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LA CATEDRA DE PEDIATRIA “B”, UN CUARTO DE SIGLO DESPUES DE SU CREACION Y ALGUNAS REFLEXIONES MAS

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LA CATEDRA DE PEDIATRIA “B”, UN CUARTO DE SIGLO DESPUES DE SU CREACION Y ALGUNAS REFLEXIONES MAS

Dr. Luis Guimarey

Profesor Adjunto Médico. Servicio de Endocrinología. Hospital “Sor María Ludovica”

“Si quieres resultados distintos… no hagas siempre lo mismo”.

Albert Einstein

Era el año mil novecientos ochenta y seis y estaba de regreso en el país después de siete años de trabajar, exilio de por medio, en el Departamento de Pediatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Campinas, cuando el llamado a concurso para cubrir los cargos de la nueva Cátedra de Pediatría dió la oportunidad de reinsertarme en la docencia. Se hizo el concurso y el equipo inicial de la Cátedra quedó integrado, si mal no recuerdo, por cuatro Ayudantes Diplomados entre los que me encontraba, un Jefe de Trabajos Prác- ticos, un Profesor Adjunto y Marcos Cusminsky, Profesor Titular y factótum del proyecto –ciertamente innovador para el momento– al que impulsó, de acuerdo a su costumbre de “gran hacedor”, con la dedicación y la fuerza que solía poner en las cosas que le interesaban mucho. El resto lo acompañamos contribuyendo cada uno con su propio bagaje de experiencia/inexperiencia, sus vivencias y limitaciones, sus necesidades y deseos.

Las actividades docentes comenzaron con “las reuniones de los mar-

tes a las dos” –regadas con mate cocido y algún que otro bizcocho– en-

cuentro semanal que servía para discutir los lineamientos pedagógicos y didácticos que se seguirían, su ejecución y los ajustes necesarios, y demás cuestiones de actualidad e interés general. Cada uno exponía sus puntos de vista con más o menos énfasis de acuerdo a su personalidad, pero nadie dejaba de participar, creándose un clima que contribuía a mantener la co- hesión del grupo y el sentido de pertenencia. Las reuniones eran muy abiertas y todas las opiniones, independientemente del cargo de quien las emitiera, eran tenidas en cuenta.

Después de un periodo organizativo en el cual nada quedó librado al azar –vaya como ejemplo, que Marcos en persona se ocupó de hablar con

alumnos un lugar donde tomar café, ya que el Hospital no contaba con buffet– comenzamos con el dictado de la materia.

Desde el inicio la cursada pasó a ser considerada, en las opiniones re- cogidas de las encuestas a los alumnos, entre las mejores del ciclo clí- nico. Ciertamente contribuía a ello que, siendo los tiempos en que el país recién salía de una de las más siniestras dictaduras de nuestra histo- ria, una propuesta implementada con mucho de medicina comunitaria, en- foque de la salud antes de adentrarse en la enfermedad, la mirada sobre el riesgo social, etc. entusiasmaba a todo el mundo. El objetivo era ofrecer el mejor curso posible –más práctico, organizado y aprovechable dentro de la realidad existente– aunque, debe reconocerse, al costo de un enorme esfuerzo por parte de los docentes, acompañado de escaso reconocimiento. Pero Marcos sabía transmitir la “mística” necesaria para que la propuesta, aún así, fuera llevada adelante. Por mi parte, con la experiencia recogida en Campinas aún muy presente y cierto pesimismo, no podía dejar de con- siderar que todo ese esfuerzo era un poco inútil.

Las reuniones de los martes continuaron y con Marcos empezamos a tener opiniones encontradas en forma cada vez más frecuente. Tan es así que un día Raúl Mercer, por entonces el Jefe de Trabajos Prácticos, me dijo:

“–Cuando discuten me evocan a dos viejos amigos, con diferencias a saldar, que se han reencontrado”.

Probablemente la frase de Raúl fuera un tanto hiperbólica para descri- bir la situación, aunque era verdad que a esa altura, a pesar de las diferen- cias de edad y posición, podía considerar a Marcos un amigo de larga data. De hecho, nuestra relación venía de mis tiempos de becario en el Centro de Crecimiento y Desarrollo y se había mantenido durante todo el largo pe- ríodo del exilio. Sin embargo nuestros desacuerdos de opinión contribu- yeron a decidirme a dejar la Cátedra, a la que retorné recién en el año 2002.

En la actualidad creo que nuestra “buena cursada”, desarrollada en un contexto que mantiene estructuras académicas tradicionales no pasa de ser un remiendo, interesante, pero remiendo al fin, en una colcha que ya acu- mula demasiados.

La Facultad en los últimos veinte años ha limitado el número de alum- nos y eso sin dudas contribuyó a mejorar la relación entre demanda y re- cursos. Pero de ahí en más es muy poco o nada lo que se ha avanzado en un cambio positivo. El mero hecho de que la proporción de alumnos/do- centes se haya modificado positivamente desde el inicio de la actividad de

la Cátedra al presente, no asegura por si misma una sustancial mejoría del aprendizaje y, por el contrario, algunos aspectos centrales debieran enca- rarse para producir un real avance en la calidad del ciclo clínico de la carrera. Uno de ellos sería la profesionalización de la actividad docente. Según la Real Academia Española, profesionalizar es: “convertir en profesión lucra-

tiva una actividad intelectual o manual” y de eso se trata. Es difícil conce-

bir un adecuado, dinámico y moderno desarrollo de las actividades pedagógico/didácticas realizado por profesionales cuya labor docente no forma parte de su interés laboral básico. Nuestra docencia adolece, si se me permite la expresión, de un cierto “amateurismo”, desde que la mayoría de los que la ejercemos, sino todos, no hace de la misma su modus vivendi. En este sentido, si bien el número de docentes rentados de la Cátedra aumentó significativamente, todos los cargos son de dedicación simple.

Otra cuestión a considerar que también reviste gran importancia, es hacer que los alumnos de los años superiores se incorporen plenamente a la actividad asistencial. La atención de los pacientes debiera en parte, ló- gicamente en forma supervisada, ser responsabilidad de los propios estu- diantes, reemplazando el concepto de “práctico” por uno más genérico de

 Exposición fotográfica. Año 1993

Como reflexión final, pasados 25 años desde la creación de la Cáte- dra, diría que, si bien el programa que se implementó en su momento fue una interesante propuesta de airear la enseñanza de grado, es difícil pen- sar que desde ese acotado ámbito puedan modificarse cosas que requie- ren cambios más profundos, amplios e indudablemente complejos pero no imposibles de instrumentar. En este sentido, una reforma de fondo de- biera comenzar, precisamente, por sustituir la multiplicidad de cátedras en que está organizada la Facultad por una estructura de departamentos. Y, en fin, con una mirada más amplia diría que estamos frente a la necesi- dad de una nueva “Reforma Universitaria” que, sin abandonar los princi- pios filosóficos de la primera, aggiorne las estructuras académicas insertándolas definitivamente en el nuevo siglo.

ACERCA DE LOS MARCOS, LOS ROBERTOS,