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CAPÍTULO PRIMERO

In document ASÍ SE TEMPLÓ EL ACERO (página 113-126)

M

edianoche. Hacía ya tiempo que el último tranvía había pasado, arrastrando su ruinoso cuerpo. La Luna inundaba de luz mortecina el alféizar de la ventana. Sus rayos cubrían de una colcha azulada la cama, dejando en la penumbra el resto de la estancia. En la mesa del rincón, bajo la pantalla de la lámpara de despacho, brillaba un' pequeño círculo de luz. Rita se inclinó sobre un voluminoso cuaderno, sobre su diario.

"24 de mayo", trazó la afilada punta de su lápiz.

"De nuevo trato de escribir mis impresiones. De nuevo un espacio en blanco. He pasado mes y medio y no he escrito ni una sola palabra. Tendré que conformarme con estas pocas líneas.

¿Cómo encontrar tiempo para escribir mi diario? Ahora es de noche y escribo. El sueño huye. El camarada Segal pasa a trabajar en el C. C. La noticia nos ha apenado a todos. Nuestro Lázar Alexándrovich es un hombre formidable. Sólo ahora comprendo qué gran tesoro constituía para todos su amistad. Como es natural, con la marcha de Segal se deshace el círculo de estudio del materialismo dialéctico. Ayer estuvimos en su habitación hasta bien avanzada la noche y comprobamos los éxitos de nuestros "ahijados". Asistió también Akim, secretario del Comité provincial de la Juventud Comunista, como asimismo el antipático Tufta, responsable del registro de militantes. ¡No puedo soportar a este sabelotodo! Segal estaba radiante. Su discípulo, Korchaguin, dio un baño enorme a Tufta en Historia del Partido. Sí, estos dos meses no han pasado en vano. No da pena gastar energías cuando, se obtienen tales resultados. Según se rumorea, Zhujrái pasa a trabajar a la Sección Especial de la región militar. No sé la causa.

Lázar Alexándrovich me ha confiado a su alumno.

-Termine lo empezado dijo-, no se detenga a mitad camino. Usted, Rita, y él podrán aprender uno de otro. El muchacho no ha roto aún del todo con la, indisciplina. Vive de sentimientos q se agitan en su interior, y los torbellinos de estos sentimientos desvían. Por lo que conozco de usted, Rita, creo que será para el maestro más apropiado. Le deseo éxito, No se olvide de escribir a Moscú -añadió Segal al despedirse.

Hoy han enviado del C. C. a Zharki, nuevo secretario del Comí del distrito de Solómenka. Lo conozco del ejército...

Mañana Dmitri traerá a Korchaguin. Voy a describir a Dubav Talla media. Fuerte y musculoso. Miembro del Komsomol desde el año 18 y del Partido desde el 20. Es uno de los tres excluidos de Comité provincial de la Juventud Comunista, por pertenecer a "oposición obrera". El estudio con él no ha sido fácil. Cada día daba al traste con el plan, agobiándome a preguntas, apartándome del tema. Entre Yúrienieva, mi segunda alumna, y Dubava tenían lugar frecuentes altercados. Ya la primera tarde, mirando a Olga de pies a cabeza, observó:

-No llevas el equipo completo, vieja. Te faltan pantalones guarnecidos de cuero, espuelas, gorra a lo Budionny y sable, pues, de lo contrario, no hay forma de saber lo que eres.

Olga tampoco se quedó corta en sus epítetos y tuve que separarlo Me parece que Dubava es amigo de Korchaguin... Por hoy basta. A dormir".

Un calor sofocante abrasaba la tierra, caldeando -hasta que quemasen- las férreas barandillas del puente sobre la estación. La gente subía a él jadeante, extenuada por el calor. El puente e utilizado, sobre todo, por los que venían a la ciudad desde la barriada ferroviaria.

Desde el último peldaño, Pável vio a Rita. La muchacha había llegado a la estación antes que él y miraba a la gente que descendía por la escalera.

