• No se han encontrado resultados

Los amigos de Harry, y otros

Un sonido metálico que se oía a lo lejos distrajo momentáneamente a Harry de la historia del extinto vampiro. Se disculpó ante su interlocutor, y recorrió con la vista los terrenos baldíos, cuya monotonía sólo era rota por unas casas medio demolidas. Ni siquiera el sol, que entibiaba la espalda de Harry y comenzaba a evaporar el agua de los charcos, conseguía hacer menos sombrío el paisaje: un puñado de dinosaurios de metal avanzaban en el horizonte, extrañas siluetas medio veladas por nubes de polvo y el humo azul de los tubos de escape. Era poco probable que las aplanadoras llegaran hasta donde se encontraba Harry, pero su visión hizo que recordara la hora. Debían de ser cerca de las nueve; tenía que regresar a Bucarest; el vuelo de regreso a Atenas salía a las doce y cuarenta y cinco.

¿Harry? —llamó Faethor, su voz débil como un suspiro—. Puedo sentir el

sol sobre la tierra, y me debilita. ¿Continúo, o lo dejamos para otra ocasión?

Harry reflexionó durante un instante. Había aprendido mucho sobre Janos, un vampiro con enormes poderes mentales. Pero, de acuerdo con Faethor, su hijo no era un vampiro en el verdadero sentido de la palabra, o al menos no lo era hacía ochocientos años. Teniendo esto en cuenta, esta conversación no era sólo una oportunidad para aprender más acerca de Janos, sino también sobre los vampiros en general. Harry no ignoraba que ya era una autoridad en la materia, pero pensaba que, sobre criaturas como ésas, todo conocimiento era poco.

Tienes razón —dijo Faethor—. Muy bien, continuaré. Y seré tan breve como

pueda...

Mis cíngaros encontraron al perro de mi hijo temblando en una cueva de los riscos. Fui hasta allí y le llamé. Él se acercó a la entrada, que se abría a un saliente en la roca bajo la cual se abría el precipicio.

Janos, a pesar de su juventud, era corpulento y muy fuerte. Tan corpulento como Thibor cuando joven, o como yo. Tenía miedo pero no era cobarde. Había cortado una rama y la había pulido y afilado hasta hacer una estaca.

—No te acerques, padre —me advirtió—, o la clavaré en tu corazón de vampiro.

—¡Ah, hijo mío —le dije sin ninguna animosidad—, ya lo has hecho! ¡Creía que me querías! Estaba seguro de ello. Y también de que amabas a tu madre..., aunque no sabía cuál era la naturaleza de tu amor. Pero, ¿qué sé de ti, en verdad, excepto que eres mi hijo? Ahora me doy cuenta de que te conozco muy, muy poco. —Y me adelanté un paso hacia la entrada de la cueva.

mientras retrocedía.

—¿Castigarte, yo? —Me encorvé, y moví la cabeza en un gesto de tristeza—. No, sólo quiero una explicación. Eres carne de mi carne, Janos. ¿Cómo podría castigar a mi propio hijo, ahora que soy probablemente una de las criaturas más solitarias de la Tierra? Estaba furioso, sí, ¿pero te resulta tan difícil comprender mis sentimientos? ¿Y a qué me condujo la ira? Tu madre está muerta, y ambos, que la amábamos tanto, la hemos perdido. Y ahora ya no hay ira en mí.

—Entonces, ¿no..., no me odias? —preguntó.

—¿Odiarte? ¿A ti, mi propio hijo? —hice un gesto negativo con la cabeza—. No, pero no entiendo. Quiero comprenderte, Janos. Explícame por qué lo has hecho, y puede que así te conozca mejor. —Y me metí un poco más en la cueva.

Él continuó retrocediendo, pero no dejó de amenazarme con su arma. Y como si se hubiera roto un dique, las palabras fluyeron de su boca.

—¡Cómo te he odiado! —dijo—. Porque eras cruel conmigo, frío, indiferente las más de las veces y siempre..., siempre distinto de mí. Yo era como tú, y sin embargo no lo era. Y lo que más deseaba era ser enteramente igual a ti, pero no podía. He contemplado a menudo cómo te transformabas en una lámina de carne que se alzaba en el aire; pero cuando intentaba hacer lo mismo, yo siempre caía. Quería infundir miedo en el corazón de los hombres, como tú, con una mirada, una palabra, un pensamiento, pero yo no era un vampiro y sabía que, si lo intentaba, ellos me matarían como a un enemigo cualquiera. Y entonces tuve que hacerme amigo de quienes despreciaba, introducirme en sus mentes, hacer que me amaran para conseguir su obediencia. Me veía parecido a ti, pero nunca podría ser tú, y por eso te he odiado.

