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buscó por almohada tu pecho rosado.

UTOPIA INFANTIL “B”

Dr. Claudio Rocha

Docente Diplomado Rentado Pediatra. Hospital Sbarra.

“…a veces creo que sólo existimos en la infancia”.

Héctor Tizón

Cuando escribí mi pequeño aporte al libro sobre la historia de la Casa Cuna(92), invitado por el Dr. Roberto Mateos, cumplí la promesa de ser

breve, y expresé que quedaban muchas vivencias para contar y compartir. Sería en otro libro. Hoy Roberto generosamente me da esa oportunidad. Al tiempo que agradezco profundamente la invitación, debo decir que Ro- berto es de esas personas que se comprometen con obstinada pasión con lo que se proponen. A la vez destaco su actitud, confirmatoria de la espe- cie, ya que al invitarme tropieza nuevamente con la misma piedra.

Durante los años ochenta, más precisamente comienzos de 1984, co- menzaba a disiparse la oscuridad vivida durante la dictadura militar y las primeras luces de la recién parida democracia nos invitaban a pensar el futuro en proyectos concretos, a caminar nuestra utopía. Cada uno elige transitar su propia utopía.

Desde el ámbito académico, en materia de salud infantil, se trataba de concebir un modelo de enseñanza diferente al vigente, que tuviera como

principal protagonista al NIÑO. Por primera vez en la historia de nuestra Facultad, alguien se interesaba por el NIÑO.

Esto puede llamar la atención pero, en verdad es el “gran ausente” de los contenidos curriculares, tanto en las materias básicas de los primeros años, como en los últimos.

Inclusive en la única Cátedra de Pediatría de entonces, que aún con las mejores intenciones seguía haciendo eje en las patologías que padecen los más pequeños, del NIÑO no se hablaba.

En esos días, el Dr. Marcos Cusminsky, en una charla amena e infor- mal con un reducido grupo de colegas, comparte uno de sus sueños: “crear

una segunda Cátedra para la enseñanza de la Pediatría”. Recuerdo que

no fui el único que se asombró ante tal comentario. Confieso, con ver- güenza, haberle contestado que en nuestra Facultad y tal como estaban las cosas -lejos, muy lejos aún de la intervención de una inexistente CO- NEAU(93)-, una segunda Cátedra era un imposible.

A esta reunión le sucedieron muchas más, donde nos contagiábamos el entusiasmo sumando voluntades al nuevo proyecto. No era tarea fácil. Nuestros conocimientos médicos, aunque amplios, no bastaban. Sabíamos qué queríamos hacer, pero no cómo hacerlo. Esto para mí fue trascendente como engranaje de un motor que entre todos pudimos poner en marcha. Me refiero al reconocer nuestras limitaciones y ubicarnos como docentes en el lugar de sujetos aprehendientes.

Una nueva concepción de la enseñanza del cuidado de la salud infan- til exigía claramente una actualización epistemológica: por un lado rede- finición del objeto de Conocimiento y, por el otro, adopción del paradigma interdisciplinario de la Ciencia.

Si un niño es ese universo complejo tantas veces aludido desde diferen- tes disciplinas, acompañar su crecimiento, sostener un entramado para su desarrollo, en esencia: cuidar su salud; no es posible sino a través de un abordaje amplio, abarcativo, capaz de “complejizar” la realidad que nos in- terpela en cada situación, en toda demanda.

Hoy puedo hacer estas reflexiones, gracias a que en aquel momento, un grupo de soñadores creímos profundamente en la necesidad de generar un espacio para la discusión, el debate, el intercambio de conocimientos, aprendiendo a escuchar, siendo concientes que el cambio necesario para el

desafío planteado no era otro que nuestro propio cambio. Este cambio im- plicaba necesariamente cuestionarnos el rol docente. Esto tampoco era fácil. Debíamos resignar hegemonías, modificar nuestra manera de pensar los problemas de salud y aceptar que otras disciplinas no médicas tenían tanta relevancia y a veces aún mayor, al momento de pensar en resolver problemáticas asistenciales, de investigación, docentes o de otro orden.

Fuimos capaces de “pelear” ese espacio contra viento y marea, contra la opinión de los que buscan cambiar algunas cosas con la intención de que nada cambie. Contra los que nos combatían con vehemencia, llegando a veces a traspasar límites éticos con tal de resistir en su posición ideológica afín a sus intereses, no siempre generosos. Viene a mi memoria una frase del Dr. Florencio Escardó que resume lo que intento trasmitir:

“Nosotros los pediatras con esta medicina, hacemos más daño a los niños que las propias enfermedades”. Claramente se refería a la Pediatría

que no puede ver a un NIÑO, sólo puede ver sus órganos enfermos e in- tenta explicarlo todo desde lo que hoy se ha dado en llamar la Medicina Basada en la Evidencia, negando lo no evidente, como si no existiera, como si en la naturaleza humana todo pudiese ser medible, evidenciable y por qué no estadísticamente significativo. Como dijo alguien una vez:

“cuando sólo se dispone de un martillo como única herramienta, vemos en todos los problemas un clavo”.

Muchos resistían el cambio por inseguridades propias; otros, por inte- reses personales y, a veces, algunos sin saber por qué. No resultaba fácil.

Recuerdo el enojo de Marcos cuando los alumnos de la primera promo- ción que habían ido a cursar los contenidos asignados al Hospital de Niños “Sor María Ludovica”, regresaron diciendo que no les habían permitido in- gresar a la Sala porque pertenecían a la Cátedra “B”, arrogándose vaya a saber qué tipo de “propiedad”. Esta pequeña anécdota da cuenta de algu- nas de las dificultades iniciales de carácter operativo que tuvimos que sor- tear. De todas maneras, debo decir que las experiencias positivas fueron sensiblemente mayoritarias.

En particular mi recorrido en esta Cátedra es altamente gratificante. El haber sido protagonista desde sus orígenes en los talleres pedagógicos con la Lic. Amanda Galli, haber participado del diseño modular, casi una “aventura pedagógica” en aquellos tiempos, el ida y vuelta permanente con colegas y docentes de otras disciplinas. Y qué decir de la experiencia

allá de la docencia universitaria ya que puedo contar amistades sólidas con ex alumnos y la gratificación de ser elegido como pediatra de cabecera para los hijos de muchos de ellos. Quedan muchas cosas por contar, será seguramente en el próximo libro que escriba Roberto.

Hoy, después de haber caminado estos veinticinco primeros años, sigue siendo para mí una utopía. Toda utopía tiene mucho de niño. Yo elijo seguir caminando.