En 1900 Gran Bretaña era la nación más influyente de la tierra, tanto en el ámbito político como en el económico. Tenía posesiones en Norteamérica y Centroamérica, y en Sudamérica, Argentina dependía de ella en gran medida. También poseía el gobierno de una serie de colonias en África y Oriente Medio, y sus dominios llegaban hasta Australasia. El resto del mundo estaba en su mayoría dividido entre otras potencias europeas: Francia, Bélgica, Holanda, Portugal, Italia e incluso Dinamarca. Los Estados Unidos habían adquirido el Canal de Panamá en 1899, y acababan de hacerse con las últimas pertenencias del Imperio español. Sin embargo, y a pesar de que la sed de poder de los Estados Unidos iba en aumento, el país que dominaba el mundo de las ideas —en filosofía, en las artes y las letras, en ciencias naturales y en ciencias sociales— era sin duda Alemania, o para ser más precisos, los países de habla alemana. Este hecho tiene una gran relevancia, porque la tradición intelectual alemana no estuvo, ni mucho menos, al margen de los posteriores acontecimientos políticos.
Una de las razones de esta situación preeminente de los alemanes en la esfera del pensamiento eran sus universidades, que fueron el origen de gran parte de la química del siglo XIX y se hallaban en la vanguardia de los estudios bíblicos y la arqueología
clásica, por no mencionar el propio concepto de doctorado, que tuvo su origen en Alemania. La segunda razón era de orden demográfico: en 1900 había en todo el territorio germano parlante treinta y tres ciudades con más de cien mil habitantes, y la vida urbana era un elemento imprescindible a la hora de crear un mercado de ideas. De entre todas estas ciudades sobresalía Viena: si hay un lugar que pueda considerarse como representativo de la mentalidad de la Europa occidental en los albores del siglo XX, éste es sin duda la capital del Imperio austrohúngaro.
A diferencia de otros imperios, como, por ejemplo, el británico o el belga, la monarquía dual austrohúngara, bajo el dominio de los Habsburgo, poseía la mayor parte de sus territorios en Europa: comprendía parte de Hungría, Bohemia, Rumania y Croacia, y contaba con un puerto de mar en Trieste, que hoy pertenece a Italia. Por otra parte, estaba muy encerrado en sí mismo; los germanos formaban parte de una raza orgullosa, muy consciente de su pasado histórico y de lo que pensaban que los distinguía de los demás pueblos. Este nacionalismo confirió un sabor particular a su vida intelectual, que la impulsaba hacia delante y, al mismo tiempo, como veremos más tarde, la restringía. La arquitectura de Viena también representó un papel relevante a la hora de determinar su carácter único. La Ringstrasse, un anillo de edificios monumentales en los que se intuía la Universidad, el teatro de la ópera y el edificio del Parlamento, había sido erigida en la segunda mitad del siglo XIX
periferia, de tal manera que encerraba la vida intelectual y cultural de la población en una área relativamente pequeña y muy accesible.[74] En este recinto habían surgido las cafeterías características de la ciudad, una institución de naturaleza informal que hacía de Viena un lugar diferente de Londres, París o Berlín. Sus mesas de mármol constituían un soporte tan bueno para las ideas como lo eran los diarios, las publicaciones periódicas universitarias o los libros de más actualidad. Según se contaba, el origen de estos locales se hallaba en el descubrimiento de unas ingentes reservas de café en los campos abandonados por los turcos tras haber sitiado Viena en 1683. Al margen de lo que haya de cierto en este hecho, alrededor de 1900 se habían convertido en clubes de carácter informal, espaciosos y bien amueblados, en los que la adquisición de una taza de café daba derecho a permanecer en el establecimiento durante el resto del día y a recibir, cada media hora, un vaso de agua en bandeja de plata. El uso de los diarios, las revistas, las mesas de billar y los juegos de ajedrez no suponía para la clientela ningún coste adicional, y otro tanto sucedía con las plumas, la tinta y el papel con membrete. Los parroquianos podían solicitar que el correo les fuera enviado a su cafetería favorita; también se les permitía dejar allí las ropas con las que se vestirían por la noche, de tal manera que no tuviesen que volver a casa para cambiarse, y algunos establecimientos, como el café Griensteidl, disponían de vastas enciclopedias y demás libros de consulta, bien asequibles para los escritores que usaban sus mesas como lugar de trabajo.[75]
La mayoría de las discusiones que tenían lugar sobre las mesas del café Griensteidl, entre otros, se hallaban entre lo que el filósofo Karl Pribram llamó dos «cosmovisiones».[76] Las palabras que usó para describirlas fueron individualismo y universalismo, aunque esta distinción se hacía eco de una dicotomía anterior, que atrajo la atención de Freud y había surgido de la transformación ocurrida a principios del siglo XIX, cuando la sociedad rural acostumbrada a un trato personal íntimo se