—¿Tú deseabas ser yo? —repetí. —¡Sí, porque tienes el poder!

—Pero tú tienes tus propios poderes —le respondí—. ¡Grandes, fantásticos poderes! Y debes agradecérmelos. Pero me los has ocultado todos estos años.

—No los he ocultado —dijo con sorna—. Por el contrario, te los he demostrado. Los utilicé para mantenerte fuera de mi mente y de mi voluntad. Y permanecieron secretos incluso cuando estaban plenamente desarrollados. Tú pensabas que mi mente era inferior, incapaz de conocer tus talentos, y por consiguiente impermeable a ellos; que yo era una página en blanco (un vacío incluso) en la que nada podía ser escrito. Y entonces, cuando descubriste que no podías dominar mi mente, no dijiste: «¡Vaya, qué fuerte es!», sino «Ja, qué débil». Era tu ego, padre, inmenso pero no infalible.

—Sí —dije pensativo cuando él terminó—. Eres mucho más complejo de lo que yo sospechaba, Janos. Y tienes poderes.

—¡Pero no los tuyos! —dijo—. Tú eres... una criatura cambiante, misteriosa, siempre diferente. Y yo soy siempre el mismo.

—De acuerdo. Pero yo soy wamphyri.

—Y yo siempre he querido serlo —dijo él—, pero no soy más que un ser humano extraño, una cosa a medias....

—¿Y eso te disculpa? —le pregunté—. ¿Es ésa una razón suficiente para usar a tu madre como a una puta? Odiarme por tus propias deficiencias fue un error, pero pretender enmendarlo poseyendo a...

—¡Sí! —me interrumpió—. Esa era mi razón. Quería ser como tú y no podía, y por eso te odiaba. Y tenía que mancillar y someter aquello que tú más querías. Primero los cíngaros, de quienes logré que me amaran, si no más que a ti, al menos igual. Y después tu mujer, que te conocía mejor que nadie en el mundo, como sólo una amante puede conocer.

Ahora —y muy deliberadamente— retrocedí alejándome de él, y Janos me siguió en dirección a la entrada de la cueva.

—En tu deseo de ser como yo —dije—, decidiste hacer las cosas que yo hacía, y saber lo que yo sabía. Hasta el punto de conocer a tu propia madre... carnalmente.

—Creí que ella podía..., que podía enseñarme cosas.

—¿Qué? —casi suelto una carcajada—. ¿Los usos sexuales? ¿No crees que ésa debe ser la tarea del padre?

—Yo no quería nada de ti, sólo quería ser tú.

—¿Y no podías haber sido más afectuoso, y ganarte así mi cariño? Esta vez fue él quien estuvo a punto de echarse a reír.

—¿Tu cariño? ¡Hubiera sido como buscar dulzura en un terrón de sal! —Eres duro —le dije en voz baja—. Quizá no seamos tan diferentes, después de todo. Y en ese caso, tú serías wamphyri, ¿no? Pero tienes mucho que aprender antes de que llegue ese día.

—¿Qué dices? —se extrañó, y una expresión de incredulidad pasó por su rostro como una sombra. Y luego susurró—: ¿Estás diciendo que...?

—¡Eh! —Extendí mi mano en un gesto aleccionador; ahora que él estaba fascinado, era mi turno para mantenerlo a raya—. No, no somos tan distintos como tú creías. Y te diré algo, mi estúpido, celoso e impaciente hijo: lo que has hecho no es algo excepcional. Ni siquiera extraño o detestable. No lo es para mí, ni para los que son como yo. ¿Incesto? ¡Los wamphyri siempre han jodido a los suyos, y uso esa palabra en todas sus acepciones! Te diré algo, Janos: alégrate de haber nacido hombre, y de ser más humano que vampiro. Porque si fueras otro vampiro... sabría muy bien qué hacer contigo. ¡Sí, y entonces comprenderías plenamente el significado de la palabra violación!

Mis palabras deberían haberle puesto sobre aviso de que yo no estaba tan dispuesto a perdonarle como aparentaba, pero no fue así. Yo le había hecho una promesa a medias, y él la quería entera, y en el acto.

—Has dicho que... ¿puedes enseñarme a ser wamphyri?

—Bien, sí, algo así. —Su estaca ya no señalaba mi pecho con la firmeza de antes.

—¿Y cómo lo harías?

—¡No tan rápido! —dije—. Antes debo saber hasta dónde has llegado. Has dicho que deseas ser como yo. Exactamente igual que yo. Es decir, wamphyri. Muy bien, pero entretanto has practicado, ¿no es verdad? Y debo saber cuáles han sido tus logros.

—Será mejor que me preguntes en qué he fracasado. ¡Todo lo demás puedo hacerlo!

