El gato y el ratón
—Puedo entender que no confiaran en mí —dijo Papastamos—, pero tendrían que haberlo hecho. ¿Acaso creen que los griegos no sabemos nada de esas cosas? ¡Precisamente los griegos! Escuchen: yo nací en Faistos, en la isla de Creta, y viví allí hasta los trece años. Luego fui a casa de mi hermana, en Atenas. Pero nunca he olvidado los mitos de las islas, y nunca olvidaré lo que vi y escuché allí. ¿Saben ustedes que en la actualidad todavía hay lugares en Grecia donde ponen monedas de plata sobre los párpados de los muertos para mantenerlos cerrados? ¡Ja! ¡Y esos cortes en los párpados de Layard eran porque él seguía abriendo los ojos!
—Manolis, ¿cómo íbamos a saberlo? ¿Cuántas personas cree que le creerían si usted cogiera a cien y les contara que estaba persiguiendo a un vampiro?
—En Grecia, en las islas griegas, unas diez o veinte —respondió Manolis— No sería gente joven, claro está, sino viejos, que todavía recuerdan. Y arriba, en las montañas (en las aldeas de los Cárpatos, o en Creta, o mejor aún, en Santorini), serían setenta y cinco entre cien. Porque en esos lugares las cosas se olvidan muy lentamente, y las viejas costumbres perduran. ¿No saben ustedes dónde están? Miren un mapa. ¡Rumania está a poco más de mil kilómetros! ¿Y ustedes creen que los rumanos no conocen a los vrykoulakas, los vampiros? No, amigos míos, no somos niños inocentes.
—Muy bien —dijo Harry—, no perdamos más tiempo. Usted sabe, comprende y cree. Lo aceptamos. Pero aun así, debemos advertirle que los mitos y las leyendas pueden ser muy diferentes de las criaturas reales.
—Yo no estoy tan seguro —respondió Manolis, negando con la cabeza—. En todo caso, yo he tenido ya una experiencia con estas criaturas. Cuando era niño, hace treinta años, hubo una epidemia. Los niños estaban cada vez más débiles. Un viejo cura había vivido en un remoto lugar de las colinas, en mi isla. Había vivido solo en aquel lugar durante muchos años. Decía que estaba solo a causa de sus pecados, y que no se atrevía a rodearse de gente. Poco tiempo antes de que los niños comenzaran a enfermar, le habían encontrado muerto, y le habían enterrado allí mismo. El cura del pueblo subió hasta la tumba del viejo cura con un grupo de aldeanos (los padres de los niños enfermos), y le desenterró. ¡Y le encontraron gordo, rubicundo y sonriente! ¿Y qué hicieron entonces? Oí decir tiempo después que le habían clavado una espada de madera en el corazón. No sé con certeza si lo hicieron, pero esa noche encendieron una gran hoguera en las montañas, y el resplandor se vio a muchos kilómetros a la redonda.
—Lo haremos —asintió Harry—; pero antes, que hable él, que vino a decirnos algo.
—¡Ah! —Manolis se puso en pie de un salto—. El vampiro que ustedes persiguen... ¡ahora son dos!
—¡Ken Layard! —gimió Harry.
—Sí, el pobre Ken. Me llamaron hace una hora desde la morgue. Habían encontrado el cadáver de uno de los empleados. Tenía el cuello roto. Y el cadáver de Ken Layard había desaparecido. En ese instante recordé lo que habían dicho de Layard, que era un no-muerto, y que querían incinerarlo lo antes posible. Y entonces lo supe. Pero eso no es todo.
—Siga, Manolis —le urgió Darcy.
—El Samothraki falta del puerto desde la noche de los incidentes bajo los viejos molinos, cuando rescaté a Layard de las aguas. Esta mañana los pescadores han traído numerosos restos de un naufragio. ¡Eran del Samothraki! Y aún hay más. Una joven prostituta murió en la calle, hace cuatro noches. Se le ha hecho la autopsia. El médico dice que puede haber muerto por diversas razones: por no comer (¿cómo dicen ustedes, desnutrición?), o quizá porque se desmayó, permaneció en la calle toda la noche y murió de frío. Pero lo más probable es que haya muerto de anemia. ¡Ja! Ya saben qué clase de anemia, ni una gota de sangre en el cuerpo. ¡Por Dios, vaya anemia!
