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Las casas y la forma urbana: el territorio en expansión

Patrón horizontal y baja densidad en Mérida.

La permanencia edificatoria del periodo colonial constituye como se ha dicho el núcleo urbano central, a partir del cual la urbe ha crecido paulatinamente de manera más o menos radial. No hubo en Mérida postcolonial un plan ordenador del crecimiento urbano, sino un peculiar desarrollo de estrategias sociales para la ocupación del territorio. A partir del núcleo central, las familias con ascendencia española o mestiza, que conservaron el estatus social y económico más alto, ocuparon poco a poco porciones inconexas del norte. Los indígenas y su descendencia ocuparon porciones del sur, el poniente y el oriente, donde en época colonial existieron los barrios de indios.

Las porciones de tierra ocupadas por unos y otros estratos sociales se fueron conectando a través de vialidades edificadas sin un plan integral de conexión. Cada nuevo conjunto habitacional fue producto, más que de los ayuntamientos, de la iniciativa de personajes acaudalados en el norte, o de grupos de ocupantes de tierra ilegal en el sur.

Mérida es una ciudad predominantemente horizontal. Las casas en esta urbe son casas en su mayoría de una sola planta, diferenciadas según el nivel socioeconómico de sus ocupantes. En este sentido, la ciudad se encuentra claramente sectorizada. Las casas del núcleo histórico en el centro; la vivienda construida en serie al oriente y poniente; y las ostentosas y modernas casas en el norte de la mancha urbana. Además, las casas de algunos pueblos denominados localmente ‘comisarías’, han sido integradas a la mancha urbana, zonas rurales conurbadas que se han convertido en parte de la ciudad.

Fue a partir de 1970 que el crecimiento de la ciudad tuvo un despunte impresionante demográfica y físicamente. Desde entonces, la ciudad comenzaría un proceso de expansión acelerado (Bolio, 2000). El contexto natural ha sido determinante en la consolidación de una forma de vida y de transformación del entorno construido en Mérida, caracterizado por una baja densidad de construcción y el predominio de la casa unifamiliar aislada como principal modalidad de vivienda. Espacios amplios y ventilados han sido históricamente un criterio común en las edificaciones yucatecas para hacer frente a las altas temperaturas y la alta humedad relativa que predominan durante todo el año. Por la misma razón, las casas de la ciudad mantienen tradicionalmente un solo nivel, ocupando así amplios terrenos, generalmente arbolados.

Tras la década de 1970 cuando la hasta entonces principal y prácticamente única actividad económica regional, la explotación de henequén, se colapsó irremediablemente, la ciudad recibió grandes grupos de inmigrantes de origen rural, que en el campo habían perdido posibilidades de subsistencia y llegaban a Mérida con la esperanza de encontrar trabajo. La inexistencia de programas de vivienda barata y la consecuente incapacidad de los nuevos pobladores para adquirir una vivienda en el mercado formal, provocó el desarrollo de procesos de adquisición de suelo al margen de la legalidad. Como en muchas ciudades latinoamericanas, la invasión de terrenos periféricos a la ciudad, unida a un proceso gradual de regularización legal del suelo, gestión para la dotación de servicios urbanos y autoconstrucción de casas, se convirtió en la forma común de autoproducción de vivienda para la población de recursos mínimos.

Una parte de los terrenos ubicados en la porción sur de Mérida eran reservas territoriales estatales y otra parte terrenos de propiedad ejidal. Porciones de ambas zonas fueron invadidas. Los ejidatarios ante la situación deteriorada de la actividad agrícola por un lado y la demanda de suelo por otro, optaron por dividir ellos mismos sus terrenos y venderlos a precio bajo, de manera ilegal. Ante los procesos de presión

colectiva ejercida por los nuevos ocupantes, el gobierno estatal expropió los terrenos para luego volvérselos a vender a un precio bajo. Un proceso especulativo similar ocurrió (y sigue ocurriendo) con los terrenos de reserva territorial (García, 2000; Laucirica, 2003). La zona sur de Mérida ha crecido mediante estos procesos, sumándose a los múltiples factores que provocan la continua expansión de la mancha urbana.

