E
l río brillaba con pálido fulgor el la bruma que precede al amanecer; murmuraba susurrante al rozar los guijarros d la orilla. Cerca de las riberas, sus aguas eran mansas, su superficie parecía inmóvil, y su color gris, centelleante. En el centro era oscuro y turbulento; veíase a simple vista que se precipitaba cauce abajo. El río era bello, imponente, Sobre él habla escrito Gógol su insuperable "Maravilloso es el Dniéper...". La alta orilla derecha descendía hasta el agua formando un abrupto declive. Parecía una montaña que hubiera avanzado sobre el Dniéper y se hubiese detenido impresionad por su anchura. La orilla izquierda estaba cubierta de arenosas playa dejadas por el río al reintegrarse a su lecho después de las crecidas de primavera.Junto al agua, metidos en una estrecha trinchera, había cine hombres. Cuerpo a tierra, formando un apretado haz, permanecían al lado de una "Maxim" de hocico chato. Eran los escuchas avanzados de la 7ª división de infantería. Junto a la ametralladora, cara al río, yacía Seriozha Bruszhak.
El día anterior, agotados en los interminables combates, batidos por el fuego huracanado de los cañones polacos, los soldados rojos habían abandonado Kiev. Pasaron a la orilla izquierda y se fortificaron.
Pero la retirada, las grandes pérdidas y, por último, la caída de Kiev habían influido con dureza en el ánimo de los combatientes. Abriéndose paso heroicamente a través del anillo del cerco, la 7ª división marchó por los bosques, y al salir al ferrocarril junto a la estación de Malín, barrió, en un ataque furioso, a las unidades polacas que la ocupaban, las arrojó al bosque y dejó libre el camino a Kiev.
Ahora, cuando la bella ciudad había sido abandonada, los soldados rojos estaban sombríos.
Los polacos habían ocupado en la orilla izquierda una pequeña, posición, junto al puente del ferrocarril, desalojando de Dárnitsa a las unidades rojas.
Pero, recibidos con encarnizados ataques, no pudieron continuar avanzando, a pesar de todos sus esfuerzos.
Seriozha contemplaba el correr de las aguas del río y no podía dejar de pensar en la víspera.
La víspera, el mediodía, lleno de la furia que dominaba a todos los soldados rojos, había contraatacado a los guardias blancos polacos. La víspera, por vez primera, había luchado cuerpo a cuerpo con tan legionario imberbe. Éste lo atacó con el fusil en ristre que terminaba en una bayoneta francesa, larga como un sable, corriendo con saltos de liebre y gritando algo incoherente. Por una fracción de segundo Seriozha Vio sus ojos dilatados por la rabia. Un instante después, Serguéi golpeaba con la punta de su bayoneta la del polaco. Y la brillante hoja francesa fue rechazada.
El polaco cayó.
A Serguéi no le tembló la mano. Estaba seguro de que él, Serguéi, que con tanta ternura sabia amar y ser tan fiel a la amistad, mataría a más. No era un muchacho malo ni cruel, pero tenía conciencia de que aquellos enviados de los parásitos mundiales, aquellos soldados a quienes azuzaban el engaño y la maldad, arremetían contra la querida República con un odio bestial.
Y él, Serguéi, mataba paria que llegara antes el día en que el hombre dejase de matar al hombre en la tierra.
Paramónov le dio un golpecito en el hombro: -Vamos a retirarnos, Serguéi, pronto nos localizarán.
Hacía ya un año que Pável Korchaguin recorría su querida patria en Tachanka, en el avantrén de un cañón, en un caballo gris con la oreja cortada. Se había hecho más fuerte y viril. Había crecido en los sufrimientos y adversidades.
Su piel, rozada por las pesadas cartucheras hasta sangrar, había tenido tiempo de cicatrizarse, y ya no se borraba la firme señal de los callos producidos por la correa del fusil.
Muchas cosas terribles había visto Pável durante aquel año. Con otros miles de combatientes, harapientos y desnudos como él, pero encendidos por la inextinguible llama de la lucha por el Poder de su clase, había recorrido a pie su patria, hacia adelante y hacia atrás, y tan sólo dos veces se había apartado del huracán.