—¡Es como una plaga! —gimió Harry—. Hay que incinerarla también a ella.
—Se hará. Hoy mismo —prometió Manolis—. Me ocuparé personalmente de este asunto.
—Pero aún no sabemos quién es el vampiro, ni tampoco qué le ha hecho a Ken. Y también quisiera saber cómo llegaron aquí todos esos murciélagos...
Harry señaló la chimenea.
—Eso al menos no es un misterio —dijo—. En cuanto a Layard, ahora es el vasallo de esa criatura y su fiel servidor. ¿También pregunta por la identidad del vampiro? Tengo una pista que puedo seguir. Creo que alguien que conozco tiene la respuesta.
—¿De qué pista habla? —le preguntó Manolis sin rodeos—. ¡Todas las pistas son para mí! No más secretos. Y quiero que me hablen de la palabra que escribieron los murciélagos en la pared. ¿Qué significa?
—Ésa es precisamente la pista —dijo Harry—. Faethor lo dispuso todo para que yo no olvidara lo que me había dicho. Quiere que vaya a verle.
Manolis, frunciendo el entrecejo, los fue mirando a la cara de uno en uno. —Y ese Faethor, que puede hacer esa clase de cosas... ¿qué es?
—¿No más secretos? —preguntó con ironía Harry—. Manolis, aunque pudiéramos perder un día entero, no nos alcanzaría el tiempo para informarle de todo lo que sabemos. Y si lo hiciéramos... ¡no nos creería!
—¡Póngame a prueba! —respondió Manolis—. Pero hágalo cuando estemos en el coche. Primero se visten y desayunan, luego vamos a la comisaría en la ciudad. Creo que es el lugar más seguro. Y en el camino me lo cuentan todo.
este asunto a nuestra manera. Además, Manolis, tiene que prometernos que no hablará de esto con nadie.
—Lo que usted diga —dijo Manolis—. Y les ayudaré en todo lo que pueda. ¡Ustedes son los expertos! Pero no perdamos más tiempo. Deprisa, por favor.
Y los tres se vistieron tan rápido como pudieron.
A media mañana habían terminado con todo lo planeado, y a mediodía Manolis Papastamos lo puso en acción. Una vez que supo lo que había que hacer, no perdió tiempo y se puso de inmediato manos a la obra.
Harry Keogh poseía ahora un pasaporte griego convenientemente gastado, y con visa para Rumania. Según el documento, su portador era un anticuario, que traficaba con antigüedades en todo el mundo (Harry había sonreído irónicamente cuando leyó esto), y se llamaba Hari Kiokis, un nombre que seguramente no le causaría demasiados problemas. Sandra tenía billete para el vuelo de las 21.10 a Londres, y Darcy iba a permanecer en Rodas y trabajaría con Manolis. La Organización E estaba al tanto de todo lo sucedido, pero Darcy no había solicitado aún la ayuda de ningún agente. Primero debía considerar las dimensiones del problema y luego, a través de Sandra, solicitaría la ayuda pertinente.
El vuelo de Harry a Bucarest, vía Atenas, era a las 2.30 horas, y, como faltaba una hora, almorzaron en la terraza de una taberna que daba al puerto de Mandraki. Fue allí donde los encontró uno de los policías griegos, que traía noticias para Papastamos.
El hombre era gordo y sudoroso, lleno de cicatrices y con las piernas estevadas; si no hubiera sido un policía, le habrían tomado por un delincuente. Llegó en un pequeño ciclomotor, y llamó desde la calle, abajo de la terraza donde estaban sentados:
—¡Eh, Papastamos! —gritó agitando su brazo—. ¡Manolis!
—Sube —le respondió Papastamos—, tómate una cerveza, así te refrescarás un poco.