Pável se detuvo a unos tres pasos de Ustinóvich. Rita no se había dado cuenta de su presencia., Pável la examinaba con curiosidad extraña; llevaba una blusa a rayas, corta falda azul, de tejido barato, y una cazadora de cuero sobre los hombros. Una mata de cabellos rebeldes enmarcaba su bronceado rostro. Tenía la cabeza ligeramente echada hacia atrás y los ojos entornados a causa de la cegadora luz del Sol. Por primera vez miraba Korchaguin de tal manera a su amiga y maestra, y por primera vez pensó que Rita no era solamente un miembro del buró del Comité provincial, sino que... E irritado al sorprenderse en tan "pecaminosos" pensamientos, la llamo:

-Hace ya una hora entera que te estoy mirando y tú no me ves. Ya es hora de marchar; el tren ya está a punto de partir.

Se acercaron al andén por la entrada para los ferroviarios.

El día anterior, el Comité provincial había designado a Rita su representante en una de las conferencias comarcales. Para que la imprescindible tomar ayudase, enviaron con ella a Korchaguin. Era al tren, empresa nada fácil. La estación, en 1 s horas de salida de los escasos trenes, se encontraba en poder de los cinco de la omnipotente comisión de embarque, sin un pase de la cual nadie tenía derecho a entrar en el andén. Todos los accesos y salidas los ocupaban soldados de un destacamento, a las órdenes de la comisión. El los tren; abarrotado por completo, sólo podía llevarse a una décima parte de los que querían marchar. Nadie deseaba quedarse y esperar, durante días y más días, la casual llegada de un nuevo tren. Miles de personas asaltaban los pasillos, tratando de abrirse paso hacia los inaccesibles vagones verdes. En aquellos días, la estación sufría un verdadero asedio, que a veces degeneraba en una lucha a brazo partido.

Pável y Rita se afanaban en vano por llegar al andén.

Pável, que conocía todas las entradas y salidas, llevó a su compañera a través de la sala de equipajes. Con trabajo llegaron hasta el vagón Nº 4. Junto al estribo del mismo, conteniendo a la compacta multitud, había un chekista, confitado por el calor, que repetía por centésima vez:

-Les digo que el vagón está abarrotado, y a los topes y al techo, de acuerdo con las órdenes recibidas, no dejamos subir a nadie.

La gente, enfurecida, lo presionaba, metiéndole en las narices los billetes entregados por la comisión de embarque para el vagón Nº 4. Ante cada vagón restallaban, entre los empujones, injurias atroces y gritos coléricos. Pável se daba cuenta de que tomar aquel tren de la manera habitual no era posible; sin embargo, había que marchar, so pena de perderse la conferencia.

Llamó a Rita aparte y le comunicó su plan de acción: él se metería en el vagón, abriría la ventanilla y metería por ella a Rita. De otro modo, tendrían que quedarse en el andén.

-Dame tu cazadora, es mejor que cualquier credencial.

Pável tomó la cazadora de cuero y se la puso. Metió su revólver en el bolsillo de la misma, dejando deliberadamente al descubierto la culata con el cordón. Después de depositar la mochila con las provisiones a los pies de Rita, se dirigió al vagón.- Empujando a los pasajeros sin la menor ceremonia, se agarró al pasamanos.

-¿Eh, camarada, a dónde vas?

Pável volvió la cabeza hacia el fornido chekista.

-Soy de la Sección Especial de la región militar. Ahora comprobaremos si todos los que están en el vagón tienen billetes de la comisión de embarque -dijo Pável en tono que no dejaba lugar a dudas acerca de sus atribuciones.

El chekista miró el bolsillo del que sobresalía el revólver se enjugó con la manga el sudor de la frente y dijo con tono hastiado:

Trabajando con los codos, con los hombros y, en algunos sitios, con los puños; encaramándose a los hombros de los pasajeros, subiéndose a pulso a las literas superiores y soportando una granizada de insultos, Pável llegó por fin al centro del vagón.

