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captura: balas, sexo y mentiras

In document Crónicas del Otro Cambuche. 2a. ed. (página 83-95)

Ojalá pase algo que te borre de pronto: una luz cegadora, un disparo de nieve, Ojalá por lo menos que me lleve la muerte Silvio Rodríguez

E

ran aproximadamente las 7 de la mañana, cuando llegaron al piso dos centinelas del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (INPEC) para avisarme que me preparara porque iba de remisión. A diferencia de la vez anterior que me tomaron por sorpresa, en esta ocasión me encontraba listo, pues mi hermana Luz Nery me había informado con dos días de anticipación acerca de mi audiencia de apelación. De tal modo que los guardias me sacaron de una vez, aunque tuve que esperar cerca de 15 minutos que el comandante de turno autorizara la orden de salida. Mientras esto sucedía, entablé conversación con uno de los encargados de mi remisión. Se trataba de un hombre moreno con acento caleño, jovial en el trato y que mantenía una actitud muy diferente a la asumida por los guardias que me trasladaron la última vez. Nuestra conversación giró en torno a la vida carcelaria, a la guerrilla y al oficio de guardián. Frente a este último tema me decía que él asumía su profesión como una vocación y que su deber fundamental era custodiar al preso, independiente de que fuera guerrillero, paramilitar o delincuente. La conversación fluyó tanto que incluso le hablé del sindicato del INPEC y de la importancia de estar afiliado a él, pero ya no pudimos profundizar más, porque en ese momento llegó la orden de salida. Enseguida me tomaron mis huellas digitales, me hicieron una exhaustiva requisa y me colocaron las esposas.

El pabellón en el que me encuentro esta clasificado como de “alta se- guridad” y se halla ubicado en el rincón extremo de la cárcel, de tal modo que para salir a la calle hay que atravesar infinidad de pasillos separados por unas gruesas rejas de hierro. Cada vez que sale un prisionero de máxima seguridad, los internos se arremolinan alrededor de los barrotes, porque saben que ahí va un “pez gordo”. Con un pesado escudo que recuerda las épocas de los gladiadores romanos, uno de los guardias espanta a los curiosos presos, arras-

trando ruidosamente el escudo sobre los barrotes. Su propósito es proteger la vida del interno que va en remisión, pues este desplazamiento a lo largo de los pasillos constituye un momento ideal para que sea apuñalado; también se hace para ocultar la identidad del interno. Esto me lo cuenta el guardia caleño, mientras avanzamos hacia la puerta a pasos de gigante. La precaución parece inútil, a medida que camino por los pasillos escucho decir entre murmullos: “ese es Cienfuegos el man más duro de las FARC”; “Uy, ahí va el guerrillero mexicano”—dicen otros— ; “ahí como lo ven con esa cara – imagino que de pelotudo— esa pinta era el consejero de Raúl Reyes” mascullan otros. Incluso algunos guardias de las puertas no dejan de hacer comentarios mientras abren los pesados candados de las puertas: “¿Usted es Cienfuegos?” Yo les respon- do que no, pero ellos porfían: “si los medios de comunicación lo dicen algo de cierto debe haber”.

Haciéndole el quite a todo este interrogatorio y esquivando las miradas curiosas arribamos al parqueadero de la cárcel, que es el lugar de embarque de los presos que salimos a remisión. Como en ese preciso momento hay una remesa grande de internos que van a audiencia, el responsable de mi custodia, un sargento de aspecto tosco, ordena que me coloquen debajo de una escalera de concreto que conduce a la dirección general; delante mío se colocan dos hombres fuertemente armados, en tanto que un tercer centinela (el caleño) se aposta al lado izquierdo mío, sólo que tres escalones arriba, de tal modo que la cacha de su fusil casi roza mi cabeza. Permanecimos así cerca de diez minutos,—mientras era desalojado el parqueadero— cuando súbitamente se escuchó una fuerte explosión. Un intenso olor a pólvora y una nube de gas de humo invadió todo el espacio; mi mano ardía como si la hubiese metido en brasas calientes; los oídos me zumbaban y estaba a punto de perder el equilibrio. En cuestión de segundos un grupo de guardias nos rodeó, a tiem- po que escuchaba gritos de alarma por todos los lados; incliné mis piernas para restablecer el equilibrio y los dos vigilantes que estaban al lado mío se abalanzaron sobre mí preguntando insistentemente: ¿está bien? ¿Está bien? ¿Está bien?, yo no entendía que sucedía hasta que vi a mi lado izquierdo el centinela caleño, notablemente pálido, tambaleándose y acompañado por dos hombres que trataban de auxiliarlo. En ese momento me di cuenta que había disparado accidentalmente su fusil. La bala se estrelló contra un muro dejando una intensa tronera, para luego alojarse en la pared de la escalera muy cerca de mi cabeza. En otras circunstancias me hubiera tirado al suelo poniendo cara de agonizante, pero consciente como estaba de la situación evité hacerlo, con el fin de no llamar la atención y de esta manera no darle mucha importancia al hecho para que el guardia no fuese sancionado.

