La sirena acercandose sonaba agitada, su tono cambiaba con frecuencia mientras el paramédico trataba de apurar a los conductores a salir del camino. Meg tenía suficiente experiencia de esperar en la zona de ambulancias para reconocer un mal trabajo cuando escuchaba uno.
“Deja que el equipo la saque,” le dijo a Emily. “Si empezamos a presionar botones en la camioneta o hacer el tonto con la camilla, sólo vamos a joder algo.” Emily asintió y se escabulló hacia atrás mientras la ambulancia entraba en el área de estacionamiento, sobrepasando las puertas de A&E, y tener que echarse de reversa de nuevo. Sus puertas traseras fueron abiertas por Kathy antes de que el conductor hubiera salido de la cabina. “Malditos nuevos principiantes,” murmuró.
“Debí haber sabido que serías tú,” Meg dijo.
“Lo siento, Doc. Sé que pidió por agradables abuelitas.” Kathy, que parecía estar bien en la carrera para el Paramédico Imán de Mierda del Mes, saltó de la parte trasera y comenzó a trabajar los controles del elevador de carga.
“Sí, estás despedida.” Meg no podía ver mucho de su paciente, pero a juzgar por las expresiones del personal del Helimed, habían tenido un viaje agotador incluso antes de que fueran sometidos a la conducción del novato. Sólo cuando uno de los hombres se movió Meg notó a Sanne sentada en el asiento junto a la mampara. Se veía pálida y temblorosa, y estaba vestida con shorts y una chaqueta demasiado grande para ella. Meg levantó una ceja ante el estado de sus piernas, que parecía como si alguien hubiera puesto un rallador de queso en ellas.
Sanne debió de haber captado su reacción, porque enderezó la espalda y sacudió la cabeza una vez, advirtiendo a Meg que no hiciera un escándalo. Tomó la mano que Meg le ofreció, le dio un rápido apretón mientras bajaba de la ambulancia, y luego se hizo a un lado para permitir que Meg se centrara en su paciente.
El ruido de las ruedas de la camilla contra el ascensor llevó a Meg a seguir su ejemplo. “Sala de trauma por favor, chicos,” ella dijo, volviéndose para escoltar la camilla por el pasillo. Su evaluación visual inicial de la mujer había hecho que sus manos comenzaran a sudar en sus guantes. Con alguien en tal condición
Debido a su helipuerto y unidad especialista en neurocirugía, Sheffield Royal había sido designado Centro de Trauma por poco más de un año: las ambulancias y Helimed rutinariamente pasaron por alto a los hospitales locales y transportaron a los pacientes más gravemente heridos al Royal para la atención de expertos. Una vez que la mujer había sido transferida a la cama del hospital, el equipo de Meg dejaron lo que estaban haciendo y escucharon al médico del Helimed mientras él entregaba a su paciente.
Se aclaró la garganta para asegurarse de que su voz se elevara por encima del chirriar del respiradero y el sonido de alguien gimiendo en la siguiente área de estacionamiento. “La paciente es una mujer no identificada, encontrada inconsciente en la base de un acantilado. El mecanismo exacto de sus lesiones es desconocido ...”
Meg escrutó a la mujer mientras escuchaba, haciendo coincidir los signos vitales de los monitores con los signos físicos: la creciente presión sanguínea que indicaba una hemorragia intracraneal; las reveladoras contusiones alrededor de sus ojos, típicas causadas por una fractura de cráneo; y el pulso disminuyendo y la simple pupila dilatada que advertía que la mujer necesitaba cirugía en las próximas horas si algo parecido a una vida fuera a ser salvada para ella. A pesar de que Meg trató de considerar el panorama general, el horror puro implícito por los más pequeños detalles los hacía destacar: marcas de ligaduras, abrasiones alrededor de los labios de la mujer, uñas rotas o desaparecidas, y la ropa interior sucia que quedó al descubierto cuando las mantas fueron quitadas. Estaba delgada y deshidratada, con una sucesión de moretones y marcas sobre sus venas en la parte interna del codo que sugerían repetidas inyecciones administradas por una mano inexperta. Meg añadió un examen toxicológico a una lista mental que estaba creciendo más a cada segundo.
