La construcción social de las emociones
5. LOS CELOS COMO UNA EMOCIÓN PARADIGMÁTICA
Para los psicólogos evolucionistas, todas las emociones en general y los celos en particular, son inseparables de lo que para ellos constituye el centro neurálgico de la evolución: la selección natural. Por consiguiente, y de acuerdo con estos teóricos, las presiones que la selección ejerce para que los varones sean más asertivos, junto a las presiones que existen para que vigilen y contro- len la sexualidad femenina, explica su tendencia a dominar a las mujeres así como las diferencias entre unos y otras en rasgos tales como la agresividad (Buss, 2003). ¿Quién tiene razón, pues, los psicoevolucionistas o los cultura- listas? Los evolucionistas apoyan su postura señalando que las consistencias transculturales existentes en el campo de las diferencias sexuales son incom- patibles con el enfoque cultural. Por ejemplo, un examen inicial de las prefe- rencias de pareja en hombres y mujeres de 37 naciones diferentes sugería, como predice la teoría de la selección sexual, que hombres y mujeres, a la hora de preferir pareja, se centran en características distintas (Buss et ál., 1990), de forma que a las mujeres las interesan más los recursos de la su posible pareja mientras que a los hombres más el atractivo físico. Sin embargo, un reanálisis de esos mismos datos (Eagly y Woods, 1999) explica esas diferencias como un producto social, de manera que tales diferencias dependerían de la igualdad/ desigualdad de género existente. Por ejemplo, en los países en los que hay una mayor igualdad de género es menor la tendencia de las mujeres a priorizar el
criterio de la posesión de recursos a la hora de elegir pareja. Cuando a las mu- jeres se les dan pocas oportunidades de conseguir recursos por sí mismas, tienden a elegir parejas que los tengan, pero no ocurre lo mismo cuando ellas tienen ya esos recursos o pueden conseguirlos. Y es que si igualamos las demás condiciones, también aquí hombres y mujeres son más parecidos que diferen- tes (Hyde, 2005). Sin embargo, a pesar de esto, el metaanálisis llevado a cabo por Hyde (2005) encuentra dos claras excepciones a esta gran similitud entre hombres y mujeres, y las dos son consistentes con las tesis evolucionistas, una de las cuales. La primera es la práctica del sexo casual, que sigue siendo mayor en los varones. Sin embargo, como ya he dicho, patrones conductuales que duran ya milenios no pueden ser modifi cados en sólo una o dos generaciones. A pesar de ello, es conocido que tanto las actitudes hacia el sexo como las conductas sexuales e incluso el sexo casual están cambiando mucho actual- mente y a gran velocidad.
Veamos mejor, pues, y como ejemplo paradigmático de lo que quiero mostrar en este capítulo, el caso de los celos, contrastando las perspectivas evolucionista, la cultural y la socioconstruccionista, y siguiendo aquí, en gran medida, a Canto, García Leira y Gómez Jacinto (2009). A causa del interés que comenzó a mostrar la psicología social por el análisis de las relaciones amorosas y debido, también, al papel que desempeñan los celos como uno de los factores causales en la violencia de género, se ha comenzado a estudiar con cierta intensidad el tema de los celos que se producen en las relaciones románticas (Salovey, 1991; Barrón y Martínez, 2001; García-Leiva, Gómez- Jacinto y Canto, 2001, Gómez-Jacinto, Canto y García-Leiva, 2001; Canto et ál., 2009). Los celos son una emoción compleja negativa que surge ante la sospecha real o imaginada de una amenaza a una relación considerada valio- sa. Entendidos como una emoción, los celos son una respuesta que nos aler- ta de que una relación que queremos mantener está en peligro. Pues bien, la perspectiva evolucionista ha analizado las diferencias entre hombres y muje- res en su forma de experimentar los celos según el tipo de infi delidad de su pareja, habiendo encontrado (Buss, 1992; 1994, 2000; Buss, Larsen, Westen y Semmelroth, 1992; Buss et ál., 1999) que los hombres se sienten más pre- ocupados que las mujeres por una hipotética infi delidad