Transcurrido todo este alboroto y, una vez hubo verificado que no ha- bía trascendido a más, una mujer con insignias de oficial se acercó al escolta

y discretamente lo subió al segundo piso donde se encontraba la dirección general. A los pocos minutos retornó el centinela, apenas portando su pistola y con una cara de aflicción que me hizo pensar que había sido duramente reprendido por el error cometido. Cinco minutos más tarde me ordenaron subir a un carro blindado, donde se encontraba un hombre de unos 25 años, rigurosamente afeitado, pulcramente vestido, y con sus manos esposadas. Lo saludé suavemente y me respondió con un gesto silábico que interpreté como una respuesta a mi cortesía. Estaba sentado frente a mí y mientras el auto se desplazaba hacia los juzgados de Paloquemao, el joven no dejaba de mirarme quedadamente sin musitar palabra alguna. Al arribar a nuestro sitio de llegada tres guardias se encargaron de mi custodia, mientras que un solo centinela se ocupaba del otro preso. Y como ninguna de las dos audiencias se había inicia- do, terminamos recluidos en el mismo calabozo. En los numerosos traslados que he sido objeto, esta era la primera vez que compartía vehículo y celda con otro preso.

¿Quieres que hablemos? Está bien empieza:

Habla a mi corazón como otros días… ¡Pero no!

¿Qué dirías?

Julio Flórez

La celda donde nos encerraron a la espera de la audiencia era aproxi- madamente de 2 metros de largo por 1.5 de ancho es decir, lo suficientemen- te estrecha para que nuestras miradas se cruzaran cada instante. Sentía que el otro interno me observaba insistentemente con mucha curiosidad, pero rehuía su contacto visual pues no me generaba confianza alguna como para entablar una conversación. Él era consciente de mis recelos y forzando el diálogo me preguntó algo que siempre nos preguntamos los internos cuando nos encontramos frente a otro detenido ¿y usted porque está aquí? Pero antes que me apresurara a responder añadió ¿por guerrillero o paramilitar?

El chico sabía, al igual que yo, que a los que traen con escolta es- pecial están acusados de ser guerrilleros o de ser paramilitares. Me sentí protagonizando una situación de la teoría de juegos y similar al “dilema del prisionero”, que explicaba en mis clases. El asunto era saber de que lo acusaban a él; no tenía mucha información al respecto, pero para mis adentros pensaba que no serían tan torpes de meterme en una celda pe- queña con un peligroso paramilitar, así que suponía que el recluso era un guerrillero —aunque también pensé que los errores que comete la guar- dia son continuos y lo del tiro que se le escapó a uno de mis centinelas,

me ponía a dudar de la pericia de mis acompañantes—. Todas esas ideas cruzaron como una flecha por mi cabeza. Y como mi silencio hacía más embarazosa la situación, decidí responderle: “a mí me acusan injustamente de cargos de rebelión”. Pero en el lenguaje de la guerra no hay cabida para estas acusaciones imprecisas, en el conflicto armado se es o no se es, y mi interlocutor, parecía tenerlo muy claro porque me replicó con mucha segu- ridad. “¡Ahh, Rebelión o sea que Usted es guerrillero! sí recordaba haberlo visto en televisión, pero creo que tenía el pelo largo”. Apenas asentí con la cabeza y traté de hacer una aclaración, pero me interrumpió bruscamente y me expresó con mucha seguridad: “yo soy paramilitar, y he matado mucha gente”. Su respuesta fue como un frío baldado de agua sobre mi espalda y sentí una leve turbación en todo mi cuerpo. Los paramilitares los había visto en televisión dando testimonio de sus inenarrables crímenes; también había contemplado sus rostros asesinos en las fotografías de prensa, inclu- so en la cárcel he tenido contacto con ellos a pocos metros de distancia pero separados por una gruesas rejas de hierro. Sin embargo era la primera vez que me enfrentaba a un paramilitar “face to face”. Aunque su cara no parecía tan repugnante como la de “Ernesto Báez” o “Salvatore Mancu- so”, observaba atónito sus abultados bíceps y sus gruesas manos, con las que seguramente había descuartizado a más de un ser humano; contrasté su figura con la mía y el déficit parecía grande: mis flácidos músculos y mi prominente barriga de niño africano poca o ninguna resistencia podrían oponer a este despiadado asesino. Calculé que antes de que yo gritara podía acabar con mi vida en cuestión de segundos y apenas si tendrían tiempo los guardias de abrir la puerta y recoger mi cadáver; la noticia se regaría como pólvora y Uribe saldría a decir, en el próximo consejo comunitario, que lamentaba mi muerte pero que un terrorista como “Jaime Cienfuegos” tenía muchos enemigos. Quizá todo estaba urdido desde el principio en complicidad con las autoridades del INPEC; es posible que lo del disparo accidental no hubiese sido tal y que en realidad el guardia haya provoca- do el incidente para acabar con mi vida y al no lograrlo, haya recurrido al “plan b”, es decir, encerrarme con este paramilitar… Elaboraba todas estas elucubraciones y me esforzaba por colocar mi cara más terrible, cuando el recluso que estaba conmigo en la celda volvió a decir “sí, yo he asesinado mucha gente”…Cuando terminó de decir estas palabras lo miré a los ojos, su expresión fría parecía confirmar mis sospechas. Por un momento pensé que estaba frente al “mocha cabezas” y que yo sería su próxima víctima. En un ademán defensivo me aproximé hacia los barrotes de la puerta, fue entonces cuando él dijo por tercera vez “yo he matado mucha gente...” Y, antes que yo pudiera reaccionar agregó: “pero ahora me arrepiento”. Su frase me tranquilizó y sentí que mi corazón volvía al cuerpo.

