Estamos de acuerdo en el hecho de que las transformaciones sujeto- medio responden, dependiendo de las características cognitivas de cada sujeto (relativas a la edad, el género, etc.), a las condiciones del medio físico y las del medio social. En lo general, la forma en que el sujeto responde al medio físico puede analizarse casi de manera directa. Sin embargo, la forma en que el sujeto responde al medio social en la transformación del territorio resulta menos clara, al menos en lo que respecta a su análisis.
El medio físico invita al sujeto a realizar transformaciones en el territorio como soluciones a las prácticas sociales establecidas o por establecer. De ahí que las edificaciones hayan sido por siempre facilitadoras o inhibidoras de comportamientos y que por lo tanto, en muchos casos el espacio ‘funcione’ como norma social. La edificación, como las demás formas materiales de la cultura, representa las nociones compartidas por el grupo social entre las cuales el individuo distingue y elige lo más adecuado. El sujeto juega un papel de intérprete de la cultura cuando decide sobre las características que dará al espacio físico modificado, edificado.
Bajo las formas modernas de pensamiento, el hombre debate entre dos fuerzas: formar parte del grupo social y distinguirse de él. Georg Simmel escribió un singular ensayo sobre “La moda” a principios del siglo XX, donde afirmó que la historia de la sociedad podría reconstruirse a partir de la lucha y las conciliaciones lentamente conseguidas y rápidamente desbaratadas que surgen entre la tendencia a fundirnos con nuestro grupo social y a destacar fuera de él (Simmel, 2002b). Rapoport brinda un énfasis especial al tema de las preferencias, la elección y el diseño para explicar las relaciones entre la forma edificada y la cultura. El espacio edificado es, bajo su perspectiva, el producto de múltiples decisiones individuales tomadas en un sistema particular de reglas para efectuar una elección entre las opciones disponibles o percibidas como disponibles en un contexto social. Los criterios del ‘gusto’ o el elaborado concepto de estética moderna, son ejemplos de dichos sistemas de reglas (Rapoport, 2003).
La acción del grupo social funciona como un filtro por el cual se toman decisiones respecto a las transformaciones del territorio. Por ello, aunque resulta complicado separar al Sujeto del Territorio y del Orden Social en el análisis del espacio edificado como análisis de la cultura, la división analítica es útil en cuanto permite observar la interesante interacción entre el papel del individuo ante su medio físico y su medio social.
El apego o la distancia respecto al sistema de reglas, dan al espacio modificado por cada sujeto rasgos de distinción por una parte y rasgos de integración por otra. El orden o el desorden, son también parte de los sistemas normativos establecidos culturalmente. Por ello, un lugar puede presentarse con total falta de orden para alguien que no pertenece a un grupo social y que no comparte una particular noción de orden.
Además de las reglas, existen convenciones acerca de lo adecuado en cuanto a la manera de modificar el espacio en cada cultura, que componen nociones ‘ideales’ o paradigmáticas. La forma ideal del espacio que se habita, está ligada a imágenes de personas ideales o de una vida ideal en un entorno ideal. Las formas ideales se representan en imágenes, especialmente en los contextos occidentalizados donde la imagen ha tomado una fuerza simbólica impresionante.
El sujeto entonces, toma decisiones individuales en un contexto colectivo de normas, de las cuales se acerca o se aleja. De esta manera, el individuo establece estrategias de comunicación, entre
“El lugar permite al sujeto navegar por la historia «situar» al sujeto. Juntos (el sujeto, la historia y el lugar) son capaces de multiplicarse y desarrollarse” Muntañola, 2000:17
ellas está la forma de transformar el territorio. Pensar el espacio que se modifica edificándolo es, por lo tanto, pensar en la forma en que se habrá de habitar, en las formas sociales de comportamiento que habrán de inhibirse o permitirse. El sujeto es, como hemos dicho, el puente que une a la sociedad con el territorio.
Hablar del sujeto en este trabajo es particularizar una condición específica en lo social, en lo económico y en lo político. El sujeto informal, el sujeto en situación de pobreza, el autoproductor de una casa. La pobreza como fenómeno socioeconómico es añejo, pero como muchos de los fenómenos sociales contemporáneos, se inserta en la lógica general de un fenómeno mayor, la modernidad. La modernidad como forma de pensamiento global, aquella que impulsa hacia el progreso, la prosperidad y sus representaciones, tiene su contraparte en la tradición, el atraso y la pobreza. Los signos de ambos polos imaginarios son muchos, sin embargo la casa es el sitio donde el sujeto imprime con mayor empeño su forma de entender el lugar que ocupa en el mundo; es la unidad territorial mínima a través de la cual se comunica con el grupo social, adaptándose a ella y transformándola. En este sentido coincidimos en una idea de sujeto autoproductor como individuo activo y no solamente como un actor o un agente, términos empleados en las ciencias sociales. El sujeto autoproductor, en este sentido, no es un títere manipulado por un orden social, el de la modernidad, sino un individuo que interpretando las posiblidades y constricciones de la cultura a la que pertenece, actúa, decide y participa (Touraine, 2000). Autoproducir una casa urbana implica así, una interpretación activa de las formas significantes de lo urbano y lo moderno por parte del sujeto autoproductor.
Al proponer que el Sujeto establece comunicación con su grupo social a través de la forma en que se adapta o modifica al medio físico, proponemos también que el grupo social interviene a través filtros (normas e ideales) en la toma de decisiones individuales. El medio social es entonces, un agente de limitaciones y libertades culturales que tiene el sujeto que edifica.
La casa, de acuerdo con Bourdieu, se convierte en una de las proyecciones físicas de las jerarquías sociales en prácticamente cualquier contexto cultural. El espacio físico resulta una especie de traducción del espacio social, a través de la distribución de posicionamientos de acuerdo con la edad, el género y el papel ejercido en la organización social. Una distribución más o menos paralela ocurre entre la posesión de diversos tipos de capital material y la posesión de capitales sociales, expresados en la posición ocupada en el espacio físico.
Dado que la posición de cada sujeto en el espacio social se expresa en el lugar que ocupa en el espacio físico, puede explicarse así que, en nuestra organización occidentalizada, no tener lugar significa una deslocalización tanto física como social. Un vagabundo carece