomer, atender la elaboración de mieles y organizar el envío de los zurrones mieleros a Popayán en recuas propias que pastan allí en sus potreros. Lleva contabilidad de las botijas de miel y del maíz cosechado, práctica administrativa que desde fines del siglo XVI debieron llevar los hacendados para puntualizar y responder por el pago de las alcabalas. En La Candelaria todos los varios trabajos se hacen con indios de la encomienda que en Polindara tiene Rodrigo. El no retira el tercio de utilidades que le corresponden hasta saldar deudas que ha dejado su padre. La compañía azucarante de madre e hijo se ha prorrogado por dos años más hasta 1644.
La plantación comprende cinco suertes con 22 almudes o sea un poco más de 7 hectáreas. Existe una organización con tiempos sucesivos de siembra y corte, lo que en principio permite moler de continuo, aunque sólo se lo practique estacionalmente por ser la plantación tan pequeña e intermitentes las necesidades de la hacienda y del circuito de su influencia. El plantío, mojonado por suertes, se prepara con arado y bueyes, y se desyerba con palas de hierro. Bueyes jalan carretas con caña. Entre las herramientas hay leznas que sirven para coser los cueros de las botijas o zurrones. Hay banco de carpintería con herramientas del oficio; también fragua con sus implementos; tijeras para trasquilar las mulas y una romana para pesar los productos varios. La Candelaria tiene anexos los potreros de Chontaduro y Yunde, donde pastan caballos y mulas y bueyes. El uso de la tierra es múltiple.
Toda hacienda busca autoabastecerse. Posée dehesas para ganaderías; y porquerizas cerca de la casa, animales domésticos, sembraduras de pancomer, maíz, plátano, huerta de legumbres y yerbas medicinales y solar con árboles frutales. Los bosques proveen la madera para construcción de canoas, muebles, arquitrabes, bateas, cucharones; y leña para las cocinas de las casas y para la hornilla del trapiche.
En 1622 el capitán Diego Rengifo Salazar, natural de Buga, formó un hato a orillas del río Bugalagrande y fundó un pueblo de ese nombre, en la margen derecha del río, en el sitio denominado Guayabal, con indios muiscas y gorrones que llevó de su encomienda de Sabaletas. Algunos de los indios pobladores fueron Perucho, Gualí, Juan Cabeza, Juan Caloto, Jolombí, Antonillo, Miguel Conejo, Juan Dañafiestas, Miguelillo, Bartolo Guanaca, Pedro Paya, Juan Carrillo, Sagua, Puchito, Frasquito.Se designócomo cura doctrinero al beneficiado Franciscode Gamboa Vildósola.
En 1637 se hizo composición de tierras, lo que además de sus pretensiones fiscales constituía una legalización de títulos por parte de la Corona. Cali y Buga contaban con 79 propietarios que podrían llegar a 100, si se tienen presentes otros propietarios en tierras montuosas de la cordillera occidental. Los pagos de cada terrateniente a la Caja Real oscilaron entre 1 y 150 pesos oro. 2
Los llanos de Tuluá criaban hatos y abastanza de víveres. No faltaría el tablón de cañadulce en mayor o menor tamaño. No existe documento que establezca con precisión la fecha de la fundación de Tuluá. Solo se sabe que entre 1637 y 1639 el capitán Juan de Lemos y Aguirre empieza a construir un poblado, con el propósito de llevar camino por el páramo de Amoyá a fin de salir al Valle del Saldaña en el Tolima; y que hacia 1680 los pobladores trasladan el caserío a sitio alrededor de una capilla que bajo la advocación de San Bartholomé han erigido los indios del lugar.
