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Esperando a Godot

In document Crónicas del Otro Cambuche. 2a. ed. (página 120-125)

Respecto a la ausencia de mi abogado Gustavo Gallardo —que desde que le conferí mi poder ha revelado un compromiso a toda prueba con mi proceso— tejía en mi mente muchas hipótesis, entre ellas que hubiese sido víctima de una amenaza criminal. Algunos encontrarán descabellada esta es- peculación, Sin embargo debo aclararles que desde mi arbitraria detención el pasado 22 de mayo, han sido innumerables los hostigamientos, amenazas seguimientos e intimidaciones, tanto de los grupos paramilitares como de la misma fuerza pública contra aquellos que han protestado por mi arbitraria detención. La persecución ha traspasado las fronteras nacionales, como lo de- muestra el hecho que el apartamento que habitaba en México (antes de mi se- cuestro en este país por las autoridades del Instituto Nacional de Migración) fue objeto de un allanamiento ilegal, en el cual sustrajeron dos computadores. Aun así la “justicia” colombiana insiste que no existe ni ha existido colabora- ción entre los dos gobiernos, para mi ilegal captura y posterior judicialización. Pese a mis negativos pensamientos preferí convencerme que mi aboga- do Gustavo Gallardo no había cumplido con la cita por tratarse de un martes

13 (recuerden: “martes 13 ni te cases ni te embarques” ni asistas a audiencias preparatorias). Cuando ya estaba decidido a admitir esta explicación metafísi- ca como justificadora de la audiencia de mi defensa, se aproximó a mi el fiscal Ricardo Bejarano quien luego de saludarme muy amablemente me platicó en un tono amistoso su percepción sobre mi caso.

Me dijo —entre otras cosas– que valoraba altamente mi hoja de vida académica, que él era un egresado de la Facultad de Derecho de la Univer- sidad Nacional y que no dejaba de sentir cierta incomodidad con mi situa- ción, pues le resultaba complicado juzgar a uno de los maestros de su querida “Alma Mater”. Sus palabras me evocaban de algún modo la relación entre el ex candidato presidencial del Polo Democrático Alternativo, Carlos Gaviria y el primer mandatario Álvaro Uribe Vélez. Como recordaran este último fue un discípulo (no muy aventajado por cierto) del primero. Aún así Uribe no ha dejado de estigmatizar a su maestro como “un guerrillero vestido de civil”, por su postura crítica. Mientras sosteníamos esta conversación informal, un grupo de manifestantes coreaba en las afueras del edificio, a todo pulmón:

“Fiscal Bejarano, Usted es el villano”, sin imaginar que en ese preciso momento yo dialogaba amenamente con el “villano”.

La conversación pareció tomar un nuevo giro cuando el Fiscal, en un tono grave, me planteó la posibilidad que yo tenía de acceder a un preacuerdo con la Fiscalía; y aunque en la lectura del Código de Procedimiento Penal que adelanto en mis ratos de ocio había advertido que (Art. 348):

“Con el fin de humanizar la actuación procesal y la pena; obtener pronta y cumplida justicia; activar la solución de los conflictos sociales que genera el delito; propiciar la reparación integral de los perjuicios ocasionados con el injusto y lograr la participación del imputado en la definición de su caso, la fiscalía y el imputado o acusado podrán llegar a preacuerdos que impliquen la terminación del proceso”.

No dejó de sorprenderme la propuesta pues era la primera vez que el Fiscal abordaba este asunto:

—Mire profesor —me señaló el Fiscal— si Usted reconoce el delito de rebelión, la unidad de la Fiscalía que lleva su caso, estaría dispuesta a retirarle “el concierto para delinquir con fines terroristas”, además de ello podríamos solicitar al señor Juez que le conceda la casa por cárcel, e incluso tramitar ante el mismo un permiso para que siga trabajando en la universidad. Usted es una persona con una gran formación y experiencia docente, los estudiantes lo necesitan.

Escuchaba con gran atención la propuesta que me formulaba el Dr. Bejarano, aunque su última afirmación la encontraba totalmente incoheren- te, con las falsas acusaciones que he recibido de reclutar estudiantes para la

guerrilla. Como adivinando mis dudas y queriendo dar mayor fuerza a su pro- puesta, el fiscal agregó: —El delito de rebelión no lo inhibe para desempeñar cargo alguno; además profesor –señaló en un tono casi de complicidad— en este país todos somos rebeldes. No imaginaba el fiscal Bejarano que días des- pués él mismo se encargaría de corroborar esta última afirmación, cuando por orden de un juez especializado fue arrestado y recluido en los calabozos de la Fiscalía, según informaron los medios de comunicación, por su rebeldía frente a la imposición de mantener silencio que le hiciera un juez, durante una audiencia en la cual actuaba como ente acusador.

Esta situación propiciaría que los estudiantes elaboraran la siguiente consigna:

Primero se llevaron a Miguel Ángel,

Pero a mí no me importó porque no era profesor Luego vinieron por Luis Eduardo,

Pero tampoco me importó porque no era artista Ahora se llevan al fiscal Bejarano.

Pero ya es demasiado tarde.

Agradecí al Fiscal su propuesta de acuerdo, pero le reiteré mi inocencia y mi imposibilidad ético–política de declararme culpable de un delito que jamás he cometido. Mi respuesta coincidió con el ingreso de la señora juez a la sala. Entonces, cual ratones asustadizos que han detectado la presencia del gato, nos dirigimos a nuestras respectivas madrigueras para dar inicio a la audiencia.

La Metamorfosis

Cumplido el protocolo establecido para estos casos, la juez dio co- mienzo a la sesión, llamando inmediatamente la atención sobre la ausencia de mi defensa y dando curso a una solicitud de aplazamiento que yo había interpuesto desde el viernes anterior. Para mi sorpresa la juez respondió po- sitivamente mi requerimiento y enseguida ofreció la palabra al fiscal Bejarano, quien argumentó que encontraba legítima la prórroga, aclarando que, de nin- gún modo, estos días contaban como descuento en caso que mis abogados defensores interpusieran una solicitud de vencimiento de términos.

Mientras el fiscal intervenía, mi mirada se posó sobre la honorable juez que presidía la sesión luciendo una larga túnica negra; percibía en ella algo nuevo, que la hacía ver muy diferente a como la recordaba en la pasada audiencia, sentía que en cuestión de semanas había envejecido notablemente, no se si porque en esta ocasión hizo su ingreso a la sala apoyada en un bordón que limitaba ostensiblemente sus movimientos o porque su cabello rigurosa-

mente cepillado le confería un inefable aire de solemnidad. Su sonrisa que en las audiencia anteriores, constituía su único vinculo con el imperfecto mundo terrenal se había transformado en un rictus serio que me recordaba el depra- vado rostro de los tribunales de la inquisición. Con esta imagen confusa me retiré de la sala, una vez la juez dio por concluida la audiencia.

Tres días después logré descifrar la enigmática metamorfosis sufrida por la magistrada, cuando Gustavo Gallardo en su visita regular a la cárcel me saludó preocupado diciendo: “Hola profe, como le pareció la nueva juez”.

Pabellón de Alta Seguridad Cárcel Nacional Modelo. Noviembre 7/2009

(24 años después de la sangrienta retoma del Palacio de Justicia por el Ejército colombiano).

In document Crónicas del Otro Cambuche. 2a. ed. (página 120-125)