La primera fue por causa de la herida, en la cadera; la segunda durante el frío mes de febrero del año 20, cuando cayó enfermo del tifus pegajoso y abrasador.
De manera más terrible que las ametralladoras polacas, segaba el tifus las divisiones y regimientos del 12º ejército. Extendíase éste en un inmenso territorio que abarcaba casi toda la Ucrania del Norte, cerrando el paso a nuevos avances de los polacos. Apenas repuesto, Pável se incorporó a su unidad.
El regimiento ocupaba posiciones junto a la estación de Fróntovka, en el ramal del ferrocarril que unía a Kasatin con Umañ.
La estación se encontraba en el bosque. En torno al pequeño edificio de la misma se acogían unas casitas derruidas y abandona., das. La vida en aquellos lugares se había hecho imposible. Hacía ya tres años que tan pronto amainaban como se desencadenaban de nuevo las matanzas. ¿A quiénes no habría visto Fróntovka durante aquel tiempo?
De nuevo maduraban grandes acontecimientos. Mientras el 12º ejército, terriblemente diezmado y desorganizado en parte, se retiraba, bajo la presión de los ejércitos polacos en dirección a Kiev, la República proletaria preparaba a los guardias blancos de Polonia, ebrios por su marcha triunfal, un golpe demoledor.
Desde el lejano Cáucaso del Norte, en una marcha sin precedentes en la historia de las- guerras, se desplazaban a Ucrania las divisiones del 1er ejército de caballería, templadas en los combates. Las divisiones 4ª, 6ª, 11ª y 14ª; de caballería llegaban una tras otra a la región de Umañ, agrupándose en la retaguardia - de nuestro frente, y de camino hacia los combates decisivos, barrían a las bandas de Majnó que encontraban a su paso.
Dieciséis mil quinientos sables, dieciséis mil quinientos combatientes abrasados por el sofocante calor de la estepa.
Toda la atención del alto mando rojo y del mando del frente Sur-Occidental estaba concentrada en evitar que los bandidos de Pilsudski se adelantasen a aquel golpe decisivo que se preparaba. El Estado Mayor de la República y los de los frentes guardaban con celo aquella agrupación de caballería.
En el sector de Umañ fueron suspendidas las operaciones activas. Continuamente repiqueteaban los manipuladores, enviando telegramas directos de Moscú al Estado Mayor del frente, a Járkov, y de allí a los Estados Mayores de los ejércitos 12º y 14º. En las estrechas cintas telegráficas tecleaban los. "Morse" las órdenes cifradas: "No dejar atención polacos sea atraída agrupación ejército caballería". Y si se entablaban combates activos, era sólo en aquellos sectores donde el avance de los polacos amenazaba con arrastrar a la lucha a las divisiones de la caballería de Budionny.
Agitábanse las lenguas rojizas de una hoguera. El humo ascendía en espiral, formando pardos anillos. A los mosquitos no les gustaba el humo, y, en enjambre, revoloteaban impetuosos e inquietos. Un poco apartados de la hoguera, los combatientes estaban echados en abanico. El fuego daba a sus rostros un tono cobrizo.
Junto a la hoguera, sobre la azulada ceniza, se calentaban las calderetas.
En ellas burbujeaba el agua. De debajo de un tronco ardiendo salió furtiva una lengua de llama que lamió la rizada cabellera de uno de los allí sentados. La cabeza se apartó, y su dueño bufó irritado:
-¡Uf, diablo! Alrededor rieron.
Un soldado rojo, ya de edad, con guerrera de paño y bigote recortado, que acababa de mirar al fuego el cañón de su fusil, dijo con voz bronca:
-El muchacho la ha tomado con la ciencia y no huele el fuego. Korchaguin, cuéntanos lo, que has leído.
El joven soldado rojo, palpando el mechón chamuscado, sonrió:
-Es un libro verdaderamente magnífico, camarada Androschuk. Desde que me puse a leerlo no puedo arrancarme de él.