“La guerra es muy hijueputa” —añadió, esta vez en un tono de com- plicidad—. “sí” —le dije yo— Y con un dejo de confianza me lancé a pregun- tarle ¿usted se metió con los paramilitares por convicción o por necesidad?

“Antes —replicó— yo hacía parte de una bandola en Cúcuta y un día los paramilitares nos reunieron para decirnos: o trabajan o los borramos del mapa, a usted y a sus familias; yo tenía esposa y un hijo así que no tuve más alternativa pero si hoy me volvieran a proponer lo mismo, preferiría que me mataran; porque fue mucha la gente que pasé al otro lado y es que a uno le dicen: acabe con este man que es eleno, y elimine a este otro que es farucho; y uno cumplía órdenes a pesar de que sabía que no era así. Nos ordenaban que despedazáramos el cuerpo y desapareciéramos el cadáver. Dios mío, ima- gínese usted cuánta gente inocente maté, cuánto dolor causé a sus familias, la verdad hermano estoy muy arrepentido, y si alguna vez tengo que matar a alguien sólo lo haría por defensa personal...”

Traté de darle moral y le expliqué que ahora tenía la oportunidad de salir de la cárcel y cambiar de vida. “Sí —me respondió con cierta resigna- ción— eso es lo que quiero, irme de esta mierda, por eso me acogí al progra- ma de “Justicia y Paz”, la cagada con ese programa es que los jefes de uno nos obligan a que: ‘digan esto’, que ‘denuncie a tal persona’, así no sea verdad. Ahora, precisamente, voy a un reconocimiento, pero yo no quiero eso, yo no quiero involucrar más gente inocente. Lo que yo quiero es vivir con mi esposa y mi hijo, y ganarme la vida honradamente”.

Pero eso lo puede hacer ahora que salga —le reiteré de nuevo—, “No crea hermano, la cosa no es tan sencilla como parece. Si no nos mata la gue- rrilla, nos matan los familiares de la víctima. Pero lo peor de todo es que el primero que nos asesina es el gobierno. Ellos tienen un “plan pistola” para eliminarnos cuando salgamos y así no tener que pagar lo que se comprometió a pagarnos. Eso le ha pasado a muchos compañeros que les han dado la liber- tad, apenas sale ¡pum!!...” tan pronto realizó esta onomatopeya, simulando un disparo, se escucharon ruidos de llaves y candados en la puerta, al tiempo que entraban dos guardias y se llevaban al prisionero. Sólo pude decirle “suerte” y el correspondió a mi despedida con un gesto de agradecimiento; mientras yo permanecía en el calabozo reflexionando sobre la triste situación de este efímero compañero de celda, (muy similar a la de miles de colombianos) y me dije para mis adentros “sí, la guerra es muy hijueputa, pero más hijueputas los que la han propiciado”.

Me gustas, me apeteces y me provocas Me gusta mucho que me beses en la boca Me fascina tu mirar y cuando te vuelves loca

