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La lengua muerta

Cuando regresaba a su casa, después de dejar a Sandra en Bonnyrig, Harry se detuvo en un quiosco y compró un paquete de cigarrillos. Miró la vuelta, pero no intentó comprobar si estaba bien. No podría, aunque quisiera. Podían engañarle cada vez que compraba algo: él no se daría cuenta.

Eso era también obra de Harry hijo. En la actualidad, era absolutamente incompetente en matemáticas. ¿Cómo podría utilizar la banda de Möbius, si ni siquiera podía calcular la vuelta de un paquete de cigarrillos? Sandra se ocupaba de pagar todas sus cuentas. ¿Qué se había hecho de su intuición matemática? ¿Y las ecuaciones de Möbius? ¿Dónde diablos estaban? ¡Si ni siquiera podía representarse la ecuación más simple!

Y Harry se preguntó una vez más si su vida pasada había sido un sueño, una fantasía, un mero producto de su imaginación. Sí, recordaba muy bien cómo había sido todo aquello; pero cuando intentaba contárselo a Sandra, sólo podía hacerlo a la manera de un sueño, o de un libro leído en la infancia, y ya medio borrado de la memoria. ¿Había hecho realmente todas esas cosas? Y si así era, ¿quería de verdad ser capaz de hacerlas otra vez? ¿Deseaba hablar con los innumerables muertos, y pasar por puertas que nadie sospechaba que existían para viajar velozmente en el metafísico continuo de Möbius?

¿Lo deseaba? Quizá no; pero ¿qué era él sin ese don? La respuesta: Harry Keogh, un don nadie.

Una vez en su casa, fue al jardín y contempló de nuevo las piedras. KENL

TJOR RH

No tenían para él ningún significado, pero aun así fijó en su mente aquella escritura sin sentido. Después trajo la carretilla, la cargó con las piedras y las devolvió al muro donde... Se detuvo un instante, frunciendo el entrecejo, y luego las llevó otra vez al césped. Y allí las dejó, sin sacarlas de la carretilla.

Si alguien estaba intentando decirle algo, ¿por qué ponerle las cosas aún más difíciles?

Harry, de vuelta al interior de la casa, subió las escaleras hasta llegar al desván, una habitación amplia y polvorienta que nadie sospechaba que existía, con una ventana en la parte de atrás y una bombilla eléctrica que colgaba de una viga del techo. Tenía también un gran número de estantes llenos de libros. El desván era ahora una especie de monumento funerario a su obsesión. Todos los hechos y las ficciones estaban allí, todos los mitos y las leyendas, las «condenas definitivas» y las «evidencias irrefutables», que demostraban su

posibilidad—. Allí estaba todo, absolutamente todo lo que se conocía —y Harry había estudiado— sobre la naturaleza de los vampiros.

Todo esto era en verdad una especie de chanza macabra porque, ¿cómo podría alguien comprender plenamente la naturaleza del vampiro? Claro que si algún hombre podía, éste era Harry Keogh.

Pero Harry no había subido al desván a consultar una vez más sus libros o a sumergirse más profundamente en el miasma de épocas, tierras y leyendas del pasado. No, porque él creía que ya había pasado el tiempo del estudio, y de los vanos intentos por comprender. Sus sueños de hebras rojas entre las azules eran cosas inmediatas, del «ahora»; y si algo había aprendido en el curso de su extraña vida, era a confiar en sus sueños.

¡Los wamphyri tienen poderes, padre!

¿Un eco, un susurro, un ratón que se escabullía? ¿O un recuerdo?

¿Cuánto tiempo pasará hasta que te busquen y te encuentren?

No, en esta ocasión Harry no estaba aquí para investigar en sus libros. Las tácticas del enemigo deben estudiarse antes del ataque. Si él está golpeando a tu puerta, ya es demasiado tarde. Y aunque todavía no lo había hecho, Harry había soñado cosas, y confiaba en sus sueños.

