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EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS DE DARWIN

En 1900 tuvieron lugar tres muertes significativas: El 20 de enero murió demente John Ruskin, a la edad de ochenta y un años. Llegó a ser el crítico de arte más influyente de su época, cosa que puede verse reflejada en la arquitectura decimonónica y en la valoración por parte del público de la obra de J. M. W. Turner, cuya defensa llevó a cabo en Pintores modernos.[133] Sentía una gran aversión ante el industrialismo y sus efectos sobre la estética, y se erigió en defensor de los prerrafaelistas: era un personaje espléndidamente anacrónico. El 30 de noviembre murió Oscar Wilde, cuando contaba cuarenta y cuatro años. Su arte y su ingenio, su campaña contra la normalización de lo excéntrico y sus empeños por «sustituir la moral de la rigidez por la de la comprensión» lo han hecho más moderno, y también más añorado, ahora que se ha ido el siglo XX. Sin embargo, la que resultó ser con

creces la muerte más significativa, al menos por lo que respecta al interés del presente libro, fue la de Friedrich Nietzsche, sucedida el 25 de agosto. A la edad de cincuenta y seis años, también él murió demente.

No cabe duda de que la figura de Nietzsche sobresale en el pensamiento del siglo XX. Heredó el pesimismo de Arthur Schopenhauer para darle un giro moderno,

posdarvinista, de tal manera que sirvió a su vez de estímulo a figuras posteriores como Oswald Spengler, T. S. Eliot, Martin Heidegger, Jean-Paul Sartre, Herbert Marcuse e incluso a Aleksandr Solzhenitsyn y Michel Foucault. Y, con todo, murió convertido prácticamente en un vegetal, después de haber vivido más de una década en dicho estado. El 3 de enero de 1889, al salir de la casa de huéspedes en que se alojaba en Turín, observó a un cochero que azotaba a un caballo frente al Palazzo Carlo Alberto. Al echar a correr en defensa del animal, se desplomó en plena calle. Algunos transeúntes lo condujeron a su alojamiento, donde empezó a gritar y a aporrear las teclas del piano en el que poco antes había estado interpretando tranquilamente a Wagner. El médico le diagnosticó «degeneración mental», lo que, como veremos más adelante, no deja de ser irónico.[134]

Nietzsche estaba sufriendo las consecuencias de la tercera fase de la sífilis. En un principio mostró un comportamiento delirante en extremo: insistía en que era el káiser y llegó a convencerse de que se hallaba encarcelado por orden de Bismarck. Este estado de enajenación alternaba con arranques de cólera incontrolables. De manera paulatina, sin embargo, su estado se fue apaciguando, y se le puso en libertad para que cuidasen de él su madre, en primer lugar, y su hermana, más adelante.

Elisabeth Förster-Nietzsche se interesó de forma activa por la filosofía de su

hermano. Pertenecía al círculo de intelectuales de Wagner y había contraído matrimonio con otro acólito, Bernard Förster, que en 1887 había concebido el plan estrambótico de establecer una colonia de alemanes arios en Paraguay con el objeto

de reconquistar el Nuevo Mundo con «pioneros nórdicos racialmente puros». Este proyecto utópico fracasó de forma estrepitosa e hizo que Elisabeth volviese a Alemania (Bernard se suicidó). La experiencia no la amilanó en absoluto, y enseguida se dedicó a promocionar la filosofía de su hermano. Obligó a su madre a cederle el control legal exclusivo de los asuntos del filósofo y organizó un archivo con su obra. Luego escribió una aduladora biografía de Friedrich en dos volúmenes y organizó su casa hasta convertirla en un santuario dedicado a su obra.[135] De esta manera, simplificó y embruteció en gran medida las ideas de su hermano, de las que excluyó todo aquello que pudiese resultar delicado desde el punto de vista político o demasiado controvertido. Con todo, lo que quedó tras su criba tenía bastante de polémico. La idea fundamental de Nietzsche (si bien el filósofo no era especialmente sistemático) consistía en que toda la historia constituye una lucha metafísica entre dos grupos: los que expresan su «voluntad de poder», la fuerza vital esencial para la creación de valores sobre la que se construye la civilización, y los que no lo hacen, que son principalmente las masas creadas por la democracia.[136] «Los pobres de vida, los débiles —afirma—, empobrecen la cultura», mientras que «los ricos de vida, los fuertes, la enriquecen».[137] Toda civilización debe su existencia a