sexual de sus pare- jas, mientras que a las mujeres les preocupa más una hipotética infi delidad emocional. Este hecho, que hasta ahora parecía evidente, es explicado por los psicólogos evolucionistas como una predisposición genética. Los celos serían un mecanismo que tendría como fi nalidad el mantenimiento de la re- lación con la pareja. Al ser muy frecuente la infi delidad entre los seres huma- nos, los celos actuarían como una señal de alarma ante una posible amenaza. De hecho, la infi delidad tiene lugar en todas las culturas y en todas las épo- cas y suele ser una causa importante de divorcio y hasta de maltrato de pare- ja. Para los psicólogos evolucionistas, las diferencias encontradas entre mu- jeres y hombres son debidas a los diferentes problemas adaptativos que han tenido que afrontar durante el curso de la evolución para garantizar el éxito en la supervivencia y la transmisión de los propios genes: existen importan-
tes diferencias entre hombres y mujeres en la cantidad de energía que invier- ten en la reproducción de sus genes y en el grado de seguridad de tal inver- sión, de forma que los hombres, que pueden fecundar a un gran número de mujeres ya que disponen de la capacidad de generar una cantidad elevada de espermatozoides, realizan una menor inversión de energía que las mujeres para la reproducción con éxito de sus genes, mientras que éstas deben tener un periodo de gestación de nueve meses lo que, evidentemente, supone una mayor inversión de energía y tiempo para el mismo fi n: una vez que el óvulo ha sido fecundado, las posibilidades de reproducción de sus genes puedan reducidas al éxito del desarrollo y fi nal feliz de su embarazo. Es el hecho de que los espermatozoides sean tan baratos y los óvulos tan caros lo que expli- caría el hecho de que los hombres se impliquen en una mayor cantidad de relaciones sexuales, mientras que las mujeres se implican más en estrategias sexuales que aseguren la probabilidad del éxito reproductivo, por lo que prefi eren elegir a una sola pareja, pero que posea los recursos sufi cientes para asegurar su subsistencia y la de su prole, y a quien serán sexualmente fi eles. Este proceso se basaría, según Trivers (1972), en las importantes dife- rencias existentes entre los hombres y las mujeres en cuanto al grado de se- guridad en la inversión parental que se llevaría a cabo tras la fecundación de un óvulo. La mujer siempre tendría la certeza de que el hijo que espera es suyo, y que, por lo tanto, perpetuaría sus genes, mientras que para que el hombre se sienta igual de seguro de su paternidad debe vigilar y controlar el comportamiento sexual de su pareja, asegurándose de que la mujer fecunda- da sólo ha mantenido relaciones sexuales con él, por lo que, en los hombres, los celos constituirían un mecanismo de alerta ante las amenazas a la seguri- dad de su paternidad. Para las mujeres, la principal amenaza para su cría es que su pareja desvíe recursos hacia las crías de otras mujeres con las que mantiene relaciones. De ahí que las mujeres se centrarán más en los celos emocionales porque la infi delidad más amenazante para sus hijos consistiría en que el hombre dirigiera sus recursos a otra mujer y a otros hijos. Las mu- jeres, con el fi n de tener un compañero que le garanticen los recursos para el cuidado de su prole, requieren una pareja que sea fi el emocionalmente. Por su parte, la evolución de los hombres hacia los celos sexuales tendría más que ver con el intento de garantizar la paternidad y tener certeza de que las inversiones en la prole lo son en los propios genes. Así, pues, los hombres para garantizar la transmisión de sus genes necesitarían una pareja sexual- mente fi el y así evitar el riesgo de invertir en un hijo que no fuera suyo (Buss, 2000). Los datos empíricos existentes parecen apoyar estas tesis: los hom- bres dicen sufrir más las mujeres cuando imaginan a su pareja en una infi de- lidad sexual, mientras que las mujeres dicen sufrir más que los hombres cuando imaginan una infi delidad emocional de sus parejas (Buunk et ál., 1996; Edlund et ál., 2006).
