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de todas formas la llevo perdida…”

In document Crónicas del Otro Cambuche. 2a. ed. (página 30-81)

L

a primera vez que estuve en una cárcel fue hace cerca de 25 años, cuando visité a mi amigo Luis Carlos Díaz quien trabajaba como cajero principal en una importante entidad bancaria y que un día cualquiera terminó recluido en la Cárcel Nacional “Modelo” por cuenta de un estafador profesional a quién le pagó confiadamente un cheque de gerencia, sin tomarle la respectiva huella digital pues pasaba por ser un asiduo y respetado cliente de ese ente financiero.

Luis Carlos contaba con el aprecio de sus compañeros de trabajo dado que era una persona afable en el trato con los demás. De gusto exquisito, solía vérsele luciendo elegantes trajes de paño con colores rigurosamente combina- dos que hacían juego con sus vistosas corbatas y almidonadas camisas cuyos puños remataban en unas gemelas mancuernas. Su buen gusto en el vestir no obstaba para que fuera una persona que brindaba una ayuda a manos llenas a aquel que la requiriese. Para todos sus colegas del banco constituyó una verda- dera sorpresa verle involucrado en un proceso por fraude y hurto calificado, y aunque creían a pie juntillas en su inocencia, ninguno de ellos se atrevió a testimoniar a su favor y menos aún visitarlo a la cárcel, por el temor de versen comprometidos, a los ojos de sus jefes, en este delicado asunto.

— Entiéndame mi hermano yo sé que usted es inocente, pero tengo hijos que sostener, no puedo perder mi trabajo. Era la manera de excusarse de sus numerosos amigos con los que había compartido innumerables mo- mentos de rumba y bohemia, hasta altas horas de la madrugada cuando el cansancio o el licor los vencía.

Sólo su enamorada y dos o tres amigos, entre ellos un vendedor ambu- lante a quién regularmente compraba frutas, cigarrillos y chocolates para su amada con la que tenía planes próximos de matrimonio lo acompañamos en estos dolorosos meses de cautiverio. En la oficina su nombre se convirtió en

tabú. Al principio algunos de sus colegas hablaban en voz baja y en pequeños corrillos acerca de lo injusto de su acusación, pero con el tiempo olvidaron el atropello y ya sólo se preocupaban por agradar a su jefe, a la espera de ocupar la silla vacía dejada por su amigo de antaño. Entre tanto, en la soledad de su encierro, Luis Carlos con el corazón encogido y la mirada perdida escuchaba una y otra vez aquel viejo bolero de Óscar Agudelo:

“[…] de tantos amigos míos ninguno ha venido a verme, Hoy te doy la razón, pues bebo en mi soledad,

Que esa llamada amistad es tan solo una ilusión, Cuando uno está en condición, tiene amigos a granel, Pero si el destino cruel hacia un abismo nos tira, Vemos que todo es mentira y que no hay amigo fiel”.

La impresión que me produjo la estancia en la cárcel –aun de visitan- te— ha sido uno de los recuerdos más dramáticos que haya podido grabar en mi memoria. Tras una larga fila no exenta de empellones y de intercambio de madrazos, fui sometido a una intensa requisa de la que no escapó ni siquiera mi agujero rectal, receptáculo por excelencia para ocultar la droga, a decir de los abusados guardianes. Una experiencia que volví a revivir hace solo un par de años, cuando la doctora Gloria me practicó el examen prostático que requerimos los hombres que cruzamos la frontera de los cuarenta. Con mi brazo tatuado de sellos atravesé varias puertas de hierro hasta llegar al patio 7 donde se hallaba mi amigo. Desde el momento en que traspasé la entrada, una nube de presos me rodeó preguntándome a quien venía a visitar.

— Ese Luis Carlos Díaz, ese Luis Carlos Díaz —gritó uno de los inter- nos luego que yo le comunicara el nombre de la persona a quien visitaba—. A los pocos minutos nos abrazamos muy emotivamente con mi amigo, tras extender unas cuantas monedas al ordenanza. En ese entonces el dinero era permitido en los penales. Hoy está terminantemente prohibido y las tarjetas telefónicas lo han sustituido.