hombres de rapiña que aún poseían intacta su fuerza de voluntad y ansia de poder, [y] se abalanzaron sobre razas más débiles, más civilizadas y más pacíficas… sobre viejas culturas que se habían ablandado y cuyos últimos vestigios de vitalidad se consumían en espléndidos fuegos de artificio de alcohol y corrupción.[138]

A estos hombres de rapiña, destinados a convertirse en la clase o casta dirigente, los llamó «arios». Para él, además, «esta casta noble era siempre la casta bárbara». Por la simple razón de que tenían más vida, más energía, eran, en su opinión, «seres humanos más completos» que los «hastiados hombres mundanos» con los que acababan.[139] Estos nobles enérgicos «crean valores de forma espontánea», por los que se regirán ellos mismos y la sociedad que los rodea. Constituyen una «clase aristocrática» que crea sus propias definiciones del bien y el mal, el honor y el deber, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, de tal manera que los conquistadores imponen sus opiniones a los conquistados, lo que, según Nietzsche, no es más que algo natural. La moral, por su parte, «es la creación de la clase inferior»;[140] surge del resentimiento y alimenta las virtudes de los animales de rebaño. Para Nietzsche, «la moral es la negación de la vida».[141] La civilización convencional y sofisticada —«el hombre occidental»— acabaría por llevar a la humanidad a un final inevitable. De aquí surge su famosa descripción del «último hombre».[142]

No ayudó precisamente al reconocimiento de las ideas de Nietzsche el hecho de que escribiese un buen número de ellas cuando ya había empezado a sufrir los primeros estadios de la sífilis; pero no podemos negar que su filosofía — independientemente del grado de cordura— ha resultado ser influyente en extremo, sobre todo por la manera en que, para muchos, concuerda con lo que había dicho

Charles Darwin en su teoría de la evolución, publicada en 1859. El concepto nietzscheano de superhombre (Übermensch) que trata despóticamente a la clase inferior trae sin duda ecos de la evolución, la ley de la selva, en la que la selección natural comporta la «supervivencia del más apto» por el bien de toda la humanidad, independientemente de cuáles sean sus efectos sobre ciertos individuos. Con todo, por supuesto, las dotes de mando, la capacidad de crear valores e imponer la propia voluntad al prójimo no corresponde por completo a lo que la teoría de la evolución llamaba «el más apto». Los más aptos eran los que poseían mayor capacidad de reproducción, de propagar la especie. Los darvinistas sociales, entre los que puede incluirse al propio Nietzsche, cometían a menudo este error.

No hubo de transcurrir mucho tiempo tras la publicación de El origen de las

especies para que las ideas de Darwin pasasen del ámbito de la biología al del estudio

del comportamiento de las sociedades humanas. Los Estados Unidos fue el primer lugar donde se hizo popular el darvinismo (la American Philosophical Society lo hizo miembro honorífico en 1869, diez años antes de que su propia universidad, la de Cambridge, le otorgase un título análogo).[143] Los sociólogos estadounidenses