—Muy bien. ¿Y qué es lo que no puedes?

—No puedo cambiar la forma de mi cuerpo, alterar mi sustancia, volar. —Eso no es más que la voluntad actuando sobre la carne..., pero sólo si la carne es de wamphyri. La tuya no lo es. Aun así..., eso se puede modificar. ¿Qué más?

—Eres un nigromante muy hábil. En una ocasión, mataste a un Viajero solitario que pasaba por aquí. Yo estaba escondido, y te vi abrir su cadáver y hurgar en sus vísceras para extraer todo su conocimiento del mundo exterior. Aspiraste los gases de su abdomen para aprender de ellos. Chupaste sus ojos para ver lo que habían visto. Frotaste la sangre de sus oídos destrozados sobre los tuyos para oír lo que ellos habían oído. Más tarde, cuando pasó una tribu de cíngaros desconocidos, yo les robé una niña e hice con ella lo que tú con el Viajero. Pero no aprendí nada, sólo me puse enfermo.

—Los wamphyri somos excelentes nigromantes —le dije—. Sí, y es un difícil arte. Pero... puede ser enseñado. Si me hubieras permitido entrar en tu mente, yo podría haber sido tu maestro. Tú mismo te limitaste, Janos. ¿Alguna otra cosa?

—Tu enorme fuerza —respondió él—. Te he visto castigar a un hombre. ¡Lo levantaste en el aire y lo arrojaste a lo lejos como si fuera un pequeño madero! Y te he visto... en la cama. Tu energía no se agotaba nunca. Yo solía pensar que Marilena tenía algún secreto, una pócima misteriosa, algo que mantenía tu erección. También por eso me acosté con mi madre. Quería saber todos tus secretos.

Y había algo al respecto que yo también deseaba saber. —¿Sospechó ella alguna vez que eras tú?

—Jamás —me respondió—. Mis ojos la habían sometido por completo. Sólo sabía lo que yo quería que supiera, y hacía lo que yo le ordenaba.

—E hiciste que creyera que tú eras yo —gruñí—, ¡para que lo hiciera todo! —y me adelanté para sujetarlo.

En ese instante, el muy perro leyó mi mente. Hasta entonces me había protegido, pero la imagen de él y Marilena juntos volvió a acosarme, y perdí el control. Janos vio mis pensamientos, mis intenciones, eludió mi brazo y me atacó con su lanza.

Yo estaba al borde del precipicio; me hice a un lado y el arma desgarró mi ropa y me rozó el hombro. Se la quité, y le golpeé con ella en la cara. Le destrocé la boca, y saltaron sus dientes. Hizo un movimiento convulsivo para apartarse de mí y se golpeó la cabeza contra el techo de la cueva. Y cuando se desplomó lo cogí. Aturdido, no pudo hacer nada cuando lo llevé hasta el borde del peñasco. Su cabeza se balanceaba, pero tenía los ojos muy abiertos, y me contemplaba mientras yo permitía a mi enfurecido vampiro que cambiara una y otra vez mi rostro y mi cuerpo.

—De modo que querías ser wamphyri —gruñí entre dientes, y le mostré mi mano, que ahora era la garra de una bestia primitiva—. Querías ser como yo. Quiero que sepas, Janos, que la única razón de que seas humano es tu madre.

Yo deseaba que ella tuviese un niño, y en cambio le di un monstruo. Pero has dicho que eres algo intermedio, y tienes razón. No eres ni una cosa ni la otra, y no sirves ni para hombre ni para bestia. ¿Deseabas poder modelar tu carne a voluntad? ¡Que así sea, entonces!

Y junté una bola de flema, espuma y sangre sobre mi lengua hendida, y la metí dentro de su boca abierta, y la empujé por su garganta hasta que la tragó. Tosió, medio ahogado, hasta que pareció que iban a saltársele los ojos, pero no podía hacer nada.

—¡Ya está! —dije, riendo como un demente—. Deja que crezca en ti, y forme la elástica carne que deseas, y haga que tu carne sea la suya. Sí, necesitarás algo de vampiro en ti..., aunque sea para unir tus huesos rotos.

Y sin una sola palabra más, lo arrojé al precipicio...

Janos estaba malherido. Todos los huesos rotos, tal como yo se lo había anunciado, y la carne desgarrada contra las rocas. Si hubiera sido un hombre, habría muerto. Pero siempre hubo algo de mí en él, y ahora había aún más. Lo que yo había escupido en su interior creció más rápido que un cáncer, pero en vez de matarle, le salvó la vida. Janos iba a curarse y a vivir, porque así me convenía.