“Eso está muy bien, gracias,” ella dijo mientras el médico de Helimed indicaba que había terminado de hablar. “Sahil, estás conforme con sus vías respiratorias?”
El anestesista asintió. “El tubo está bien, pero hay resistencia al respirador, y la entrada de aire es pobre en su lado izquierdo.”
“Tiene muchos moretones en ese lado de su pecho,” Meg dijo. “De acuerdo, no vamos a joderla por esperar una serie de rayos X. Vamos a hacer un drenado, a ver si eso mejora las cosas, y luego bajarla para un CT (Tomografía) completa, lo antes posible. Se sabe algo de Neuro?”
“Treinta minutos,” Liz dijo, “pero eso fue hace veinte minutos. El Dr. Maxwell está retrasado en el teatro.“
Un reloj se había puesto en marcha al inicio de la llamada de trauma. Meg tomó nota de su tiempo y añadió otros diez minutos a la estimación de Liz. Los de Neuro eran conocidos por llegar tarde a todas las fiestas.
“Correcto.” Ella se balanceó sobre sus talones mientras finalizaba su plan de acción. Por alguna razón, el movimiento siempre la ayudaba a pensar. “Eso nos da la oportunidad de hacer el drenado, ABG (Gasometría arterial), catéter, y análisis de orina. Grupo y prueba por al menos seis unidades, y tomar las sangres habituales, incluyendo un tox (examen toxicológico). Grita si ves algo que Helimed pudo haber omitido, y embolsa todo, por favor. Tenemos un detective aquí esperando la ropa, así que quitala en una sola pieza, si es posible.“
Sanne estaba en la parte trasera de la pequeña habitación, presionada contra un contenedor de residuos clínicos y sintiendo que estaba ocupando demasiado espacio aun así. Cuando oyó que Meg la mencionaba, dio un paso adelante, sus brazos cargados con las bolsas de pruebas que Nelson simplemente le había dado en el pasillo. Él se había ofrecido para hacer el trabajo, pero un vistazo a la cara de ella le había detenido de insistir en el asunto. La cuerda que había cortado de las muñecas de la mujer ya estaba sellada y etiquetada. Ella colocó el contenedor donde pudiera mantener una estrecha vigilancia sobre él y abrió otra bolsa grande de papel para las mantas que una enfermera había recogido.
“Dóblalas hacia adentro,” dijo, tratando de facilitar las cosas para los laboratorios. “Eso es perfecto, gracias.”
Ella dobló la parte superior de la bolsa, registró la hora y la fecha, y añadió su firma. Mientras lo hacía, escuchó a Meg, maldecir y alzó la vista para ver sangre derramándose a través del amplio tubo de plástico que Meg acababa de empujar en el costado del pecho de la mujer.
“Mierda,” Meg dijo. “Si esto no disminuye, tendremos que conseguir un cardiotorácico aquí.”
“Sus sats están mejorando, sin embargo,” el hombre asiático colocado detrás de la cabeza de la mujer dijo con más optimismo.
Tomó al menos otro minuto antes de que Meg respondiera, pero una sonrisa se extendió gradualmente en su cara. “Disminuyendo en cerca de siete - cincuenta mililitros, por lo que es una bala esquivada. ¿Cómo vamos en otro lugar?”
para ella, pero Meg parecía tomar todo en su paso, ni una vez pidiendo una aclaración o para que alguien se repitiera. Sanne nunca la había visto trabajar un trauma importante antes. Pensando en el desastre de la salsa curry la noche anterior, estaba ligeramente impresionada por el mando tranquilo de Meg sobre su equipo.
"¿Detective?"
La misma enfermera que había dado a Sanne las mantas sostenía la ropa interior de la mujer con cautela. Un sujetador de color azul pálido entró en una bolsa de pruebas, y las bragas que una vez habían sido alegremente estampadas fueron en otra. Era un conjunto disparejo probablemente elegido al azar, la mujer nunca imaginando que sería vista por una habitación llena de personas luchando por mantenerla viva.
