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silencio no es una alternativa

In document Crónicas del Otro Cambuche. 2a. ed. (página 95-101)

E

l pasado lunes tres de agosto a las 2:00 pm se llevó a cabo en los juzgados penales del Circuito Especializado de Bogotá una nueva audiencia pública, en el injusto juicio que se me sigue por los delitos de rebelión y concierto para delinquir con fines agravados (“financiación del terrorismo”); en realidad se trató de una continuación de la misma que se realizó el pasado 29 de Julio y donde mi abogado defensor Gustavo Gallardo y la abogada auxiliar July Henríquez presentaron un alegato a mi favor, señalando siete nulidades que presenta el juicio que actualmente se adelanta en mi contra:

La primera nulidad señala que no fueron definidas las circunstancias de tiempo modo y lugar en que ocurrieron los supuestos hechos que se me imputan, el señor fiscal confundió narrativa de hechos con narrativa de lo que parecen ser supuestas evidencias; en segundo lugar, las audiencias prelimina- res de legalización de captura imputación e imposición de medida de asegu- ramiento intramural, vulneraron mi defensa material, a tal grado que trajeron consigo la vulneración del derecho de defensa técnica; en tercer lugar se violó mi derecho a la defensa material; en cuarto lugar, conté con un juez imparcial, por cuanto éste le fue indicando al fiscal que dijera los verbos rectores de las conductas y los quantums punitivos respectivos. Asimismo otorgó al ente acusador tiempo para que enmendara sus inconsistencias (tiempo que me fue negado) y que solicité dado mi crítico estado de salud; en quinto lugar, se violó el derecho al debido proceso, calificando los mismos hechos fácticos con dos delitos que son claramente incompatibles: rebelión y concierto para delinquir, pues se supone que éste último está incluido en el primero; en sexto lugar, se me aplicó una ley retroactiva desfavorable (Ley 1121 de 2006), cuan- do las fechas de imputación del supuesto delito son anteriores a septiembre de 2006 (y la ley se aprobó en diciembre de 2006); en séptimo lugar, se violó el principio de congruencia porque la acusación contiene hechos no incluidos en la imputación. La USB introduce hechos nuevos que no se refieren a los de la imputación.

Mientras las anteriores audiencias se iniciaron en las horas de la mañana en esta ocasión la juez me convocó para las dos de la tarde, pues se trataba de dar a conocer su fallo en relación a las solicitudes de nulidad hechas por la de- fensa, tal como lo estableció el tribunal en la audiencia del miércoles anterior.

Mi traslado desde las instalaciones de la Cárcel Nacional Modelo hacia los juzgados estuvo rodeado de un impresionante dispositivo de seguridad co- ordinado por el Comando Operativo de Remisiones Especiales de Seguridad (CORES), nombre rimbombante con el que se denomina la guardia especializa- da en el traslado de prisioneros que, como yo, somos considerados de alto perfil delincuencial. Por lo general son hombres de aproximadamente 1.80 o más de estatura y complexión robusta. Algunos se comportan de manera ruda y tosca, pero otros son amables en el trato e incluso entablan alguna conversación. En esta ocasión, la actitud de mis custodios era más bien de preocupación, luego entendí que estaban estresados por la fuerza del plantón que se desarrollaba frente a los juzgados de la calle 32, muy cerca del edificio de Davivienda.

Cada tanto sonaba el teléfono celular del jefe del comando de seguri- dad (al parecer un sargento) y al otro lado de la línea se escuchaba una voz que en tono de alarma decía algo así: “¡pilas hermano apúrese que aquí la gente del profesor está haciendo mucho bochinche!” y, como respuesta casi instin- tiva el conductor de la camioneta aceleraba sin mayor éxito, porque el tráfico de la avenida se lo impedía. Cuando nos encontrábamos en las proximidades del Museo Nacional empecé a oír alguna consignas que se expandían por el sector como un eco lejano: “El pensamiento crítico no es terrorismo, no mas falsos positivos”, “Libertad para el Maestro Miguel Ángel Beltrán!”.