La iglesita es de baxareque y techo de paja. El primer cura doctrinero fue el licenciado Lucas Tobar y Contreras. Una campaneja llama a misa y a la doctrina y repica los toques de oración. Sencilla ha sido la vida parroquial y precario el comercio que en un principio se desenvolvió en torno a San Bartolomé de Tuluá. Poco a poco se transformará el poblado en centro de una vasta riqueza agrícola y pecuaria. El primer trapiche del que se tiene noticia funcionó en orillas del río Tuluá, lo fue en el lugar de Palomestizo, y perteneció al capitán Diego Vivas Sedano. 3
Al otro lado del río Cauca demora una parcialidad indígena y, tomando como asiento el caserío allí existente, Pedro María Marmolejo, oriundo de Anserma, funda en 1657 la población de Santa María Magdalena de Riofrío. Rastro de la cultura nativa que allí dominó en tiempos inmemoriales queda una piedra grabada con jeroglíficos, quizás por indios gorrones.
El maestre de campo Juan Jacinto Palomino, en el sitio de San Juan de Las Palmas, establece la capilla del Hato de Lemos, a cuyo alrededor se han formado grupos de agregados, con permisión de los propietarios de la hacienda. Para 1681 ya se ha erigido un poblado con nombre San Juan de
las Palmas, en terrenos cedidos por Pedro de Lemos. 3
A la altura de 1666 culmina don Lucas Fernández de Piedrahíta su Historia General de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada. Cuando don Lucas alude a la comarca vallecaucana dice que "la tierra salió famosa para cría de ganados y cerda." 4 No hace la más mínima mención de las actividades agrícolas de este circuito que para su mirada, y quizá para la de muchos de sus contemporáneos, parece no fuesen muy de relieve. Y no lo eran, sino las indispensables para atender la subsistencia de los vecindarios y proveer con remesas a los entables mineros.
Una de las perspectivas interesantes del obispo Piedrahita es una especie de censo que protocoliza respecto a algunas poblaciones: a Popayán asigna 400 vecinos, 200 a Vélez, 400 a Mompox, 500 a Antioquia, 300 a Pamplona, 200 a Tocaima, 500 a Tunja, 3.000 a Santafé con 10.000 indios, es decir, que los vecinos censados son españoles o mestizos con casa en la villa, sin que, es lo probable, entren en el conteo los pueblos de indios que todavía con escasa población quedan y los resguardos que son un poco mayores en el altiplano cundiboyacense o en los llanos del Tolima; o los montañeses o mestizos que viven en el campo y que sacan sus producciones a los mercados de las poblaciones; y los negros o mulatos que laboran en hatos de ganado, reales de minas, trapiches, bogas, puertos.
No censa a Cali, Buga, Cartago, Anserma, poblados entonces de algún talante. El más importante desarrollo humano en el país se está cumpliendo en el oriente entre Santa Fé y Cúcuta y en el norte en la costa, en los circuitos de Cartagena y Santa Marta. En todo caso es indicativa su visión de que las poblaciones no son populosas, así tengan muchas cuadras y alberguen amplios solares, varias iglesias, conventos, plazoletas, edificio de ayuntamiento, carnicería, cárcel, y demás sitios propios de una cuadrícula urbana. Si Popayán cuenta apenas con 400 vecinos muchísimo más pequeñas son las poblaciones vallecaucanas, aventajadas por Mompox, puerto de estancia para los viajeros que transitan por el Magdalena, Antioquia con sus ricas minerías y Tunja, centro de una bastante poblada región, en el camino al Socorro y Pamplona.
Pero en esta tierra vallecaucana, famosa para la cría de ganados, desde 1682 empieza una crisis ganadera. El Fiel Ejecutor de Cali, Francisco de Zapata, que otrora cebaba en sus dehesas entre ocho y diez mil reses, no pasa de dos mil. Lo mismo acontece con otros hacendados de Caloto y Buga. Ello los obliga a no poder abastecer mercados externos y a dejar de percibir los dineros excedentarios que esos mercados aportan. Se ha pedido, por tanto, al Cabildo de Cali que permita alza en los precios de la carne, la que se ha concedido, visto el apremio de la situación.