Sanne cerró las bolsas y se pasó una mano por los ojos, limpiándose las lágrimas antes de que se pudieran formar adecuadamente. Era peligroso bajar la guardia y pensar de esa manera. No podía hacer su trabajo si caía en esa trampa. Agradecida por la excusa de desaparecer de la vista, se agachó junto a la puerta para anotar las bolsas.
La puerta empujó contra su muslo cuando alguien la abrió, y una voz incorpórea llamó a Meg.
“La CT está lista cuando tú estés, y el Dr. Maxwell está en camino.”
“Fabuloso.” Meg se quitó los guantes y alcanzó por un par nuevos. “Dile a Max que se reuna con nosotros en el escáner. Estaremos allí en cinco.“
***
Dejada atrás en la sala de trauma, Sanne recogió las bolsas de pruebas y se detuvo, apoyada en la pared. Sus oídos zumbaban, y un latido sordo detrás de sus ojos advirtió de un inminente dolor de cabeza. No había bebido lo suficiente, apenas había comido algo, y había estado funcionando bajo un estrés constante durante horas. Sólo otro día en la oficina, entonces, pero nunca había experimentado un día como éste.
Ella acunó su brazo izquierdo donde Meg lo había agarrado. Cuando hizo una mueca de dolor bajo el tacto, Meg la había soltado rápidamente. “No vayas a ninguna parte hasta que te haya echado un vistazo,” le había dicho a Sanne en un tono autoritario, antes de salir para seguir la camilla hacia el escáner.
Molesta consigo misma por perder el tiempo, Sanne abrió la puerta con su trasero y llevó las bolsas al pasillo. Dos agentes uniformados se acercaron para ayudar.
“Gracias,” dijo, mientras agregaban sus bolsas al montón ya apilado en una silla de ruedas. “¿Está el detective Turay por aquí?”
“Él sólo salió para tomar una llamada.”
Sanne echó un vistazo a la salida con cierto grado de incertidumbre. Quería checar con su pareja, pero se resistía a dejar su puesto. Meg le había dicho que el escáner tomaría al menos veinte minutos, sin embargo, así que decidió tomar el riesgo.
“Si no estoy aquí cuando la traigan de vuelta de CT, vengan a buscarme,” le dijo a los oficiales. Sus desconcertadas reacciones la hizo detenerse, y sacudió la cabeza, avergonzada. “Lo siento, soy la Detective Jensen.”
“Oh.” El mayor de los oficiales se ruborizó hasta las raíces de su pelo castaño. “Escuchamos que alguien había estado en los páramos con la víctima, pero —”
“Pero no sabías que buscabas a un detective en shots.”
“Exactamente.” Él sonrió, su color retrocediendo un poco. “Iré a buscarte tan pronto como ella está de vuelta.”
"Gracias. Lo apreció.” Ella ya estaba caminando hacia las puertas abiertas, más allá de las cuales la voz de Nelson era apenas audible entre el trinar de los gorriones anidando debajo del dosel del área de estacionamiento de ambulancias. Sanne sabía que Meg amaba a esos gorriones y regularmente hacía alarde de la política hospitalaria dejando migajas para ellos en los contenedores que flanqueaban las puertas. Mientras esperaba a que Nelson terminara de hablar por teléfono, ella se encontró escudriñando los contenedores por restos de trozos de pan, pero lo único que encontró fueron colillas de cigarros y un pedazo de goma de mascar desechado. Se acercó más a la luz del sol en cambio, deseando que su día libre se hubiera convertido en algo más que esto.
“Hey, San.” Nelson habló en voz baja para no asustarla. Ella no se había dado cuenta de su acercamiento. Él se guardó el teléfono en el bolsillo. “¿En que
“Eso no debería decirlo yo?” Caminaron en una parte más sombría del estacionamiento, y ella bajó la mano con la que había estado protegiéndose los ojos. “¿Era la jefa?”
