La historia del siglo XX se reduce habitualmente a una sucesión de guerras y
desastres, pero se suele olvidar que ha sido también una época de grandes avances científicos y de una extraordinaria floración en el campo del pensamiento y del arte. Peter Watson se aparta de la visión convencional del siglo para completarla con el contrapunto de sus grandes progresos intelectuales, en una deslumbrante sucesión de ideas y argumentos que se inicia en 1900 con Freud, Planck o Picasso y que llega hasta nuestro propio tiempo, hasta la biotecnología, el postmodernismo o internet, y hasta pensadores tan diversos como Stephen Hawking o Vidia Naipaul. La historia del siglo XX suele contarse como una sucesión de guerras y desastres que
justifican que se lo describa habitualmente como una época sombría de muerte y de atrocidades. Pero esto no lo es todo. Más allá de las dictaduras y del exterminio, el siglo ha sido también una época de grandes avances científicos y de una extraordinaria floración en el campo del pensamiento y del arte. El propósito de Peter Watson ha sido apartarse de la visión convencional para completarla con el contrapunto de los grandes progresos intelectuales de un siglo en que la ciencia ha transformado nuestra manera de ver y entender el mundo, y en que las artes y el pensamiento han traído conjuntamente lo que Yeats describió como «una terrible belleza». Esta fascinante historia comienza en 1900, el año en que se publicó La interpretación de los sueños de Freud, en que Evans descubrió los palacios minoicos de Creta, en que Planck inició la física cuántica, en que Picasso llegó a París… y prosigue en una deslumbrante sucesión de argumentos y de ideas, hablándonos de la ciencia, del arte, de la filosofía, de la literatura, del cine, a de la música, etc., en una perspectiva realmente universal, que abarca desde el Concilio Vaticano II a la revolución cultural china, y que llega nuestro propio tiempo, para hablarnos de la teoría de cuerdas, de los orígenes y desarrollo de internet, del postmodernismo o de las aportaciones de hombres tan diversos entre sí, pero de tan considerable influencia en la formación de las ideas del mundo en que vivimos, como Stephen Hawking y Vidia Naipaul.
Peter Watson
Historia intelectual del siglo XX
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Título original: A terrible beauty. A History of the People and Ideas that Shaped the Modern Mind Peter Watson, 2000
Traducción: David León Gómez Editor digital: Titivillus
… quien acumula ciencia, acumula dolor. ECLESIASTÉS La historia nos enseña que los hechos del hombre nunca son definitivos; la perfección estática no existe, ni un insuperable saber último. BERTRAND RUSSELL Tal vez sea un error mezclar vinos distintos, pero el viejo saber y el nuevo bien se mezclan. BERTOLT BRECHT Todo ha cambiado, cambió por completo: una belleza terrible ha nacido. W. B. YEATS
A mediados de los años ochenta, cuando me hallaba haciendo un trabajo para el
Observer de Londres, tuve la oportunidad de hacer una visita a la Universidad de
Harvard acompañado de Willard van Orman Quine. Estábamos en el mes de febrero, por lo que el suelo estaba cubierto de hielo y nieve. En determinado momento, ambos tropezamos y caímos. Para mí fue todo un privilegio gozar de la dedicación exclusiva del más grande filósofo que queda sobre la faz de la tierra. Sin embargo, lo que más me sorprendió cuando fui a contárselo a otros fue que muy pocos habían oído hablar de él; su nombre ni siquiera les sonaba a muchos de los veteranos de la redacción del Observer. En cierto sentido, este libro tuvo su origen en aquel momento. Siempre he
querido encontrar una forma literaria que llamase la atención acerca de todas esas personalidades del mundo contemporáneo y del pasado inmediato que, a pesar de no formar parte de la cultura de celebridades que domina nuestras vidas, son responsables de alguna contribución digna de renombre.
Debía de correr el año 1990 cuando leí The Making of the Atomic Bomb, de Richard Rhodes. Este libro, que sin duda merecía el Premio Pulitzer que le fue concedido en 1988, recoge en sus trescientas primeras páginas un estudio apasionante de los albores de la física de partículas. A primera vista, los electrones, los protones y los neutrones no parecen susceptibles de someterse a un tratamiento narrativo: no son los mejores candidatos a las listas de libros más vendidos y tampoco pueden considerarse celebridades. Sin embargo, la exposición que llevaba a cabo Rhodes de un material más bien difícil resultaba no sólo accesible, sino también fascinante. La escena con que arranca el libro, que nos presenta a Leo Szilard en 1933, cruzando un semáforo de la londinense Southampton Row cuando concibe de pronto la idea de la reacción en cadena nuclear que acabaría por desembocar en la construcción de una bomba de poder inimaginable, constituye casi una obra de arte. Esto hizo que me diese cuenta de que, con la destreza suficiente, el enfoque narrativo puede hacer amenos los temas más áridos y difíciles.
Con todo, el presente volumen no acabó de tomar forma hasta después de una serie de discusiones con W. Graham Roebuck, gran amigo y colega, profesor emérito de lengua inglesa en la Universidad McMaster de Canadá, historiador y hombre de teatro, amén de profesor de literatura. En un principio, la idea era que él fuese coautor de esta Historia intelectual del siglo XX. Teníamos la intención de hacer una historia de las grandes ideas que han dado forma al siglo XX, pero no queríamos caer en la
colección de artículos relacionados entre sí. En lugar de esto, pretendíamos convertir el libro en una obra narrativa, que se hiciese eco de lo emocionante de la vida intelectual a través de la descripción de personajes —incluidos sus errores y rivalidades— y diese así idea del apasionante contexto en que surgieron las ideas más influyentes. Por desgracia para un servidor, los múltiples compromisos del profesor Roebuck no le permitieron seguir con el proyecto. Es a él a quien más debe este libro, si bien no puedo olvidar las aportaciones de otros muchos, cuya experiencia, autoridad e investigaciones han sido de vital importancia para la elaboración de una
obra tan ambiciosa como ésta. Entre ellos hay científicos, historiadores, pintores, economistas, filósofos, dramaturgos, directores de cine, poetas y muchos más especialistas de muy diversos ámbitos. En particular, me gustaría agradecer a los siguientes por su ayuda y por lo que en muchos casos se convirtió en una correspondencia prolongada: Konstantin Akinsha, John Albery, Walter Alva, Philip Anderson, R. F. Ash, Hugh Baker, Dilip Bannerjee, Daniel Bell, David Blewett, Paul Boghossian, Lucy Boutin, Michel Brent, Cass Canfield Jr., Dilip Chakrabarti, Christopher Chippindale, Kim Clark, Clemency Coggins, Richard Cohen, Robin Conyngham, John Cornwell, Elisabeth Croll, Susan Dickerson, Frank Dikótter, Robin Duthy, Rick Elia, Niles Eldredge, Francesco Estrada Belli, Amitai Etzioni, Israel Finkelstein, Carlos Zhea Flores, David Gilí, Nicholas Goodman, Ian Graham, Stephen Graubard, Philip Grifftths, Andrew Hacker, Sophocles Hadjisavvas, Eva Hajdu, Norman Hammond, Arlen Hastings, Inge Heckel, Agnes Heller, David Henn, Nerea Herrera, Ira Heyman, Gerald Holton, Irving Louis Horowitz, Derek Johns, Robert Johnston, Evie Joselow, Vassos Karageorghis, Larry Kaye, Marvin Kalb, Thomas Kline, Robert Knox, Alison Kommer, Willi Korte, Herbert Kretzmer, David Landes, Jean Larteguy, Constance Lowenthal, Kevin McDonald, Pierre de Maret, Alexander Marshack, Trent Maul, Bruce Mazlish, John y Patricia Menzies, Mercedes Morales, Barber Mueller, Charles Murray, Janice Murray, Richard Nicholson, Andrew Nurnberg, Joan Oates, Patrick O’Keefe, Marc Pachter, Kathrine Palmer, Norman Palmer, Ada Petrova, Nicholas Postgate, Neil Postman, Lindel Prott, Cohn Renfrew, Cari Riskin, Raquel Chang Rodríguez, Mark Rose, James Roundell, John Russell, Greg Sarris, Chris Scarre, Daniel Schavelón, Arthur Sheps, Amartya Sen, Andrew Slayman, Jean Smith, Robert Solow, Howard Spiegler, Ian Stewart, Robin Straus, Herb Terrace, Sharne Thomas, Cecilia Todeschini, Clark Tomkins, Marion True, Bob Tyrer, Joaquim Valdes, Harold Varmus, Anna Vinton, Zarlos Western, Randall White, Keith Whitelaw, Patricia Williams, E. O. Wilson, Rebecca Wilson, Kate Zebiri, Henry Zhao, Dorothy Zinberg y W. R. Zku.