William Graham Sumner y Thorstein Veblen, de Yale; Lester Ward, de Brown; John Dewey, de la Universidad de Chicago, y William James, John Fiske y otros

miembros de Harvard acostumbraban discutir de política, guerras y estratificación de las comunidades humanas en clases diferentes basándose en la «lucha por la supervivencia» y la «supervivencia del más apto» descritas por Darwin. Sumner estaba persuadido de que la nueva perspectiva de la humanidad que suponía la teoría darvinista constituía la explicación y —la racionalización— definitiva del mundo como tal. Proporcionaba una justificación de la economía no intervencionista, de la libre competencia que se había popularizado entre los hombres de negocios. También los había convencidos de que explicaba la estructura imperial del mundo, en la que las razas blancas, o «aptas», se habían situado de manera «natural» por encima de las demás razas, las «degeneradas». En un tono ligeramente distinto, el lento camino del cambio que suponía la evolución, y que tenía lugar a lo largo de eones geológicos, ofreció también a estudiosos como Sumner una metáfora natural para el desarrollo político: los cambios rápidos, revolucionarios, «eran antinaturales»; el mundo debía su forma a una serie de leyes naturales que proporcionaban exclusivamente cambios graduales.[144]

Fiske y Veblen, cuya Theory of the Leisure Class vio la luz en 1899, rechazaban de plano la teoría de Sumner que identificaba a las clases acomodadas con los biológicamente capaces. Veblen, de hecho, invirtió dicho razonamiento alegando que el tipo de personas «seleccionadas por su carácter dominante» en el mundo empresarial eran poco más que bárbaros, que constituían un «paso atrás» hacia una forma de sociedad más primitiva.[145]

El darvinista social más influyente de Gran Bretaña fue quizá Herbert Spencer. Había nacido en Derby, en el seno de una familia inconformista de clase media-baja,

y profesó durante toda su vida un profundo odio al poder estatal. Durante su juventud formó parte de la plantilla del Economist, semanario que defendía a ultranza la economía o intervencionista. También recibió la influencia de los científicos positivistas, en especial de sir Charles Lyell, cuyos Principios de geología, publicados en la década de los treinta del siglo XIX, describían con gran detalle fósiles

con millones de años de antigüedad. Por lo tanto, Spencer estaba bien preparado para asumir la teoría darvinista, que parecía unir de buenas a primeras las formas de vida más antiguas y las más modernas mediante un solo hilo continuo. Fue Spencer, y no Darwin, quien acuñó de hecho la expresión «supervivencia del más apto», y se dio cuenta enseguida de cómo podía aplicarse el darvinismo al estudio de las sociedades humanas. En este sentido, se mostraba inflexible. En lo referente a los pobres, por ejemplo, se oponía a toda ayuda estatal. En su opinión no eran aptos, y por tanto debían ser eliminados: «Todos los esfuerzos de la naturaleza están encaminados a deshacerse de este tipo de individuos, a limpiar el mundo de su presencia para dejar espacio a los más capaces».[146] Expuso sus teorías en una obra de gran repercusión,

The Study of Sociology (1872-1873), que influyó notablemente en el origen de la

sociología como disciplina (la base biológica sobre la que estaba escrito le confería un aspecto mucho más científico). Puede decirse casi con toda certeza que Spencer es el darvinista social más leído; su fama se extendió tanto por los Estados Unidos como por Gran Bretaña.

Alemania también contaba con una figura comparable a la de Spencer. Se trataba de Ernst Haeckel (1834-1919), zoólogo de la Universidad de Jena, que mostró un gran fanatismo hacia el darvinismo social y hablaba de la «lucha» como si fuese «el lema del día».[147] Con todo, Haeckel abogaba de manera apasionada por el principio de la herencia de caracteres adquiridos y, a diferencia de Spencer, se declaraba a favor de un estado poderoso. Este hecho, unido a su racismo y antisemitismo combativos, ha hecho que se le considere un protonazi.[148] Francia, por el contrario, fue relativamente lenta en hacerse eco de las teorías darvinistas, aunque cuando lo hizo no se quedó sin su propio defensor apasionado. En sus Origines de l’homme et