Cogió de la pared donde estaba colgada un arma moderna (sí, moderna, aunque su diseño no había cambiado mucho en dieciséis siglos) y la llevó hasta una mesa, donde la depositó sobre una capa de periódicos para limpiarla, aceitarla y dejarla en condiciones de ser utilizada. Tenía esta arma, y en un rincón había también una cimitarra cuya hoja curva brillaba como una navaja.

¡Qué extrañas armas éstas para ser utilizadas contra una fuerza cuyo poder destructor era potencialmente mayor que cualquiera de los juguetes nucleares del hombre! Pero por el momento eran las únicas con que contaba Harry.

Y sería mejor que las dejara en condiciones...

La tarde transcurrió sin ningún incidente. ¿Y por qué no habría de ser así? Habían pasado años enteros sin incidentes, dentro de los parámetros de la mentalidad e identidad de Harry Keogh. Pasó casi todo el tiempo considerando su posición (que era ésta: ya no era un necroscopio, y no tenía acceso al continuo de Möbius), y la manera en que podría mejorar esta posición y recuperar sus talentos antes de que éstos se atrofiaran por completo.

Era posible —aunque muy difícil, considerando su actual incapacidad para el cálculo— que, si hablaba con Möbius, éste pudiera ayudarle a estabilizar el mecanismo matemático que se había desquiciado en su mente. Claro que antes tendría que ser capaz de hablar con el matemático, cosa que evidentemente en la actualidad era imposible. Porque Möbius estaba muerto desde hacía más de cien años, y a Harry le habían prohibido hablar con los muertos, so pena de agonía mental.

Él no podía hablar con los muertos, pero puede que éstos estuvieran estudiando la manera de comunicarse con él. Harry sospechaba —no, estaba seguro— que hablaba con ellos en sueños, aunque le había sido prohibido recordar, o obrar de acuerdo a lo que ellos le dijeran mientras dormía. Pero sabía que le habían hecho advertencias, aunque ignoraba acerca de qué.

dentro de todos los hombres, las mujeres y los niños que poblaban la Tierra, había una hebra azul que venía del pasado y constituía el futuro de la humanidad, y que él había soñado —o había sido prevenido— que entre el azul había hebras rojas.

Y aparte de esto —de la ineludible sensación de algo inminente y terrible—, el resto del asunto era un rompecabezas chino sin solución, un laberinto sin salida, la raíz cuadrada de menos uno, cuyo valor sólo puede ser expresado en abstracto. Harry sabía esto, a pesar de que había olvidado lo que significaba. Y era un rompecabezas que había estudiado hasta el aturdimiento, un laberinto que había explorado hasta caer rendido, y una ecuación que no había intentado resolver porque, tal como le sucedía con todos los conceptos matemáticos, no podía ni siquiera leerla...

A la noche se sentó a mirar televisión, intentando relajarse. Pensó llamar a Sandra, pero no lo hizo. Había algo que la preocupaba, Harry lo había percibido; además, ¿qué derecho tenía él a complicarla en esto..., fuera lo que fuese? Ninguno.

Ya entrada la noche, Harry se preparó para ir a dormir, pero acabó dormitando en su sillón. La pantalla parabólica del jardín recogía señales y las traducía en imágenes en la pantalla del televisor. Le despertó el ruido de aplausos, y descubrió un presentador americano hablando con una mujer gorda que tenía la mirada más humana y conmovedora que Harry había visto en mucho tiempo. El programa se llamaba «Gente interesante», o algo por el estilo, y Harry ya lo había visto en otra ocasión. Por lo general, era cualquier cosa menos interesante, pero ahora oyó la palabra «extrasensorial» y prestó atención. Todo lo que se refería a la percepción extrasensorial le parecía fascinante.

—Así pues, usted se quedó sorda cuando tenía dieciocho meses y nunca aprendió a hablar, ¿verdad? —le dijo el esquelético presentador a la mujer gorda.