convirtió en una sociedad urbana formada de individuos «atomistas», que se mueven unos al lado de otros de forma frenética sin llegar nunca a encontrarse. Según Pribram, el individualista cree en la razón empírica de igual manera que se hacía en la Ilustración, y sigue el método científico de buscar la verdad a través de la formulación de hipótesis que después probará. El universalismo, por su parte, «propone una verdad eterna y externa a la mente, cuya validez hace inútil cualquier comprobación. … Un individualista descubre la verdad, mientras que un universalista la recibe».[77] Pribram consideraba que Viena era la única ciudad verdaderamente individualista al este del Rin; sin embargo, debido al poder que aún mantenía la Iglesia católica, el universalismo era ubicuo incluso allí. En lo relativo a la filosofía, por tanto, Viena semejaba una casa en mitad del camino atravesada por un buen número de pasillos, de los cuales el psicoanálisis constituye un ejemplo perfecto. Freud se consideraba un científico y, sin embargo, no llegó a proporcionar una metodología real mediante la que pudiese demostrarse, por poner un ejemplo, la existencia del inconsciente de tal manera que pudiese satisfacer a un escéptico. Y
Freud y el inconsciente no son los únicos paradigmas: la propia doctrina del
nihilismo terapéutico (según el cual no hay nada que hacer ante las enfermedades de
la sociedad o incluso ante las enfermedades que afligían al cuerpo humano) mostraba una indiferencia ante el progreso que se hallaba en las antípodas del optimismo que demostraba el enfoque científico empirista. La estética del impresionismo, que gozaba en Viena de una gran popularidad, también participaba de esta división. La esencia de este movimiento artístico fue definida por el historiador húngaro Arnold Hauser como un arte urbano que «describe la variabilidad, el ritmo nervioso, las impresiones, repentinas y nítidas, aunque siempre efímeras, de la vida de la ciudad».
[78] Esta preocupación por la fugacidad, por el carácter transitorio de la experiencia,
coincidía con el nihilismo terapéutico en la idea de que no podía hacerse nada con el mundo, excepto observarlo desde cierta distancia.
Los escritores Arthur Schnitzler y Hugo von Hofmannsthal se esforzaron por resolver estas cuestiones, cada uno a su manera. Ambos pertenecían a un grupo de jóvenes bohemios que se reunían en el café Griensteidl y eran conocidos como Jung
Wien (‘Joven Viena’).[79] A él pertenecían también Theodor Herzl, brillante
reportero y ensayista que acabaría convirtiéndose en dirigente del movimiento sionista; Stefan Zweig, escritor, y su cabecilla, el editor de prensa Hermann Bahr. El diario de éste, Die Zeit, constituía un verdadero foro para muchos de estos talentos, al igual que Die Fackel (‘La Antorcha’), editado por otro miembro no menos brillante del grupo, Karl Kraus, más conocido por su obra Los últimos días de la humanidad.
La carrera profesional de Arthur Schnitzler (1862-1931) cuenta con un buen número de intrigantes coincidencias con la de Freud. También él estudió neurología e investigó la neurastenia.[80] Freud gozó del magisterio de Theodor Meynert, mientras que Schnitzler era su ayudante. El interés de Schnitzler por lo que Freud llamó la «infravalorada y difamada erótica» era tan similar al de éste que Freud acostumbraba referirse a Schnitzler como su Doppelganger (‘doble’) y lo evitaba de manera deliberada. Sin embargo, Schnitzler abandonó la medicina para dedicarse a la literatura, aunque sus escritos se hacían eco de muchos conceptos del psicoanálisis. Sus primeras obras exploraban lo vacuo de la sociedad de cafés, pero fueron El
teniente Gustavo (1901) y El camino de la libertad (1908) las que más fama le
reportaron.[81] La primera, un monólogo interior prolongado, arranca con un episodio en el que «un vulgar civil» se atreve a tocar la espada del teniente en el concurrido guardarropa de una ópera. Este simple gesto provoca al militar una serie de divagaciones que siguen el esquema de un fluir de pensamientos confuso e involuntario que prefigura el empleado más tarde por Proust. En esta obra, Schnitzler se muestra sobre todo como crítico social; pero al referirse a ciertos aspectos de la infancia del teniente que éste creía olvidados, insinúa rasgos propios del psicoanálisis.[82] Por su parte, El camino de la libertad explora de manera más extensa los aspectos instintivos e irracionales de los individuos y la sociedad en que éstos viven. La estructura dramática del libro cobra fuerza con el análisis de las vidas