El vecino de Korchaguin -un muchacho chato que, arreglando una cartuchera, intentaba cortar con los dientes el fuerte hilo- preguntó curioso:
-¿De qué trata? -Y, enrollando la hebra a la aguja clavada en el pasamontañas añadió-: Si es de amor, me interesa mucho.
Los que lo rodeaban estallaron en carcajadas. Matveichuk alzó la cabeza, con el pelo cortado a lo erizo, y, cáustico, guiñando uno de sus maliciosos ojos, se dirigió al joven:
-Sí, el amor es una buena cosa, Seredá. Eres un chaval guapo, ¡un cromo! Dondequiera que llegamos, las muchacha' se vuelven locas al verte. Sólo tienes un pequeño defecto: tu nariz es como la de un lechoncillo. Pero eso se puede corregir. Si te atas a la punta una "Novitski" *,
en una noche te la estirará hacia abajo.
Fue, tan estruendosa la carcajada que, asustados, bufaron los caballos sujetos a las tachankas de las ametralladoras.
Seredá volvióse displicente.
-Lo importante no es la belleza, sino el puchero -dijo, y se golpeó significativamente la frente-. Por ejemplo, tu lengua es como las ortigas, pero eres tonto de capirote y tienes las orejas frías, como los burros.
El cabo de la escuadra, Tatárinov, separó a los camaradas dispuestos a enzarzarse. -Ea, muchachos, ¿para qué os soltáis alfilerazos? Mejor será que Korchaguin nos lea, si la cosa vale la pena.
-¡Venga, Pavlusha, venga! -se oyó decir en todos lados.
Korchaguin acercó al fuego la silla de montar, se sentó en ella y abrió sobre sus rodillas un libro pequeño y grueso.
-Este libro, camaradas, se llama "El Tábano". Me lo ha prestado el comisario del batallón. Me ha impresionado enormemente.
Si permanecéis callados, leeré.
-¡Venga! ¿Qué esperas? Nadie te molestará.
Cuando el jefe del regimiento, el camarada Pusirievski, se acercó inadvertidamente a la hoguera en unión del comisario, vio once pares de ojos que miraban sin pestañear al lector.
Pusirievski volvió la cabeza hacia el comisario y señaló con la mano hacía el grupo. -Aquí está la mitad del grupo de exploración del regimiento. Tengo ahí cuatro que son aún komsomoles poco duchos, pero cada uno de ellos vale por un buen combatiente. Mira a ése que lee y a aquel otro, ¿le ves?, el que tiene ojos de lobezno: son Korchaguin y Zharki. Son amigos. Sin embargo, entre ellos nunca se extinguen unos celos, ocultos. Antes, Korchaguin era mi primer explorador. Ahora tiene un competidor muy peligroso. Fíjate, en este momento están llevando a cabo, sin que se note, un trabajo político y ejercen una influencia muy grande. Para ellos se ha pensado una buena denominación: "La joven guardia".
-¿Ese que lee es el comisario del grupo de exploración? -No; el comisario es Krámer.
Pusirievski adelantó el caballo. -¡Salud, camaradas! -dijo en voz alta.
Todos se volvieron. El jefe saltó ágilmente de la silla y se acercó a los sentados en torno al fuego.
-¿Nos calentamos, amigos? -preguntó con una ancha sonrisa que hacía perder la severidad a su rostro varonil, de ojos ligeramente oblicuos, como los de un mongol.
La gente acogió al jefe con cordialidad y afecto, como sé recibe a un buen camarada. El comisario siguió montado, dispuesto a continuar su recorrido.
Pusirievski echó hacia atrás la funda con la máuser, sentóse junto a la silla de montar, al lado de Korchaguin, Y propuso:
-¿Qué, echamos un cigarro? Tengo un tabaquillo decente. Después de encender el cigarrillo se dirigió al comisario:
-Ve, Doronin, yo me quedo aquí. Si hiciera falta en el Estado Mayor, me lo haces saber. Cuando Doronin se hubo marchado, Pusirievski dijo a Korchaguin:
-Continúa leyendo, yo también te escucharé.
