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Sandra

Sandra Markham tenía veintisiete años, un hermoso tipo y una no menos hermosa cara, y era una telépata neófita. Por el momento, tenía muy poco control sobre su don, y éste iba y venía. Pero en lo que concernía a Harry Keogh, era mejor así. En ocasiones había leído cosas en su mente que ella estaba segura de que no deberían haber estado allí... ¡ni en ninguna mente sana!

Había hecho el amor con Harry hacía apenas una hora y él después se había quedado dormido. Sandra había llegado a conocer bien los hábitos de Harry: dormiría tres o cuatro horas, que para él eran el equivalente de una noche de sueño completa. En cuanto a Sandra, mañana compensaría las escasas horas de sueño de esta noche durmiendo en su piso de Edimburgo.

Cuando contempló el pálido y tranquilo rostro de Harry, casi infantil en reposo, no vio signos de los rápidos movimientos oculares que señalarían que estaba soñando. Por ahora ella también podía descansar. Lo que interesaban eran los sueños de Harry, o al menos era lo que Sandra se decía a sí misma.

La joven trabajaba para la Organización E. A veces deseaba que no fuera así, pero la realidad era ésa. Se ganaba así el pan de todos los días (y unas cuantas cosas más), de modo que no debería quejarse. Y en verdad, hasta que apareció Harry, no había tenido muchos motivos para quejarse. Al principio, aquél había sido un trabajo más —un amigo nuevo al que tenía que conocer, e intentar comprender—, pero luego las cosas se habían complicado y ella se había implicado profundamente. Había sucedido, simplemente, y después ella había deseado que sucediera una y otra vez más. Y al poco tiempo, Harry ya no era un trabajo más sino un modo de vida, no sólo «en su mente», sino también bajo su piel. Y al cabo de algún tiempo, Sandra había comenzado a pensar, y aún lo pensaba, que estaba enamorada de Harry Keogh.

Trabajar en el caso de Harry (odiaba pensar en él como un «caso», pero ésa era la realidad, por más que intentara maquillarla) era más interesante que ser un instrumento humano de adivinación para resolver casos que desconcertaban a la policía. La Organización E la utilizaba habitualmente para espiar en las mentes de delincuentes —las mentes de prisioneros demasiado endurecidos como para que la ley pudiera con ellos—, buscando pistas que métodos más ortodoxos no podían descubrir. Trabajo que, por cierto, habría sido satisfactorio si ella no hubiera tenido que entrar realmente allí. Porque mentes de esa calaña eran a menudo como cloacas, y ella no podía olvidar fácilmente su hedor. Y en ocasiones, si se trataba de un brutal asesinato o de una violación, el hedor podía permanecer un largo, larguísimo tiempo.

Ésta era, probablemente, la razón por la que Sandra se había enamorado de Harry Keogh. Porque su mente era como un jardín... durante casi todo el

muchos años: no débil, nada de eso. Ni siquiera ingenua, aunque había en él un toque de ingenuidad, sino amable, benévola. A Harry no le gustaba hacer daño a nadie, ni a nada.

Con la belleza de Sandra, habría sido raro que no hubiera hombres en su vida. Hubo algunos. Pero ella no podía apagar y encender su talento a voluntad. En verdad, ése era su gran defecto, que aparecía y desaparecía azarosamente. Podía suceder que saliera a cenar con un hombre, que él la acompañara a casa y se despidiera en la puerta besándole la mano y preguntándole cuándo podían verse otra vez, y en ese preciso instante su mente se abría como un libro y Sandra veía en ella la figura de un sátiro despiadado, y se veía junto a él. No con todos los hombres pasaba eso, pero sí con muchos.

Esto, sin embargo, no era todo. Estaba también el engaño, el hecho de que la gente miente. Como la vecina del piso de al lado, que sonríe y dice «¡Buenos días!» cuando nos cruzamos en la escalera, y en realidad está pensando: «¡Muérete, maldita bruja!». O el peluquero, que charla mientras nos peina, y de repente se le oye pensar: «¡Dios, y pensar que me pagan cinco libras la hora por hacer estos horrores! Esta estúpida debe tener más dinero que sentido común».

Sí, hubo algunos hombres. Los guapos a quienes sólo les preocupaba su propio aspecto. Y los no tan guapos cuyas mentes hervían de celos si algún otro hombre te sonreía. Y otra ocasión, en que después de una semana entera de veladas con un compañero «perfecto», estaban acostados juntos y él se preguntaba si tendría tiempo de hacer una vez más el amor antes de coger el último autobús para regresar a su casa.

La vida era así, Sandra lo sabía y había aprendido a vivir así desde que era una adolescente y su don comenzara a desarrollarse. Pero en semejante existencia no había mucho espacio para el amor. O no lo había hasta que apareció Harry.

Él era tan... anómalo.