El patio 7 como los restantes de la cárcel constaba de dos alas, en cada una de las cuales se hallaba ubicado un televisor a color de 24 pulgadas. Uno estaba programado para el canal siete y el otro para el nueve, aunque sólo era posible ver las imágenes, pues el ensordecedor ruido que se escuchaba en los patios hacia inaudible cualquier programa de televisión. Los aparatos eran una donación del narcotraficante hondureño Juan Ramón Mata Ballesteros, y ape- nas estaban llegando al país por lo que los internos se sentían muy orgullosos de ser los pioneros en el uso de esta nueva tecnología. En el hall que dividía las dos alas del patio se encontraban ubicadas dos mesas de billar, propiedad de uno de los “caciques” del patio. Éstas eran administradas por un hombre

de espaldas anchas y aspecto agresivo que con cuaderno y lápiz en mano tomaba el tiempo de los jugadores. Paralela a las mesas y aproximadamente a dos metros de distancia se alzaban dos altos muros correspondientes a las paredes exteriores del baño. Los vapores nauseabundos de allí provenientes y el agua que permanentemente rezumía por sus poros era suficiente para saber que se trataba de los excusados. Al traspasar las puertas, podría discernirse que en un baño estaban las duchas y en el otro los sanitarios. En este último las heces fecales colmaban las tazas y resbalaban por una turbia corriente de orina que las arrastraba hasta el pasillo, como si se tratara de corales polifor- mos arrojados a la playa por el bravo oleaje del mar.

En los patios el hacinamiento era tal que con frecuencia los cuerpos tanto de internos como de visitantes se rozaban entre sí desencadenado un intercambio de miradas agresivas que en no pocas oportunidades derivaban en enfrentamientos verbales. Sostener una conversación de más de dos minu- tos resultaba ser una hazaña no sólo por el insoportable ruido sino porque pululaban los buhoneros que ofrecían para la venta las mas variadas figuras talladas en madera o en marfilina; anillos, aretes, manillas, juegos de ajedrez constituían los productos ofertados a cambio de sumas irrisorias; en ocasio- nes eran trocados por un paquete de cigarrillos o una presa de pollo. Este mercado lo disputaba una ola de internos que se desplazaban de norte a sur del patio, con sus chazas ofreciendo chicles, dulces, chocolatinas, maní, ci- garrillos y cerillos. Completaba el cuadro un grupo de hombres que a todo pulmón invitaba a los demás internos a probar suerte en el parqués, las cartas, la tapita o el ajedrez.

Cierto día al ingresar al penal tropecé con un tumulto de hombres que gritaban en coro: “!vamos mocho!” “!dale mocho!” Pronto me di cuenta que se trataba de dos hombres que peleaban entre sí. Uno de ellos tenía una sola pierna con la cual mantenía diestramente el equilibrio. El muñón de su extremidad inferior cercenada asomaba bajo la manga de un pantalón corto, mientras que con su mano derecha –que apenas contaba con tres dedos– sostenía un punzón de hierro oxidado de fabricación casera, que lanzaba una y otra vez contra su adversario. En medio de la gresca, irrumpió un grupo de guardias que armados de sus porras se abrió paso entre la multitud. Tan pronto divisó a los uniformados el “mocho” se alejó rápidamente saltando como un canguro, pero dos hombres se abalanzaron sobre él golpeándolo inmisericordemente mientras éste se protegía con sus ocho dedos a tiempo que vociferaba improperios. Entre tanto el otro interno se escabullía y todos los presentes parecían ignorar lo que sucedía porque el silencio en las cárceles es sagrado y es ley que “los sapos pagan con su vida.”

Tengo grabada en mi retina algunas imágenes de personajes que, poco a poco fueron cobrando familiaridad durante mis recurrentes visitas: recuer-

do un pastor cristiano que con Biblia en mano predicaba todas las mañanas la palabra de Dios frente a un círculo de internos que le escuchaban en actitud piadosa.

“El preso agobiado pronto será libertado. No morirá en la prisión, ni le faltará su pan. Porque yo, el señor, que agito el mar y Suenan sus ondas, soy tu Dios, cuyo nombre Es el señor Todopoderoso”.

Horas más tarde cambiaba el libro sagrado por una papeleta de bazuco que fumaba compulsivamente oculto entre los baños. En medio del encierro alucinatorio veía desfilar los jinetes del Apocalipsis que anunciaban el fin de los tiempos.

“Miré y vi un caballo amarillo. Su jinete Se llamaba Muerte, y el sepulcro lo seguía y le fue dado poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, hambre, peste y con las bestias de la tierra”.

Estaba también el “Mister” un viejo gordo, bajito y calvo que a du- ras penas lograba comunicarse en un confuso spanish—english, y del que se decía era el primer y único extraditado por los Estados Unidos acusado de narcotráfico. Su entrega fue considerada un gesto de colaboración del país del norte hacia Colombia y una compensación por los centenares de muertos que había dejado el tratado de extradición.

De igual modo conocí al Doctor “secuestro” un médico cirujano que se hallaba detenido bajo la acusación de fundar una clínica clandestina de abortos. Su operación maestra la había realizado –según su propia versión– años atrás a un estudiante universitario que en una de sus tantas fiestas donde el licor circulaba de mano con las drogas, había violado a su hija. Luego de identificar al responsable del hecho, lo convidó a una reunión social en su apartamento, lo drogó, y una vez dormido le practicó una intervención qui- rúrgica en la que extirpó sus órganos genitales. Ese joven universitario sería el primer alcalde de Bogotá elegido popularmente y, una década después ocupa- ría la presidencia de la República.