Como quiera que muchos de los pensadores del siglo XX ya no se encuentran
entre nosotros, me he visto obligado a basarme en una extensa bibliografía, compuesta no sólo por los «grandes libros» del período, sino también por los comentarios y críticas suscitados por las obras originales. Uno de los placeres que me ha reportado la investigación y elaboración de Historia intelectual del siglo XX ha sido el poder rescatar a escritores que por diversas razones habían quedado relegados al olvido, si bien tienen menudo cosas originales, instructivas e importantes que transmitirnos. Espero que os lectores compartan mi entusiasmo en este sentido.
Éste es un libro muy general, y sin duda su lectura se habría visto perjudicada de haber marcado en el propio texto cada una de las fuentes. Sin embargo, sí que se hacen constar, espero que al completo, en las más de tres mil notas y referencias recogidas al final del libro. Con todo, me gustaría agradecer aquí la labor de los autores y editores con los cuales he contraído una deuda especialmente grande, y de
cuyos libros he salteado, resumido y parafraseado sin ningún pudor. Por orden alfabético de autor o editor, estas obras son: Bernard Bergonzi, Reading the Thirties (Macmillan, 1978) y Héroes’ Twilight: A Study of the Literature of the Great War (Macmillan, 1980); Walter Bodmer y Robín McKie, The Book of Man: The Quest to
Discover Our Genetic Heritage (Little Brown, 1994); Malcolm Bradbury, The Modern American Novel (Oxford University Press, 1983); Malcolm Bradbury y
James McFarlane (eds.), Modernism: A Guide to European Literature 1890-1930 (Penguin Books, 1976); C. W. Ceram, Gods, Graves and Scholars (Knopf, 1951) y
The First Americans (Harcourt Brace Jovanovich, 1971); William Everdell, The First Moderas (University of Chicago Press, 1997); Richard Fortey, Life: An Unauthorised Biography (HarperCollins, 1997); Peter Gay, Weimar Culture (Secker and Warburg,
1969); Stephen Jay Gould, The Mismeasure of Man (Penguin Books, 1996); Paul Griffiths, Modern Music: A Concise History (Thames and Hudson, 1978 y 1994); Henry Grosshans, Hitler and the Artists (Holmes and Meier, 1983); Katie Hafner y Matthew Lyon, Where Wizards Stay Up Late: The Origins of the Internet (Touchstone, 1998); Ian Hamilton (ed.), The Oxford Companion to Twentieth Century
Poetry in English (Oxford University Press, 1994); Ivan Hannaford, Race: The History of an Idea in the West (Woodrow Wilson Center Press, 1996); Mike Hawkins, Social Darwinism in European and American Thought, 1860-1945 (Cambridge
University Press, 1997); John Heidenry, What Wild Ecstasy: The Rise and Fall of the
Sexual Revolution (Simón and Schuster, 1997); Robert Heilbroner, The Worldly Philosophers: The Lives, Times and Ideas of the Great Economic Thinkers (Simón
and Schuster, 1953); John Hemming, The Conquest of the Incas (Macmillan, 1970); Arthur Herman, The Idea of Decline in Western History (Free Press, 1997); John Horgan, The End of Science: Facing the Limits of Knowledge in the Twilight of the
Scientific Age (Addison Wesley, 1996); Robert Hughes, The Shock of the New (BBC
y Thames and Hudson, 1980 y 1991); Jarrell Jackman y Carla Borden, The Muses
Flee Hitler: Cultural Transfer and Adaptation, 1930-1945 (Smithsonian Institution
Press, 1983); Andrew Jamison y Ron Eyerman, Seeds of the Sixties (University of California Press, 1994); William Johnston, The Austrian Mind: An Intellectual and
Social History, 1848-1938 (University of California Press, 1972); Arthur Knight, The Liveliest Art (Macmillan, 1957); Nikolai Krementsov, Stalinist Science (Princeton
University Press, 1997); Paul Krugman, Peddling Prosperity: Economic Sense and
Nonsense in the Age of Diminished Expectations (W. W. Norton, 1995); Robert
Lekachman, The Age of Keynes (Penguin Press, 1967); J. D. Macdougall, A Short
History of Planet Earth (John Wiley, 1996); Bryan Magee, Men of Ideas: Some Creators of Contemporary Philosophy (Oxford University Press, 1978); Arthur
Marwick, The Sixties (Oxford University Press, 1998); Ernst Mayr, The Growth of
Biological Thought (Belknap Press, Harvard University Press, 1982); Virginia
Morrell, Ancestral Passions: The Leakey Family and the Quest for Humankind’s
Bomb (Simón and Schuster, 1986); Harold Schonberg, The Lives of the Great Composers (W. W. Norton, 1970); Roger Shattuck, The Banquet Years: The Origins of the Avant Garde in France 1885 to World War One (Vintage, 1955); Quentin
Skinner (ed.), The Return of Grand Theory in the Social Sciences (Cambridge University Press, 1985); Michael Stewart, Keynes and After (Penguin 1967); Ian Tattersall, The Fossil Trail (Oxford University Press, 1995); Nicholas Timmins, The
Five Giants: A Biography of the Welfare State (HarperCollins, 1995), y
M. Weatherall, In Search of a Cure: A History of Pharmaceutical Discovery (Oxford University Press, 1990).
Esta no es una historia intelectual definitiva del siglo XX (cuesta pensar en alguien
tan osado para atreverse a hacer un trabajo de tal envergadura). Se trata más bien de una visión de conjunto de una sola persona. He de agradecer también la colaboración de los que leyeron todo el original mecanografiado o parte de él y corrigieron diversos errores, identificaron omisiones e hicieron sugerencias para mejorarlo: Robert Gildea, Robert Johnston, Bruce Mazlish, Samuel Waksal y Bernard Wasserstein. No hace falta decir que la responsabilidad de los errores y omisiones de la edición definitiva recae por completo sobre un servidor.
En El legado de Humboldt (1975), Saul Bellow describe al héroe que da nombre a la novela, Von Humboldt Fleisher, como un magnífico conversador, un improvisador de monólogos frenético e incesante, detractor de primera. Que Humboldt lo insultase a uno era casi un privilegio, algo así como ser el motivo de un retrato con dos narices pintado por Picasso. …El dinero constituía para él una constante fuente de inspiración. Adoraba hablar de los ricos. … Sin embargo, su verdadera riqueza era de índole literaria. Había leído miles de libros. Decía que la historia no era más que una pesadilla durante la cual intentaba pasar una simple noche de descanso. Su insomnio lo hacía más erudito. Durante las primeras horas de la madrugada solía leer libros de un grosor considerable: Marx y Sombart, Toynbee, Tostovtzejf, Freud…
El siglo XX ha sido en muchos sentidos una pesadilla. Sin embargo, entre tan
grande alboroto se hallaban quienes produjeron las obras que ayudaban a mantener la cordura de Humboldt —y no sólo la suya—. Ellas constituyen el objeto de este libro y merecen toda nuestra gratitud.
