El discurso en la psicología social: desarrollo y prospectiva
4. ALGUNAS REFLEXIONES PARA UNA PSICOLOGÍA QUE DANCE CON EL DISCURSO
4.2. L A CONSTRUCCIÓN DE LA REALIDAD : DISCURSO Y MATERIALIDAD
A lo largo del capítulo hemos elaborado una narración en la que la pers- pectiva construccionista y el relativismo toman relevancia en psicología por la consideración de la realidad no como ese objeto natural que comúnmente se considera se da por hecho, sino que como una construcción producto de nuestras prácticas y por lo tanto, de los factores particulares y contingencias presentes a la hora de relacionarnos. Entre estos factores está nuestro comple- jo sistema de lenguaje ocupando un lugar central en la producción de conoci- miento y establecimiento de relaciones.
Una perspectiva discursiva con fundamento construccionista y relativista debe hacer frente a múltiples críticas y suspicacias que despierta en las orien- taciones más convencionales. Una crítica muy común tiene que ver con atri- buir a esta mirada la negación de la experiencia. Sin embargo, lo que se hace es negar el valor de verdad que tiene la experiencia y otorgarle el valor que tiene como promotora de relaciones (Gergen, 1996), es decir, aquello que sustenta la experiencia o la existencia de algo tiene que ver con un entramado de relaciones y no con una supuesta verdad esencial que le subyace. Desde la psicología discursiva, por ejemplo, no se niega que exista la memoria en las prácticas cotidianas de la personas ya que ésta se pone efectivamente en fun- cionamiento discursivamente para ejercer algún tipo de función social. Pero ello no implica la naturalización de una estructura cognitiva que se correspon- da con esta función del discurso.
En este sentido la realidad no es una verdad única sino una construcción que experimentamos y establecemos como verdad en distintos contextos. Ri- chard Rorty elaboró una pregunta que supuso una crítica decisiva para el rea- lismo epistemológico: ¿cómo se puede comparar, para demostrar su corres- pondencia, el conocimiento de la realidad y la realidad, si a ésta solo se puede acceder a través del conocimiento que manejamos? No podemos hablar de la realidad como algo que va más allá de la existencia y el ser, en tanto que para defi nir cómo es esta realidad, tendremos que hacerlo a través de nosotras mis- mas y del conocimiento que produzcamos (Ibáñez, 2001). No hay un acceso directo a ésta para compararla con el conocimiento que de ella producimos. Decir que algo es una construcción discursiva no implica negar sus efectos, sino mostrar a través de qué dispositivos se constituyen como hechos y cómo ciertas categoría se reifi can en detrimento de otras.
Desde algunas posiciones se acusa la perspectiva discursiva de reduccio- nismo lingüístico, a lo que Ibáñez (2001) responde distinguiendo entre el pla- no ontológico y el epistemológico. Decir que el lenguaje conforma la realidad no signifi ca apelar a una composición ontológica lingüística de la realidad. En una reivindicación de la deixis, rescata a Saussure para decir que el lenguaje está ‘motivado’ por nuestra forma de estar en el mundo, es decir, que el len- guaje que usamos es contingente y por lo tanto no será posible construir cual- quier realidad. Cabe añadir que rechaza una posición o acusación de relativis- mo idealista que considere que cambiar las palabras cambia la realidad ya que de nuevo se estaría confundiendo ‘las condiciones de posibilidad de un fenó- meno con el propio fenómeno’ (Ibáñez, 2001, pág. 240). No existe entonces un objeto ahí afuera que sea independiente de las objetivaciones que hacemos mediante las convenciones sociales.
Este debate en el que a menudo se ven enzarzadas las posiciones realistas y relativistas, tiene que ver concretamente con la concepción o el uso del tér- mino ‘realidad’, siendo la confusión entre las tres dimensiones que tiene este término lo que ocupa una mayor parte del debate. Estas dimensiones se refi e- ren a 1) la realidad entendida como verdad en oposición a la falsedad; 2) la realidad entendida como lo material en oposición a la ilusión; y 3) la realidad entendida como esencia en oposición a la construcción (Burr, 1998). El deba- te suele volverse confuso e infecundo cuando la tercera dimensión que recha- za la idea de realidad como una esencia y la considera como una construcción, se interpreta como una aseveración equivalente a considerar que la realidad es esencialmente una ilusión o una falsedad.