Yo me conformo con un poco de eso, que tu cuerpo Al caminar a todo mundo provoca

A mi me gusta mucho, te juro mamacita que bastante me provocas

Andy Montañez

Estaba solo en mi celda, sumido en estas profundas cavilaciones cuan- do a lo lejos escuché unas ruidosas voces femeninas. Como lanzado por un resorte me volqué hacia los barrotes de la puerta y al fondo vi un estimulante cuadro que me arrancó súbitamente de mis reflexiones políticas: cuatro muje- res en fila y esposadas una con otra, que venían de remisión del “Buen Pastor” seguramente para alguna audiencia. No sé si fue el efecto del llamado “mal de pueblo” (o peor aún el “mal de celda”) pero me pareció que por lo menos dos de ellas no tenían nada que envidiar a Sofía Vergara (salvo el apellido, como quedaría demostrado más adelante). Una de ellas— para mi desgracia la más fea— se aproximó hacia mí con voz de “ñera” y me dijo: “Uyyy como estas de rico.” Mientras que otra de ellas, la última de la fila —esta si una mujer un poco mayor que la anterior cuya edad rozaba los 30 años, con un cuerpo voluptuoso, piernas gruesas, senos redondos, frondosas caderas, y un trasero que delataba su origen paisa— me lanzó una mirada de tigresa y mordiendo sus jugosos labios como quien saborea un delicioso postre, me dijo “Garavito como estas de bueno”.

¿Garavito? –Pensé yo— ¿Quién será Garavito? ¿Con quién me habrá confundido esta nena? De pronto recordé que Garavito era el nombre del “famoso” violador que había asesinado y abusado sexualmente de no sé cuantas decenas de mujeres y niños. Ante tal evidencia mi ego que se había inflado como un globo con los piropos, explotó hecho pedazos: ¿Garavito yo? ¡Qué vergüenza!! ¿Será que tengo cara de violador? Es cierto que hace dos meses no gozo de visita conyugal y que la única mujer con la que he tenido contacto —salvo mis hermanas pero eso es un caso aparte— es la enfermera de la cárcel, cuya belleza física no es precisamente la de una Venus: de un metro ochenta de estatura, con un largo cabello despelucado —que más parece cábuya— pintado de rubio; senos que casi rozan el suelo, espaldas anchas, cuello de jirafa, nariz aguileña, facciones gruesas y un espeso lunar esférico que adorna su grueso labio leporino, del cual penden unos largos pelos rubios (los internos la llaman “espanta huevos”). Es cierto también que —pese al alcanfor que colocan en el jugo, y que según los expertos produce disfunción eréctil— los niveles hormonales se elevan conforme aumentan los días de reclusión. Pese a todo ello, me parecía una exageración y más que eso una frustración, que las internas del “Buen Pastor” me confundieran con Garavito. En cuestión de segundos mi identidad carcelaria había pasado de ser “Jaime Cienfuegos el terrorista más peligroso de las FARC” a “Garavito.

El violador más peligroso del país” así que un poco decepcionado y un tanto apenado (apenado de pena, no vayan a creer otra cosa), me retiré de la puerta, pero desde la otra celda las reclusas gritaban una tras otra: “Te quiero ver Garavito”, “Te quiero ver Garavito” y soltaban unas sonoras carcajadas que retumbaban por todo el edificio.

Tratando de superar mi perplejidad inicial me acerqué de nuevo a las rejillas de la puerta aceptando el reto de las internas para dejarme ver. Fue una decisión afortunada, porque los que mis ojos contemplaron fue una escena digna de un filme de mi insuperable maestro Tinto Brass: Tras los barrotes de la celda —ubicada en todo frente mío— y subida en un planchón que hace las veces de asiento y cama estaba la mas voluptuosa de las mujeres agitando sus senos, frotando las palmas de sus manos entre las piernas y gritando a todo volumen “Te quiero ver Garavito”, mientras las otras tres féminas reían a carcajadas. En ese momento no disponía de mi cámara de video para rodar tan espléndida escena y lamentablemente la actriz principal —cuyos atributos físicos no tenían nada que envidiar a las protagonistas de los cuentos de Tinto Bras— no se atrevió ir más allá, (aunque mi imaginación sí).Además vinieron los guardias por mí, pues la audiencia estaba lista para empezar.

Ojalá que te vaya bonito Ojalá que se acaben tus penas Que te digan que yo ya no existo Y conozcas personas más buenas

Vicente Fernández

Al salir del calabozo las reclusas me siguieron con sus ojos sin parar de gritar “Te quiero ver Garavito” mientras los guardias desplegaban toda la parafernalia de armas, escudos y esposas. Fuertemente custodiado y con una tremenda erección que apenas si podía disimular manteniendo abajo mis manos esposadas, subí cuatro pisos en dirección a la sala de audiencia. Mi mente aun no se había sustraído del erotismo de la escena anterior y el grito de “te quiero ver Garavito”, junto con sus carcajadas retumbaban aún en mis oídos, y cuando apenas faltaban unos poco metros para llegar a la puerta de las sala de audien- cias, caí en la cuenta que las internas no me habían confundido con Garavito, sino que me estaban albureando. Claro, qué tonto soy —pensé— lo que ellas querían decir es “te quiero—verGa—ravito” ¿Cómo no me había dado cuenta? y, sin tener conciencia empecé a reírme. Los guardias que vigilaban todos mis movimientos ajenos completamente a lo que estaba sucediendo cruzaron una

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