En una entrevista televisiva de la BBC celebrada en 1997, poco antes de su muerte, se preguntó al filósofo oxoniense sir Isaiah Berlin, quien dedicó parte de su obra a estudiar la historia de las ideas, qué había sido lo más sorprendente de su larga vida. Había nacido en Riga, en 1909, hijo de un comerciante de madera judío, y tenía siete años y medio cuando fue testigo, desde el piso familiar, situado sobre una fábrica de cerámica, del inicio de la Revolución de febrero en Petrogrado. Su respuesta fue la siguiente: El solo hecho de haber vivido con tanta paz y felicidad en medio de tales horrores. El mundo se hallaba expuesto al peor siglo que haya podido existir por lo que respecta a la más cruda falta de humanidad, a la destrucción salvaje del ser humano sin razón justificable alguna… Y a pesar de todo, aquí estoy, intacto… lo que no deja de parecerme asombroso.[1] Cuando se emitió la entrevista, yo me encontraba sumergido en la investigación que desembocaría en el presente libro; con todo, la respuesta de Berlín logró calar hondo en la concepción de éste. Los estudios históricos del siglo XX suelen
concentrarse, por razones del todo comprensibles, en el acostumbrado esquema de acontecimientos políticos y militares: las dos guerras mundiales, la Revolución rusa, la Gran Depresión de los años treinta, la Rusia de Stalin, la Alemania de Hitler, la descolonización, la guerra fría… Una enumeración espantosa, a fin de cuentas. Las atrocidades que cometieron Stalin y Hitler, o las que se perpetraron en su nombre, aún no se han valorado por completo, y hoy sabemos que lo más probable es que nunca puedan valorarse. Los números resultan demasiado elevados, incluso en una época acostumbrada al uso de cifras a escala cosmológica. Sin embargo, una persona de la talla de Berlin, que vivió cuando estaban teniendo lugar todos esos horrores y perdió a los familiares que permanecieron en Riga (los liquidaron), había logrado llevar lo que en otro momento de la citada entrevista llamó «una vida feliz».
Mi objetivo al escribir este libro era, en primer lugar, alejar el centro de atención de los acontecimientos y episodios de los que ya se ocupan las investigaciones históricas más convencionales, de los asuntos políticos, militares o de estado, con el fin de centrarme en los hechos que, con toda seguridad, hicieron la vida de Isaiah Berlin tan asombrosa y rica. Los horrores de los últimos cien años tienen un carácter tan generalizado, han sido tan abundantes y resultan tan endémicos a la sensibilidad del hombre moderno que, al parecer, los historiadores de siempre no tienen mucho espacio —si es que tienen alguno— que dedicar a otras cuestiones. Así, por ejemplo, en una historia reciente del primer tercio del siglo de setecientas páginas, no se menciona en ningún momento la relatividad, ni tampoco se habla de Henri Matisse o Gregor Mendel, ni de Ernest Rutherford, James Joyce o Marcel Proust. Tampoco hacen sus páginas referencia alguna a George Orwell, W. E. B. Du Bois o Margaret Mead, ni a Oswald Spengler o Virginia Woolf, por no hablar de Leo Szilard o Leo Hendrik Baekeland, James Chadwick o Paul Ehrlich. No aparecen Sinclair Lewis ni, por consiguiente, Babbitt.[2] Y éste no es el único libro que adolece de estas
carencias. En estas páginas intento rectificar este desequilibrio y concentrarme en las principales ideas intelectuales que han dado forma a nuestro siglo y que, tal como reconoció Berlin, han resultado ser gratificadoras de manera excepcional.
No es mi intención, al dar esta forma al libro, sugerir que el siglo ha sido menos catastrófico de lo que indican los estudios históricos más convencionales: sólo pretendo mostrar que la guerra no es lo único que caracteriza este período. Tampoco quiero dar a entender que los asuntos políticos y militares sean ajenos a lo intelectual o lo inteligente. No lo son. La política me ha parecido siempre uno de los retos intelectuales más difíciles, por cuanto intenta conjugar la filosofía y la teoría de la naturaleza humana con la acción de gobernar. Por su parte, los asuntos militares, en los que se sopesan las vidas de las personas de una manera completamente distinta a como se hace en cualquier otra actividad, y en los que los hombres se enfrentan entre sí de una forma tan directa, no se encuentran muy alejados de la política en cuanto a importancia o interés. Sin embargo, después de leer un buen número de libros de historia, quería algo diferente, algo más, y no lograba encontrarlo.
Me parece obvio que, una vez que logramos abstraemos de las terribles calamidades que han afligido al siglo, una vez que conseguimos levantar los ojos para apartarlos de los horrores de décadas pasadas, surge ante nosotros, de forma clara, una corriente intelectual que parece dominarlo todo, un desarrollo muy interesante, perdurable y profundo. Nuestro siglo se caracteriza en lo intelectual por una profunda aceptación de la ciencia, lo que no sólo se debe a que ésta haya contribuido con la invención de nuevos productos, cuyo extraordinario alcance ha transformado por completo nuestras vidas. Amén de cambiar el objeto de nuestros pensamientos, la ciencia ha transformado nuestra forma de abordar dicho objeto. En 1988, en De près
et de loin (De cerca y de lejos), el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss se hacía
la siguiente pregunta: «¿Crees que queda un lugar para la filosofía en el mundo de hoy?». Ésta fue su respuesta: Por supuesto, aunque sólo si se basa en el estado actual del conocimiento y los logros científicos… Los filósofos no pueden pretender vivir al margen de la ciencia. Ésta no sólo ha ampliado y transformado de forma considerable nuestra visión del mundo, sino que ha revolucionado las normas mismas por las que se rige el intelecto.[3] Es precisamente esta revolución la que estudiaremos en el presente libro.
Puede haber críticos que sostengan que, por lo que respecta a la relación con la ciencia, el siglo XX no ha sido distinto del XIX o el XVIII y que lo que estamos
viviendo no es sino la madurez de un proceso iniciado incluso antes, de la mano de Copérnico y Francis Bacon. En cierta medida, tienen razón; sin embargo, el siglo XX
se diferencia de los precedentes en tres aspectos fundamentales: En primer lugar, hace cien años o más la ciencia era más bien un conjunto dispar de disciplinas que aún no se habían centrado en 1os fundamentos de la naturaleza. John Dalton, por ejemplo, había inferido la existencia del átomo a principios del siglo XIX, pero nadie
había llegado siquiera a identificarlo ni tenía la más remota idea de cómo podía estar configurado. Sin embargo, la ciencia del siglo XX se distingue no sólo por haber
logrado que se desbordase el río de los descubrimientos (por usar una expresión acuñada por John Maddox), sino por el hecho de que muchos de estos hallazgos tuvieron que ver con los fundamentos de la física, la cosmología, la química, la geología, la biología, la paleontología, la arqueología y la psicología.[4] Asimismo, no deja de ser una de las coincidencias históricas más sorprendentes que la mayor parte de los conceptos fundamentales de dichas disciplinas (el electrón, el gen, el cuanto y el inconsciente) fuesen identificados en 1900 o en años cercanos a éste.
El segundo rasgo que diferencia al siglo XX de los precedentes radica en el hecho
de que se hayan unido en su transcurso de forma consistente y convincente varios ámbitos de investigación (los arriba mencionados más las matemáticas, la antropología, la historia, la genética y la lingüística) con el fin de elaborar una historia coherente del mundo natural. Esta historia única, como veremos, abarca la evolución del universo, así como la de nuestro planeta, sus continentes y sus océanos, los orígenes de la vida, el proceso de población del orbe y el desarrollo de las diversas razas, con sus diferentes civilizaciones. La base sobre la que se asienta esta historia no es otra que el proceso evolutivo. En 1996, el filósofo estadounidense Daniel Dennet seguía aún describiendo el concepto darvinista de evolución como «la idea más grande que ha existido nunca».[5] Con todo, no fue hasta 1900 cuando los experimentos de Hugo de Vries, Cari Correns y Erich Tschermak, tras rescatar del olvido los experimentos del monje benedictino Gregor Mendel acerca de las leyes de reproducción de los guisantes, expusieron la manera en que podía funcionar la teoría de Darwin en el ámbito individual y abrieron así una nueva —y prolífica— área de actividad científica, por no hablar de sus repercusiones sobre la filosofía. En consecuencia, las páginas siguientes parten del convencimiento de que la evolución en virtud de la selección natural es una idea tanto del siglo XX como del XIX.
En tercer lugar, la ciencia del siglo XX se distingue de épocas anteriores en el
terreno de la psicología. Como ha señalado Roger Smith, este siglo ha constituido una era psicológica, en la que se ha privatizado el yo y se ha dejado relativamente vacante el ámbito público —vital para la acción política en nombre del bien del pueblo—.[6] El ser humano miró en su interior de una forma que le había estado vedada con anterioridad. El declive de la religión formal y el auge del individualismo hicieron que el hombre del siglo XX sintiera de forma distinta de como lo habían hecho sus
antepasados.