A medida que nos aproximábamos al lugar de destino, los gritos se escuchaban cada vez más nítidos y retumbaban en nuestros oídos, con esa fuerza que solo tienen las voces que se unen para rechazar la injusticia. Se- guramente sin entender el verdadero sentido de estas proclamas, pero con admiración por el sentimiento de dignidad que ellas expresaban. Al llegar a la sede de los juzgados ingresaron rápidamente la camioneta en el parqueadero ubicado en el subterráneo del edificio donde se hallaban los juzgados, extre- mando al máximo las medidas de seguridad. Temían que aquellas voces de protesta pudieran arrebatarles el prisionero de sus manos.

Acompañado de no sé cuantos gruesos escudos metálicos me condu- jeron por unas estrechas escaleras hasta el 4 piso del edificio donde se llevaría a cabo mi audiencia. Pese a que en el camino no se divisaba persona alguna, los guardianes me escoltaban como si de un momento a otro un comando – seguramente de extraterrestres— los fuera asaltar, para llevarse “al terrorista más peligroso de las FARC”. Un terrorista que en sus veinte años de actividad docente las únicas armas que ha utilizado, han sido: el tablero, la pluma y su lábil voz, para develar las injusticias que a diario se cometen en este país.

Tan pronto llegamos al piso mencionado los centinelas del CORES me ordenaron sentar en una de las sillas plásticas que se encontraban próxi- mas a la ventana que daba a la calle. Mi postura me permitió divisar desde esas alturas un gran colectivo humano que con máscaras, pancartas y pendones gritaban a ritmo de marcha triunfal: “vamos todos a tumbar, al gobierno paramili- tar”, “vamos todos a tumbar, al gobierno paramilitar”…, la fuerza de la consigna era tal que algunos guardias –tal vez sin ser consciente de ellos— repetían una y otra vez el estribillo, golpeando armoniosamente sus dedos sobre sus escudos.

El jefe del comando de seguridad, un sargento de aspecto no muy amable, al notar la emoción en mi rostro, ordenó de inmediato a dos guarda- espaldas que colocaran sus escudos sobre la ventana para impedir que viera la manifestación que se celebraba en los alrededores del edificio. Mientras exa- geraba las medidas de seguridad conmigo, al lado suyo un suboficial del Gaula filmaba con la cámara de su teléfono celular las personas que se encontraban afuera, coreando consignas alusivas a mi libertad. Indignado por su actitud levanté mi voz muy alta para que me escuchara, y le dije:

—Eso que Usted está haciendo es ilegal. ¿Para qué está filmando? ¿Para después presentar falsos positivos?

El sargento que coordinaba mi seguridad no teniendo suficiente con su actitud cómplice se acercó muy enojado gritando:

—Usted no me venga a hacer escándalos aquí. Se me calla me hace el favor.

A lo que le respondí con voz calmada pero firme:

—No me voy a callar mientras ese agente del Gaula siga filmando. Usted sabe que eso es ilegal.

Muy cerca de mí uno de los centinelas que me custodiaba comentó en voz baja:

—Sí, es cierto. Eso es ilegal. Que se ocupen de lo suyo que nosotros nos ocupamos de lo nuestro.

Sin embargo, el sargento no parecía pensar lo mismo y con una voz cada vez más fuerte y agresiva me increpaba:

—Se me calla inmediatamente. Mire que le estoy pidiendo el favor. No se haga tratar mal.

Pero al ver que yo no estaba dispuesto a silenciar mi voz (porque “el silencio no es una alternativa”) ordenó a los guardias que me encerraran en un calabozo contiguo. Inmediatamente dos hombres de complexión robusta me tomaron del brazo bruscamente y me condujeron hasta la celda donde me encerraron con unos gruesos candados.