des sociétés, Clemence August Royer adoptó una rígida postura basada en el

darvinismo social, que la hizo considerar a los «arios» como raza superior y la guerra interracial como algo inevitable que redundaba en beneficio del progreso.[149] En Rusia, el anarquista Piotr Kropotkin (1842-1921) publicó en 1902 El apoyo mutuo, en el que siguió una línea totalmente distinta. En él argumentaba que, si bien no cabía duda de que la competencia era algo inherente a la vida, tampoco podía decirse menos de la cooperación, que gozaba de un predominio suficiente en el reino animal como para constituir una ley natural. Al igual que Veblen, presentó un modelo alternativo al de los seguidores de Spencer, un modelo que condenaba la violencia como algo anormal. El darvinismo social llegó a compararse (naturalmente) con el marxismo, y esta idea no partió exclusivamente de los intelectuales rusos.[150] Ni Karl Marx ni Friedrich Engels consideraron que ambos sistemas fuesen excluyentes. Junto

a la tumba del primero, Engels afirmó: «De igual manera que Darwin descubrió la ley de la evolución de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley de la evolución de la historia de la humanidad».[151] Sin embargo, no faltaron los que sí creyeron irreconciliables ambos movimientos. El darvinismo se basaba en la lucha constante, mientras que el marxismo anhelaba un tiempo en el que se establecería una nueva armonía.

Si confeccionásemos un balance de los argumentos del darvinismo social a finales del siglo XIX, tendríamos que admitir que los fervientes spencerianos (entre los que se

encontraban varios miembros de la familia de Darwin, aunque de ninguna manera el insigne biólogo) saldrían vencedores en número. Esto ayuda a explicar el sentimiento abiertamente racista tan extendido en la época. Por poner un ejemplo, para el poeta aristócrata francés Arthur de Gobineau (1816-1882), los cruces interraciales eran disgenéticos y conducían al derrumbamiento de la civilización. Otro francés,

Georges Vacher de Lapouge (1854-1936) se encargó de llevar al límite este

razonamiento. El estudio de cráneos antiguos lo llevó a convencerse de que las razas eran especies en distintas fases de formación, que las diferencias raciales eran «innatas e insalvables» y que cualquier pensamiento de integración racial era contrario a las leyes de la biología.[152] En su opinión, Europa estaba habitada por tres grupos raciales: el Homo europaeus, alto, de tez pálida y cráneo alargado (dolicocéfalo); el Homo alpinus, más bajo y oscuro y de cráneo más corto (braquicéfalo), y el tipo mediterráneo, de cráneo alargado, pero de menor estatura que el alpinus y tez más morena. Tentativas como ésta de evaluar las diferencias raciales volverían a repetirse una y otra vez durante el siglo XX.[153] Lapouge consideraba que

la democracia era un sistema desastroso y estaba convencido de que la variedad dolicocéfala acabaría por dominar el mundo. Pensaba que la proporción de individuos de este tipo estaba decreciendo en Europa a causa del movimiento migratorio hacia los Estados Unidos y sugirió que se proporcionase alcohol gratis con la esperanza que los excesos llevasen a los individuos de peor calaña a aniquilarse entre sí. Y no trataba de ninguna broma.[154]

En los países de habla germana existía toda una constelación de científicos y pseudocientíficos, filósofos y pseudofilósofos, intelectuales y aspirantes a intelectuales en constante competición mutua para atraer la atención del público.

Friedrich Ratzel, zoólogo y geógrafo, defendía la tesis de que todos los organismos

vivos rivalizaban en una Kampf um Raum, una ‘lucha por el espacio’ en la que los vencedores acababan por expulsar a los vencidos. Este eterno forcejeo afectaba también al ser humano, pues las razas más prósperas debían extender su espacio vital (Lebensraum) si querían escapar a la decadencia.[155] Para Houston Stewardt

Chamberlain (1855-1927), hijo renegado de un almirante británico, que emigró a

Alemania y contrajo matrimonio con la hija de Wagner, la lucha racial era «fundamental para entender de forma “científica” la historia y la cultura».[156]

Chamberlain gustaba de representar la historia de Occidente «como un incesante conflicto entre los arios, espirituales y creadores de cultura, y los judíos, mercenarios y materialistas» (hay que decir que su primera esposa era medio judía).[157] En su opinión, los pueblos germanos constituían los últimos vestigios arios, pero se habían vuelto débiles al cruzarse con otras razas.