Pero sin duda el personaje de mayor popularidad era el lustrabotas del patio, cuyo servicio era requerido incluso por hombres que usaban tenis y sandalias. Al principio no entendía por qué, pero de pronto advertí que tras los cepillos y la crema de embetunar que guardaba en su caja de embolar se escondían numerosas papeletas de marihuana y bazuco. “El guajiro” como

se le conocía fungía como expendedor de drogas del patio. Droga que cabe señalar, ingresaban al penal las llamadas “mulas” en bolsas de plástico o en condones y que ocultaban en la vagina o en el ano y eran pasadas con la complicidad de los guardias de turno, partícipes de las jugosas ganancias que aportaba este negocio ilícito.

Salvo los presos políticos (que en aquel tiempo constituían una rareza, pues el Estado y los grupos paramilitares se ocupaban de desaparecerlos antes que lo fueran), gran parte de la población carcelaria consumía algún tipo de droga alucinógena. Parecía ser la única alternativa para huir de aquella descar- nada realidad del penal. En ocasiones se presentaban situaciones de internos que hasta entonces no habían consumido drogas, pero eran iniciados por otros presos que los inducían a su consumo costeando sus primeras dosis. Cuando el interno –en su mayoría jóvenes – manifestaba todos los síntomas de adicción, su “protector” le prestaba dinero para calmar la ansiedad que le generaba el no poder ingerir el narcótico. Llegado el momento en que la deu- da alcanzaba sumas que el adicto no podía pagar, el acreedor –bajo la amenaza de muerte si incumplía– hacia su cobro “en especie”. Éste consistía en una obligada visita conyugal con la hermana del deudor o en algunos casos, cuan- do la preferencia sexual del cobrador era otra, pagaba con su mismo cuerpo, hasta que el “protector” clavaba sus ojos en un nuevo joven interno, a quien inducía a la droga con el fin de satisfacer sus perversiones sexuales.

Muy aparte de este universo y como si viviese aislado en una burbuja de agua conocí a “Manuel” un viejo guerrillero del Ejército de Liberación Na- cional (ELN) que llevaba más de diez años prisionero. Su aspecto físico era muy similar al de Ricardo Lara Parada –incluyendo sus lentes– sólo que en su rostro se marcaban las huellas de un largo presidio. A comienzo de los años 70 se había iniciado como dirigente estudiantil en la Universidad Industrial de Santander (UIS), donde cursaba la carrera de ingeniería, la que jamás conclu- yó. Allí se vinculó a las filas del ELN y, tras dirigir varias acciones armadas urbanas fue detenido con una grave herida en su pierna derecha, luego que uno de sus camaradas lo delatara.

Aunque la prisión había minado notablemente su condición física, no sucedía lo mismo con su intelecto. De mente abierta y palabra fácil sus con- versaciones eran verdaderas lecciones de historia y política, que enriquecía con su larga experiencia guerrillera. Fue el quien me introdujo en el descono- cido mundo de los presos políticos. Desde entonces tomé familiaridad con el Comité de Solidaridad con los Presos Políticos (CSPP) y entré en contacto con reconocidos abogados como Eduardo Umaña Mendoza y Alirio Pedraza.

Gran conocedor de los procesos insurgentes y contrainsurgentes en Nicaragua y El Salvador era un acérrimo crítico de los acuerdos de paz firma- dos entre la guerrilla y el gobierno del presidente Belisario Betancur. Valoraba

sin embargo el proyecto político de la Unión Patriótica (UP), aunque perma- nentemente me reprochaba que nos dejáramos matar inermemente.

— Mire compita –me decía con su inconfundible acento santande- reano– esta “guerra sucia” es muy arrecha y no se puede detener a punta de denuncias. Ustedes están sacrificando sus mejores cuadros. ¿Sabe cuánto tiempo se necesita para formar un cuadro? Diez años, compita –y mientras yo calculaba mentalmente que me faltaban cuatro o cinco años para llegar a ser un verdadero cuadro (apenas si alcanzaba a ser parte de un triangulo amoro- so)–, Manuel me preguntaba:

— ¿Y Ustedes no han contemplado la posibilidad de irse a la clandes- tinidad?

— No, eso ni pensarlo –le replicaba casi reactivamente– eso es lo que quiere el adversario, que nos retiremos de la arena política legal.

— Pues a ese paso no van a necesitar retirarse. Los van a retirar a punta de plomo.

