L
os rojos presionaban tenazmente a las unidades del "atamán supremo" Petliura. El regimiento de Gólub fue llamado al frente. En la ciudad no quedaron más que un pequeño destacamento de protección de la retaguardia y la comandancia.La gente comenzó a recobrarse. La población judía, aprovechando, la tregua temporal, enterró a sus muertos, y en las casuchas de los' barrios judíos apareció de nuevo la vida.
En las tardes tranquilas se oía un tronar confuso. No lejos de allí se combatía. Los ferroviarios se marchaban de la estación a las aldeas en busca de trabajo. El liceo se cerró.
En la ciudad fue declarado el estado de guerra. La noche era desagradable y sombría.
En noches así, incluso las pupilas dilatadas no pueden vencer la oscuridad y la gente camina a tientas, a ciegas, con riesgo de romperse la cabeza en cualquier cuneta.
El pequeño burgués sabe que en tiempos tales hay que permanecer quietecito en casa y no encender la luz en vano. La luz puede atraer a algún importuno. En la oscuridad se está mejor, más tranquilo. Hay personas que nunca se están quietas. Bien, que vayan de un lado para otro, él no tiene nada que ver con ello. Él no irá. Pueden estar ustedes seguros, no irá.
Y en una de esas noches iba por la calle un hombre.
Al llegar a la casita de Korchaguin, dio unos golpecillos cautos en el marco de la ventana, y al no recibir contestación llamó con más fuerza e insistencia.
Pavka soñaba que un ser extraño, no parecido a un hombre, le apuntaba con una ametralladora; él trataba de huir, pero no había adónde, y la ametralladora tableteaba terriblemente.
Tintineaba el cristal por los insistentes golpes.
Levantándose de un salto, Pável se acercó a la ventana, esforzándose por ver al que llamaba. Pero, a excepción de una silueta confusa y oscura, no distinguió nada.
Pável estaba solo. La madre había marchado a casa de su hija mayor, cuyo marido trabajaba de maquinista en la fábrica de azúcar. Y Artiom trabajaba de herrero en la aldea vecina, golpeando con el macho para ganarse el pan.
Sólo Artiom podía llamar a la ventana. Pável decidió abrir.
-¿Quién es? -dijo en la oscuridad.
Tras la ventana se movió la figura, y una voz de bajo, áspera y sofocada, respondió: -Yo, Zhujrái.
Dos manos descansaron sobre el alféizar, y al nivel del rostro de Pável surgió la cabeza de Fiódor.
-He venido a pasar la noche en tu casa. ¿Me admites, hermanito? -dijo muy quedo. -Naturalmente -respondió cordial Pável-. No faltaba más. Entra por la ventana. La corpulenta figura de Fiódor se metió por la ventana.
Permaneció unos instantes escuchando, y cuando la Luna asomó por entre las nubes y columbróse el camino, Fiódor lo observó atentamente y se volvió hacia Pável.
-¿No despertaremos a tu madre? Seguramente estará durmiendo.
Pável dijo a Fiódor que en la casa no había nadie más que él. El marino sintióse menos cohibido y comenzó a hablar más fuerte.
-Esos asesinos la han tomado conmigo en serio. Ajustan cuentas por los últimos hechos en la estación. Si los compañeros estuvieran más unidos, podríamos haber dispensado una buena acogida a los "pellizas grises" durante el pogrom. Pero, ¿comprendes?, la gente aún no se decide a lanzarse al fue-o. Fracasó la cosa. Ahora me persiguen. Dos veces han dado batidas para cazarme. Hoy he estado a punto de caer. Me acerqué a la casa, ¿comprendes?, naturalmente por los huertos, y me detuve pegado al pajar. Ví que en el jardín había alguien arrimado a un árbol; la bayoneta le delató. Yo, como es de comprender, solté las amarras. Y he atracado en tu casa. Aquí, hermanito, echaré el ancla por unos días. ¿No tienes nada en contra? Muy bien.
Zhujrái, resoplando, se quitó las botas, salpicadas de barro.