-¿A dónde diablos vas? ¡Maldito seas tres veces! -le gritó una mujer muy gorda cuando, al bajar, le pisó la rodilla. La mujer se había incrustado con su mole de siete puds* en el borde de la litera, inferior y tenía entre sus piernas un bidón de aceite. En todas las literas había bidones semejantes, cajones, sacos y cestos. En el vagón no se podía respirar.

A las imprecaciones de la mujer, Pável respondió con la pregunta: -¿Dónde está su billete de embarque, ciudadana?

-¿Qué? -respondió la mujer, mostrando los dientes al revisor inesperado.

De la litera superior asomó una cabezota de hampón que rugió con voz de contrabajo: -Vaska, ¿qué tipo es ése que se ha presentado aquí? Dale una hoja de ruta para el cementerio.

Sobre la cabeza de Korchaguin apareció algo informe, que, seguramente, era Vaska. Un mocetón de velludo pecho clavó en Korchaguin sus ojos bovinos.

-¿Por qué te metes con la mujer? ¿Qué billete te hace falta?

De la litera lateral pendían cuatro pares de piernas. Sus dueños estaban sentados abrazados, comiendo, animada y ruidosamente, pepitas de girasol. Allí, al parecer, viajaba una unida cuadrilla de especuladores empedernidos, de bandidos de ferrocarril con mucha escuela.

No había tiempo para liarse con ellos. Era preciso meter a Rita en el vagón.

-¿De quién es este cajón? -preguntó Korchaguin a un ferroviario de edad madura, indicando una caja de madera que había junto a la ventanilla.

-De esa joven -dijo el ferroviario, señalando unas gruesas piernas, enfundadas en medias marrón, que pendían de la litera.

Era preciso abrir la ventanilla. El cajón lo impedía. No habla dónde dejarlo. Pável lo tomó y se lo entregó a su dueña, que estaba sentada en la litera superior.

-Sosténgalo por un minuto, ciudadana; voy a abrir la ventanilla.

-¿Quién te manda tocar las cosas de los demás? -comenzó a chillar la muchacha de nariz aplastada, cuando Korchaguin dejó el cajón sobre sus rodillas.

-Motka, ¿por qué ese ciudadano arma tanto jaleo? -agregó, pidiendo ayuda a su vecino. Éste, sin bajar de la litera, empujó a Pável en la espalda con el pie, calzado con sandalia.

-¡Eh, tú, cucaracha, lárgate de aquí, si no quieres que, te ponga un ojo a la funerala! Pável aguantó en silencio el puntapié en la espalda. Y, mordiéndose los labios, abrió la ventanilla.

-Camarada, apártate un poco -rogó al ferroviario.

Dejando sitio libre, Pável retiró uno de los bidones y se pe la ventanilla. Rita se encontraba junto al vagón y le dio rápidamente la mochila. Pável la dejó caer sobre las rodillas de la mujer del bidón, se inclinó, y tomando a Rita de los brazos tiró de ella hacia sí. Antes de que el soldado rojo del grupo de protección se diese cuenta de aquel quebrantamiento de las ordenanzas y pudiera impedirlo, ya, se encontraba Rita en el vagón. El soldado rojo, torpón de movimientos, no pudo hacer nada, y tras de soltar un terno se apartó de la, ventanilla. Al ver aparecer a Rita en el vagón, toda la cuadrilla de especuladores promovió tal alboroto, que la muchacha se turbó, y llenóse de alarma. No había dónde permanecer de pie y se tenía en el borde de la litera inferior, sujetándose con las manos a la barra de la superior. De todas partes llovían las injurias. Arriba, la voz -de contrabajo rugió:

-¡Vaya un canalla! Él mismo se ha colado y arrastra a la fulana consigo. Alguien, oculto también arriba, gritó con voz chillona:

-Motka, dale en la cara...

La chavalota quería dejar caer el cajón sobre la cabeza de Pável. Alrededor no había más que rostros ajenos y rufianescos. Pável sintió que Rita se encontrara allí, pero era preciso instalarse como fuera.