truncadas o frustradas de diferentes personajes judíos. Schnitzler ataca al antisemitismo no sólo por ser un movimiento equivocado, sino también por ser el símbolo de una cultura insólita e intolerante surgida de un esteticismo decadente y por la aparición de una sociedad de masas que, junto con un parlamento «convertido en un mero teatro para manipular a las masas», da rienda suelta a los instintos y que en la novela no hace sino arrollar a la cultura «resuelta, moral y científica» representada por gran parte de los personajes judíos. La intención de Schnitzler no es otra que la de subrayar el carácter indisoluble de la «cuestión judía» y el dilema entre arte y ciencia.[83] Una y otra no hacen sino defraudar al autor: la estética, «porque no lleva a ninguna parte; la ciencia, porque no confiere ninguna significación al individuo».[84]
Hugo von Hofmannsthal (1874-1929) fue aún más lejos que Schnitzler. Había nacido en el seno de una familia aristocrática y recibió la bendición de un padre que animaba a su hijo a convertirse en esteta y daba por hecho que acabaría siéndolo. El señor Hofmannsthal presentó a su hijo en el café Griensteidl cuando éste era aún muy joven, de manera que el grupo liderado por Bahr actuó casi como un internado para el precoz talento del muchacho. Las primeras obras de Hofmannsthal fueron consideradas «la más refinada realización de la historia de la poesía alemana», aunque él aún no estaba del todo a gusto con su actitud estética.[85] Tanto La muerte
de Tiziano (1892) como El loco y la muerte (1893), sus dos poemas más famosos
escritos antes de 1900, muestran un escepticismo surgido del convencimiento de que el arte nunca podrá constituir la base de los valores de la sociedad.[86] Para Hofmannsthal, el problema radicaba en que, mientras que el arte puede satisfacer al individuo que crea la belleza, no sucede lo mismo con la masa social, que, como tal, es incapaz de crear: Nuestro presente es vacuo y rutinario si nadie nos consagra desde fuera.[87] La opinión del poeta aparece expresada de forma más clara en su «Idilio pintado sobre una vasija antigua», que relata la historia de la hija de un decorador de vasijas griego. A pesar de estar casada con un herrero y disfrutar de una vida de comodidades, no se siente feliz; sabe que vive una existencia incompleta. Así, pasa la mayor parte del tiempo soñando con su infancia, recordando las imágenes mitológicas que pintaba su padre en las vasijas con las que comerciaba. Representaban acciones heroicas de los dioses, que llevaban una vida como la que ella anhela. Al final, Hofmannsthal concede su deseo a la mujer mediante la aparición de un centauro. Encantada con el giro de los acontecimientos, ella no duda en abandonar su antigua vida y escapar con él. Por desgracia, su marido no comparte sus sentimientos: si él no puede tenerla, tampoco consentirá que la posea otro, por lo que acaba matándola con una lanza.[88] En resumen quizá suene poco sutil, pero el
argumento de Hofmannsthal no da lugar a ambigüedades: la belleza es paradójica y puede volverse subversiva, incluso terrible. A pesar de que la vida irreflexiva e instintiva no carece de atractivo, y aunque pueda parecer vital para realizarse, resulta, sin embargo, peligrosa y explosiva. En otras palabras: la estética no se muestra nunca autosuficiente y pasiva, sino que supone juicio y acción.
Hofmannsthal también señaló la usurpación de la antigua cultura estética vienesa por parte de la ciencia. «El carácter de nuestra época —escribió en 1905— está regido por la multiplicidad y la indeterminación. Sólo puede apoyarse sobre das
Gleitende [‘lo resbaladizo’]». A esto añadía que «lo que otras generaciones
consideraban estable es precisamente das Gleitende».[89] Resulta difícil encontrar una definición más ajustada de la manera en que comenzaba a deslizarse la concepción newtoniana del mundo tras los descubrimientos de Maxwell y Planck. «Todo se ha roto en múltiples pedazos —escribió Hofmannsthal— y estos pedazos han vuelto a romperse en más pedazos, de manera que ya no queda nada susceptible de abarcarse mediante conceptos».[90] Al igual que a Schnitzler, a Hofmannsthal le inquietaban los acontecimientos políticos que estaban teniendo lugar en la monarquía dual, y en particular el creciente antisemitismo. Estaba persuadido de que el crecimiento del irracionalismo debía parte de su fuerza a los cambios que la ciencia había provocado en la comprensión de la realidad; las nuevas ideas eran lo bastante perturbadoras como para fomentar un movimiento irracionalista reaccionario a gran escala. Su reacción personal fue idiosincrásica, cuando menos, pero tenía su propia lógica. A la prometedora edad de veintiséis años abandonó la poesía, convencido de que el teatro ofrecía una mejor oportunidad de afrontar retos de mayor actualidad. Schnitzler había señalado que la política se había convertido en una forma de teatro, y Hofmannsthal pensaba que el teatro era necesario para contrarrestar los acontecimientos políticos.