Pável se alegró de la llegada de Zhujrái. En los últimos tiempos la fábrica de electricidad no trabajaba, y el muchacho, solo en la casa desierta, se aburría.
Se acostaron. Pável se quedó dormido en seguida, pero Fiódor pasó mucho tiempo aún fumando. Después levantóse de la cama, y pisando silenciosamente con sus pies descalzos, se acercó a la ventana. Observó largo rato la calle, volvió a la cama y, vencido por el cansancio, se durmió. Su mano, metida debajo de la almohada, descansaba sobre el pesado "Colt", transmitiéndole su calor.
La inesperada llegada nocturna de Zhujrái y la vida conjunta con él durante aquellos ocho días fueron muy importantes para Pável. Por vez primera oyó de labios del marino tantas cosas emocionantes, significativas, nuevas, y aquellos días fueron decisivos en la vida del joven fogonero.
El marino, forzado a la inactividad por aquellas dos emboscadas, aprovechaba el tiempo para transmitir a Pável toda la vehemencia de su furia y su ardiente odio a "los de la bandera azul y amarilla" que habían asolado la comarca. Y el muchacho le escuchaba ávidamente.
Zhujrái hablaba de un modo claro, preciso, comprensible y sencillo. Para él no había nada que no tuviese solución. El marino conocía firmemente su senda, y Pável comenzó a comprender que toda aquella madeja de diferentes partidos con bellos nombres -social- revolucionario, social-demócrata, partido socialista polaco- eran feroces enemigos de los obreros, y que sólo un partido revolucionario e inconmovible luchaba contra todos los ricos: el Partido de los bolcheviques.
Antes Pável se enredaba desesperadamente en aquella madeja.
Y aquel hombre fuerte, bolchevique convencido, curtido por los vientos del mar, miembro del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (bolchevique) desde el año 1915, el marino del Báltico, Fiódor Zhujrái, hablaba de la cruel verdad de la vida al joven fogonero, que le escuchaba hechizado.
-Yo, hermanito, también era en mi infancia, sobre poco más o menos, como tú -decía-. No sabía qué hacer de mis fuerzas; mi naturaleza rebelde pugnaba por salir de mi interior. Vivía en la pobreza. Al mirar a los hijos ahítos y engalanados de los señores, sentíame embargado por el odio. Frecuentemente les golpeaba sin piedad, pero eso no traía más resultado que las palizas terribles que me propinaba mi padre. Luchando aisladamente es imposible cambiar la vida. Tú, Pavlusha, reúnes todas las condiciones para ser un buen luchador de la causa obrera, pero eres muy joven y tienes una idea muy vaga de la lucha de clases. Yo, hermanito, te hablaré del verdadero camino, pues sé que tienes madera y de ti saldrá algo de provecho. A los mansos y a los currutacos no los puedo tragar. Ahora ha comenzado el incendio en toda la tierra. Se han rebelado los esclavos y hay que hundir la vida vieja. Pero para ello hace falta gente temeraria, no niños mimados, sino gente fuerte, de la que cuando llega el momento de la pelea no se esconde en los agujeros, como las cucarachas de la luz, y pega implacablemente.
Zhujrái dio un fuerte puñetazo sobre la mesa.
Luego se levantó; con las manos hundidas en los bolsillos y el ceño fruncido, comenzó a recorrer la habitación de un extremo a otro.
A Fiódor le agobiaba la inacción. Sentía mucho el haberse quedado en aquella ciudad, y considerando inútil permanecer en ella por más tiempo, había decidido en firme cruzar el frente para reunirse con las unidades rojas.
En la ciudad quedaba un grupo de nueve miembros del Partido, que debería llevar el trabajo.
"Os arreglaréis también sin mí; no puedo permanecer por más tiempo con los brazos cruzados. Basta, así y todo he perdido ya diez meses", pensaba irritado Zhujrái.
-¿Quién eres, Fiódor? -le preguntó en una ocasión Pável.
Zhujrái se levantó, metióse las manos en los bolsillos. Al pronto no había comprendido la pregunta.