...Al terminar de leer las últimas páginas, Pável dejó el libro sobre sus rodillas y se quedó mirando pensativo a las llamas.
Durante varios minutos nadie pronunció palabra. Todos estaban impresionados por la muerte del "Tábano".
Pusirievski, fumando, esperaba el cambio de opiniones.
-Es una historia trágica -rompió el silencio Seredá-. Luego, en el mundo, hay gente semejante. El hombre, de por sí, no resistiría; pero impulsado por la idea, es capaz de hacer todo eso.
Hablaba con emoción manifiesta. El libro le había impresionado mucho. Andriusha Fomichov, aprendiz de zapatero de Biélaia Tsérkov, gritó indignado:
-¡De caer en mis manos ese cura, que le metía la cruz por los dientes, habría matado al maldito sin pensarlo!
Androschuk, acercando con un palo la caldereta al fuego, pronunció con convencimiento:
-Morir cuando se sabe por qué es cosa distinta. El hombre encuentra fuerzas para ello. Hasta es obligatorio morir con entereza si sientes que la razón está contigo. De aquí nace el heroísmo. Yo conocí a un muchacho. Se llamaba Poraika. Cuando los blancos le sorprendieron en Odesa, aturdido, dio de manos a boca con una sección entera. Antes de que pudieran matarle de un bayonetazo, arrojó una granada a sus propios pies. Él mismo saltó en pedazos, y a su alrededor cayeron muchos blancos. Y si le mirabas, parecía que no valía para nada. De él no ha escrito nadie, y valdría la pena. Hay mucha gente notable entre nosotros.
Después de remover con la cuchara el contenido de la caldereta, estiró los labios, probó el té y continuó:
-A veces la muerte es también perra. Muerte turbia, sin honor. En una ocasión combatíamos en las cercanías de Isiaslavl, ciudad antigua construida en tiempos de los príncipes. Está situada junto al río Goriñ. Allí hay una iglesia polaca, inexpugnable como una fortaleza. Entramos en la ciudad. Marchábamos desplegados en guerrilla por las callejas. Nuestro flanco derecho se componía de letones. Desembocamos en la carretera y vimos tres caballos ensilladas que se encontraban cerca de un jardín, atados a. una empalizada.
Nosotros, como es natural, pensamos: vamos a zurrar a los polacos. Unos diez camaradas nos lanzamos hacia la casita. Delante, empuñando la máuser, avanzaba corriendo el jefe de la compañía letona.
Llegamos hasta la casa; la puerta estaba abierta y nos metimos dentro. Pensábamos que eran los polacos, pero resultó lo contrario. Allí operaba una patrulla nuestra que había llegado antes que nosotros. Nos dimos cuenta de que allí estaba ocurriendo algo que no tenía nada de alegre. Era un hecho claro que estaban violando' a una mujer. Vivía en la casa un oficialillo polaco, y nuestra patrulla, apenas entró allí, tumbó a su mujer en el suelo... Cuando el letón vio todo aquello, gritó algo en su lengua. Los hombres agarraron a los tres de la patrulla y los sacaron al patio a empujones. Rusos no éramos más que dos; los demás eran letones. El jefe se apellidaba Bredis. Aunque yo no comprendía su idioma, veía claro que les iban a dar el pasaporte. Estos letones son un pueblo fuerte, de pedernal. Arrastraron a aquellos tres hasta una cuadra de piedra. Vaya, pensé, ni Cristo los libra de un par de tiros. Uno de los que habían sido cogidos con las manos en la masa, un mocetón fornido y jetudo, no se dejaba llevar, forcejeaba.
Se metía hasta con nuestra séptima generación. ¡Por una mujer, decía, arrimarnos a la pared! Los demás también clamaban piedad.