Arriba he hablado de «aceptación de la ciencia» para indicar que, además de que el público general se vio condicionado por los avances protagonizados por la propia ciencia, las demás formas de pensamiento o actuación se adaptaron a ella o bien reaccionaron frente a ella, pero en ningún momento pudieron ignorarla. Muchos de los avances en las artes visuales —el cubismo, el surrealismo, el futurismo, el
constructivismo e incluso la propia abstracción— estuvieron propiciados en parte por una respuesta a la ciencia (o a lo que los miembros de dichos movimientos pensaban que era la ciencia). Escritores como Joseph Conrad, D. H. Lawrence, Marcel Proust, Thomas Mann y T. S. Eliot, amén de Franz Kafka, Virginia Woolf y James Joyce, por nombrar sólo a algunos, reconocieron la deuda que habían contraído con Charles Darwin, Albert Einstein o Sigmund Freud, o con una combinación de los tres. En lo referente a la música y la danza moderna, se ha hecho patente la influencia de la física atómica y la antropología (reconocida en especial por Arnold Schoenberg), mientras que la expresión «música electrónica» habla por sí sola. Asimismo, los hallazgos y la metodología científicos han demostrado ser indispensables en el ámbito de la jurisprudencia, la arquitectura, la religión, la educación, la economía y la organización laboral.
La historia se revela en este sentido como una disciplina de gran importancia, ya que, si bien la ciencia ha influido de forma directa sobre la manera de escribir de los historiadores y sobre las cuestiones tratadas por éstos, la propia historia ha estado sujeta a un proceso evolutivo. Uno de los grandes debates de la historiografía tiene por objeto la forma en que se desarrollan los acontecimientos. Ciertas escuelas de pensamiento opinan que lo más relevante son los «grandes hombres», que las decisiones de los que se hallan en el poder son las que pueden propiciar cambios significativos en sucesos y mentalidades. Otros, por su parte, están persuadidos de que son los asuntos económicos y comerciales los que fuerzan el cambio al promover los intereses de determinadas clases en la población general.[7] En el siglo XX, hechos
como los protagonizados, sobre todo, por Stalin y Hitler parecen sugerir que los «grandes» hombres resultan vitales para los acontecimientos históricos. Sin embargo, la segunda mitad del siglo ha estado dominada por las armas termonucleares: ¿Puede nombrarse a una persona —grande o no— como responsable único de la bomba atómica? No. De hecho, me atrevo a sugerir que estamos viviendo una era de cambio, una transición en muchos sentidos, en la que los factores que en un pasado considerábamos la causa del avance de las sociedades —los grandes hombres o la influencia de los agentes económicos sobre las clases sociales— se están viendo suplantados en cuanto motor de la evolución social. El nuevo motor es, precisamente, la ciencia.
Aún queda otro aspecto de la ciencia que resulta alentador en particular: el hecho de que no se rija por un programa determinado. Lo que quiero decir con esto es que, por su propia naturaleza, no puede forzarse en ninguna dirección concreta. Su carácter abierto por necesidad (a pesar de las investigaciones secretas llevadas a cabo en la guerra fría y en determinados laboratorios comerciales) garantiza que la que es quizá la más importante de las actividades humanas no puede guiarse sino por la democracia del intelecto. Lo que resulta más esperanzador de la ciencia no es sólo su fuerza en cuanto medio de descubrir nuevas realidades, tan relevantes en lo político como estimulantes en lo intelectual, sino también la importancia que cobra como
metáfora. Para triunfar, para progresar, el mundo debe ser abierto, susceptible de modificación hasta el infinito y libre de todo prejuicio. Por consiguiente, la ciencia posee autoridad moral tanto como intelectual, y éste es un hecho que no siempre se acepta con facilidad.
No quiero dar la impresión de que las páginas siguientes están consagradas por completo a la ciencia, porque no es así. Sin embargo, me gustaría aprovechar este prólogo para llamar la atención sobre otras dos consecuencias filosóficas de la ciencia en el siglo XX. El primero está relacionado con la tecnología: los avances logrados en
este ámbito constituyen uno de los frutos más evidentes de la ciencia, aunque sus efectos filosóficos suelen pasarse por alto con demasiada frecuencia. Más que ofrecer soluciones universales a la condición humana del tipo a las que prometen la mayoría de religiones y algunos teóricos políticos, la ciencia observa el mundo de forma gradual y pragmática. La tecnología aborda cuestiones específicas y proporciona al individuo un dominio y una libertad mayores en ciertos aspectos de la vida (como sucede con el teléfono móvil, el ordenador portátil, la píldora anticonceptiva…). Me consta que no todo el mundo está de acuerdo en que «los aparatos» constituyen la respuesta más adecuada a los grandes dilemas de la alienación o el hastío. Yo opino que sí.
El otro sentido en el que la ciencia es importante desde el punto de vista filosófico es quizás el más relevante y, con toda seguridad, el más controvertido. Ahora que el siglo toca a su final, se está haciendo más evidente que vivimos en una época en la que la evolución del propio conocimiento está cambiando de forma acelerada, y puede decirse que los avances llevados a cabo en el ámbito del conocimiento científico no tienen parangón con los que se han efectuado en las artes. Habrá quien juzgue esta comparación desatinada y carente de sentido y sostenga que la cultura artística —el conocimiento creativo, imaginativo, intuitivo e instintivo— no es ni puede ser acumulativa como lo es la ciencia. En mi opinión, pueden darse dos respuestas a este planteamiento: En primer lugar, la acusación es falsa: existe un sentido en el que la cultura artística tiene un carácter acumulativo. El filósofo Roger Scruton lo ha expresado de manera acertada en un libro publicado no hace mucho:
La originalidad —afirma— no consiste en un intento de capturar la atención a toda costa ni de escandalizar o inquietar con el fin de eliminar la competencia del mundo. Las obras de arte más originales pueden surgir de la aplicación genial de un vocabulario conocido por todos. … Lo que las hace originales no es el desafío que suponen con respecto al pasado o su violenta agresión a las expectativas establecidas, sino el elemento de sorpresa del que revisten las formas y el repertorio de la tradición. Sin ésta nunca podrá existir la originalidad, pues constituye la piedra de toque que ayuda a que se perciba como tal.[8]
Esto es semejante a lo que el escritor decimonónico Walter Pater llamó «las heridas de la experiencia», para indicar que si uno quiere distinguir lo nuevo, debe conocer lo que ha sucedido antes. De cualquier otro modo, nos arriesgamos a repetir logros pasados y describir decorosos círculos. La fragmentación de las artes y las humanidades durante el siglo XX se ha mostrado a menudo como una persecución
obsesiva de la novedad por sí misma más que de la originalidad que amplía los límites de lo que conocemos y aceptamos.
La segunda respuesta debe su fuerza precisamente a la naturaleza aditiva de la ciencia. Se trata de una historia acumulativa, por cuanto los resultados más recientes modifican los anteriores e incrementan, en consecuencia, su autoridad. Este hecho es parte de lo esencial de la ciencia y ha provocado —en mi opinión— que las artes y las humanidades se hayan visto abrumadas y adelantadas por las disciplinas científicas en el siglo XX de una forma nunca vista en siglos anteriores. Hace cien
años, los escritores como Hugo von Hofmannsthal, Friedrich Nietzsche, Henri Bergson o Thomas Mann podían aspirar a decir algo que rivalizase con el conocimiento científico de la época. Otro tanto puede decirse de Richard Wagner, Johannes Brahms, Claude Monet o Édouard Manet. Como veremos en el capítulo 1, la familia de Max Planck, en la Alemania de finales del siglo XIX, consideraba que las
humanidades eran una forma superior de conocimiento (y el caso de los Planck no era precisamente extraño). ¿Podemos decir lo mismo ahora? Las artes y las humanidades siempre han sido un reflejo de la sociedad en la que se insertaban, pero durante los últimos cien años han hablado con una confianza cada vez menor.[9]
Se ha escrito muchísimo acerca de la función del arte moderno en cuanto respuesta al mundo finisecular decimonónico de las grandes ciudades, los encuentros fugaces, lúgubre industrialismo y la miseria sin precedentes. Igual o mayor importancia posee la reacción que mostraron las artes ante la ciencia por sí misma, más que sobre la tecnología y las consecuencias sociales que trajo consigo. Muchos aspectos de la ciencia del siglo XX (la relatividad, la mecánica cuántica, la teoría
atómica, la lógica simbólica, los procesos estocásticos, las hormonas, los elementos alimentarios accesorios —vitaminas—, etc.) entrañan una gran dificultad, o bien la entrañaban en el momento de su descubrimiento. Creo que este carácter difícil ha resultado perjudicial para las artes. Dicho de forma más sencilla, los artistas han evitado comprometerse con la mayoría —y subrayo la palabra— de las disciplinas científicas. Una de las consecuencias de este hecho, como se hará más evidente al final de este libro, es la aparición de lo que John Brockman ha llamado «la tercera cultura», a partir de las dos culturas enfrentadas de las que habló C. P. Snow —la literaria y la científica—.[10] Para Brockman, la tercera cultura insiste en un nuevo tipo de filosofía, una filosofía natural acerca del lugar que ocupa hombre en el mundo y el universo, escrita sobre todo por físicos y biólogos, que son los más indicados hoy en día para evaluar este hecho. Esto es, para mí al menos, un reflejo de la evolución de las formas del conocimiento, algo que constituye el mensaje central del presente libro.