Sandra, además de su mente, había leído también su expediente. Harry había matado a un buen número de personas. Eso era lo que decía su expediente. Pero no decía que él recordaba y se lamentaba de casi todas esas muertes, o que en ocasiones sentía la necesidad de hablar con ellos, y decirles que lo sentía, pero que no había podido hacer otra cosa. Tampoco decía que aún tenía pesadillas relacionadas con algunas de las cosas que había visto y hecho. Y, de todos modos, Sandra no creía ni la mitad de las cosas que se le atribuían. Su propio talento era paranormal, sí, pero lo que Harry podía hacer —o pudo hacer en otra época— era supranatural. Y él había utilizado sus poderes de la mejor manera posible. Había matado a muchos hombres con ellos, pero nunca había asesinado.

Sandra sabía cómo piensan los asesinos, y Harry Keogh no se parecía en nada a ellos. Sus pensamientos eran profundos y oscuros como el vino tinto, pero sacudidos por olas semejantes a las de un mar embravecido, y llenos de remolinos y bajíos, mientras que los pensamientos de Harry eran como el agua clara de un arroyo que corre sobre un lecho de piedras. Su mente podía ser también aguda, claro que sí, llena de dagas, si se le daba motivos para desenfundarlas, pero eran claramente visibles, nunca estaban ocultas. No, en la

mente de Harry no había esquinas sombrías o callejuelas sórdidas. O si las había, no eran lugares en los que él intentara permanecer mucho tiempo.

Y en ese instante, acostada junto a Harry, Sandra supo cómo lo definiría. Él sólo podía ser dos cosas: completamente amoral, o naturalmente inocente. Y puesto que ella sabía que no carecía de moralidad, era un inocente. Un inocente maldito, pero inocente al fin. Un niño con sangre en las manos y en la conciencia y en sus pesadillas. Pesadillas que había decidido no comunicar a nadie hasta que se hacían insoportables, y entonces acudía a Bettley. Bien, ella no estaba segura de quién era Bettley —¿un Judas Iscariote? ¿Un padre confesor que no respetaba los secretos del confesionario?—, pero no se sentía feliz con su propio papel en aquella historia. Y lo más terrible de todo, pensaba que Harry sospechaba algo, y por eso nunca se sentía completamente cómodo ni con Bettley ni con ella, ni tampoco gozaba con ella como Sandra quería que gozara, o como ella gozaba con él. ¡Jesús, encontrar un hombre como Harry sólo para descubrir que era probablemente el único hombre que ella nunca podría tener! O por lo menos no tal como ella lo deseaba.

Repentinamente, furiosa consigo misma —deseaba arrojar a un lado las mantas y saltar de la cama, pero no quería molestar a Harry—, Sandra apartó suavemente el brazo de Harry, que la rodeaba, bajó de la cama y se dirigió desnuda al lavabo.

No tenía frío, o calor, ni tampoco estaba sedienta, pero sentía que tenía que hacer algo. Algo ordinario, algo que la cambiara físicamente. Y de esa manera quizá cambiaría su humor. Si fuera de día, sería muy simple: caminaría hasta el parque y miraría jugar a los niños, y sabría que algo de su mundo de cuento de hadas se abriría paso muy pronto hasta su propia y mucho menos paradisíaca existencia. Y cuando se le ocurrió esta idea, Sandra supo con certeza que sus sentimientos eran en este instante extremadamente negativos. ¡Era terrible que necesitara la inocencia de otros para equilibrar el peso de su propia culpa!

Bebió un vaso de agua, se lavó las axilas y bajo los pechos, los lugares donde había sudado al hacer el amor, se secó con una toalla y se examinó con ojo crítico en el espejo.

A diferencia de Harry, Sandra no era nada ingenua. Es muy difícil que alguien pueda ser ingenuo o inocente si las mentes de los demás son para él como un libro abierto, y no puede desviar la vista, sino que está obligado a leerlo todo. Los otros telépatas de la Organización E —Trevor Jordan, por ejemplo— habían tenido mejor suerte con sus dones: debían esforzarse, concentrarse para poder hacer uso de ellos, no era algo que les sobreviniera sin que pudieran controlarlo, como una radio mal sintonizada.

Sandra, otra vez furiosa, hizo un gesto negativo con la cabeza. ¡Otra vez se estaba compadeciendo de sí misma! ¿Qué?, ¿sentía compasión de sí misma, de esta hermosa criatura que se reflejaba en el espejo? Había oído tantas veces los pensamientos de otras mujeres que repetían: «¡Dios, qué no daría por ser como ella!».

¡Ah, si supieran!