En aquellos años el ELN consideraba la tregua una concesión a la oligarquía e incluso algunos llegaban a calificarla de “traición a la causa”. Era la única organización insurgente que se había sustraído de los acuerdos de paz con el gobierno del Presidente Belisario Betancur. Todas las demás: Las FARC, el M-19 y el EPL, cada una a su manera y con diferentes grados de compromiso habían abierto las puertas al diálogo.4 Estas diferencias tácticas generaban agudos debates en el interior de las organizaciones de izquierda. Discusiones plagadas de pretensiones vanguardistas y enconados sectarismos, al punto que muchas de estas pugnas internas cobraban mayor virulencia que el enfrentamiento mismo contra el Estado.

Mi conocimiento del ELN no sólo era precario sino que además estaba mediado en buena medida por esta óptica partidista. La lectura del libro La Guerrilla por Dentro escrito por Jaime Arenas –exmilitante de esa organización– donde narraba las purgas que en su interior había propiciado Fabio Vásquez Castaño, uno de sus fundadores, había dejado en mí un profundo sin sabor que vino a reforzarse con el asesinato de Ricardo Lara Parada, considerado al igual que Arenas un desertor como él. Ajusticiado por sus propios excompa- ñeros cuando desarrollaba un importante trabajo de masas en el Magdalena Medio. Su crimen no pudo ser más desatinado e inoportuno en un momento en que el país se estremecía por los hechos del Palacio de Justicia, la trage- dia de Armero, y el asesinato de Ángel Monroy –uno de los fundadores del

4 En realidad el panorama era un poco más complejo: algunos destacamentos del ELN como el “Antonio Nariño” habían suscrito junto con las FARC los acuerdos de “Cese al Fuego, Tregua y Paz” asimismo, el partido Revolucionario (MIR—Patria Libre) coincidían con el ELN en su rechazo a los Acuerdos firmados por las otras organizaciones guerrilleras con el gobierno.

Movimiento Insurgente “Quintín Lame” (MIQL)–, y –días después– por el de Óscar William Calvo, el más esclarecido dirigente del Ejército Popular de Liberación (EPL), luego de una rueda de prensa en la que expresara el com- promiso de su organización con los Acuerdos de Tregua y Paz. Las continuas conversaciones con “Manuel” me descubrieron otra cara de esa agrupación guerrillera más en sintonía con la figura de Camilo Torres y la Teología de la liberación.

“Manuel” no sólo era uno de los guerrilleros con más tiempo de en- cierro en la cárcel, sino el que más veces se había escapado de ella, con la salvedad que sus evasiones trascurrían en el mundo de los sueños y la fantasía. En efecto, cada conversación que sosteníamos concluía con una inevitable referencia a su “nuevo plan de fuga”, que describía detalle a detalle, pero que a mí se me antojaba salido de alguna película de James Bond. Por supuesto ninguna de estas ideas pasó de ser un ejercicio más de su mente conspirativa, entre otras muchas razones porque “Manuel” estaba a punto de quedarse cie- go como consecuencia de sendas cataratas que nublaban sus ojos, y que lenta pero progresivamente apagaban la visión de sus cristalinos.

Este fue mi primer contacto con la cárcel –que se prolongó durante varios meses más. Ciertamente fue dramático e impactante pero me abrió las puertas a un mundo que hasta ese momento encontraba irreal y con el que solo había tropezado a través de la literatura juvenil: El conde de Montecristo de Alejandro Dumas, Recuerdos de la casa de los muertos de Fedor Dostoievski y Papillón de Henry Charriere, así como uno que otro film: La naranja mecánica de Stanley Kubrick y Expreso de Medianoche de Alan Parker que, constituían verdaderos clásicos del cine.

El encuentro con esta cruda realidad dejó en mi memoria una imborra- ble huella. Pocos días después de su salida de la cárcel Luis Carlos nos invitó a tomar unas cervezas para celebrar su retorno a la libertad. La cita fue en El cafetal un bar de música que solíamos frecuentar donde podíamos escuchar tangos y boleros de Óscar Agudelo, Agustín Magaldi, Julio Jaramillo, Carlos Gardel, El Caballero Gaucho, Pepe Aguirre, Los Trovadores del Cuyo y Los Tres Diamantes entre muchos otros más. Su propietario y administrador Hi- dalgo Villegas había recreado en su establecimiento una verdadera fonda an- tioqueña. Allí –entre carrieles, enjalmas, herraduras, rejos de enlazar, planchas de carbón que amenazaban con aplastarnos la cabeza en caso de un inopor- tuno temblor de tierra– mi hermano David, Jorge y yo (únicos sobrevivientes de su grupo de amigos) brindamos una y otra vez por su vuelta a la libertad. En medio de la celebración pregunté a Luis Carlos qué lección le había deja- do estos meses de presidio. Él se quedó un rato pensativo y con la palma de su mano extendida me indicó que esperara. Enseguida se paró de la silla y se

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