Pero además de una normativa que podemos no tener problema para considerarla necesaria aunque, paradójicamente, produzca efectos indeseables, en un caso, o simplemente sea estrecha, en otros, otro motivo de la escasa presencia sindical en la pequeña empresa32, y por ende de la falta de representatividad, es que la organización sindical española obedece, desde los inicios de nuestra democracia, a “modelos de estructura confederal resultante de agrupaciones de organizaciones territoriales inferiores, en que la empresa no ocupa un papel relevante” (Fernández et al., 2013, p. 13).
Ello supone, como señala la mencionada autora, que los sindicatos dan prevalencia en su configuración al sector y al territorio a la hora de desplegar el núcleo de la acción sindical dejando a la empresa un mero papel de desarrollo de lo acordado a nivel de sector, “con predominio –dice–de criterios de selección de la norma más favorable–ver artículo 3.3 ET– en el caso de apartarse la norma empresarial de los estándares sectoriales”. Es decir, que se ha optado por una estructura centralizada del sindicato ya que “las instancias de representación, en vez de en la periferia del sistema, se han instalado o constituido en niveles intermedios o, incluso, en la cúspide del mismo” (Rodríguez, citado por Cruz Villalón et al., 2003, p. 136).
32“El elemento más notable que caracteriza a las relaciones laborales en las PYMES (…) es, indudablemente, el del bajo índice de sindicalización” (Biagi, citado por Gómez Abelleira, 1995, p. 238).
Las razones de ese alejamiento sindical de las pequeñas empresas33 son, por un lado, el que se ha atendido a la hora de auto organizarse, únicamente al modelo fordista clásico de empresa centralizada, de tamaño mediano-grande34, obviando, como indica Fernández (Fernández et al., 2013, p. 13), la sobreabundancia entre nosotros de pequeñas empresas y microempresas y, además arraigada al territorio sin el fantasma de la deslocalización pululando, cual espada de Damocles, sobre las cabezas de los trabajadores, al tiempo de que se obvia las complejas relaciones de interdependencia entre empresas y la, cada vez más frecuente, reunión en un mismo centro de trabajo de diferentes empresas pertenecientes, a su vez, a sectores de actividad distintos35. Por otra parte, y sobre todo, porque el sindicalismo en nuestro país ha tenido siempre claro que la actuación más allá del ámbito empresarial supone una negociación solidaria donde, como dice Alfonso Mellado, “la capacidad de ciertos trabajadores acaba beneficiando a todos los del sector, además de ser un freno a la individualización de las relaciones laborales y a la competencia empresarial mediante el dumping social, es decir, mediante la reducción del coste del trabajo a través de negociaciones a la baja”(Fernández et al., 2013, p. 32).
Sin embargo, lo uno no quita lo otro, sino que deben ir de la mano la estructura sindical sectorial con la penetración del sindicato en las pequeñas empresas y de ello se trata en este trabajo.
Finalmente, debe tenerse en cuenta que el alejamiento del sindicato de las pymes obedece también a que los mismos trabajadores no ven al sindicato como un ente que pueda ayudarles en sus reivindicaciones, sino todo lo contrario, lo perciben como un
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En sus orígenes, el sindicalismo, debido a sus objetivos revolucionarios de alteración del sistema político- económico burgués, ciñeron sus acciones fuera de las fábricas, a las que se acercaban únicamente con fines afiliativos o de proselitismo sindical. Posteriormente, con el reconocimiento legal de la libertad sindical, no varió lo anterior, posiblemente por la inercia ya creada, y las asociaciones sindicales buscaron como interlocutor solamente al poder político o, a lo sumo, cuando tenían que negociar con las representaciones empresariales, acudían al ámbito sectorial y nunca al empresarial. El punto de inflexión se dio en Europa en torno a finales de la década de los años sesenta del siglo pasado debido, sobre todo, al desarrollo económico y a la asunción del poder político por la socialdemocracia que hizo cambiar la perspectiva a los sindicatos sobre la necesidad de estar presentes en las empresas para evitar, así, la gestión unilateral de las relaciones laborales por parte de los empresarios y/o sustituir o, al menos, compartir su labor representativa con las representaciones “asindicales” de filosofía colaborativa con los intereses empresariales (Cruz Villalón, 2007, p. 2 de 26).
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Como indica Álvarez (Cruz Villalón et al., 2006, p.153), ello se puede deber a que los sindicatos se han visto sesgados de algún modo por su preeminencia en las grandes empresas y por su necesidad de atender prioritariamente a sus bases como también habrá influido el que su percepción de la realidad se encuentre condicionada por “su
ubicación en una zona de experiencia determinada”. 35
Por lo que “no se trata de un mero problema de dificultad de penetración sindical debido a las pequeñas
dimensiones de las unidades productivas, sino de una readaptación del sindicato a las transformaciones que se están produciendo en las estructuras productivas y los cambios organizativos que los mismos traen consigo” (Cruz
sujeto que puede perturbar las relaciones con el empresario lo que, unido a la “baja incidencia en el cómputo de la representatividad que ofrecen los resultados en estas empresas en relación al esfuerzo requerido para su promoción” (Cruz Villalón et al., 2004, p. 136), desincentiva, en gran medida, su presencia36. Y es que, “las estrategias sindicales clásicas y sus instrumentos de negociación no parecen adecuados en un entorno de intensa influencia empresarial e individualismo obrero ajeno a la conflictividad permanente y más proclive a las formas de cooperación o codeterminación” (Rodríguez-Piñero; Brutti y Calestri, citados por Cruz Villalón, 1994, p. 20). Como botón de muestra, las normas de constitución de CCOO- Agroalimentaria exigen como mínimo 25 afiliados en el centro de trabajo o en la empresa para que se pueda constituir la sección sindical (apartado 3º).