Sin embargo, los anteriores datos pueden también ser explicados desde la perspectiva cultural y socioestructural, como un subproducto del patriarcado. En efecto,
cuando los hombres monopolizan los recursos, las mujeres se hacen más dependientes de los hombres en tanto que son sus proveedores, lo que incre- menta la motivación de las mujeres para mantener el fl ujo de recursos prove- niente de su pareja masculina. Una explicación socioestructural igualmente plausible, pues, sugiere que las circunstancias sociales crean diferencias sexua- les en cuanto a celos colocando a las mujeres en una posición de dependencia de los recursos de sus parejas (Rudman y Glick, 2008, págs. 272-273).
Por tanto, y frente a la explicación psicoevolucionista, la psicología cultu- ral (DeSteno y Salovey, 1996; DeSteno, Bartlett, Braverman y Salovey, 2002; DeSteno, Valdesolo, y Bartlett, 2006; Harris, 2000; 2003a; 2003b; Harris y Christenfeld, 1996a; 1996b; Hupka, 1981; Hupka y Bank, 1996) ofrece expli- caciones alternativas que sitúan el origen de tales diferencias entre hombres y mujeres tanto en el proceso de socialización como en las infl uencias sociales y culturales. Las diferencias entre hombres y mujeres serían entendidas y expli- cadas desde las diferentes adscripciones de unos y otros a las normas y roles de género dominantes en un contexto ideológico determinado, mientras que las diferencias sexuales serían producto de las diferentes expectativas que hombres y mujeres atribuyen al comportamiento social (Eagly, 1987). En este sentido, es la cultura la que determina las condiciones generadoras de los celos y las respuestas que se esperan en tales situaciones.
Por otra parte, desde una perspectiva socioconstruccionista, la aparición de los celos dependería de los acuerdos socialmente compartidos sobre qué situaciones suponen una amenaza sobre algún aspecto relevante que el indivi- duo posee, como podría ser la propiedad sexual (Hupka, 1981; Mullen, 1991). Por consiguiente, los celos, como cualquier otra emoción, no pueden ser estu- diados adecuadamente sin tener en cuenta la cultura en la que se han formado y en la que se expresan, que es realmente la que los ha construido. Como es- criben Canto et ál. (2009), la intensidad de la respuesta de los celos, las emo- ciones con las que se asocian, las circunstancias que los provocan y las conduc- tas asociadas a los mismos, serán especifi cados como normativos por el grupo social en el que tienen lugar ya que, en defi nitiva, la conducta de un individuo no puede entenderse fuera del grupo social al que pertenece. Además, existen muchas investigaciones cuyos resultados contradicen los planteamientos de Buss. Por ejemplo, Harris (2003a), al revisar los datos sobre las diferencias de sexo ante los dos tipos de infi delidades, nos informa que los resultados que apoyan la hipótesis evolucionista provienen principalmente de los estudios con autoinformes que utilizan el dilema de elección forzada diseñado por el propio Buss y que les obliga a elegir el tipo de infi delidad que más celos les provocarían (infi delidad sexual versus infi delidad emocional). Pero Harris (2003a) subraya que existe un gran número de investigaciones que, incluso utilizando el dilema de elección forzada, no apoyan la hipótesis de Davis Buss, y que cuando se utilizan otros tipos de medidas raramente se encuentran tales diferencias entre hombres y mujeres, como es el caso de los estudios de DeS- teno y Salovey (1996), de DeSteno et ál. (2002) o de Sheppard, Nelson y An- dreoli-Mathie (1995). Más en concreto, y contrariamente a la hipótesis de Buss