-Ciudadano, quita tus sacos del pasillo; aquí se pondrá la camarada -dijo, dirigiéndose a aquel a quien llamaban Motka; pero en respuesta oyó una frase tan cínica, que todo se sublevó en su interior. Sobre la ceja derecha sintió unas punzadas frecuentes y dolorosas-. Espera, canalla, que ya me las pagarás -dijo al bribón, conteniéndose con dificultad; pero inmediatamente, desde arriba, le dieron un puntapié en la cabeza.

-¡Vaska, dale más mecha! -azuzaban desde todos lados.

Todo lo que durante tanto rato había contenido en sí Pável, estalló, y, como siempre en tales ocasiones, sus movimientos se hicieron impetuosos y bruscos.

-¿Qué os habéis creído, atajo de especuladores, pensáis que vais a burlaros? -y alzándose a pulso, como sobre muelles, Pável alcanzó la segunda litera y asestó un terrible puñetazo en la cara insolente de Motka. Lo golpeó con tal fuerza que el especulador cayó sobre las cabezas de los que se encontraban en el pasillo.

-¡Bajad de la litera, víboras, que os voy a matar como a perros! -gritó furioso Korchaguin, agitando el revólver ante las narices de los cuatro tipos.

La cosa tomaba un giro completamente distinto. Rita lo observaba todo con atención, dispuesta a disparar contra quien intentase agarrar a Korchaguin. La litera superior quedó libre en un instante. La rufianesca "cofradía" evacuó presurosa al departamento contiguo.

Después de acomodar a Rita en la litera libre, le susurró: -Espera aquí, voy a terminar de ajustar las cuentas a ésos. Rita lo detuvo:

-¿Acaso vas a pelearte con ellos?

-No; ahora vengo -la tranquilizó Korchaguin.

Pável volvió a abrir la ventanilla y por ella saltó al andén. Unos minutos más tarde se encontraba en la oficina de la Cheka de transportes, junto a la mesa de Burmeister, su antiguo jefe. El letón, después de escucharle, dio la orden de desalojar el vagón y comprobar los documentos de todos los viajeros.

-¡No os decía yo que los trenes salían ya al andén cargados de especuladores! -gruñía Burmeister.

Un destacamento compuesto de diez chekistas desalojó el vagón. Pável, recordando sus viejos tiempos, ayudó a comprobar la documentación de todos los viajeros. Al marchar de la Cheka no había perdido el contacto con sus amigos, y como secretario de un colectivo de la juventud, había enviado a trabajar a la Cheka de transportes a muchos de los mejores jóvenes comunistas. Después de terminar la comprobación, Pável volvió a donde se encontraba Rita. El vagón lo llenaron nuevos pasajeros: gente que iba en comisión de servicio y soldados rojos.

En el rincón de la tercera litera sólo quedaba sitio para Rita; todo lo demás estaba abarrotado de paquetes de periódicos;

-No tiene importancia; nos arreglaremos como sea -dijo Rita. El tren se puso en marcha.

Tras la ventanilla apareció por un instante la tía gordinflona, entronizada en un montón de sacos.

Se la oyó gritar:

-Mañka, ¿dónde está mi bidón?

Sentados en el estrecho espacio, separados de los vecinos por los bultos, Rita y Pável comían a dos carrillos pan y manzanas, recordando alegremente el episodio recién ocurrido, aunque no era del todo regocijante.

El tren se arrastraba lentamente. Los desvencijados vagones, con más carga de la que podían soportar, retemblaban, haciendo crujir y chirriar sus carrocerías resecas. El atardecer envolvió al vagón en su azur. Tras él, la noche cubrió de negro las ventanillas. Y el vagón se hundió en las tinieblas.

Rita, muerta de cansancio, se quedó dormida, reclinada la cabeza sobre la mochila. Pável, sentado en el borde de la litera con las piernas colgando, fumaba. También él estaba cansado, pero no había dónde acostarse. Desde la ventana lo acariciaban el frescor de la noche. Una brusca sacudida del tren despertó a Rita. La muchacha vio el fuego del cigarrillo de Pável. "Es capaz de estar sentado así hasta la mañana. No quiere molestarme", pensó.