—Usted no se sentirá nada fresco dentro de un momento, inspector — respondió el policía, tras lo cual entró en la taberna y subió la escalera que llevaba a la terraza. Cuando llegó, Manolis le ofreció una silla.
—¿Qué sucede? —le preguntó.
El agente, tras recuperar el aliento, le contó en griego su historia.
—Estábamos en la morgue del hospital, tomando declaración a todos sobre el cadáver desaparecido. —Echó una mirada a los compañeros de Manolis, y agregó a modo de disculpa—: Quiero decir, sobre las circunstancias que conciernen al caso del amigo inglés de ustedes. Como ya he dicho, tomamos declaración a todos. Una chica, una recepcionista que estaba esa noche de guardia dijo que alguien fue a verlo en las primeras horas de la mañana. Pero lo más interesante es la descripción que hizo del visitante. Aquí está, léala usted mismo.
El agente sacó una arrugada hoja del bolsillo de su camisa y se la tendió a Manolis. Éste de inmediato tradujo lo que su subordinado le había dicho y luego leyó la declaración de la testigo. La leyó luego por segunda vez, con más
detenimiento, y frunció el entrecejo.
—Escuchen esto —dijo, y leyó en voz alta—: «Eran aproximadamente las seis y media de la mañana cuando llegó un hombre. Dijo que era el capitán de un barco, y que uno de sus tripulantes había desaparecido. Había oído decir que habían rescatado a alguien del mar, y pensó que podía tratarse del marinero. Lo llevé a ver al señor Layard, que estaba en su habitación bajo la acción de los sedantes que le habían administrado. El capitán dijo: "No, no conozco a este hombre. La he molestado para nada". Yo me dirigí a la puerta de la habitación, pero él no me siguió. Cuando me volví para mirarlo, estaba junto a Layard, con la mano en el chichón que éste tenía en la cabeza, y dijo: "¡Pobre hombre, qué herida tan fea! Pero me alegro de que no sea uno de mis tripulantes". Le dije que no debía tocar al paciente y lo acompañé hasta la salida. Era muy extraño, a pesar de que se había compadecido por Layard, sonreía de una manera muy rara...».
Harry, que escuchaba con gran atención, preguntó: —¿Y la descripción?
—Un capitán de barco —continuó leyendo en voz alta Manolis—, muy alto, delgado, de aspecto extraño y con gafas de sol, que no se quitó cuando estaba adentro. Me parece..., me parece que lo conozco.
El policía gordo hizo un gesto afirmativo.
—Sí, yo también —dijo—. Y cuando estábamos vigilando ese antro infame, la taberna Dakaris, le vimos salir de allí.
—¿La taberna Dakaris? Está muy cerca de donde encontraron a esa pobre puta. —Y de inmediato añadió—: Perdón, Sandra.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó Harry.
—¿Que quién es? —Manolis le miró—. Haré algo mejor que decirle quién es, ¡le diré dónde se encuentra! ¡Está allí! —dijo Manolis señalando al otro lado del puerto.
El elegante yate blanco cruzaba las aguas del puerto por el canal para barcos de más calado, pero la distancia no era tan grande como para que los ojos de Harry no pudieran leer el nombre.
—¡El Lazarus! —exclamó—. ¿Y cómo se llama su dueño? —Casi igual —respondió Manolis—. Jianni Lazarides. —¿Jianni? —el rostro de Harry palideció.
—Johnny — tradujo Manolis encogiéndose de hombros.
—John —repitió Harry, y en lo más profundo de su mente otra voz (o el recuerdo de otra voz) dijo «Janos».
—¡Ahhh!—Harry se cogió la cabeza cuando el dolor le atenazó el cráneo.
Fue agudo pero breve; no era un ataque, solamente una advertencia. Pero confirmó sus sospechas. Sólo por medio de los muertos podría haber aprendido el nombre de «Janos» (quizá se lo había dicho el mismo Faethor), y con ellos le había sido prohibido hablar. Abrió los ojos a la cruel luz del sol, y vio una expresión de preocupación en el rostro de sus amigos—. Le conozco —dijo cuando pudo hablar—. Y ahora sé que estaba en lo cierto, y que debo ir a ver a Faethor.