Sandra tenía grandes ojos azul verdoso, una nariz pequeña y respingada, una boca a la que había educado para que pareciera dulce y sin asomo de cinismo, orejas pequeñas medio perdidas en una mata de pelo cobrizo, y pómulos altos que descendían delicadamente hasta una barbilla redondeada y de líneas perfectas. Sandra, claro está, era consciente de su belleza. Puesto que lo eran otras personas, ella no podía ignorarla.

Su ceja derecha, una fina línea de color cobre, se curvaba en un gesto de interrogación, de desafío casi. Como si ella estuviera diciendo: «¡Adelante, piénselo!». Y en ocasiones, lo decía.

En aquellas ocasiones en que detectaba pensamientos halagadores, su sonrisa era brillante, involuntariamente agradecida. Pero su entrecejo se fruncía y sus ojos se entrecerraban en una mirada helada cuando «oía» otra clase de cosas. A primera vista, pues, se podía confundir el rostro de Sandra con el de una modelo de las que aparecen en las revistas femeninas; pero si se lo miraba con más atención, era evidente que su personalidad le había marcado. Había pequeñas arrugas producto de la risa en los ángulos de los ojos, sí, pero también otras líneas verticales y horizontales en su frente que indicaban el infinito número de veces que había fruncido el entrecejo. Sandra se sentía agradecida de que estas arrugas no disminuyeran su belleza.

En cuanto al resto, Sandra sólo tenía dos cosas que criticar en su cuerpo, que si no fuera por ellas hubiera sido perfecto, o al menos tal como ella lo deseaba: sus pechos eran demasiado grandes y sus piernas demasiado largas.

«¡Bueno, a ti puede que te parezcan defectos, pero a mí me encantan!», recordó que le había dicho Harry hacía tiempo. A él le gustaba cuando ella lo rodeaba con sus piernas mientras hacían el amor, o balanceaba sus grandes pechos ante su rostro. Sus grandes pezones, imperfectos como suelen ser todos los pezones, le fascinaban, al menos en aquellas ocasiones en que parecía estar realmente allí. Y Sandra se enfrentó a otra verdad: demasiado a menudo ella había utilizado su sexo para atraparlo en el aquí y el ahora, como si temiera que él pudiera escaparse... a otro mundo.

Sandra sintió repentinamente frío; apagó la luz del lavabo y volvió al dormitorio.

Harry seguía en la misma posición en que ella le había dejado de costado, vuelto hacia la izquierda, y con el brazo en el lugar que había ocupado el cuerpo de Sandra. Su respiración era profunda y acompasada, sus párpados no se movían. Un breve vistazo telepático, espontáneo, le hizo vislumbrar las bóvedas infinitas y vacías del sueño, que él recorría buscando una puerta. La imagen desapareció con la misma velocidad con que se había producido y Sandra suspiró. En los sueños de Harry siempre había puertas, restos quizá de las puertas de Möbius que él en el pasado había hecho surgir de la nada mediante fórmulas matemáticas.

Harry se lo había dicho en una ocasión:

—Ahora que aquello ha terminado, a veces tengo la sensación de que todo fue un sueño, o un cuento leído en un libro de fantasía. Algo irreal, que yo imaginé, o quizás una experiencia de abandono del propio cuerpo. Pero eso me recuerda demasiado claramente cómo era ser incorpóreo, y yo sé que realmente

ocurrió. ¿Cómo puedo explicarlo? ¿Has soñado alguna vez que podías volar? ¿Que realmente sabías cómo volar?

—Sí —respondió ella con su suave acento escocés—. Lo he soñado a menudo, y con gran realismo. En ocasiones corría cuesta abajo para coger impulso, y volaba luego sobre las colinas de Pentland, sobre el pueblo en que nací. A veces daba miedo, pero recuerdo que tenía la sensación de que sabía perfectamente cómo hacerlo.

Harry se había entusiasmado.

—¡Justamente! Y cuando despertaste intentaste retener ese conocimiento, no querías que se desvaneciera con el sueño. Y te desilusionó comprobar, cuando despertaste, que estabas otra vez en tierra. Bien —continuó él, desvanecido ya su entusiasmo—, así es como yo me siento muchísimas veces. Como algo que poseí en una serie de sueños infantiles, pero que ha desaparecido para siempre...

«Es mejor para ti, Harry», pensó Sandra. «Ese mundo era peligroso. Ahora estás a salvo.»

Quizás era mejor para Harry, pero no para la Organización E, ni tampoco para el trabajo que le habían asignado a Sandra. Por el contrario, ellos deseaban que él recuperara sus poderes, y no les importaba cómo. Y se suponía que ella era parte del equipo encargado de devolvérselos.

Sandra se acostó junto a Harry, y la mano de él acarició de manera maquinal su pecho. El cuerpo del hombre era delgado y fuerte, en forma. Él se empeñaba en mantenerlo así.

—Es unos cuantos años más viejo que yo —le había dicho un día sin el mejor buen humor en su voz—, así que debo cuidarlo mucho.