[91] Su obra posterior, desde los dramas Fortunato y sus hijos (1900-1901) y El rey
Candaules (1903) hasta los libretos que escribió para Richard Strauss, gira en torno al
liderazgo político como forma de arte: la labor de un soberano es conservar una estética que garantice el orden y controle así la irracionalidad. Con todo, en opinión de Hofmannsthal, debe dejarse una salida para lo irracional, y la solución que propone es «la ceremonia del todo», una forma ritual de política de la que nadie pueda sentirse excluido. Sus obras constituyen tentativas para crear ceremonias del todo a través de la fusión de la psicología individual y la psicología de grupo; son dramas psicológicos que anticipan las últimas teorías de Freud.[92] Así, mientras que Schnitzler se limitaba a observar la sociedad vienesa para diagnosticar sus defectos de manera elegante, Hofmannsthal reaccionó ante dicho nihilismo terapéutico y se asignó un papel más directo con la intención de cambiar la sociedad. Como él mismo expresó de forma reveladora, las artes se habían convertido en el «espacio espiritual de la nación».[93] En lo más íntimo, siempre tuvo la esperanza de que sus escritos sobre monarcas ayudarían a que surgiese en Viena un magno dirigente, alguien que la guiara en lo moral y encauzase su futuro, «fundiendo todas las manifestaciones
fragmentarias en una sola unidad y transformando toda la materia en “forma, una nueva realidad alemana”». Las palabras que empleó constituyeron una insólita profecía de lo que habría de suceder. Lo que él ansiaba era un «genio… marcado por el estigma del usurpador», «un verdadero alemán y un hombre pleno», «un profeta», «poeta», «maestro», «seductor», un «soñador erótico».[94] Su estética de la monarquía coincidía en ciertos aspectos con las ideas de Freud acerca del macho dominante, con los descubrimientos antropológicos de sir James Frazer, con Nietzsche y con Darwin. Hofmannsthal se mostraba muy ambicioso respecto de las posibilidades de armonización del arte, convencido de que podría contrarrestar los efectos negativos de la ciencia.
En aquel momento nadie podía imaginar que la estética de Hofmannsthal ayudaría a preparar el terreno para un estallido de irracionalidad aún mayor según avanzase el siglo. Pero si su estética de la monarquía y las «ceremonias del todo» constituían una respuesta a das Gleitende fruto de los descubrimientos científicos, otro tanto sucedía con la nueva filosofía de Franz Brentano (1838-1917). Se trataba de una persona muy popular, y sus clases eran legendarias hasta tal punto que los estudiantes —entre los que se hallaban Freud y Tomás Masaryk— llegaban incluso a llenar los pasillos y bloquear las entradas. Poseía una figura escultural que lo hacía semejante a un patriarca de la Iglesia y era un fanático del ajedrez, aunque algo distraído como jugador (casi nunca ganaba debido a su afición por experimentar y observar las consecuencias); también era poeta, buen cocinero y carpintero. Acostumbraba cruzar a nado el Danubio; publicó un libro de acertijos de gran éxito comercial, y entre sus amigos se hallaban Theodor Meynert, Theodor Gomperz y Josef Breuer, que también era su médico.[95] En un principio se encaminó hacia el sacerdocio, pero en 1873 abandonó la Iglesia y más tarde contrajo matrimonio con una judía acaudalada convertida al cristianismo (lo que dio pie a un bromista para afirmar en tono de burla que no era más que un icono en busca de un trasfondo dorado).[96]
El principal interés de Brentano era el de aportar una prueba, de la manera más científica posible, de la existencia de Dios. Poseía una concepción muy personal de la ciencia, que tenía la forma de un análisis histórico. Para él, la filosofía estaba constituida por ciclos. Propuso tres ciclos del pensamiento —antiguo, medieval y moderno—, que a su vez podían dividirse en cuatro fases: investigación, aplicación, escepticismo y misticismo. A partir de esta idea confeccionó la siguiente tabla:[97]
Este planteamiento hizo de Brentano una figura de transición clásica, una casa en mitad del camino de la historia del pensamiento. Su ciencia lo llevó a concluir, tras veinte años de investigación y magisterio, que, sin lugar a dudas, existe «un principio eterno, creador y sustentador», al que dio el nombre de «entendimiento».[98] Al mismo tiempo, su teoría del movimiento cíclico de la filosofía lo hizo dudar de la capacidad de progresión de la ciencia. Hoy se conoce sobre todo a Brentano por su intento de aportar un mayor rigor intelectual al análisis de Dios; sin embargo, a pesar de la admiración que se le profesaba por tratar de conciliar ciencia y fe, no fueron pocos los contemporáneos que creyeron que todo su método estaba condenado al