-¿Acaso no sabes quién soy?
-Pienso que eres bolchevique o comunista -respondió Pável en voz bajo.
Zhujrái se echó a reír burlón, dándose una palmada en el ancho pecho enfundado en la camiseta de marino.
-Eso está claro, hermanito. Ello es tan cierto como que bolchevique y comunista son una misma cosa. -Y de pronto se puso serio-. Ya que comprendes esto, recuerda que no se debe hablar de ello en ninguna parte, si no quieres que me saquen las tripas. ¿Has comprendido?
-Sí; lo he comprendido -respondió Pável con firmeza.
En el patio se oyeron voces y la puerta abrióse sin que nadie hubiese llamado previamente. La mano de Zhujrái se deslizó rápida al bolsillo, pero al instante salió de él. En la habitación entró Seriozha Bruszhak con la cabeza vendada, delgado y pálido. Tras él entraron Valía y Klimka.
-¡Salud, diablillo! -sonrió Seriozha, tendiendo la mano a Pável-. Hemos venido los tres a visitarte. Valía no me deja salir solo, tiene miedo. Y Klimka tampoco deja sola a Valía, también tiene miedo. A pesar de que es pelirrojo, comprende cuando es peligroso dejar salir solas a ciertas personas.
Valía, bromeando, le tapó la boca con la mano. -Vaya un charlatán; hoy no deja vivir a Klimka. Éste rió bonachón, mostrando sus dientes blancos.
-¿Qué se puede exigir de un enfermo? Tiene el puchero averiado, por eso desatina. Todos estallaron en una carcajada unánime.
Seriozha, aún no repuesto del golpe, se acomodó en la cama de Pavka, y pronto entre los amigos se entabló una conversación animada. Seriozha, siempre alegre y optimista y ahora quieto y abatido, contaba a Zhujrái cómo le golpeó el soldado de Petliura.
Zhujrái conocía a todos los que habían venido a visitar a Pável. Más de una vez había estado en casa de los Bruszhak. Le gustaba aquella juventud que aún no había encontrado su camino en el torbellino de la lucha, pero que manifestaba ya claramente la tendencia de su clase. Y escuchaba atento los relatos de los jóvenes sobre cómo cada uno de ellos había ayudado a los judíos a ocultarse en su casa, salvándoles del pogrom. Aquella tarde, el marino habló mucho de los bolcheviques, de Lenin, ayudando a cada uno de los muchachos a comprender lo que sucedía.
Ya era bien avanzada la tarde cuando Pável acompañó a sus visitantes hasta la puerta. Zhujrái se marchaba por las tardes y regresaba por la noche. Antes de partir, se ponía de acuerdo con los camaradas que iban a quedarse respecto al trabajo que éstos tendrían que realizar.
Aquella noche Zhujrái no regresó. Al despertarse por la mañana, Pável vio la cama vacía.
Embargado por cierto presentimiento vago, Korchaguin vistiese con rapidez y salió de la casa. Después de cerrar la puerta y de dejar la llave en el sitio convenido, se encaminó a casa de Klimka, con la esperanza de averiguar allí algo acerca de Fiódor. La, madre de Klimka, mujer rechoncha y de rostro ancho, picado de viruelas, estaba lavando ropa. Al preguntarle Korchaguin si sabía dónde se encontraba Fiódor, la mujer respondió con voz alterada:
-¿Qué, crees que no tengo otra cosa que hacer que preocuparme de tu Fiódor? Por su culpa, diablo asqueroso, le han puesto a Sozulija la casa patas arriba. ¿Qué falta te hacía a ti ese
Fiódor? ¿Qué compañías son ésas? ¡Vaya unos amigos que os habéis juntado! Klimka, tú... -Y la mujer restregaba la ropa con encono.
La madre de Klimka tenía la lengua afilada, mordaz.
De casa de Klimka, Pável se dirigió a la de Seriozha. Allí manifestó su inquietud. Valía terció en la conversación.
-¿Por qué te preocupas? Quizás se haya quedado en casa de algún conocido. -Pero en su voz no había seguridad.