Antes de dirigirme a Hungría, y a la ciudad de Zara, ordené a los cíngaros que dejaba tras de mí:

—Cuidadle bien. Y cuando haya curado, dadle mis órdenes. Ha de permanecer aquí y guardar mi castillo y mis tierras, porque he de ser bienvenido a mi regreso. Hasta entonces, él es el señor del lugar, y se hará su voluntad. —Y partí a unirme a la gran cruzada, y tú ya sabes lo que sucedió, y cómo terminó todo...

Cuando dejó de oírse la voz de Faethor, Harry echó una mirada al lugar y vio que las aplanadoras ya estaban en funcionamiento. A unos ciento ochenta metros de donde él se encontraba, una casa en ruinas se desplomó en medio de una nube de polvo y escombros, y a Harry le pareció que el suelo temblaba. También Faethor lo percibió.

¿Crees que hoy llegarán hasta aquí?

El necroscopio hizo un gesto negativo.

—No, no lo creo. Además, no parecen trabajar de acuerdo a un plan preconcebido, y tampoco se les ve trabajar muy deprisa. ¿Te afectará que destruyan este lugar? No queda ya mucho que destruir, de todos modos.

¿Preguntas si me afectará? No, nada puede hacerlo, puesto que ya no existo. Pero el estruendo de esas máquinas puede hacer que me sea mucho más difícil escuchar las conversaciones de los muertos.

Y Harry sintió la sarcástica sonrisa del monstruo, quien a su vez percibía la inevitabilidad de una tumba de cemento, probablemente en el centro de una gran fábrica. Una sonrisa, sí, porque Faethor jamás aceptaría la compasión de Harry, e incluso haría como que la ignoraba.

Por consiguiente, la frase que a continuación le dirigió Harry era, tal vez, gratuita:

cambien. —Pero de todos modos, la dijo. Y añadió de inmediato, antes de que se percibiera su incomodidad (o la de Faethor)—: Ahora tengo que marcharme. He aprendido mucho de ti, y te agradezco que me hayas devuelto la facultad de hablar con los muertos. Si puedo, me comunicaré de nuevo contigo (de noche, claro está, y probablemente desde lejos), para que termines de contarme tu historia. Porque sé que después de la cuarta cruzada regresaste a Valaquia y acabaste con Thibor, y deben de haber sucedido más cosas entre tú y Janos. Puesto que hace muy poco que se ha levantado de su tumba, antes alguien debió ponerlo en ella. Y sospecho que ese alguien eres tú, Faethor.

Harry sintió la sombría sonrisa del vampiro.

—Bien, lo que fue hecho en una ocasión, puede serlo en otra. Con tu ayuda, claro está.

Siempre serás bienvenido, Harry. El propósito de ambos es que Janos vuelva al polvo. Y ahora, sigue tu camino. Me gustaría descansar un poco, al menos mientras dure esta paz que acabará tan pronto.

Pero cuando Harry cogió la mochila, sus pies resbalaron en la viscosa carne de las setas venenosas. Su «aroma» le asaltó como una ráfaga fétida.

—¡Aj! — Harry no pudo contener la exclamación de asco. Y Faethor la escuchó, y tal vez vio mentalmente cuál era la causa.

¿Setas?— preguntó el vampiro, y Harry pensó que su voz sonaba como si

el vampiro de repente se sintiera inquieto.

Puede que, después de todo, la precariedad de su situación le afectara. —Sí, hongos, setas venenosas, lo que sean. El calor del sol está acabando con ellas.

Harry percibió el estremecimiento de Faethor, y deseó no haber dicho nada. Su última frase había sido innecesariamente cruel. Pero... ¡qué diablos!... ¿por qué debería alguien sentir pena por el destino de una criatura muerta hacía ya tanto tiempo, y tan malvada como había sido el vampiro?

—Adiós —se despidió, y abandonó la morada en ruinas de Faethor, dirigiéndose hacia el antiguo cementerio, y la polvorienta carretera que pasaba junto a él.

Hasta siempre —le respondió el espíritu inquieto—. Y no te demores

reflexionando sobre lo que debes hacer. Pon manos a la obra de inmediato, Harry, que en este caso la prontitud es fundamental.

Harry esperó un instante, pero Faethor no dijo nada más...

Cuando Harry escaló el muro posterior del viejo cementerio y caminó entre las tumbas y las lápidas, alguien le llamó desde muy cerca:

¡Harry! ¡Harry Keogh!

Harry se sobresaltó y miró a su alrededor pero... ¡allí no había nadie! Claro que no, pues le hablaban en la lengua muerta..., aunque sin la terrible agonía mental que había llegado a asociar con el idioma de los difuntos. Le habían prohibido utilizar su macabro talento durante tanto tiempo que le costaría acostumbrarse de nuevo a su uso.

¿Te he asustado? —preguntó la voz de algún alma muerta—. Discúlpame.

Documento similar