"Sí.Está fuera en los páramos con SOCO (Oficiales de escenas del crimen)“
Sanne se lamió los labios secos, reacia a preguntar cualquier otra cosa. Hombre prevenido vale por dos, sin embargo. “¿Está ella ...?” Tragó saliva y lo intentó de nuevo. "Hice— "
“¿Ella viniendo aquí para arrastrar tu trasero sobre las brasas?” Nelson
ofreció."No. Y lo hiciste bien, así que no parezcas tan aterrorizada.” Él apenas le
dio tiempo para procesar eso antes de continuar. “Subí las fotos y el vídeo de tu móvil y las envié a SOCO y a la jefa. Se veían bien. Escogiste algunos detalles útiles. SOCO, EDSOP, y un equipo de policías están yendo sobre la escena inmediata. La jefa está planeando conseguir a voluntarios que participen, también, para que podamos ampliar la búsqueda.“
“La víctima fue retenida en alguna parte,” Sanne dijo. “En el estado en que se encontraba, no pudo haber corrido lejos.”
“Esa es una posibilidad. La otra es que escapó de un vehículo que cruza las
rutas altas o manejo a campo traviesa,” él respondió. “O, el criminal se aburrió de
ella, la llevó allí, y la tiró por la cresta.”
Sanne sintió una exaltación familiar mientras sopesaba las teorías. Ella y Nelson siempre trabajaban bien así, intercambiando ideas entre sí. Apenas había tenido la oportunidad hasta el momento para pensar en algo de esto, pero le encantaban estas primeras, analíticas horas de procesamiento de un nuevo caso.
“Los guardabosques de National Trust y Mountain Rescue están ayudando a identificar las carreteras más cercanas,” Nelson dijo. “Carreteras y cualquier área con acceso vehícular.”
Ella asintió. Si su suposición inicial era correcta, el agresor de la mujer habría tenido problemas para conseguirla en los páramos, a menos que ella hubiera estado caminando por ahí en el momento de su secuestro. Lo que planteaba la pregunta: ¿era un oportunista, o lo había planeado de antemano? Sanne no estaba segura de cuál era la respuesta más aterradora. Con frecuencia ella corría sola allí y nunca se había considerado en peligro por nada excepto el clima y el terreno. “¿Están bien los dos chicos?” ella preguntó, cambiando de tema.
“Están alterados, como es comprensible, pero sus padres se reunieron con ellos en el HG (Jefatura), y los dos lograron dar declaraciones detalladas.”
“¿Ya?” Ella miró su reloj. “Dios, es esa la hora?”
"Hora de almorzar. La jefa dijo que tomara tu declaración, pero estoy seguro de que quería decir que fueras a comer algo primero.“
Sanne sacudió la cabeza y trató de no hacer una mueca por el dolor que causó el movimiento. “No, no puedo hacer una declaración aún. Quiero permanecer en el hospital.” Eso salió más desesperado de lo que pretendía, pero en su haber Nelson sólo asintió.
“¿Qué tal dos ibuprofeno y una taza de té?”
Ella sonrió y se apoyó en él brevemente. "Ahora estas hablando."
***
Si Meg hubiera sido una mujer de apuestas, se habría ganado cinco libras a sí misma. Encontró a Sanne, como predijo, exactamente donde la había visto por última vez, apoyada contra la pared de la sala de trauma, esperando continuar con su tarea, con bolsas vacías de evidencia a sus pies. Había estado escribiendo en un cuaderno, pero cuando el equipo regresó, ella bajó el lapicero y lanzó una mirada expectante a Meg.
“No es bueno,” Meg articuló. Rodeada de colegas, no fue capaz de dar la noticia con suavidad. “Dame unos minutos, ¿de acuerdo?”
Siempre la profesional, Sanne asintió, su rostro no traicionó nada, pero su lapicero se deslizó desapercibido entre sus dedos y rodó debajo del contenedor. Meg se dio la vuelta alejandose, sofocando el repentino impulso de envolver a Sanne en una manta y llevarla hacia un cubículo por un muy necesario TLC (Amor y cuidado).