(2000), varios estudios han proporcionado datos que muestran que tanto los hombres como las mujeres se sienten más dañados y doloridos por la infi deli- dad sexual que por la emocional (DeSteno et ál., 2002; Harris, 2003b). Como puntualizan Canto et ál. (2009), parece evidente que en aquellas culturas que dan más importancia a la actividad sexual las personas se verían más afectadas por la infi delidad sexual y, por el contrario, en aquellas otras que dan más importancia a los aspectos emocionales de la relación, sus miembros se verían más afectados por la infi delidad emocional, independientemente de que sean hombres o mujeres. Y también en las culturas en las que las mujeres (o los hombres) han aprendido a dar más importancia al componente afectivo de la relación de pareja importará más la infi delidad sentimental, mientras que en las que se aprende a dar más importancia al componente sexual en la relación, y será más importante la infi delidad sexual. De ahí que, al parecer, y como apunta la citada investigación de Jesús Canto, en nuestro país están cambian- do las cosas en este tema, de manera que, a medida que las mujeres van dando más importancia al componente sexual en sus relaciones de pareja, más les va preocupando también la infi delidad sexual. Por consiguiente,
es el contexto cultural el que determina qué situación es amenazante para el hombre y para la mujer (Hupka, 1981), ya que las emociones no se pueden comprender sin considerar el contexto social y cultural en el que tiene lugar; es más, la experiencia misma emotiva transcurre en un contexto que se cons- tituye en parte de la experiencia. Los celos son un tipo de relación social que se da entre personas que conviven en una cultura y en un momento histórico determinado, por lo que cualquier manifestación de celos nos dice mucho de la relación, de las características de esas personas (persona celosa, pareja y rival), así como de la cultura y momento histórico en la que se den. Ponerse en alerta ante la percepción de una posible amenaza sería una respuesta adaptativa, pero la intensidad de la reacción, la conducta percibida como amenazante, las respuestas permitidas y las emociones asociadas serían pres- critas socialmente (Canto et ál., 2009, pág. 51).
6. CONCLUSIÓN
En resumidas cuentas, sin poner en duda la selección natural, debo insistir en el hecho de que en las explicaciones psicoevolucionistas existen al menos dos grandes problemas. El primero consiste en que sus argumentos son alta- mente circulares y recurrentes. Por ejemplo, la psicología evolucionista expli- ca la infi delidad sexual masculina en términos de selección natural, pero tam- bién podría explicar de la misma manera la fi delidad. Así, puesto que hace falta algo más que depositar el esperma para conseguir que la descendencia subsista y alcance la edad madura, tanto las mujeres como también los hom- bres salen ganando al invertir conjuntamente en sus hijos, de forma que los hombres que son fi eles a sus parejas y a su descendencia constituyen una garantía más sólida de que los hijos sobrevivirán para perpetuar sus genes.
Además, la monogamia también aumenta la certidumbre de paternidad del hombre.
Los críticos de la psicología evolucionista reconocen que la evolución ayuda a explicar tanto nuestros puntos en común como nuestras diferencias (cierto grado de diversidad ayuda a lograr la supervivencia). Pero sostienen que nuestra herencia evolutiva común no predice, por sí sola, la enorme va- riación cultural en los patrones de matrimonio humanos (desde una esposa a una sucesión de esposas hasta múltiples esposas y múltiples maridos y cam- bio de parejas). Ni tampoco explica los cambios culturales en los patrones de conducta en tan sólo décadas. El rasgo más signifi cativo que nos ha dado la naturaleza es, al parecer, la capacidad de adaptarnos, de aprender y cambiar. Ahí reside lo que todos consideran el poder moldeador de la cultura (Myers, 2008, pág. 145).