Como si no le perteneciera, sino que fuera meramente su cuidador. Era difícil creer que en una época ese cuerpo no era el de Harry. Pero Sandra, y se alegraba de ello, no le había conocido en aquella época.

—¿Qué pasa? —murmuró él mientras ella se apretaba contra su cuerpo. —Nada —susurró Sandra en la oscuridad de la habitación—, duerme. —Hmmm... —dijo él, e instintivamente se acercó aún más a ella.

Estaba tibio y era Harry. Sandra nunca se había sentido antes tan segura junto a un hombre. A pesar de todos sus problemas, cuando estaba con Harry la joven tenía la sensación de que él era sólido como una roca. Le acarició el pecho, pero muy suavemente; no quería excitarle ni despertarlo, sólo inducir en él un sueño más profundo.

Pero quien se quedó profundamente dormida fue ella.

¡Haaarry...! —La madre de Harry, Mary Keogh, le llamó desde su tumba

acuática, pero no pudo comunicarse con él. En el presente nunca podía hablar con su hijo, y sabía la razón, pero no le impedía intentarlo una y otra vez—.

Harry, hay alguien que está intentando desesperadamente hablar contigo. Dice que erais amigos, y que tiene que decirte algo muy importante.

Harry la oía, pero no podía responder. Sabía que no debía responder, porque le habían prohibido hablar con los muertos. Si en alguna ocasión lo intentaba, o incluso si sólo pensaba en hacerlo, de inmediato oía en su mente

poderes de necroscopio.

¡No debes, Harry, o sufrirás la pena del dolor! Sí, grandes dolores. Torturas tales que oirías las voces de los muertos deformadas más allá de toda posibilidad de reconocimiento. Una agonía mental tan enorme que nunca te atreverías a volver a intentarlo. No deseo ser cruel, padre, pero es para protegerte... y protegerme yo mismo. Faethor Ferenczy, Thibor y Yulian Bodescu quizá fueron los últimos... o puede que no. ¡Los wamphyri tienen poderes, padre! Y si hay otros escondidos en tu mundo, ¿no crees que saldrían a buscarte antes de que tú los descubrieras a ellos? Pero te buscarán sólo si tienen motivos para temerte. Y yo ahora te despojo por completo de aquello que justificaría su búsqueda. ¿Me comprendes?

—Lo haces por ti mismo —había respondido Harry—, y no porque temas por mí. Tienes miedo de que yo vuelva un día y te destruya en tu madriguera. Te he dicho que nunca lo haría, pero es evidente que no confías en mi palabra.

Las personas cambian, Harry. Y tú también puedes cambiar. Soy tu hijo, pero también soy un vampiro. No puedo arriesgarme a que un día regreses armado con la espada, la estaca y el fuego. Ya lo he dicho antes: eres peligroso como necroscopio, pero sin la ayuda de los muertos no puedes hacer nada. Sin ellos, no hay banda de Möbius. No podrás regresar aquí, ni buscarme en otros lugares. Y sí, también por esa razón te impongo estas restricciones.

—Entonces me condenas a la tortura. Los muertos me aman. ¡Me hablarán!

Quizá lo intenten, pero tú no los escucharás ni les responderás. No de manera consciente. Por consiguiente, te niego ese don.

—¡Pero yo soy un necroscopio! Para mí es un hábito hablar con los muertos. ¿Y cuando sea viejo? ¿Qué sucederá si hablo con ellos entonces? ¿También entonces estaré condenado al sufrimiento?

Hay que abandonar los hábitos, Harry. Lo digo por última vez, y si dudas de mí, inténtalo: no debes hablar conscientemente con los muertos, y si ellos te hablan debes borrar inmediatamente sus palabras de tu memoria... o sufrir las consecuencias. Que así sea.

—¿Y todas las matemáticas que me enseñó Möbius? ¿Tendré que olvidarlas?

¡Ya las has olvidado! Ésa es mi prohibición más inmediata, porque no seré invadido en mi propio territorio. Y ahora... deja ya de discutir. Todo ha terminado... y es irrevocable.

Y en ese instante, Harry había sentido un terrible desgarramiento mental que le hizo gritar, seguido por la oscuridad, que a su vez fue seguida por...

... Su recuperación de la conciencia en Londres, en la sede de la Organización E.

Esto había ocurrido hacía cuatro años. Harry le había contado a la Organización E todo lo que podía, los ayudó a completar y cerrar los expedientes sobre él y sus hazañas. Ya no era un necroscopio, no podía imponer su voluntad metafísica sobre el universo físico; la Organización ya no tendría ningún trabajo para él. Pero Harry tenía la seguridad de que no se darían por vencidos ni siquiera después de que hubieran probado y descartado todos los medios de que disponían para devolverle sus poderes paranormales. Como

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