—Así es —respondió ella—, pero tengo una memoria increíble, y evidentemente había oído muchas conversaciones antes de quedarme sorda. De todos modos, no había aprendido a hablar, de modo que no sólo era sorda sino también muda. Y luego, hace tres años, me casé. Mi marido es técnico en un estudio de grabación. Me llevó un día, y cuando le vi trabajar, de repente establecí la relación entre los sensores oscilantes de sus máquinas y el sonido de las voces y los instrumentos del grupo que estaba grabando.

—Entonces, de repente usted tuvo la idea del sonido, ¿no es así?

—Exactamente —la mujer gorda sonrió y continuó—: Yo había aprendido el lenguaje de los signos o dactilología (que yo mentalmente llamaba la «lengua muda») y también sabía que la gente sorda puede mantener conversaciones perfectamente normales, en lo que yo llamaba la «lengua sorda». Pero yo nunca lo había intentado porque no entendía el sonido. Mi sordera era total, absoluta. El oído no existía..., ¡o sólo existía en mi memoria!

—¿Y entonces fue a ver a ese hipnotizador?

—¡Ya lo creo que fui! Fue muy duro, pero él es muy paciente, y además conocía el lenguaje mudo. De modo que me hipnotizó, y me hizo recordar todas las conversaciones que había oído cuando era un bebé. Y cuando desperté...

—¿Podía hablar?

—Sí, tal como me está oyendo ahora.

—¡Increíble! Con una sintaxis perfecta, y casi sin acento. Señora Zdzienicki, la suya es una historia fascinante, y usted es una de las personas más interesantes que han visitado este programa.

La cámara se detuvo en el rostro sonriente del presentador, que subrayó sus palabras con un frenético gesto afirmativo.

—¡Sí, señora! Y ahora, sigamos con...

Pero Harry se había levantado para apagar el televisor, y cuando la pantalla se oscureció vio que ya era de noche. Cerca de medianoche, y la temperatura de la casa había bajado porque la calefacción se había apagado automáticamente. Ya era hora de meterse en la cama...

Aunque tal vez miraría una entrevista más con alguna de esas interesantes personas. No recordaba haber encendido el televisor; pero cuando la imagen apareció, Harry fue absorbido al interior de la pantalla y se encontró con Jack Garrulous, o como quiera que se llamase el presentador, a la deriva en el continuo de Möbius.

—¡Bienvenido al programa, Harry! —dijo Jack—. Estoy seguro de que todos le encontraremos muy interesante. Y he de decirle que todos admiramos mucho este..., bueno..., este lugar tan peculiar que usted se ha conseguido. ¿Cómo dijo que se llamaba?

—Éste es el continuo de Möbius —respondió Harry, un poco nervioso—, y yo no debería estar aquí.

—¡Pero en este programa todo vale, Harry! ¡Usted está en una hora de máxima audiencia, hijo, así que nada de timideces!

—¡Pero todas las horas son importantes, Jack, todo el tiempo es importante! ¿Así que usted está interesado en el tiempo? En ese caso, mire aquí —y, cogiendo a Garrulous por el codo, lo guió a través de una puerta del tiempo futuro.

—¡Muy interesante! —aprobó el presentador, y juntos se deslizaron en el futuro, rumbo a la lejana bruma azul que era la expansión de la humanidad en las tres dimensiones mundanas del universo espacio-temporal—. ¿Y qué son todas esas hebras azules, Harry?

—Las hebras de la vida de la raza humana —explicó Harry—. ¿Ve allí, esa hebra que comienza en este instante, de un azul tan puro y brillante que es casi cegador? Es un bebé recién nacido, con un largo camino por recorrer. ¿Y esa otra que se desvanece gradualmente, presta a desaparecer? —Harry bajó la voz en un gesto de respeto—: Es la de un anciano a punto de morir.

—¡Qué cosas dice! —exclamó asombrado Jack Garrulous—. Pero claro que usted lo sabe todo acerca de eso, ¿no es verdad, Harry? Quiero decir, lo sabe todo sobre la muerte. ¿No es usted, después de todo, un necro... necrono-sé- qué?