-¡Camarada Korchaguin! Deje a un lado el convencionalismo burgués y acuéstese a descansar -le dijo en tono de broma.

Pável se echó a su lado y, con deleite, estiró las entumecidas piernas.

-Mañana tendremos un montón de trabajo. Duerme, pendenciero -aconsejó Rita, y su brazo se ciñó confiado al cuerpo del amigo. Pável sintió en la mejilla el suave roce de sus cabellos.

Para él, Rita era intangible. Era su amiga y camarada de lucha por un mismo objetivo, su comisario; pero, con todo, era también, mujer. Esto lo había sentido Pável por vez primera junto al puente, y por ello lo emocionaba tanto aquel abrazo. Sentía la respiración profunda y acompasada y, muy cerca, sus labios. La proximidad engendró un deseo irresistible de encontrarlos. Con un esfuerzo de voluntad estranguló el deseo.

Rita, como si adivinara sus sentimientos, se sonrió en la oscuridad. Ella ya había vivido la alegría de la pasión y el horror de la pérdida. A dos bolcheviques había dado su amor, y ambos le habían sido arrebatados por las balas de los guardias blancos. Uno de ellos era un gigante valeroso, jefe de brigada; el otro, un muchacho de ojos claros.

Pronto el traqueteo de las ruedas arrulló a Pável. Y durmió hasta la mañana, hasta que lo despertó el rugido de la locomotora.

Rita comenzó a regresar tarde a su habitación. En su cuaderno, que abría rara vez, aparecieron algunas nuevas y breves anotaciones:

11 de agosto "Hemos terminado la conferencia provincia]. Akim, Mijáilo y otros se han marchado a Járkov, a la conferencia de Ucrania. Sobre mí ha recaído todo el trabajo administrativo. Dubava y Pável han recibido el nombramiento de miembros del Comité provincial. Desde que lo enviaron de secretario al Comité del Komsomol del distrito Pecherski, Dmitri ya no viene por las tardes a las clases. Lo han recargado de trabajo. Pável aún se esfuerza por estudiar, pero 'unas veces yo no tengo tiempo, y otras, lo envían a él a algún sitio. A causa de haberse agudizado la situación en el ferrocarril, allí están permanentemente movilizados. Zharki vino ayer a verme; está descontento porque le hemos quitado a los muchachos, dice que a él mismo le hacen muchísima falta".

23 de agosto "Hoy, cuando iba por el corredor, vi que en la puerta de la administración se encontraban Pankrátov, Korchaguin y un desconocido. Me acerqué y oí que Pável decía:

"Sí; hay allí unos tipos que no me daría pena el gastar una bala con ellos. "Usted -me han dicho- no tiene derecho a inmiscuirse en nuestras disposiciones. Aquí el dueño es el Comité ferroviario forestal y no su Komsomol". Y tienen una cara, hermanos... ¡Ahí es donde se han emboscado los parásitos!".

Y oí un terno escogido. Pankrátov, al darse cuenta de mi presencia, dio un codazo a Pável. Éste se volvió y, al verme, mudó de color. Sin mirarme a la cara, se marchó inmediatamente. Ahora pasaré mucho tiempo sin verlo por mi despacho. Él sabe bien que yo no perdono a nadie las blasfemias".

27 de agosto "Ha habido reunión cerrada del buró. La situación se complica. Por ahora no puedo escribirlo todo: no se puede. Akim ha llegado sombrío de la comarca. Ayer, junto a Tétierev, de nuevo hicieron descarrilar un tren de víveres. Me parece que voy a tener que abandonar mi diario. Todo me sale como a retazos. Espero a Korchaguin. Lo he visto. Él y Zharki crean una comuna de cinco".

Durante el día, cuando Pável estaba en el taller, lo llamaron por teléfono. Rita le comunicó que tenía la tarde libre y que no habían acabado de estudiar las causas de la derrota de la Comuna de París.

Por la tarde, al acercarse al portal de la casa en la calle Kruglo-Universitétskaia, Pável miró hacia arriba. La ventana de Rita estaba iluminada. Luego de subir corriendo la escalera,

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