Una vez tras los barrotes tomé un poco de aire y desde allí exclamé al agente del Gaula que lo que estaba haciendo era ilegal y le pregunté si estaba

preparando un “falso positivo”. En ese momento se acercó el sargento del INPEC hasta la puerta de la celda. Sus mejillas estaban rojas como dos ci- ruelas maduras a punto de explotar. Con voz desencajada y gritando a todo pulmón me advirtió:

—Es la última vez que le digo que se calle y se me sienta ya mismo— a tiempo que indicaba con su mano unos bloques de concreto que estaban al fondo del la celda, como especie de bancos.

A modo de respuesta permanecí incólume y de pie.

—¡Ah! –Dijo desesperado el sargento– ¿no va a sentarse? Pues va- mos a ver, si no obedece a las buenas pues entonces será a las malas y acto seguido llamó a dos centinelas. Tan pronto hicieron su ingreso a la celda, retrocedí varios pasos y me senté en el bloque de concreto, no porque sintiera miedo de sus amenazas, sino porque los guardias no parecían estar convenci- dos de actuar violentamente conmigo, (recibían ordenes) y mi confrontación era directamente con el sargento que comandaba el grupo; quien se me acercó y en un tono bajo pero bastante amenazante me previno

—Mira, huevón, si usted sigue de alzado lo voy a encadenar a la pared para que no joda más y señalando unos ganchos que estaban insertados en el muro de la celda, continuó diciendo:

—Mira hijueputa para eso están esas cosas, para huevones como usted que se las tiran de muy berracos.

En ningún momento aparté mi vista de la suya y, aunque no podía hablar porque los gendarmes me lo impedían, con un gesto altivo traté de decir que aunque me cortaran las manos y la lengua (como lo hicieron con mi amigo Jairo en el 2007) jamás renunciaría a expresar lo que pensaba.

Fue precisamente en ese momento cuando llegó la orden de remisión a la sala de audiencias.

Con las esposas fuertemente aseguradas a mis manos, y manteniendo el mismo esquema de seguridad: armas de corto y largo alcance, escudos metáli- cos, etc., me sacaron de la celda y me trasladaron a la sala donde se celebraría la audiencia. Al llegar al recinto estaba la Juez, mis dos abogados defensores y los guardias del INPEC. A diferencia de las sesiones anteriores no advertí la presencia de familiares y amigos. Estos empezarían a llegar minutos más tarde cuando la audiencia ya estaba en curso. Días después me enteré de las miles de trabas que colocaron las autoridades policiales para permitir su ingreso a la audiencia pública. A algunos(as) que estaban en la calle lanzando consignas alusivas a mi libertad se les vedó la entrada al edificio, violando flagrantemen- te sus derechos (y los míos). En nuestro país, la amenaza, la intimidación y la represión han sido armas recurrentes para acallar la protesta.

Aun así, varios familiares y amigos(as) lograron el acceso a la audiencia, gracias a la presión ejercida. El hecho que estas arbitrariedades sea el pan de

cada día no significa que debamos ceder a ellas. Recuerdo, a propósito de esta situación, que en cierta ocasión se hallaban reunidos los mineros bolivianos preparando una huelga, entonces, una mujer de aspecto indígena solicitó la palabra y preguntó a los presentes ¿Cuál creen ustedes que nuestro enemigo principal? Hubo muchas respuestas: el imperialismo, la oligarquía, el ejército, los políticos, etc. Entonces Domitila —así se llamaba la mujer— intervino de nuevo y dijo: “no señores, nuestro principal enemigo no es el imperialismo, ni la oligarquía, ni el ejército… nuestro principal enemigo es el MIEDO. Por eso, pienso yo, resulta muy acertado el eslogan que adoptó la Asociación Sin- dical de Profesores Universitarios (ASPU) para impulsar la campaña en pro de mi libertad: “el silencio NO es alternativa”...