Otro argumento esgrimido en contra de la perspectiva construccionista y, por extensión, de la perspectiva discursiva, es que, dadas sus premisas, se puede decir que la perspectiva es en sí misma también una construcción. En cualquier caso, aceptar esta idea no debe representar ningún problema ya que, por un lado, ha llevado a la enunciadora de la crítica a utilizar las mis- mas premisas que la perspectiva construccionista defi ende (Gergen, 1996; Ibáñez, 2001). Por otro lado, es un objetivo de la propia perspectiva cues- tionar los fundamentos de cualquier verdad asumida y, por lo tanto, esta refl exividad crítica no puede quedar excluida. Esta idea está íntimamente vinculada a la acusación de incoherencia cuando se busca considerar como verdadera una posición construccionista relativista, a pesar de la propia perspectiva ha desafi ado el concepto de verdad. Una posible respuesta a esta diatriba tiene que ver con las diferencias en los efectos políticos que supone posicionarse desde esta orientación o posicionarse desde el realis- mo. La lógica relativista en el que se basa la perspectiva discursiva tiene como efectos abrir el diálogo entre diferentes posiciones y dejar en manos de la argumentación y la decisión consensuada aquello que se habrá de con- siderar como ‘verdad’, en función de las consecuencias o las relaciones que esta verdad promueva. En cambio, posicionarse en la postura contraria con- duce con demasiada facilidad a cerrar el debate de antemano y a abolir la diferencia y la diversidad entre posturas.
Considerar la realidad como construcción, en tanto que visión del mundo, es una construcción en sí misma y tiene unos efectos igual que los tiene cual- quier otra mirada. Pero esta mirada, a diferencia de otras, abre un espacio que visibiliza este carácter construido y que facilita no fortifi carla y deifi carla. El efecto de este posicionamiento es básicamente la problematización (Foucault, 2001) de los fundamentos de todo aquello que actúa como verdad y por lo tanto, la destitución de cualquier autoridad metafísica y absolutista como fun- damento último. En este juego, todas las posiciones están sustentadas por ar- gumentaciones y por los recursos que éstas movilicen, a la vez que su justifi ca- ción frente a otras posiciones se realiza en el terreno de lo político. Es decir, aquello que se establezca como válido será el producto de las relaciones en el ámbito de lo humano. Ya se ha hecho notar, sin embargo, que esta perspectiva corre el riesgo, al considerar a la persona y a lo social como sustancia primige- nia, de oscurecer el análisis de aquella agencia que recae en lo no-humano. Es posible, sin renunciar al reconocimiento del carácter discursivo del conoci- miento, explorar nuevas formas de abordar la construcción poniendo más énfasis en el estudio de los objetos que constituimos y considerando sus efec- tos en nuestras prácticas. Esto no equivale a considerar que discurso y mate- rialidad son ámbitos esencialmente diferentes, pero dicha consideración per- mite distribuir la agencia entre distintos agentes/actores, tomando en cuenta que aquello que llamamos construcciones no brotan espontáneamente a cada instante sino que se estabilizan y tienen efectos condicionantes sobre nuestras prácticas.
Éste es precisamente uno de los focos de discusión que se han encendido con más intensidad en los últimos años y reconsiderar el tema de la agencia de la materialidad y, por tanto, replantear su relación con el discurso. En este sentido, autoras y autores como Donna Haraway y Bruno Latour reincorpo- ran la materialidad como objeto de análisis argumentando que la agencia no es exclusiva de los actores humanos sino que opera de manera distribuida en una red de relaciones entre humanos y no-humanos, siendo este ensamblaje —se- miótico y material— lo que produce la acción y el signifi cado. Judith Butler, por otra parte, argumenta que resulta difícil, en esos términos, seguir mante- niendo la dicotomía que distingue entre lo discursivo y lo no discursivo, y considera que es posible caracterizar la realidad en términos predominante- mente discursivos. Butler (1993) arguye que, al plantear el debate sobre si todo es una construcción social o no, o si todo es discursivo o no, se está ne- gando la fuerza constitutiva de la performance. Propondría así una forma de entender la construcción volviendo a la materia. Sin embargo, esta materia no se defi ne como un sitio o una superfi cie sino como un ‘proceso de materializa- ción que se estabiliza a través del tiempo para producir el efecto frontera, de permanencia y de superfi cie que llamamos materia’ (Butler, 1993, 28).
En cualquier caso, Burr (1998) defi ende que las diferentes perspectivas coinciden en decir que el discurso y la materialidad son parte del mismo pro- ceso y que sólo se pueden separar a través del análisis (Burr, 1998, pág. 18). No obstante, la multiplicidad de perspectivas que están surgiendo genera impor-
tantes matices en ese ejercicio de problematización que requiere de un pensa- miento que no pretenda acomodarse los lugares comunes. En este sentido, creemos que el reconocimiento de la centralidad del discurso y el reconoci- miento de la agencia material no son auto-excluyentes. No es necesario des- echar uno para asumir el otro. Por el contrario, es importante buscar conco- mitancias, espacios de traslape que permitan generar maquinarias conceptua- les más complejas para abordar determinados problemas. Sea como fuere, la particularidad de la perspectiva discursiva seguirá ofreciendo poderosos y pertinentes recursos para analizar la vida social y para refl exionar sobre el conocimiento que producimos en tanto que el lenguaje (en su concepción más amplia, el discurso) seguirá siendo un mediador fundamental del conocimien- to y de la experiencia.