—Sí, soy un necroscopio —asintió Harry Keogh—. O mejor dicho, lo era. —¿Qué les parece eso, muchachos? —Jack se dirigió a la audiencia, sonriendo con dientes grandes como teclas de piano—. ¡Harry Keogh es el hombre que habla con los muertos! ¡Y ellos sólo le responden a él... y de muy

buena gana! Porque le quieren. Entonces —se dirigió a Harry—, ¿qué nombre le da usted a esa clase de conversaciones, Harry? Quiero decir, cuando habla con los muertos. Ya vio usted hace un rato, cuando charlábamos con la señora Zdzienicki, que nos hablaba de la «lengua muda» y la «lengua sorda» y...

—Yo le llamo al idioma que hablo con ellos la «lengua muerta» —le interrumpió Harry.

—¿La lengua muerta? ¿De verdad? ¡Diablos! ¡Qué interesante es usted! — El presentador hizo una pausa, mirando por sobre el hombro de Harry.

—¿Sí?

—Una última pregunta, hijo —dijo Garrulous con tono apremiante, los ojos fijos en algo que estaba fuera del campo de visión de Harry—. Usted nos habló de las hebras azules de la vida, ¿pero qué significa una hebra roja?

Harry volvió bruscamente la cabeza y miró, los ojos muy abiertos. ¡Y vio una hebra roja que se acercaba reptando hacia él!

—¡Vampiro! —aulló, y abandonando el sillón, se refugió en la oscuridad de la habitación.

Y en el quicio de la puerta vio una silueta: sólo podía ser aquello que él sabía que un día vendría a buscarlo.

Junto al sillón había una mesilla que Harry, al levantarse, había tumbado. Sus dedos, tanteando en la oscuridad, encontraron dos cosas: una lámpara de mesa que había caído al suelo y el arma que había puesto en condiciones ese mismo día. Y estaba cargada.

Harry encendió la lámpara, se lanzó agachado detrás del sillón esgrimió la ballesta de reluciente metal. Y vio que su peor pesadilla había entrado en la habitación.

La criatura no disimulaba su naturaleza: su piel de color gris pizarra, sus abiertas mandíbulas y lo que contenían, sus orejas puntiagudas y la capa de cuello alto que destacaba su cabeza y sus amenazantes facciones. Era un vampiro... ¡como los que aparecen en los tebeos! Pero aunque se dio cuenta de que no era verdadero (y él, más que nadie, debería saberlo), Harry tensó su dedo en el disparador del arma.

Su reacción fue total. El cuerpo que había entrenado hasta alcanzar la perfección, funcionaba tal como lo había programado durante cientos de simulacros de esta situación. Y a pesar de que acababa de despertarse —y de que sabía que la criatura que había entrado en la habitación era una falsificación—, la adrenalina corría por sus venas, su corazón bombeaba en el pecho con fuerza y el cuadrillo de cerca de cuarenta centímetros de la ballesta salió disparado en el aire. En la última milésima de segundo, Harry trató de evitar el desastre elevando la ballesta hacia el techo. Y lo consiguió, pero apenas.

Wellesley, cuando vio que Harry empuñaba una ballesta, había intentado retroceder, el rostro desencajado en una mueca de terror. El cuadrillo le pasó rozando la oreja, atravesó el cuello de la capa del traje de época que llevaba puesto, y su impulso arrastró a Wellesley contra la pared. El proyectil se hundió profundamente en el enlucido y los antiguos ladrillos, sujetando al jefe de la Organización E, que quedó allí clavado.

Wellesley escupió los dientes de plástico que llevaba en la boca, y que eran parte de su disfraz, y gritó:

—¡Idiota, no ve que soy yo!