Repito lo que apunté en el prefacio: Historia intelectual del siglo XX no es sino una versión personal del pensamiento del siglo XX. Sin embargo, el libro no deja por
de hacer uso de los diversos materiales de los que me he servido en la elaboración del volumen. He tenido que dejar al margen muchas cuestiones, o fragmentos de éstas. Me hubiese encantado dedicar un capítulo completo a las consecuencias intelectuales del Holocausto. Sin duda es algo que merece un tratamiento parecido al que dedican Paul Fussell y Jay Winter a las consecuencias intelectuales de la primera guerra mundial (véase capítulo 9), y habría encajado bien en el lugar en el que se habla del informe que hizo Hannah Arendt al juicio a Adolf Eichmann, celebrado en Jerusalén en 1963. Podrían darse miles de razones por las que debería haber incluido los logros de Henry Ford y la cadena móvil de montaje, que han resultado tan influyentes en nuestras vidas, o la obra de Charlie Chaplin, una de las primeras grandes estrellas del arte nacido a finales del siglo XIX. Sin embargo, vistos de forma estricta, todos éstos
han sido avances culturales, más que intelectuales, por lo que se han omitido, no sin cierto pesar. Los asuntos relacionados con la ciencia de la estadística, sobre todo en lo concerniente al diseño técnico de los experimentos, ha llevado a un buen número de conclusiones y deducciones que habrían sido inimaginables de otra manera. Daniel Bell se mostró muy amable al advertirme de esto, y no ha sido culpa suya que no haya estudiado dicha materia con mayor detenimiento. Me planteé la posibilidad de dedicar un apartado a las universidades, no sólo a las instituciones de mayor prestigio, como Cambridge, Harvard, Gotinga o las cinco universidades imperiales de Japón, sino también a las grandes instituciones especializadas como las de Woods Hole, Scripps, CERN o Akademgorodok, la ciudad de las ciencias rusa, también tenía, en un principio, la intención de visitar las oficinas de Nature, Science, la New
York Review of Books, la Fundación Nobel y algunas de las editoriales universitarias
de mayor relieve con la intención de hablar de lo emocionante de tales empresas, también me atraían las grandes mezquitas-biblioteca del mundo árabe, situadas en Túnez, Egipto, Yemen… Todo esto resulta fascinante, pero sin duda hubiera doblado la extensión —y el peso— del presente volumen.
Uno de los placeres que supuso la elaboración de este libro, además de que me dio una excusa para leer todas las obras que debía haber leído hace muchos años y releer otras muchas, fueron los viajes que hube de hacer a diversas universidades y las conversaciones que mantuve con escritores, científicos, filósofos, directores de cine, académicos y otras personalidades cuyas obras protagonizan muchas de las siguientes páginas. En todos los casos seguí una metodología similar. En el transcurso de los encuentros, que en ocasiones duraban tres horas o más, preguntaba a mi interlocutor cuáles eran, en su opinión, las tres ideas más importantes en su especialidad durante el siglo XX. Algunos propusieron cinco ideas, mientras que otros
se decidieron por una sola. En el terreno de lo económico, tres de los expertos consultados —entre los que se hallaban dos premios Nobel— coincidieron de tal manera que ofrecieron cuatro ideas entre todos, cuando podían haber dado nueve.
Este libro sigue una estructura narrativa. Una de las maneras en que pueden estudiarse los avances del pensamiento del siglo XX es concebirlo como el
descubrimiento de la narración aún mayor que conforman de hecho. Por consiguiente, la mayoría de los capítulos avanzan en el tiempo: los he concebido como capítulos longitudinales o «verticales». Sin embargo, también hay algunos «horizontales» o latitudinales. Se trata del capítulo 1, sobre el año 1900; el 2, sobre la Viena finisecular y la naturaleza de transición de su pensamiento; el 8, acerca del año milagroso de 1913; el 9, en torno a las consecuencias intelectuales de la primera guerra mundial, y el 23, sobre el París de Jean-Paul Sartre. En estos casos se frena la marcha hacia delante de las ideas con el fin de considerar con más detalle avances simultáneos. Esto se debe en parte a la voluntad de presentar los hechos tal como sucedieron, si bien espero asimismo que los lectores agradezcan los cambios de ritmo. También deseo que encuentren útil el hecho de que los nombres y conceptos más importantes se hayan consignado en negrita: en un libro de las dimensiones de éste, los títulos de cada capítulo pueden no ser suficientes a la hora de guiarnos entre sus páginas.
Las cuatro partes en las que se divide el texto pretenden reflejar cambios de sensibilidad bien definidos. En la primera parte le he dado la vuelta a la idea que Frank Kermode presenta en El sentido de un final (1967).[11] A su entender, y sobre todo en el terreno de la ficción, la forma en que concluye el argumento —así como la concordancia que muestra con los hechos que anteceden al final— constituye un aspecto fundamental de la naturaleza humana, una forma de dar sentido al mundo. En un principio teníamos a los ángeles —los mitos— siempre presentes; luego fue la tragedia la que ocupó su lugar y, de manera más reciente, la crisis perpetua. La primera parte, por el contrario, refleja mi convencimiento de que en todas las áreas de la vida (la física, la biología, la pintura, la música, la filosofía, el cine, la arquitectura, el transporte…), el principio del siglo XX proclamaba una sensación de nuevas
fronteras que se abrían, nuevas historias que podrían contarse y, por lo tanto, nuevos finales que imaginar. No todos se mostraban optimistas ante los cambios que se estaban produciendo, aunque lo que más define a esta época es sin duda la novedad. Esto siguió siendo así hasta que estalló la primera guerra mundial.
A pesar de que el capítulo 9 considera de forma específica las consecuencias culturales de la primera guerra mundial, toda la segunda parte («De Spengler a
Rebelión en la granja: El malestar de la cultura») puede, en cierto sentido,
considerarse como algo similar. No tenemos por qué estar de acuerdo con el libro que publicó Freud en 1931 con título de El malestar de la cultura para reconocer que esta expresión logró resumir el estado de ánimo de toda una generación.
La tercera parte se centra en una sensibilidad bien diferente, sin duda más optimista que la del período prebélico, que constituye tal vez el momento más positivo de la hora positiva, en el que el mundo occidental —o más bien el mundo no
comunista— creyó posible la ingeniería social liberal Uno de los aspectos más curiosos del siglo XX que, mientras que la primera guerra mundial provoco un gran
pesimismo, la segunda tuvo el efecto contrario.
Es demasiado pronto para determinar si la sensibilidad que da pie a la cuarta parte este libro, conocida como posmodemismo, representa una ruptura tan marcada como pretenden algunos Hay quien lo ve como un mero añadido de la mentalidad moderna, si bien, habida cuenta de la era de pensamiento postoccidental e incluso de pensamiento poscientífico que parece prometer (véanse las paginas 731-732), puede resultar ser una ruptura mucho más radical con el pasado de lo que se piensa Esto está aún por resolver. Si es cierto que estamos entrando en una era poscientifica —algo de lo que yo al menos dudo—, el nuevo milenio será testigo de una ruptura radical con lo ocurrido desde que Darwin expreso «la idea más grande que ha existido nunca».