—Porque no lo conozco lo bastante bien —le dijo Harry mientras el dolor se desvanecía rápidamente—. Y puesto que Faethor fue su progenitor, él debe saber mejor que nadie cómo tratarlo.
—Nada ha cambiado —dijo Harry mientras se dirigían al aeropuerto en el coche que les había conseguido Manolis—. Seguiremos nuestros planes tal como lo habíamos decidido. Yo voy a Ploiesti, y allí veré si Faethor me dice algo más. Pasaré allí toda la noche, y si es necesario dormiré en las ruinas de su castillo. Es la única manera segura de comunicarme con él. Sandra volverá esta noche a Inglaterra, pase lo que pase. Ahora que ese tal Lazarides (Janos Ferenczy, en realidad) domina a Ken Layard, puede localizar a cualquiera. Todas las personas relacionadas conmigo están en peligro, sobre todo si se encuentran en el territorio del vampiro —Harry, hizo una pausa, miró las caras de los que estaban con él, y luego continuó—: Darcy, tú te quedas aquí con Manolis, y averiguarás todo lo que puedas sobre Lazarides, el Lazarus y su tripulación. Remóntate a los inicios, a su primera aparición en la escena. Manolis puede ser una gran ayuda. Puesto que Janos ha elegido una identidad griega, no debería ser muy difícil para las autoridades de este país averiguar sus orígenes y su procedencia.
—Había olvidado algo —dijo Manolis mirando a Harry por el espejo retrovisor—. Ese tipo tiene doble nacionalidad, griega y rumana.
—¡Dios mío! —se espantó Sandra—. Harry, él puede viajar sin problemas, mientras tú tendrás que desplazarte con suma cautela.
Harry se quedó pensativo un instante y luego dijo:
—Sí, debería haber esperado una cosa así. Pero esto no cambia nada. Cuando él se entere de que yo estoy allí, y suponiendo que intente ir en mi búsqueda, yo ya habré salido de Rumania. De todos modos, no puedo hacer nada más.
—¡Por Dios, me siento tan impotente! —se quejó Manolis cuando estacionaron el coche y bajaron—. Una voz en mi interior me dice: «Ve a bordo de ese barco y detén a ese monstruo». Pero sé que eso es imposible. Comprendo que no debo hacer nada que pueda ponerle sobre aviso hasta que lo sepamos todo sobre él. Además, Ken está en sus manos y...
—Ken ya no cuenta —le interrumpió Harry mientras se dirigía hacia la sala de embarque—. Nadie puede hacer nada por él. —Harry miró a Manolis con expresión atormentada—. Nada, salvo acabar con él, lo que sería un acto misericordioso. Pero no esperen que Ken se lo agradezca. ¿Agradecerlo? ¡Por Dios, nada de eso! ¡Antes les cortaría la cabeza!
—De todos modos —le dijo Darcy a Manolis—, usted tiene razón: aún no podemos tocarle. Ya le hemos hablado de Yulian Bodescu. En opinión de Harry, era un niño inocente en comparación con Lazarides. Pero cuando se enteró de que iban tras él, vivimos en medio del terror hasta que finalmente murió.
—Por otra parte, yo no podría ir ante el gobierno, y decir: «¡Envíen las cañoneras para hundir a un vampiro en su nave!». No, imposible. Pero cuando el Lazarus vuelva a puerto, me parece que sucumbiré a la tentación de arrestar uno a uno a sus tripulantes.
—Si puede aislarlos, identificarlos positivamente como vampiros, y tiene un buen equipo que lo respalde, conozca la manera de tratar con esas criaturas y no tenga miedo de actuar, adelante —dijo Harry—. Pero, lo repito otra vez, eso podría forzar a Lazarides a descubrirse, lo que a su vez puede conducir a una cadena de acontecimientos que usted de ninguna manera podría controlar.
Manolis, mientras guiaba a Harry y a sus compañeros hacia el mostrador de la sala de embarque, le respondió:
—No se preocupe. No haré nada hasta que usted no me dé la señal de partida. Pero me siento frustrado, por eso hablo...