Por consiguiente, estoy de acuerdo con Fiske et ál. (1998, pág. 957) en que ha sido la evolución la que ha producido la propensión humana a construir cultura y que ha sido la cultura la que ha conformado, subsiguientemente, el curso de la evolución, lo que signifi ca que la biología y la cultura se han con- formado una a otra, en el mismo sentido en que lo habrían hecho la psique y la cultura. Ahora bien, en esa compleja interconexión entre el yo, la cultura, los procesos psicológicos y lo biológico, lo que va a ser fundamental es la en-
culturación, es decir, el aprendizaje de la cultura. «Aprender una cultura es el
meollo del proceso por el cual la biología, la psique y la cultura se forman uno a otro» (Fiske et ál., 1998, pág. 961). Y ello se observa de una manera particu- larmente clara en el campo de las emociones. Todo ello parece apoyar algo que a mi ya hace años me quedó muy claro: el hecho de los psicólogos acudan a explicaciones biologicistas no es sino una mera tapadera para ocultar su igno- rancia con respecto a cómo funcionan realmente los procesos psicosociales.
El segundo problema de las posiciones biologicistas es que con frecuencia olvidan algo tan central en la evolución humana como es la plasticidad de nues- tra biología, sobre todo de nuestro cerebro, nuestro sistema nervioso y hasta nuestros genes. En efecto, a pesar de que algunos autores, como es el caso de Carlos Alcover (2008) parecen ser claros partidarios de las posturas evolucio- nistas y de la neurociencia social, sin embargo cuando insisten en la plastici- dad cerebral están subrayando, lo quieran o no, la importancia de lo social y de lo cultural, hasta el punto de que es lo biológico lo que es transformado por lo cultural, más que al contrario. Y de tal plasticidad ya hablaba yace más de un siglo el gran William James, cuando en su clásico Principios de psicología escribía: «La materia orgánica, en especial el tejido nervioso, parece estar do- tada con un grado de plasticidad extraordinario; de este modo podemos enun- ciar como primera proposición la siguiente: los fenómenos de hábito en los seres vivientes se deben a la plasticidad de los materiales orgánicos de que es- tán compuestos sus cuerpos» (James, 1890, pág. 87). Sesenta años después, Donald Hebb (1949) afi rmaba que la experiencia modifi ca las conexiones cor- ticales, de forma que incluso el cerebro de una persona adulta está constante-
mente cambiando en respuesta a la experiencia. A favor de esta plasticidad cerebral se van pronunciando cada vez más científi cos (Carreiras et ál., 2009; Gottesman y Hanson, 2005; Kolb et ál., 2003), plasticidad que si parecía de «sentido científi co común», comenzó a ser demostrada experimentalmente a fi nales del siglo XX. Ahora bien, lo que aquí debe destacarse, por decirlo con
palabras de Alcover (2008, pág. 191), es que
las consecuencias de la plasticidad del cerebro humano implican que el aprendizaje, la adquisición de habilidades, las infl uencias interpersonales y sociales, y otras variables del contexto pueden ejercer un efecto en la estruc- tura física del cerebro, modifi cándolo y estableciendo nuevas relaciones y circuitos neurales que a su vez alteran su funcionamiento. En la actualidad se ha comprobado experimentalmente que la remodelación constante es una de las características defi nitorias del cerebro. Y también se dispone de abundan- tes pruebas de que la relación entre los cambios en el cerebro y los cambios en la conducta es bidireccional: la experiencia también puede alterar la es- tructura neural.
Esta plasticidad puede prolongarse a lo largo de toda la vida, desde el de- sarrollo embrionario hasta la vejez (Rosenzweig et ál., 2005).
Por último, tengamos en cuenta otras dos limitaciones en que suelen caer las explicaciones biologicistas. La primera es que se desentiende demasiado de algo tan evidente como son las infl uencias culturales y, poniendo un énfasis excesivo en las similitudes entre la especie humana y las demás especies ani- males, olvida lo cultural, que es lo más esencialmente humano. Por ejemplo, a pesar de que, ciertamente, los celos desempeñan un importante papel en la