Pável permaneció poco tiempo en casa de los Bruszhak. A pesar de que intentaron persuadirle para que se quedara a comer, se marchó.
Acercóse a su casa con la esperanza de ver a Zhujrái.
La puerta tenía el candado puesto. Embargado por un sentimiento penoso se detuvo: no sentía deseos de entrar en la casa vacía.
Estuvo algunos minutos reflexionando en el patio, y guiado por un impulso confuso se dirigió al pajar. Luego de encaramarse a las vigas del techo y apartar con la mano los encajes de las telarañas, sacó de un rincón escondido la pesada pistola "Manlicher", envuelta en el trapo.
Al salir del pajar, sintiendo en el bolsillo el emocionante peso de la pistola, se encaminó a la estación.
Allí no pudo saber nada de Zhujrái, y de regreso, al cruzar frente a la conocida finca del inspector forestal, aminoró el paso. Con una vaga esperanza miró las ventanas, pero la casa y el jardín estaban desiertos. Cuando la finca quedó atrás, volvió la cabeza para mirar los senderos del jardín, cubiertos de hojas secas del año anterior. El jardín parecía abandonado y desierto. Se advertía que faltaba la mano cuidadosa del dueño, y la desolación y el silencio que reinaban en el viejo caserón aumentaron la tristeza de Pável.
Su último altercado con Tonia había sido más serio que todos los anteriores. Había ocurrido de modo inesperado, hacía casi un mes.
Mientras caminaba lentamente hacia la ciudad, con las manos hundidas en los bolsillos, Pável iba recordando cómo había surgido el incidente.
En uno de sus encuentros casuales en el camino, Tonia le invitó a su casa.
-Mis padres se marchan a casa de los Bolshanski a celebrar el santo del dueño. Yo estaré sola en casa. Ven, Pavlusha, leeremos el interesante libro de Leonid Andréiev, "Sashka Zhiguliov". Ya lo he leído, pero con placer lo volveré a hacer contigo. Pasaremos la tarde muy bien. ¿Vendrás?
Debajo del gorrito blanco que apresaba sus espesos cabellos castaños, sus ojazos miraban expectantes a Korchaguin.
-Iré.
Y se separaron.
Pável corrió a sus máquinas, y por el pensamiento de que le esperaba toda una tarde con Tonia, parecíale que los fogones ardían con luz más brillante y que los leños chisporroteaban con más alegría.
Aquella misma tarde, cuando llamó, fue Tonia quien le abrió la puerta principal. La muchacha le dijo un poco turbada:
-Tengo visita. No les esperaba, Pavlusha, pero no debes marcharte. Korchaguin se volvió hacia la entrada, disponiéndose a salir.
-Vamos -dijo Tonia, cogiéndole de la manga-. Les será útil conocerte. -Y echándole el brazo por el hombro le condujo, a través del comedor, a su cuarto.
Al entrar en la habitación, Tonia se dirigió a los jóvenes allí sentados y les dijo sonriendo:
-¿No os conocéis? Mi amigo, Pável Korchaguin.
En torno a la pequeña mesa del centro de la habitación se encontraban: Lisa Sujarko, estudiante del liceo, bonita, morena, con boca de trazo caprichoso y peinado coquetón; un joven larguirucho, con aseada chaqueta negra, cabellos alisados y brillantes por la gomina, y ojos grises de mirada aburrida, al que Pável no conocía, y, entre ellos, Víctor Leschinski, luciendo su elegante cazadora de estudiante del liceo. Víctor fue la primera persona que Pável vio al abrir Tonia la puerta.
Leschinski reconoció en el acto a Korchaguin, y sus cejas finas, en forma de flechas, se enarcaron en un gesto de asombro.
Pável permaneció unos segundos callado junto a la puerta, abrasando a Víctor con ojos que no prometían nada bueno. Tonia se apresuró a romper aquel embarazoso silencio, invitando a Pável a pasar. A continuación, dirigiéndose a Lisa, dijo:
-Voy a presentaros.
Lisa, examinando con curiosidad a Pável, se levantó.