En 1691 se traslada Cartago desde las riberas del Otún, en medio de una solemne procesión de sus moradores que portan la imagen de Nuestra Señora del Rosario, los santos de las iglesias y los enseres domésticos, a las vegas del río La Vieja, adoptando el nombre de San Jorge de Cartago. Allí se desarrollaría una intensa vida agrícola y comercial en torno a los templos de San Jorge, Nuestra Señora de Guadalupe y San Francisco. Las capillas doctrineras de San Jerónimo y Santa Ana irradiarían también su acción en el contorno.
Cartago, también, se constituiría en la cabeza caucana del camino por el Quindío, sitio de reposo para quienes acabaran de atravesar los ásperos y húmedos breñales de esa montaña que dominó con señorío audaz el cacique Calarcá, convertido ya en leyenda, creada por los cronistas que pergeñaron sus hazañas.
Según se colige de todos los anteriores datos, sigue extendiéndose y perfeccionándose en la cuenca del Cauca la praxis agrícola entreverada a la ganadera. Los fundos entrelazan propósitos múltiples de ganaderías, pancomer y bosques, y algunos con trapiche, siempre en procura de supervivencia a su interior, y para abastecer a su parroquia y quizás a un más amplio pero preciso circuito de influencias. Siguen, sin embargo, predominando las florestas y los humedales.
Pero lo relevante es que en la faena de las haciendas se posée dominio agronómico según saberes empíricos, acumulados por una experiencia metódica. Se planifican siembra y cosecha, distribuidas en suertes; se sabe aprovechar el agua como fuerza motriz y riego; hay bestias amaestradas para los varios oficios; se dispone de un conjunto de instrumentos, carpintería, alfarería, tenería y forja dentro de la hacienda para fabricación de carretas, hormas, zurrones, rejos, mazas, yugos, arados y reparación de estos y otros utensilios. En fin, la cultura agraria tiene carácter industrial, entendido éste como la incorporación ordenada de saberes agrológicos y técnicos conducentes a obtener resultados económicos debidamente contabilizados.
No se ha relievado lo suficiente el uso de las carretas, tanto las de mano como las de tiro por bestias, que al interior de las haciendas se utilizan, dado lo plano del terreno y lo útil para el acarreo de cosechas, toneles, botijas y herramientas. No se tiene noticia de que sirvan todavía, al estilo de las calesas, para transporte de personas.
Las gentes prefieren, si peones, los caballejos trotones o galoperos, y si terratenientes, el caballo de paso castellano. Las damas montan en monturas con el pie derecho cruzado sobre un cabezal, arropando con su faldellín todo el aparejo. No es incómoda la posición pues la manejan con seguridad y galanura. Son, en verdad, buenas jinetas, aunque prefieren cabalgaduras mansas pero
de brío. Así se trasladan las familias de las casonas urbanas a las haciendas en las épocas de veraneo, pero a los niños pequeños se les lleva en canastas a hombros de un esclavo o de un peón. Los adolescentes se precian de tener su propio potro, escogido tempranamente por ellos entre la manada, bien amansado para el menester. Los amansadores son profesionales bien retribuidos, así sean esclavos. Los señores ostentan en las fiestas sus cabalgaduras y los arreos que las enlucen. Ello es señal de poderío, distinción y riqueza.
N O T A S
1. Bastante de este capítulo está estructurado con datos de la Historia de Cali de Gustavo Arboleda y de la Historia y Conquista de Buga de Tulio Enrique Tascón.
2. Colmenares, Germán. Cali: terratenientes, mineros y comerciantes, pág. 31 y sigs.
3. En 1822 el caserío se elevaría a la categoría de parroquia; en 1890 la Asamblea del Cauca le cambiaría el nombre Hato de Lemos por La Unión, que en 1936 se mudaría por Lemos, recuperándose el de La Unión en 1941, por determinación de la Asamblea del Valle.
4. La referencia es para 1715 y está en la ya varias veces citada Historia de Buga del doctor Tascón. Véase el capítulo XVI Ventas de Tierras de Tuluá.
5. Fernández de Piedrahita, Lucas. Noticia Historial de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada, T. II, pág. 185.