1. LA PAZ PERTURBADA
El año 1900 d. C. no tenía por qué ser un año excepcional. Al fin y al cabo, los siglos no son más que una convención creada por el ser humano, y a diferencia de las del hombre, las cuentas de la naturaleza no se rigen por decenas, centenas y unidades de millar. Sus secretos nos son revelados de forma poco sistemática y, por lo que sabemos, aleatoria. Por si esto fuera poco, para gran parte de la población mundial el año 1900 d. C. no significó gran cosa. Se trataba de una fecha cristiana y, por tanto, de escasa relevancia para muchos de los habitantes de África, las Américas, Asia u Oriente Medio. Sin embargo, el año que el mundo occidental decidió llamar 1900 resultó ser insólito desde cualquier punto de vista. En lo que respecta al desarrollo intelectual —que es el tema de este libro—, se llevaron a cabo descubrimientos de relieve en cuatro ámbitos bien diferentes, que ofrecían un sorprendente replanteamiento del mundo y del lugar que el ser humano ocupa en él. Además, estas ideas novedosas resultaron ser fundamentales, y cambiaron de raíz todo el panorama científico y humano.
El siglo XX no había llegado a cumplir una semana cuando, el sábado 6 de enero,
en Viena, capital de Austria, surgió la reseña de un libro que acabaría por modificar por completo la idea que la humanidad tenía de sí misma. En realidad, el libro se había editado en noviembre del año anterior, tanto en Leipzig como en Viena, pero llevaba la fecha de 1900, y la citada reseña se convirtió en la primera noticia que se tuvo de él. El libro en cuestión tenía por título La interpretación de los sueños, y su autor era un médico judío de cuarenta y cuatro años originario de Freiberg, Moravia, llamado Sigmund Freud.[12] Era el mayor de ocho hermanos y, en apariencia, una persona convencional. Creía apasionadamente en la puntualidad, y vestía trajes confeccionados con tela inglesa que previamente había seleccionado su esposa. Siendo aún joven, aunque muy seguro de sí mismo, había afirmado en tono de burla: «Me importa tanto la impresión que me ofrece mi sastre como la de mi profesor».[13] Era un amante del aire libre y un entusiasta aficionado al montañismo, y también, paradójicamente, un fumador de puros empedernido.[14] Hans Sachs, discípulo y amigo que solía acompañarlo cuando salía a recoger setas (uno de sus pasatiempos favoritos), rememoró sus «ojos abatidos y penetrantes, y una frente bien formada, aunque de sienes excepcionalmente altas».[15] Con todo, lo que más llamaba la atención tanto de amigos como de críticos no eran sus ojos como tales, sino la mirada que éstos parecían irradiar. Según Giovanni Costigan, biógrafo de Freud, «había algo desconcertante en su mirada, compuesta a partes iguales de sufrimiento intelectual, desconfianza y resentimiento».[16]
Existían razones más que de sobra para esto. A pesar de que Freud podía resultar ser un hombre normal en cuanto a sus hábitos personales, La interpretación de los
sueños era un libro profundamente conflictivo, y muchos vieneses lo juzgaron
extremadamente escandaloso. A los ojos del mundo, la capital austrohúngara no era en 1900 sino una metrópoli elegante y algo anticuada, dominada por la catedral, cuyas agujas góticas se levaban por encima de los techos barrocos y las vistosas iglesias que se extendían a sus pies. La corte se hallaba sumergida en una mezcla poco eficaz de pomposidad y melancolía. El emperador aún comía a la manera española, con toda la cubertería de plata al lado derecho del plato.[17] La ostentación de la corte fue una de las razones por la que Freud decía detestar tanto Viena. En 1898 había llegado a escribir: «Es una desgracia vivir aquí; ésta no es una atmósfera propicia para acometer empresas difíciles».[18] En concreto, detestaba a las «ochenta familias» de Austria, «su insolencia hereditaria, su rígida etiqueta y su enjambre de funcionarios». La endogamia de la aristocracia vienesa llegaba hasta tal punto que de hecho se podía considerar como una sola gran familia, cuyos miembros se hablaban de Du[19] empleaban sobrenombres cariñosos y pasaban la mayor parte del tiempo organizando fiestas a las que poder invitarse unos a otros.[20] Aunque el odio de Freud no acababa aquí: también reservaba parte de él para la «monstruosa aguja del campanario de San Esteban», que consideraba el mayor símbolo de un clericalismo opresivo. Tampoco sentía especial atracción hacia la música, y es por tanto natural que no profesase más que desdén a los valses «frívolos» de Johann Strauss. Teniendo en cuenta todo esto, parece normal que abominase de su ciudad natal, si bien no faltan razones para pensar que este odio, que expresaba con frecuencia, no era más que una parte de lo que realmente sentía. El 11 de noviembre de 1918, cuando el silencio de as armas anunciaba el fin de la primera guerra mundial, anotó para sí: «El Imperio austrohúngaro ya no existe. No quiero vivir en otro sitio ni se me ha pasado por la cabeza emigrar. Me conformaré con vivir en el torso e imaginar que se trata de la escultura completa».[21]
Había un aspecto de la vida vienesa ante el que Freud no se podía mostrar indiferente, y del que tampoco podía escapar; se trataba del antisemitismo. Éste había experimentado un gran empuje con el crecimiento de la población judía en la ciudad, que ascendió de los 70 000 miembros en 1873 a los 147 000 en 1900. Como consecuencia, el sentimiento de odio hacia el judaísmo se extendió de tal manera en Viena que, por citar tan sólo un testimonio, se conoce el caso de un paciente que solía referirse al médico que lo estaba tratando como el «puerco judío».[22] Karl Lueger, un antisemita que había propuesto que se metiese a la población judía en barcos para después hundirlos con dicho cargamento, llegó a obtener la alcaldía de la ciudad[23] Freud, que siempre se mostró sensible ante cualquier agresión a la comunidad judía, mantuvo hasta su muerte la negativa a aceptar los derechos de autor provenientes de las traducciones de sus obras al hebreo o el yiddish. En cierta ocasión aseguró a Carl Jung que se veía a sí mismo como un Josué «llamado a explorar la tierra prometida de la psiquiatría».[24]
Una faceta menos conocida de la vida intelectual de Viena, y que sin embargo ayudó en gran medida a dar forma a las teorías de Freud, fue la doctrina del «nihilismo terapéutico», según la cual las enfermedades de la sociedad no tenían cura alguna. Aunque en gran medida se había adaptado a la filosofía y la teoría social (tanto Otto Weininger como Ludwig Wittgenstein eran abogados), este concepto fue de hecho el que hizo que la vida se empezase a considerar como una cuestión científica en la facultad de medicina de Viena, entidad que desde principios del siglo XIX había mostrado un gran interés por el concepto de enfermedad, desde el
convencimiento de que debía dejarse que siguiera su curso, así como un profundo sentimiento de compasión por el paciente y el correspondiente desinterés por la terapia. Esta tradición aún era la imperante cuando Freud se hallaba allí estudiando, si bien él se mostró reacio a aceptarla.[25] Para nosotros, su búsqueda de una nueva terapia tiene un carácter marcadamente humano, y a la vez ofrece una clara explicación de por qué se consideraron sus ideas tan alejadas de la normalidad.