En el momento justo, alguien puso una caja de poliestireno del banco de sangre en sus manos y le indicó que debía firmar por eso.
“Gracias,” murmuró, revisando el contenido y garabateando su nombre. “Max, quieres una unidad de esto ahora?”
Los resultados del escaner habían hecho que esta muestra de Neuro funcionara, y estaban finalizando los arreglos para llevar a la mujer al quirófano. Su plan era cortar en su cráneo para tratar de aliviar la presión de la hemorragia intracraneal. Podrían quitar una sección del hueso para crear espacio adicional para el cerebro o para succionar el coágulo que se había formado, o podrían abrirla y darse cuenta de que sus esfuerzos eran inútiles, que todo lo que podían hacer era tratar de hacerla sentir cómoda. El cráneo era esencialmente una caja cerrada. O bien la hinchazón de su lesión podría disminuir, o le aplastaría su cerebro hasta que sus funciones vitales fallaran. Para alguien que ya había sobrevivido a tantos traumatismos, tal muerte parecía particularmente vengativa. Meg tomó su furia en el tubo IV enredado en sus manos, rompiéndolo tenso y osando no encajar en su lugar. El brazo de la mujer estaba frío y flojo bajo los dedos de Meg, como si su cuerpo ya estuviera llegando a un acuerdo con su pronóstico y comenzando a cerrarse. La sangre corrió a través de la vía cuando Meg la abrió, pero no hubo ninguna transformación milagrosa cuando golpeó la
vena, ni un rubor de color saludable o contracción de movimiento — no es que
Meg hubiera esperado uno.
“Estamos listos para irnos,” Max le dijo.
“Bien.” Ella jaló de la manta por encima del brazo de la mujer. “Algo más que necesites que haga?”
"No, gracias. Estamos tan listos como podemos llegar a estar. Te llamaré cuando hayamos terminado, ¿de acuerdo?”
“Muy bien.” Ella no se movió cuando la cama fue sacada de la habitación. En pocos minutos, la mayoría del equipo se alejó para limpiar, reabastecer o escribir notas retrospectivas. Fue sólo cuando la última persona se había ido que Sanne se acercó a ella.
“Hola,” Sanne dijo.
Meg dejó escapar un suspiro tembloroso. Se sentía extrañamente
desconectada. Ella sabía que debería estar haciendo algo, pero no podía entender qué. "Hola, tú."
Los dedos de Sanne se cerraron alrededor de los suyos. "Vamos, amor. Te prepararé un té.“
***
La mitad de una taza de té y una mantecada consumida en el refugio de la sala de personal hizo que Meg se sintiera más como ella misma de nuevo. Desde detrás del borde de su taza, observó a Sanne alternar entre el té y la galleta, sin usar ambas manos.
“Entonces, ¿dónde estás lastimada?”
En una serie de movimientos cautelosos, Sanne dejó la taza y se sacudió las migajas invisibles de sus rodillas. "En ninguna parte. ¿Qué quieres decir?,” Murmuró, mirando el piso, sus orejas poniendose rosadas.
“Sanne Jensen, eres un mentirosa terrible. Por eso el Sr. Kincaid siempre solía castigarnos, porque eras una maldita inútil en contar una mentira simple.“
Sanne se detuvo a medio sacudirse. “Nunca quise tomar ese atajo! Me
encantaba correr a campo traviesa. Tú eras el culo perezoso que insistió en
cruzar el campo de nabos.“
El recuerdo hizo a Meg sonreír. Sin saberlo ellas, Kincaid habían estado acechando en el tramo de la ruta que habían pasado por alto, y había descubierto su atajo justamente.
“Siempre tan empollona cosita.” Ella alisó el pelo rebelde de Sanne de la frente. “¿Quieres que te ayude a quitarte el abrigo?”
Sanne sacudió la cabeza, excusas ya saliendo de sus labios. "Estoy bien.Tengo