Harry sólo tuvo que esperar quince minutos hasta que le llamaron para que embarcara.
—Si lo hubiéramos pensado antes, yo podría haber ido contigo hasta Atenas, y de allí a Londres. Pero todo ha sucedido tan repentinamente que no se me ocurrió... No me gusta nada verte marchar solo, Harry —le dijo Sandra en el último instante.
Él la abrazó y la besó, y luego se dirigió a Darcy y Manolis.
—Volveré, lo prometo. Pero si..., si me demorara, continúen con los procedimientos y resuelvan las cosas como mejor sepan. ¡Y buena suerte!
—Ese es el sobrenombre que me dan —respondió Darcy—. Cuídate, Harry.
Sandra lo abrazó una vez más, y luego él se volvió y se unió a la multitud que marchaba a embarcar.
Un hombre vestido con pantalones bermudas de brillantes colores, camisa blanca con el cuello abierto y sandalias contempló, confundido entre los que habían ido a despedir a los viajeros, el despegue del avión donde viajaba Harry. Era un griego que ocasionalmente prestaba servicios a los rusos. Ahora su misión era descubrir el destino de Harry, y comunicárselo a aquéllos.
No era una tarea difícil, ya que su hermano trabajaba en el servicio de información a los viajeros.
El paisaje del campo rumano era muy monótono, incluso en esta época, cuando los últimos días de primavera dejaban paso a los primeros del verano; no había mucho verde digno de ser contemplado. Abundaban, sí, los marrones y los grises: pilas de arena y cemento, grandes edificios baratos de bloques de hormigón y ladrillos. Se construía más que en las zonas turísticas de España, Turquía y Grecia juntas. Sólo que aquí no tenía nada que ver con el turismo, porque también había una gran cantidad de escombros. Los grotescos e inhumanos mecanismos de la política agroindustrial de Ceausescu: ahorra dinero amontonando a más y más gente bajo un sólo techo, como ganado en el corral. Adiós a los campesinos autónomos, a las pintorescas granjas, a la vida de pueblo. Bienvenidos los horribles e inmensos bloques de apartamentos. Y todo el tiempo las riendas del control político sostenidas con mano de hierro.
Harry, con los ojos entrecerrados, miraba atentamente el territorio por las ventanillas del coche. La vista que se dominaba desde la carretera que iba de Bucarest a Ploiesti era la de un paisaje después de la batalla. Las aplanadoras
trabajaban en grupo, envueltas en la niebla contaminante que soltaban los tubos de escape, arrasando pequeñas comunidades agrícolas y reemplazándolas por descampados llenos de fango; otras máquinas permanecían inmóviles o descansaban junto a grandes excavadoras con las palas mecánicas en alto, como cuellos de monstruos en permanente alerta. Y donde una vez hubo aldeas, ahora sólo se veía tierra rasa, escombros y desolación.
—Más de diez mil pueblos en la vieja Rumania —masculló entre dientes el conductor del coche de Harry, percibiendo quizá que su pasajero aún estaba despierto—. Pero el presidente Nicolae piensa que hay cinco mil de más. ¡Qué chiflado! Si alguien le dijera cómo hacerlo, aplastaría hasta las montañas.
Harry no respondió y continuó dormitando, pero se preguntó: «Qué sucederá con la morada de Faethor, en las afueras de Ploiesti? ¿La derruirá Ceausescu, si es que ya no lo ha hecho?».
Y si así había ocurrido, ¿podría Harry encontrarla en esta ocasión? La última vez que había estado aquí llegó por medio del continuo de Möbius, guiado telepáticamente por la voz de Faethor. (O, mejor dicho, necroscópicamente, porque Harry no era un verdadero telépata, y sólo podía hablar mentalmente con los muertos). Faethor le habló, y Harry le había localizado. Ahora era diferente; sólo podría reconocer el lugar donde estaba Faethor cuando lo tuviera enfrente. En cuanto a su localización exacta..., sabía solamente que allí no cantaban los pájaros, que las plantas no florecían ni daban