Todo, esto me hizo sentir escalofríos. Me acerqué corriendo a Bredis y le dije: "Camarada jefe de compañía, deja que los juzgue el tribunal. ¿Para qué vas a mancharte las manos en su sangre? En la ciudad no ha terminado aún el combate, y nosotros estamos aquí ajustando las cuentas a éstos." Se volvió hacia mí con tal aspecto, que sentí haber proferido aquellas palabras. Los ojos le brillaban como a un tigre; me puso la máuser en la boca. Llevo siete años combatiendo, y aunque da vergüenza *decirlo, me acobardé. Ví que me mataría sin reflexionar. Me gritó en ruso, de forma que apenas se podía comprender: "La bandera está teñida en sangre, y éstos son la vergüenza de todo el ejército. A los bandidos se les paga con la muerte."
No pude resistir: salí corriendo a la calle, y a mis espaldas resonó una descarga. Asunto concluido, pensé. Cuando volvimos a formar en guerrilla, la ciudad ya era nuestra. He aquí lo que quería contaros... Recibieron una muerte perra. La patrulla era de los que se juntaron a nosotros en las cercanías de Melitópol. Antes actuaban con Majnó. Eran unos bandidos.
Dejando la caldereta junto a sus piernas, Androschuk se puso a desatar el macuto para sacar el pan.
-A veces se mezcla entre nosotros semejante canalla. Es imposible conocerlos a todos. Aparentemente se esfuerzan por la revolución. Son tipos que nos manchan a todos. Sin embargo, daba pena ver aquello. Hasta hoy no he podido olvidarlo -terminó, emprendiéndola con el té.
Era ya avanzada la noche cuando sé durmieron los combatientes de la patrulla de exploración a caballo. Seredá roncaba que era un primor. Pusirievski dormía con la cabeza apoyada en la silla, y Krámer, comisario del grupo, escribía algo en una libreta de notas.
Al día siguiente, al regresar del servicio de exploración, Pável ató el caballo a un árbol y llamó aparte a Krámer, que acababa de tomar su té.
-Oye, comisario, ¿qué te parece esto? Me dispongo a pasar al primer ejército de caballería. A ellos les esperan duros combates. ¡Pues tantos no se habrán reunido para pasear! Y nosotros aquí tendremos que removemos siempre en el mismo sitio.
Krámer le miró con asombro.
-¿Qué quiere decir eso de pasar? ¿Es que para ti el Ejército Rojo es un cine? ¿Qué es eso? ¡Habrá que ver cómo irán las cosas si todos nosotros comenzamos a correr de una unidad a otra!
-¿Acaso no es lo mismo dónde combatir? -le interrumpió Pável-. Aquí, allá... Yo no deserto a la retaguardia.
Krámer protestó categóricamente:
-¿Y qué piensas tú de la disciplina? Tienes muy buenas condiciones, Pável, pero eres anárquico. En cuanto se te antoja algo, lo haces. Pero el Partido y el Komsomol están organizados sobre la, base de una disciplina férrea. El Partido ante todo. Y uno no debe estar allí donde él quiere, sino donde es más necesario. ¿No te ha denegado Pusirievski el traslado? Pues, punto final.
Krámer -alto y flaco, de rostro amarillento- rompió a toser, irritado. El polvillo del plomo de la imprenta se había incrustado en sus pulmones; frecuentemente sus mejillas se encendían con enfermizo arrebol.
Cuando Krámer se hubo calmado, Pável dijo queda, pero firmemente: -Todo eso es justo, pero yo me iré con los de Budionny. Es cosa decidida. A la noche siguiente, Pável ya no se encontraba junto a la hoguera.
En la aldehuela vecina, en un montículo cercano a la escuela, estaban reunidos los combatientes de caballería formando un ancho corro. En la trasera de una tachanka, con la gorra echada sobre la misma nuca, un hombretón de los de Budionny atormentaba al acordeón. Y el instrumento rugía en sus manos, perdiendo el ritmo, y en el círculo, un bizarro combatiente de
caballería, con inmensos pantalones rojos de montar, perdía también el compás de la loca danza ucrania, el "Gopak".
Los mozos y muchachas de la aldehuela se habían encaramado curiosos a la tachanka y a las empalizadas cercanas para mirar a los bravos danzarines de la brigada de caballería que acababa de llegar al lugarejo.
-¡Aprieta, Toptalo! ¡Machaca la tierra! ¡Venga, vivo, hermanito! ¡Acordeonista, más