El crecimiento físico de Mérida es una preocupación vigente. Entre 1950 y 1995, la población de la ciudad se multiplicó por cuatro y la extensión de la mancha urbana por cinco (Bolio, 2000). La capital yucateca es una ciudad media considerada como parte de una Zona Metropolitana integrada por 6 localidades denominadas municipios: Mérida, Conkal, Kanasín, Progreso, Ocú y Umán. De acuerdo con el censo de población 2010, la zona metropolitana cuenta con 1,027,004 habitantes (INEGI, 2010). La concentración de oferta de servicios urbanos a nivel regional, presenta a Mérida como un polo de atracción que se traduce en un constante crecimiento poblacional. Por otra parte, en un contexto geográfico que no limita la expansión, la tradición constructiva de baja densidad ha pervivido desde tiempos precolombinos. Sin embargo, los factores geográficos, la dinámica socio-económica y la tradición constructiva se acompañan de una participación de las autoridades gubernamentales que, como el contexto geográfico, juegan un papel permisivo y laxo.

Mérida, con 830,732 habitantes, es la única localidad dentro del rango de 500 mil a 999 mil habitantes y en ella residía el 79.17% de la población urbana en 2010, porcentaje menor al de 2005 de 81.36%. Por otra parte, Kanasín se encuentra dentro del rango de 50 mil a 99 mil habitantes y es la segunda localidad urbana en importancia concentrando al 5.58% de la población en el 2005, valor que se incrementó a 7.86% para el 2010 (PIDEM, 2010).

Esto significa que en Yucatán no existen ciudades entre los rangos de 50,000 a 499,000 habitantes y que tres de las ciudades del rango de 20,000 a 49,000 habitantes se encuentran en la zona metropolitana, por lo que los servicios que necesitan para localidades pequeñas (salud,

educación, administración pública, profesionales) deben ser satisfechos en Mérida, aunque el radio de acción no sea el óptimo (Alonzo, 2003). Lo peculiar del sistema urbano es el gran número de localidades que cuentan con una población entre 1000 y 5000 habitantes consideradas como pre-urbanas; con apego a modos de vida tradicionales muy anclados en la economía de subsistencia. La ciudad de Mérida es el foco indiscutible de atracción regional pero su capacidad para absorber el crecimiento demográfico es muy limitada, lo que le ha impedido actuar como receptor del excedente demográfico rural. Esto avala la hipótesis de una capital regional que imprime un cierto pero débil impulso a los municipios de una periferia inmediata pero cada vez más amplia, cuyos habitantes acceden con facilidad a la gran ciudad, a sus servicios y a su oferta ocupacional, pero sin abandonar sus medios elementales de subsistencia (Alonzo,1999:15).

Mientras que se refuerza la megacefalia de la región alimentada por el despoblamiento de zonas aledañas, ocurre un fenómeno por el cual la ciudad misma se dispersa, pierde densidad, su núcleo se deteriora y sus límites se vuelven difusos. Una ciudad que desde sus inicios ha tenido un patrón horizontal y extenso, ha convertido en su tabla de salvación a la industria de la construcción, extendiéndose sin necesidad, absorbiendo pueblos y estableciendo flujos cada vez más lejanos, gracias a la proliferación de medios de transporte y vialidades. Aumenta la población pendular, la clase económica alta que habitaba el núcleo histórico migra hacia el exterior, a los suburbios, a lo largo de ejes de valorización inmobiliaria. La concentración, representativa de la ciudad, es cada vez más virtual, menos tangible.

Cada día se establecen flujos de población entre Mérida y otras ciudades debido a nuevos patrones de ocupación y producción, fomentados por el modelo global de consumo: el turismo y las maquiladoras, que impulsan nuevos flujos migratorios en busca de mejores condiciones laborales, nuevas regiones superpuestas a las regiones tradicionales, como la región turística bipolar Mérida-Cancún, entre la región histórica y un territorio recientemente creado.