Freud consideraba, de manera acertada, que La interpretación de los sueños había sido su mayor logro. Es en él donde se reúnen por vez primera los cuatro pilares fundamentales de su teoría sobre la naturaleza humana: el inconsciente, la represión, la sexualidad infantil (que desemboca en el complejo de Edipo) y la división
tripartita de la mente en yo, es decir, el sentido de uno mismo; superyó o, hablando
en un sentido general, la consciencia, y ello, la expresión primaria del inconsciente. Freud desarrolló sus ideas y perfeccionó su técnica a lo largo de tres lustros desde mediados de la década de los ochenta del siglo XIX. Se consideraba representante de
la tradición iniciada por Darwin en el terreno de la biología. Tras licenciarse en medicina, obtuvo una beca para estudiar con Jean-Martin Charcot, médico parisino que dirigía un asilo para mujeres con trastornos mentales incurables y que había demostrado a través de sus investigaciones que los síntomas de la histeria podían provocarse mediante la hipnosis. Después de algunos meses, Freud abandonó París y regresó a Viena, y tras una serie de escritos sobre neurología (centrados, por ejemplo, en la parálisis cerebral y en la afasia), comenzó a colaborar con otro eminente médico vienes, Josef Breuer (1842-1925). Éste también era judío; se hallaba entre los colegiados de mayor prestigio de la ciudad y contaba con un buen número de pacientes de renombre. Había hecho dos importantes descubrimientos científicos: la función del nervio vago a la hora de regular la respiración y el control que ejercen en el equilibrio corporal los canales semicirculares alojados en el oído interno. Con todo, el que resultó más importante para Freud fue el descubrimiento, en 1881, de lo que se conoce como la terapia hablada.[26] Desde diciembre de 1880, Breuer había estado tratando durante dos años la histeria de una niña vienesa de origen judío, Bertha Pappenheim (1859-1936), para la que usó el nombre de Anna O. en sus informes médicos. La niña empezó a sufrir dicho trastorno mientras cuidaba a su padre enfermo, que murió pocos meses después. La enfermedad de Anna se manifestaba a través de sonambulismo, parálisis, personalidad escindida (que en ocasiones la hacía
cometer travesuras) e incluso un embarazo psicológico, si bien la sintomatología no siempre era la misma. Breuer se dio cuenta de que si dejaba a la niña extenderse en la descripción de sus afecciones, los síntomas desaparecían. De hecho, fue la misma Bertha Pappenheim la que bautizó el método de Breuer como terapia hablada (Redecur, en alemán), nombre que la niña solía alternar con el de Kaminfegen (‘deshollinar la chimenea’). Breuer pudo comprobar que cuando estaba en estado hipnótico, Bertha decía recordar cómo había reprimido sus sentimientos al ver a su padre postrado en el lecho, y al hacer presentes esos sentimientos «perdidos», la paciente se daba cuenta de que podía deshacerse de ellos. En junio de 1882, la señorita Pappenheim llegó al final de su tratamiento «completamente curada» (aunque ahora se sabe que al cabo de un mes fue internada en un sanatorio).[27]
Freud se mostró muy impresionado ante el caso de Anna O. Durante un tiempo intentó emplear la hipnosis con los aquejados de histeria, si bien acabó por abandonar este método en favor de la «asociación libre», que consistía en dejar que el paciente hablase de lo primero que venía a su mente. Ésta fue la técnica que lo llevó a descubrir que, en determinadas circunstancias, muchas personas podían llegar a rememorar sucesos de los primeros años de vida que habían olvidado por completo. Freud llegó a la conclusión de que estos hechos olvidados podían determinar el comportamiento de un individuo. De esta manera nació el concepto de inconsciente y, ligado a él, el de represión, también pudo observar que buena parte de estos recuerdos de los primeros tramos de la vida que surgían —si bien con dificultad— mediante la asociación libre eran de naturaleza sexual. Cuando, más tarde, descubrió que muchos de los sucesos supuestamente rememorados nunca habían tenido existencia real, empezó a desarrollar la idea del complejo de Edipo. En otras palabras, los falsos hechos traumáticos y aberraciones referidos por los pacientes se convirtieron para Freud en una especie de código que mostraba lo que éstos deseaban en secreto que hubiera sucedido, y que confirmaba que el niño atraviesa un período muy temprano de consciencia sexual. Durante dicha etapa, afirmaba, un hijo se siente atraído por su madre y ve al padre como su rival (complejo de Edipo), una hija se comporta de manera inversa (complejo de Electra). Por extensión, según Freud, esta motivación se mantiene a rasgos generales a lo largo de toda la vida de una persona, y representa un papel decisivo a la hora de determinar su carácter.
Las primeras teorías de Freud fueron acogidas con incredulidad no exenta de indignación y provocaron una hostilidad incesante. El barón Richard von Krafft-Ebing, reconocido autor del libro Psychopathia Sexualis, afirmó en tono de burla que sus opiniones en relación con la histeria parecían «un cuento de hadas científico». El instituto neurológico de la Universidad de Viena negó tener nada que ver con él. En palabras del mismo Freud: «No tardó en hacerse un vacío alrededor de mi persona». [28] En respuesta a estos ataques, el padre del psicoanálisis se volcó aún más en sus investigaciones, y llegó a analizarse a sí mismo. Lo que propició esto último fue la
muerde su padre, Jakob, ocurrida en octubre de 1896. Aunque padre e hijo no habían mantenido una relación demasiado estrecha durante los últimos años, Freud se encontró ante su sorpresa —con que su fallecimiento lo había conmovido de manera inexplicable, y que a su mente acudían de manera espontánea recuerdos que permanecían enterrados desde hacía años. También sus sueños empezaron a cambiar, y en ellos creyó conocer una hostilidad inconsciente hacia su progenitor que hasta entonces había reprimido. Esto lo llevó a pensar que los sueños constituyen la «carretera principal hacia el inconsciente».[29] La idea fundamental de La
interpretación de los sueños es que durante el sueño el yo es como «un centinela que
se ha quedado dormido en su puesto».[30] La represión que éste ejerce normalmente sobre el ello se vuelve así menos eficaz, y de esta manera el ello logra mostrarse disfrazado en los sueños. Freud tenía bien claro lo que arriesgaba al dedicar un libro a los sueños. El hecho de interpretarlos se remontaba al Antiguo Testamento, pero el título alemán de su obra, Die Traumdeutung, ponía las cosas más difíciles, pues empleaba el término con que entonces se designaba la actividad de los adivinos de feria.[31] Las primeras ventas de La interpretación de los sueños reflejan la escasa acogida que se le brindó. De los 600 ejemplares que se imprimieron en un principio, sólo se vendieron 228 durante los dos primeros años, cifra que al parecer ascendió a 351 seis años después de haberse publicado.[32] Pero lo que más molestó a Freud fue la poca atención que le prestaron los profesionales de la medicina de Viena.[33] Algo parecido sucedió en Berlín. A la conferencia sobre los sueños que había aceptado dar en la universidad acudieron tan sólo tres personas. En 1901, poco antes de la que debía pronunciar en la Sociedad Filosófica, recibió una nota que le rogaba que indicase «las partes de su discurso susceptibles de ser censuradas, haciendo una pausa para permitir a las damas que abandonen la sala». Tampoco faltaron los colegas que se compadecían de su esposa, «la pobre mujer cuyo marido, que antes era un científico inteligente, ha resultado ser un individuo estrafalario e indecente».[34]
No obstante, y a pesar de que en ocasiones Freud llegaba a pensar que todo Viena se había puesto en su contra, empezaron a surgir tímidas voces de apoyo. En 1902, tres lustros después de que Freud hubiese comenzado sus investigaciones, el doctor Wilhelm Steckel, brillante médico vienes, poco satisfecho con una reseña que había leído de La interpretación de los sueños, se puso en contacto con su autor para discutir el libro con él. Más tarde pidió a Freud que lo psicoanalizase, y un año después empezó a practicar dicho tratamiento por sí mismo. Juntos fundaron la Sociedad Psicológica de los Miércoles, que se reunía las noches de ese día de la semana en la sala de espera de Freud, bajo la silenciosa mirada de sus «mugrientos dioses viejos», como llamaban a su colección de restos arqueológicos.[35] En 1902 se
les unió Alfred Adler; en 1904, Paul Federn; en 1905, Eduard Hirschmann; en 1906, Otto Rank, y en 1907, Carl Gustav Jung, llegado desde Zurich. Ese mismo año cambiaron su nombre por el de Sociedad Psicoanalítica de Viena y empezaron a reunirse en el Colegio de Médicos. Aún quedaba mucho por hacer antes de que el psicoanálisis gozase de un reconocimiento pleno, y no fueron pocos los que nunca lo consideraron una ciencia de verdad. Sin embargo, en 1908 —al menos por lo que respecta a Freud— se habían dejado atrás los años de aislamiento.
La primera semana de marzo de 1900, en medio de la peor tormenta que había conocido, desembarcó en Candía (la actual Heraklion), en la costa septentrional de Creta, Arthur Evans.[36] Se trataba de un hombre paradójico de cuarenta y nueve años de edad, «extravagante y extrañamente modesto; solemne y adorablemente ridículo. … Podía ser amable en extremo y no mostrar el más mínimo interés por el prójimo… Siempre fue leal a sus amigos, y se mostraba dispuesto a hacer cualquier cosa por alguien a quien quería».[37] Evans había sido conservador del Museo Ashmolean de Oxford durante dieciséis años y, a pesar de eso, no podía competir en eminencia con su padre. Sir John Evans era con toda probabilidad el más grande de todos los coleccionistas de antigüedades británicos de la época, toda una autoridad en lo referente a hachas de piedra y monedas prerromanas.