Max Nordau (1849-1923), nacido en Budapest, era hijo de un rabino. Su obra

más conocida fue Entartung (‘Degeneración’), dos volúmenes que lograron un gran éxito comercial a pesar de sus seiscientas páginas. Nordau estaba convencido de que Europa se estaba viendo atacada por «una severa epidemia mental, una especie de muerte negra de degeneración e histeria» que estaba esquilmando su vitalidad y que se manifestaba a través un gran número de síntomas: «ojos estrábicos, orejas imperfectas, crecimiento atrofiado… pesimismo, apatía, comportamiento irreflexivo, sentimentalismo, misticismo y una carencia total del sentido del bien y el mal».[158] Mirara donde mirase, encontraba decadencia.[159] Según su teoría, los pintores impresionistas eran el fruto de una fisiología degenerada, nistagmo, un temblor del globo ocular que les hacía pintar de manera borrosa y confusa. En los escritos de Charles Baudelaire, Oscar Wilde y Friedrich Nietzsche no veía más que un «egocentrismo desmesurado», mientras que Zola estaba «obsesionado con la suciedad». Tenía el convencimiento de que la degeneración era producto de la sociedad industrializada, que desgastaba literalmente a los dirigentes mediante sus ferrocarriles, barcos de vapor, teléfonos y fábricas. Cuando Freud fue a visitarlo, dijo de él que era un hombre «insoportablemente vanidoso», desprovisto por completo de cualquier asomo de sentido del humor.[160] Fue en Austria, en mayor medida que en cualquier otro lugar de Europa, donde el darvinismo social no se quedó en la mera teoría. Dos dirigentes políticos, Georg Ritter von Schönerer y Kart Lueger, llegaron a elaborar su propio cóctel a partir de dicha mezcla con la intención de crear plataformas políticas que hiciesen hincapié en dos objetivos gemelos: conceder mayor poder a los campesinos, porque habían permanecido sin contaminar al no haber tenido contacto con las corruptas ciudades, y promocionar un antisemitismo virulento, que presentaba a los judíos como la encarnación de la degeneración. Con esta nociva emanación de ideas se encontró el joven Adolf Hitler cuando pisó Viena por primera vez en 1907 con la intención de matricularse en la escuela de arte.

Parecidos razonamientos podían oírse en la costa atlántica del sur de los Estados Unidos. El darvinismo suponía el origen común de todas las razas, y por tanto se prestaba a usarse como un argumento en contra de la esclavitud, como sucedió en el caso de Chester Loring Brace.[161] Sin embargo, fueron muchos los que defendieron lo contrario. Joseph le Conté (1823-1901), al igual que Lapouge o Ratzel, era un hombre culto: no precisamente un redneck,[162] sino un geólogo cualificado. Cuando apareció en 1892 su libro The Race Problem in the South (‘El problema racial en el

sur’) era nada menos que presidente de la Asociación Americana para el Desarrollo de la Ciencia, y gozaba de una gran consideración. Sus argumentos resultaban brutalmente darvinianos.[163] Cuando dos razas entraban en contacto, una debía someter a la otra. Defendía la opinión de que si la raza más débil se hallaba en un estadio de desarrollo anterior —como sucedía, a su parecer, con los negros—, era apropiada la práctica de la esclavitud, pues permitía moldear la mentalidad «primitiva». Sin embargo, si la raza había logrado un grado mayor de sofisticación, como era el caso de los pieles rojas, «es inevitable su exterminación».[164]

La consecuencia política más inmediata del darvinismo social fue el movimiento

eugenésico, que se consolidó con la entrada del nuevo siglo. Todos los autores arriba

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