Ya en 1917, el Ingeniero Municipal de Mérida, Alfredo Cantón, exponía en un discurso dirigido al H. Ayuntamiento de la ciudad, que la Capital se había convertido en un centro importantísimo de la vida urbana, en una alegre, moderna y limpia ciudad, que contaba con atractivos dignos de considerarse conquistas del progreso. Mostraba entonces su preocupación por el crecimiento acelerado de la ciudad de manera concéntrica y proponía que debía normarse, entre otras cosas, la demarcación de los límites de la ciudad. Se publicó en el Diario Oficial que los límites urbanos quedaban demarcados por un círculo de 4 km de radio, cuyo centro se ubicaba en el cruzamiento de las calles 60 y 61 (Ayuntamiento de Mérida, 1917).

Esta demarcación de los límites de la ciudad pretendía, igual que una serie de normas en materia de edificación propuestas, frenar el acelerado y desordenado crecimiento. Pero los cuatro kilómetros fueron rápidamente rebasados. El crecimiento de la ciudad fue continuo durante el siglo XX y para el año 2002 se emprendió un proyecto que conectó los distintos accesos a la ciudad desde las principales carreteras estatales y municipales a través de la modernización del Anillo Periférico Lic. Manuel Berzunza y Berzunza. Como en otros casos, el periférico rodeó los límites de la ciudad al edificarse y sin embargo, al cabo de pocos años, se ha integrado a la mancha urbana. El anillo periférico de Mérida es una vialidad de 50 km de doble vía con triple carril en la que fueron edificados, por primera vez, pasos a desnivel.

El anillo periférico como límite, ha detonado el crecimiento de la mancha urbana definiendo aquello que queda dentro y lo que queda afuera. En algunos casos especialmente en sectores del norte, la vialidad ha potenciado la creación de complejos habitacionales y de servicios que muestran de manera simbólica el anhelo de modernidad: edificaciones verticales que desafían la tradicional horizontalidad en la ocupación del suelo, centros comerciales y de esparcimiento, nuevos centros de enseñanza y negocios. En otros casos, los del sur, ha propiciado la expansión de asentamientos autoproducidos. Algunos

de los asentamientos que quedaron fuera del núcleo urbano definido por el anillo periférico forman parte de otro municipio y aunque comparten físicamente la mancha urbana, quedan políticamente excluidos de los servicios municipales de la capital así como de la posibilidad de acceder a ellos. No es el caso de los autoproductores que ocuparon terrenos ejidales que el anillo vial dejó dentro de la urbe.

El espacio de la ciudad, el espacio urbano, es una representación. Lo distante, lo cercano, lo accesible, lo inaccesible, designan el campo de acción de las personas y así, los límites de la movilidad individual se convierten en las fronteras del espacio en que se habita y se trabaja. La frontera entre aquello que se considera urbano y aquello que no, en una ciudad que absorbe asentamientos rurales en su acelerado crecimiento, es difusa y su delimitación tiene que buscarse necesariamente en el orden de las percepciones y apropiaciones individuales o colectivas del espacio.

La ciudad de Mérida se presenta demasiado amplia, difícil de asimilar o de apropiar como una totalidad. No basta que exista una frontera dictada por la autoridad, la ciudad suele entenderse a partir de parcialidades, de lo conocido y lo desconocido; lo cercano y lo lejano. Una propuesta analítica separa al espacio urbano físico del social, distinguiéndolos como espacio real y espacio imaginado (Reguillo, 2003).

La ciudad entendida como complejidad heterogénea que moviliza usos e imaginarios diferenciados, se descompone analíticamente en un espacio que alude al ámbito de lo propio y reconocido, el lugar seguro, cercano: el espacio tópico. Por otra parte está el lugar de los otros, geografía atemorizante, lejana, desconocida: el espacio heterotópico. Finalmente el espacio deseable, anhelado, el dispositivo orientador en la comprensión del espacio tópico en su relación con el heterotópico: el espacio utópico.