Por esa fecha, Creta se estaba convirtiendo en el centro de atención de los arqueólogos, que hacían todo lo posible por obtener un permiso para realizar allí sus excavaciones. Este interés se había originado a raíz de las investigaciones del millonario Heinrich Schliemann (1822-1890), comerciante alemán que había abandonado a su mujer e hijos con la intención de estudiar arqueología. Sin dejarse arredrar por las sofisticadas reservas de los arqueólogos profesionales, Schliemann obligó a sus envidiosos colegas a replantearse el mundo clásico cuando sus hallazgos demostraron que muchos de los llamados mitos —como la Ilíada o la Odisea de Homero— estaban basados en hechos históricos. En 1870 empezó a excavar en Micenas y Troya, enclaves en los que se sitúa gran parte de los relatos homéricos, y lo que encontró revolucionó los estudios sobre la cuestión: logró identificar nueve ciudades en el sitio de Troya, y llegó a la conclusión de que la segunda de éstas era la que se describía en la Ilíada.[38]
Los descubrimientos de Schliemann cambiaron nuestra visión de la Grecia clásica, pero provocaron un número de preguntas casi tan elevado como el de las que resolvieron, entre otras la de dónde había tenido su origen la brillante civilización prehelénica que se menciona tanto en la Ilíada como en la Odisea. Las excavaciones que se efectuaron a lo largo del Mediterráneo oriental confirmaron la existencia de dicha civilización, y cuando los estudiosos volvieron a examinar la obra de los autores clásicos, encontraron que Homero, Hesíodo, Tucídides, Herodoto y Estrabón hacían referencia al rey Minos, «el gran legislador», que había eliminado a los piratas del mar Egeo y que aparece descrito invariablemente como hijo de Zeus. Este dios, a su vez, nació según los textos antiguos en una cueva de Creta.[39] Así estaban las
cosas cuando, a principios de la década de los ochenta del siglo XIX, un granjero
cretense topó por casualidad con una serie de tinajas y fragmentos de cerámica de tipo micénico en Cnosos, lugar situado en interior de Candía y separado de Micenas unos cuatrocientos kilómetros por mar. Ése era sin duda un largo camino en la Antigüedad, por lo que cabe preguntarse cuál era la relación existente entre ambos enclaves. Schliemann visitó personalmente el lugar, pero no fue capaz de llegar a un acuerdo en cuanto a los derechos de excavación. Entonces, en 1883, Arthur Evans encontró, entre la mercancía de algunos vendedores de antigüedades de la calleja del Zapato en Atenas, una serie de piedrecitas de tres y cuatro caras que mostraban perforaciones y símbolos grabados. Estaba convencido de que dichas inscripciones pertenecían a un sistema jeroglífico, pero no parecían poder identificarse con los caracteres egipcios. Cuando le preguntó a los comerciantes, éstos respondieron que las piedras provenían de Creta.[40] Evans ya había considerado la posibilidad de que Creta fuese el puente que permitió la difusión de la cultura desde Egipto hasta Europa, si eso era cierto, no parecía extraño que la isla contase con su propio sistema de escritura, a medio camino entre el africano y el europeo (en la época, el concepto de evolución lo impregnaba todo). Estaba decidido a visitar Creta. A pesar de su avanzada miopía y de su propensión a sufrir agudos mareos, era un viajero entusiasta.
[41] En marzo de 1894 pisó por primera vez Creta para dirigirse a Cnosos. En aquel
momento, los contactos políticos con el Imperio otomano hacían que fuese demasiado peligroso organizar excavaciones en la isla. Sin embargo, persuadido de que podía hacer descubrimientos relevantes, Evans, en una muestra de arrojo que hoy en día sería irrealizable, compró parte del suelo de Cnosos en el que había observado bloques de yeso grabados con un sistema de escritura desconocido hasta entonces. Unidos a las piedras de la calleja del Zapato en Atenas, parecían indicios prometedores en extremo.[42]
Evans tenía la intención de hacerse con la propiedad de todo el terreno, pero no lo logró hasta 1900, cuando el dominio turco alcanzó una estabilidad aceptable. Entonces no tardó en organizar una gran excavación. Al llegar, se instaló en una casa turca algo destartalada cercana al lugar que había comprado, y contrató para iniciar las excavaciones a treinta habitantes del lugar, a los que más tarde se unirían cincuenta más. Comenzaron el día 23 de marzo, y ante la sorpresa de todos, hicieron enseguida descubrimientos de gran relevancia.[43] El segundo día de trabajo desenterraron los restos de una casa antigua cuyas paredes mostraban los vestigios de una serie de frescos, claro indicio de que no se trataba de una casa cualquiera, sino de una construcción civilizada. Y a partir este momento empezaron a sucederse los hallazgos, de tal manera que para el día 27, tras sólo cuatro jornadas de trabajo, Evans había logrado comprender algo fundamental acerca de Cnosos, algo que lo hizo famoso más allá de los estrechos confines de la arqueología: lo que habían descubierto no poseía ningún elemento de origen griego ni romano. Aquel emplazamiento era mucho más antiguo. Durante las primeras semanas de excavación,
Evans desenterró un material más espectacular de lo que muchos arqueólogos habrían soñado con descubrir en toda su vida: carreteras, palacios, veintenas de frescos y restos humanos (uno de ellos vestía una túnica en buen estado de conservación). También encontró un sofisticado sistema de alcantarillas, baños, bodegas de vino, cientos de vasijas y una fantástica residencia regia con todo tipo de detalles, que mostraba indicios de haber sido incendiada y arrasada. Desenterró miles de tabletas de arcilla grabadas con «algo similar a la escritura cursiva».[44] Estos míticos sistemas de escritura recibieron el nombre de lineal A y lineal B, de las cuales la primera aún no ha sido descifrada. Con todo, los descubrimientos más llamativos fueron los de los frescos que decoraban las paredes revestidas de yeso de los pasillos y estancias palaciegos. Se trataba de magníficas representaciones de la vida antigua, en las que se apreciaban claramente hombres y mujeres de rostros refinados y elegantes formas, con atuendos nunca vistos. Evans no tardó en llegar a la conclusión de que eran los vestigios de un pueblo, contemporáneo a los primeros faraones bíblicos (entre el 2500 y el 1500 a. C.) y tan civilizado como ellos, si no más: de hecho, eclipsaron al mismo Salomón siglos antes de que su esplendor se convirtiese en un mito entre los israelíes.[45]
Evans había descubierto, en realidad, toda una civilización, completamente desconocida hasta entonces y que podía considerarse con pleno derecho como el producto de los primeros europeos civilizados. La bautizó con el nombre de cultura
minoica, basándose no sólo en las referencias de los escritores clásicos, sino también
en el hecho de que, si bien estos cretenses de la Edad del Bronce rendían culto a toda una serie de animales, el que parecía predominar sobre todos era el del toro o el
Minotauro. Evans descubrió en los frescos numerosas escenas que representaban
adoraciones de este animal o acontecimientos atléticos en los que era el protagonista. Con todo, el más destacado era un enorme relieve de escayola de un toro que se halló excavado en el muro de una de las salas principales del palacio de Cnosos.
Una vez asimilada la relevancia de los descubrimientos llevados a cabo por Evans, sus colegas se dieron cuenta de que Cnosos era, en efecto, el escenario de parte de la
Odisea de Homero, y de que el mismo Ulises llegó a desembarcar en sus costas.
Evans pasó más de un cuarto de siglo haciendo excavaciones para indagar acerca de todos los aspectos de la ciudad. Finalmente llegó a la conclusión (que en cierta medida contradecía su teoría inicial) de que el pueblo minoico se formó a partir de la fusión de inmigrantes de Anatolia con la población neolítica nativa, hecho que tuvo lugar alrededor del año 2000 a. C. Además de los impresionantes palacios que constituían el centro de la ciudad (el de Cnosos era tan vasto e intrincado que hoy en día se le identifica con el Laberinto de la Odisea), Evans también se encontró con