Pável volvióse bruscamente y, por el comedor en penumbra, se dirigió rápido hacia la salida. Tonia le alcanzó ya en la terracilla, y tornándolo de los hombros le dijo con voz emocionada:
-¿Por qué te marchas? Yo quería adrede que te conocieran.
Pero Pável retiró de sus hombros las manos de Tonia y repuso con aspereza:
-No hay por qué exhibirme ante mequetrefes. No me agrada su compañía. Quizás a ti te sean agradables, pero yo les odio. No sabía que tenías amistad con ellos, de lo contrario no habría venido jamás a tu casa.
Tonia, conteniendo su indignación, le interrumpió:
-¿Quién te ha dado derecho para hablarme así? Yo no te pregunto quiénes son tus amigos ni quién va a tu casa.
Pável, al descender los peldaños que conducían al jardín, profirió en tono brusco: -Bueno, que te visiten, pero yo no vendré más. -Y corrió hacia el portillo de la cerca. Desde entonces no había vuelto a ver a Tonia. Durante el pogrom, cuando Pável y el mecánico ocultaban en la fábrica de electricidad a las familias judías que buscaban salvación, el disgusto con Tonia había sido relegado al olvido. Pero ahora sentía de nuevo deseos de verse con ella.
La desaparición de Zhujrái y la soledad que le esperaba en la casa le oprimían. La cinta gris de la calzada, en la que aún no se había secado el barro de la primavera, con los baches llenos de una especie de gachas pardas, torcía a la derecha.
Detrás de una casa de desconchadas paredes, llenas de manchones, que sobresalían absurdamente hasta la misma carretera, se cruzaban dos calles.
En el cruce, junto a un quiosco destrozado, con la puerta hundida y el rótulo "Venta de aguas minerales" vuelto del revés, Víctor Leschinski se despedía de Lisa.
Reteniendo la mano de la muchacha entre la suya y mirándola expresivamente a los ojos, le decía:
-¿Irá usted? ¿No me engañará? Lisa respondió coqueta: -Sí, sí; espéreme.
Y al marcharse le sonrió con sus ojos castaños, prometedores y lánguidos.
Cuando hubo recorrido unos diez pasos, Lisa vio a dos hombres que salían a la carretera desde una curva. Delante marchaba un obrero fornido, ancho de pecho, con chaqueta desabrochada que dejaba al descubierto su camiseta de marino, gorra negra, encasquetada hasta las cejas, y un ojo amoratado.
El obrero, calzado con botas marrón, de caña corta, caminaba con paso firme, combadas ligeramente las piernas.
A unos tres pasos de él, casi hincándole la bayoneta en la espalda, le seguía un soldado de Petliura con capote gris y dos cartucheras al cinto.
Por debajo del gorro peludo, dos ojos estrechos y vigilantes miraban la nuca del detenido. Los bigotes del soldado, amarillos por el tabaco, se erizaban a ambos lados.
Lisa, aminorando un poco el paso, cruzó al otro lado de la carretera. Y detrás de ella salió a ésta Pável.
Al torcer a la derecha, camino de su casa, también había visto a aquellos dos hombres. Sus piernas parecieron echar raíces en la tierra. En el que iba delante reconoció en el acto a Zhujrái.
Zhujrái se acercaba. El corazón de Korchaguin latía con terrible fuerza. Sus pensamientos se sucedían con rapidez vertiginosa; no podía apresarlos y darles forma. El plazo para la decisión era demasiado breve. Pero una cosa aparecía clara: Zhujrái estaba perdido.
Y al mirar a los que venían, Pável perdióse en el torbellino de sentimientos que lo embargaban.
"¿Qué hacer?"
En el último instante se acordó de que llevaba la pistola en el bolsillo. Cuando pasaran, no tenía más que disparar contra la espalda del soldado y Fiódor se vería libre. Y esta decisión instantánea puso fin a la danza de sus pensamientos. Apretó los dientes hasta sentir dolor. Apenas ayer Fiódor le decía: "Y para esto hace falta una gente temeraria..."