Pensar en estas tres dimensiones de la delimitación imaginaria de la ciudad, permite comprender desde dónde operan los sujetos que en ella interactúan. El espacio utópico ha motivado constantes

transformaciones del espacio físico en la persecución de imágenes de diversa índole, como aquellas que impulsaron al Ingeniero Alfredo Cantón en las primeras décadas del siglo XX a promover normas y reformas urbanas en Mérida. Como se conoce bien, partir del siglo XIX y hasta nuestro tiempo, casi todas las ciudades europeas y bajo procesos distintos las de Latinoamérica, han sido influenciadas por la noción de higienismo, la cual forma parte de una idea generalizada de ciudad ideal, por la que han de erradicarse la suciedad, la enfermedad, el hacinamiento, la pobreza, entre otros conceptos que se han convertido en verdaderos estigmas que se oponen a lo urbano y a lo moderno.

Para Reguillo, es interesante analizar cómo se transita de las lecturas heterotópicas de la ciudad a las perspectivas utópicas que se desprenden, por negatividad u oposición, de la imagen de la ciudad ideal. Explica que desde el espacio utópico de quien controla la ciudad, no deberían existir las zonas pobres, los disturbios, los comportamientos rurales o no civilizados, los grupos distintos como los colectivos de homosexuales, los indígenas, etc. Hay que decir también que desde el espacio utópico de algunos que habitan la ciudad, en ella no debería existir la exclusión, la discriminación, la inseguridad, que son, como en los caso anteriores, representaciones del espacio heterotópico. Respecto al movimiento que va del espacio utópico al espacio tópico, es interesante observar las estrategias de control que se establecen en la lucha por mantener unos límites, establecer fronteras que retengan los movimientos del espacio tópico, el espacio real. Se trata de estrategias que segmentan, ordenan de acuerdo con una visión, una imagen de la ciudad utópica. Por otra parte, quienes habitan la ciudad en sus distintos sectores y de acuerdo con sus propias heterotopías, se encargan de construir física y socialmente un entorno seguro, ordenado, conocido, higiénico, que sea compatible con una propia idea del espacio utópico.

Las fronteras de la ciudad, aquellas fronteras que se decretan, son paulatinamente invadidas o invalidadas por el espacio tópico de los

otros, de aquellos que se permiten ajustar a medida los límites de lo cercano, lo seguro, lo urbano. Como advierte Reguillo, tiene sentido tomarse muy en serio que las utopías no solo están interesadas en representar al mundo, sino en cambiarlo.

Las periferias urbanas, las marginalidades y todas las ubicaciones de lo otro son construcciones sociales por las que se establecen fronteras o límites, que no son sino localizaciones de aprobación o desaprobación según sea el punto de vista. Volvemos a la idea de que la representación física de la ciudad se muestra en forma de oposiciones espaciales. Estas oposiciones dan cuenta de una sociedad jerárquica en la que no hay espacio que no exprese las distinciones o distancias sociales (Bourdieu, 1999).

El concepto frontera es una construcción social, algunas veces objetivada en el espacio físico. Siguiendo a Bourdieu, las grandes oposiciones sociales representadas en el espacio físico tienden a reproducirse en el pensamiento y el lenguaje, configurando las percepciones y evaluaciones acerca de los posicionamientos (y desplazamientos) de uno mismo y de los otros en el espacio físico. Las estructuras sociales paulatinamente se convierten en estructuras mentales y sistemas de preferencias, que modelan las distancias espaciales de las experiencias cotidianas, distancias físicas y también sociales. Oposiciones como subir o bajar, salir o entrar, estar por encima o por debajo, todas categorías de la localización física pero

“En la ciudad de Mérida hasta 1980 en la periferia de la ciudad había muchísima colonia marginada, no había llegado la modernidad: calles, agua potable, electrificación. Para poder apoyar a esas gentes que vivían entre la maleza y que tenían que caminar entre veredas, esos terrenos los adquirimos para que hiciéramos vivienda social a los trabajadores pero le dimos asesoría a los que estaban ahí para que pudiesen ya tener un patrimonio seguro” Pedro Oxté, líder de la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos (CROC), 2006

también de la social, se manifiestan en la ciudad como ubicaciones temporarias (sitios de honor) o permanentes (domicilios).