Pero lo decía más para que le oyera Darcy Clarke, que estaba en algún lugar de la oscura casa, que Harry Keogh. Porque mientras Wellesley gritaba, su mano ya estaba debajo de la capa, cogiendo la pistola reglamentaria, una Browning de 9 milímetros. Esta era su gran oportunidad: Keogh lo había atacado, tal como él había esperado. Sería, pura y simplemente, un caso de defensa propia.

Harry, dispuesto a no correr el menor riesgo, había puesto otro proyectil en la ballesta, que estaba presta a ser disparada. En una especie de movimiento en cámara lenta, producto de sus propias acciones, vio que el brazo de Wellesley se enderezaba y se ponía en posición de disparar. Harry, no obstante, no podía creer que el hombre fuera a dispararle. ¿Por qué? ¿Qué razón tenía? O quizá Wellesley temía que fuera a utilizar por segunda vez la ballesta. Debía de ser eso, sí. Harry dejó caer su arma y alzó las manos.

Pero Wellesley no bajó el brazo. Sus ojos relucían, y sus nudillos palidecieron sobre el gatillo de la automática. Y sonreía mientras gritaba:

—¡Keogh, no sea loco! ¡No... no!

Y entonces... tres cosas sucedieron casi simultáneamente. Una: la voz de Darcy Clarke, que Harry reconoció de inmediato, gritó:

—¡Wellesley, salga de ahí! ¡Salga inmediatamente de ahí! —y los pasos del agente, que se acercaba, resonaron en el corredor, como resonó su maldición cuando tropezó con un tiesto con una planta y lo volcó.

Dos: Harry se arrojó hacia atrás, y se parapetó tras el sillón cuando comprendió cuál era la intención de Wellesley, y oyó el zumbido de la primera bala que erró por pocos centímetros. Y se levantó para coger la ballesta, justo a tiempo para ver cómo la furia y el deseo de matar en la mirada de Wellesley se transformaban en inconmensurable horror ante algo que parecía estar detrás de Harry.

Tres: el ruido de cristales rotos, cuando algo mojado, pesado y torpe entró destrozando las puertas del patio, algo que recibió los disparos de Wellesley que en un principio estaban destinados a Harry.

—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! —gritó el director de la Organización E vaciando su pistola por encima de la cabeza de Harry, quien a su vez se volvió hacia las destrozadas puertas de cristal.

Allí, tambaleándose por el impacto de los disparos pero no obstante en pie, se hallaba algo —alguien, aunque sería difícil decir quién era— que Harry creía no volvería a ver nunca. Y aunque no le conocía, sabía que era un amigo. ¡En los viejos tiempos todos los muertos habían sido sus amigos!

Este difunto estaba hinchado y empapado, pero intacto. No llevaba mucho tiempo muerto, aunque sí el suficiente como para oler muy mal. Y detrás de él venía otro cadáver, marchito, polvoriento, casi momificado. Ambos estaban amortajados y llevaban una piedra en la mano, y se dirigían hacia Wellesley, que aún estaba sujeto a la pared por el cuadrillo de la ballesta y continuaba apretando el gatillo de su vacía pistola.

Y Harry lo único que pudo hacer fue quedarse allí agazapado y mirar cómo los cadáveres se acercaban al director de la Organización E —que había enloquecido de terror—, y comenzaban a levantar las piedras a modo de arma.

En ese instante se encendió la luz del pasillo y Darcy Clarke entró en la habitación. Su talento para sobrevivir —que nadie percibía, excepto el propio Darcy— le gritaba que saliera corriendo de allí, pero no hizo caso de la advertencia. Después de todo, los muertos no dirigían su hostilidad contra él, sino contra su jefe.

—¡Harry! —gritó Darcy cuando vio lo que sucedía en la habitación—. ¡Por Dios, deténlos!

—¡No puedo! —le respondió Harry, también gritando—. ¡Sabes muy bien que no puedo!

Pero lo que sí podía era interponerse entre Wellesley y sus atacantes, y lo hizo. Se levantó de un salto, y consiguió meterse entre el desesperado Wellesley y las muertas criaturas. Y los dos cadáveres interrumpieron su marcha, y

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