La audiencia se desenvolvió en medio de una gran tensión provocada por los hechos narrados con anterioridad y la creciente movilización que se vivía en las afueras del edificio. Minutos antes de darse inicio a la sesión el sargento del INPEC puso en conocimiento a la señora Juez que yo estaba ha- ciendo un gran escándalo y que debía llamarme la atención. Nada dijo acerca del agente del Gaula que estaba filmando la manifestación. De este modo, en medio de los gruesos escudos metálicos que cubrían mi cuerpo entero, se dio curso a la audiencia.

Realizadas las presentaciones de rigor, la juez tomó la palabra y dio a conocer su veredicto negando una a una todas las solicitudes de nulidad inter- puesta por mi defensa. La argumentación del tribunal brilló por su ambigüe- dad, pues aunque parecía darle la razón a mi abogado defensor, acto seguido interponía un “sin embargo”, “no obstante, “aún así”, para luego terminar rechazando la solicitud. Así por ejemplo refiriéndose a mi delicado estado de salud en el momento en el que legalizó mí captura expresaba lo siguiente “el profesor Miguel Ángel Beltrán efectivamente presentaba en el momento de su captura un precario estado de salud, como lo pone en evidencia el informe de sanidad aeroportuaria y el dictamen de Medicina Legal... SIN EMBARGO, su estado no era tan grave como para obnubilar su conciencia e impedir que hiciera uso al debido derecho de su defensa material”.

Más que un alegato jurídico interesado en establecer la verdad o no de los hechos, sentía que estaba frente a un enmarañado juego sofístico que me evocó aquellas disputas medievales en torno al sexo de los ángeles o la santidad de la virgen María. Así que, con gran paciencia esperé que el tribunal concluyera la lectura de su documento, cuyas conclusiones ya se anunciaban de antemano. Cuando hubo sucedido esto y la juez se retiró del recinto, los guardias rápidamente se aproximaron hacia mí para colocarme las esposas, fue entonces cuando lancé aquella consigna que tanto molestó al sargento del INPEC: “podrán atarme las manos pero nunca el pensamiento”. El estaba seguro que con la amenaza de la fuerza bruta y la sinrazón de sus argumentos lograría

doblegarme. No fue así. Traicionaría mi pensamiento si así lo hiciese. Al fon- do, y dentro de los asistentes se escucharon nuevas consignas que como un efecto dominó se propagaron por la sala, mientras los guardias hacían ingen- tes esfuerzos para acallar las espontáneas expresiones de protesta.

Mientras el recinto era desalojado permanecí en él con mis manos esposadas y cercado por un estrecho anillo de seguridad.

—Usted tan leído y tan ilustrado como dice que es y se comporta como un gamín, —Me dijo el sargento en un tono mezcla de molestia y re- signación— ¿Eso es lo que usted le enseña a sus estudiantes?

—A mis estudiantes –respondí serenamente— les he enseñado a no guardar silencio ante la injusticia, a mirar con dignidad y altivez las cara de los opresores pese a la intimidación y la amenaza, porque nos asiste la razón de un pueblo que lucha por sus derechos. Si en este momento no peleo por lo que considero es una arbitrariedad; si no me rebelo contra quienes pretenden pisotear mi dignidad, mi práctica docente quedaría reducida a un discurso vacío de contenido.

Luego añadí: —sí ayer mis lecciones las impartía desde un salón de clase hoy debo hacerlo desde estas difíciles circunstancias que me impone el régimen.

Este es mi testimonio de lucha, amigos, colegas, familiares y estudian- tes, porque…… “EL SILENCIO NO ES LA ALTERNATIVA”.

Cárcel Nacional Modelo Pabellón de Alta Seguridad Agosto 2009

A medida que nos aproximábamos al lugar de destino, los gritos se escu- chaban cada vez más nítidos y re- tumbaban en nues- tros oídos, con esa fuerza que solo tie- nen las voces que se unen para re- chazar la injusticia.

In document Crónicas del Otro Cambuche. 2a. ed. (página 95-101)