Las localizaciones en el espacio son objeto de luchas, de pugnas y tensiones por ocupar aquellos sitios de prestigio, sitios que representan la acumulación de cierto capital económico, social o cultural. Estos sitios que se ganan o se pierden, tienen la suficiente potencia para prestigiar o degradar a quienes los ocupan. La apropiación de los espacios en la construcción del territorio es en este sentido una apropiación de una ubicación social.

En Mérida los límites de la ciudad, no impidieron que históricamente se diferenciara el norte del sur como espacios destinados a dos polos de pobladores. Hacia el norte se asentaron las familias que antes y después de la conquista acumularon el poder social, económico y político; hacia el sur los migrantes del campo que paulatinamente transformaron y continúan transformando suelo no urbano en suelo urbano. El anillo periférico, más que limitar el crecimiento de la ciudad, lo ha potenciado como en otros casos. No solamente posibilita el acceso y la movilidad hacia zonas que antes quedaban inconexas con Mérida, sino que orienta las distribuciones de las nuevas zonas de habitación y consumo de acuerdo con la tendencia de estratificación social preexistente.

De norte a sur, polos de estratificación social, Mérida crece con una aceleración menor a la experimentada hace cuatro décadas, pero suficientemente significativa para ser un foco de preocupación tanto de autoridades gubernamentales como académicas. Los mecanismos que impulsan este crecimiento son complejos y esta complejidad puede abordarse desde distintos ángulos. Aquí miraremos la perspectiva de los sujetos que gota a gota contribuyen con la forma expandida del crecimiento urbano, transformando un contexto geográficamente irrestricto en un territorio, primero rural y paulatinamente urbano.

Regiones socioeconómicas de Mérida y ubicación de los sectores observados.

A

B C

Las regiones socioeconómicas de Mérida presentan una distribución espacial históricamente segregada. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) diagnostica las diferencias y similitudes entre estratos socioeconómicos bajo indicadores relacionados con el concepto de bienestar, como son: educación, ocupación, salud, vivienda, y empleo.

El municipio de Mérida presenta los niveles socioeconómicos 7, 6, 4, 3 en la escala de siete que incluye el estudio a nivel nacional. Los estratos más altos se ubican en el norte de la ciudad, mientras que los más bajos ocupan la periferia y especialmente el sur de la ciudad.

A

Caso de estudio, asentamiento

autoproducido ubicado en el nor-poniente de la ciudad, con acceso a los centros de producción y consumo de la ciudad. B Caso de contraste, asentamiento autoproducido ubicado en el sur-oriente de la ciudad aislado de la ciudad a través del anillo periférico

C

El sur, zona histórica y exclusivamente ocupada por asentamientos autoproducidos.

La pobreza en Mérida, se analiza teniendo como foco principal el sur de la ciudad. Las condiciones de los asentamientos autoproducida se caracterizan de acuerdo con tres momentos de consolidación de la vivienda y los servicios urbanos. Se considera que en esta zona de la ciudad se localiza la población que percibe los ingresos más bajos y que pertenece al subempleo y desempleo. En lo que se refiere a los servicios públicos, la zona presenta rezagos significativos en diversos sectores como son los de educación, salud, recreación y áreas verdes. Además, se reconoce a la zona como lugar de la delincuencia.

Los habitantes de asentamientos autoproducidos en Mérida suelen iniciar la historia de su colonia con la misma frase: “aquí todo era