La razón dialógica en el diagrama del poder Una refl exión sobre la noción de diálogo
4. LA RAZÓN DIALÓGICA EN EL DIAGRAMA DEL PODER
De cualquier manera, según G. Deleuze, el diagrama foucaultiano del po- der implica la imposición de una conducta cualquiera a una multiplicidad humana cualquiera. Su funcionamiento será pues coextensivo, con sus especi- fi cidades, a todo campo social en la historia. Aún así, el diagrama del poder (como multiplicidad espacio-temporal) funciona inestablemente, fl uye en la mezcla o hibridación de materiales y acciones, con lo cual produce mutaciones intersociales y está en devenir (Deleuze, 1987, págs. 61-62). El diagrama del poder no se vincula pues —insisto— a una idea trascendente o superestructu- ra ideológica ni tampoco a una infraestructura económica per se. Actúa como «causa inmanente no unifi cante» que provoca agenciamientos concretos (en cualquier punto del campo interactivo o en cualquier momento del intercam- bio dialógico) que efectúan relaciones de fuerza situadas en el propio entrete- jido de la producción social. El diagrama constituye así una causa inmanente que se actualiza en su efecto y que se diferencia de él (Deleuze, 1987, pág. 63). Por todo ello, es posible afi rmar que si el saber consiste en el entrelazamiento de lo visible y lo enunciable; el poder, en el despliegue de sus relaciones, será precisamente su causa inmanente.
Lo reitera de nuevo Deleuze: «Error, hipocresía que consiste en creer que el saber sólo aparece allí donde las relaciones de fuerzas están suspendidas. No hay modelo de verdad que no remita a un tipo de poder, ni saber, ni siquiera ciencia, que no exprese o implique un acto un poder que se ejerce» (Deleuze, 1987, pág. 65). Así pues, a toda relación de las formas (saber), corresponde un devenir de las fuerzas (poder). Pero en todo caso, tal como señalé antes, el diagrama del poder involucra, junto a las singularidades que conecta o enlaza, otros puntos en fuga, puntos libres, puntos de cambio, creación y discontinuidad, es decir, pun- tos de resistencia a la consecución de los mandatos del poder mismo.
Si el único objeto de las relaciones de fuerza son otras fuerzas, entonces el poder se defi ne como una acción sobre acciones, «un conjunto de acciones sobre acciones posibles» (Deleuze, 1987, pág. 99). Por tanto, las categorías aplicables a tales relaciones de fuerza (acciones sobre acciones) serán del tipo de inducir, facilitar, incitar, difi cultar, promover, entorpecer, hacer más o menos
probable, etc. Por ello el poder constituye un ejercicio y no una mera repre-
sión; y por otro lado, transita y se mueve tanto por los/as dominados/as como por los/as dominantes. El diagrama del poder consiste por tanto en la presen-
tación de relaciones de fuerza en determinado momento y situación histórico- social, lo cual implica determinada distribución de la capacidad de afectar y ser afectado en los vínculos cotidianos, por ejemplo, en el ejercicio del dialo- gar. Esto signifi ca que las relaciones de poder no brotan desde ningún núcleo único o central, sino que se mueven continuamente de una singularidad a otra en ese campo de fuerzas, involucrando en consecuencia, avances, retrocesos, reorientaciones, giros, infl exiones o resistencias. Es por esto que las relaciones de poder no son capturables ni ubicables en ningún punto inamovible o fi jo. El poder sólo existe en uso, no es acumulable por sí mismo.
Por otra parte, cualquier conocimiento o saber expresado por un sujeto en el intercambio discursivo, nunca remitirá —según esta concepción— al sujeto mismo como instancia presuntamente libre o independiente, sino a un sujeto necesariamente transido, atravesado, atrapado por uno u otro diagrama de poder, esto aún y cuando el propio diagrama de poder se actualice constante- mente por la reedición permanente de los propios saberes relacionados.
Una razón dialógica tradicional por tanto, estaría vinculada a procesos de sujeción y de producción de subjetividad acordes con los designios y avatares de las relaciones de poder. Ese diálogo del consenso y de la resolución de pro- blemas, como presunta posibilidad epistemológica y ética abstracta que acae- ce en el encuentro y la interacción entre personas, implicará de esta manera, la reinstauración de regimientos de captura. Implicará la reconstitución de unos u otros ordenamientos sociales. El diálogo puede comprenderse ahora como una actividad coextensiva a la producción disciplinaria, anátomo-política y
bio-política del poder (Foucault, 1992, págs. 247-273 y 2005a, págs. 141-169).
El diálogo entonces se convierte en una nueva estación de paso en la circula- ción y reactivación de la normatividad. Una nueva central repetidora de la señal prescriptiva del poder. Un ejercicio de interactividad cooperante de los individuos al servicio de la maquinaria socio-productiva. No se asume tampo- co que esta condición de ser un instrumento de las relaciones de poder, cons- tituya una condición irrebasable o absoluta del diálogo. Hemos dicho ya en otro momento (García, 2008) que el diálogo con todo y sus implicaciones y connotaciones, resulta susceptible —por un juego virtual de gradaciones, in- tensidades e hibridaciones— de ser descompuesto y con ello, generar desde dentro, la posibilidad de abrir prácticas resistencia específi cas: la posibilidad de generar en la interlocución, una especie de contra-diálogo, una especie de insurrección o sublevación enunciativa que actuará desde los resortes internos del diálogo mismo (lo cual es ineludible) y contra el propio diálogo como ins-
titución7. Este movimiento de insurrección o sublevación enunciativa (poten-
7 Análogamente, Hardt y Negri refi riéndose al concepto de imperio, explican que éste ofrece
nuevas posibilidades a las fuerzas de liberación, las cuales se encuentran sólo y precisamente, al interior del propio imperio y contra él. La multitud tendrá la capacidad de construir así un con- tra-imperio. Una perspectiva crítica implicará por un lado la subversión de los lenguajes y estruc- turas hegemónicas y por otro, la reconducción de los procesos de producción de subjetividad hacia un nuevo poder constituyente (Hardt y Negri, 2000).
tia) no podrá ser fagocitado por el mandato o la consigna de la razón dialógica
tradicional, precisamente, porque su emergencia será de algún modo ininter- pretable o intraducible a los cánones epistemológico-ético-disciplinarios de control (potestas); de carácter convencional, establecidos en el ejercicio del diálogo mismo, el cual, presupone cierta propensión a fi jar, capturar y estabi- lizar las realidades que trata y a institucionalizarse como ámbito de control. Se asiste pues al juego de dos momentos inconmensurables e irreductibles (aun- que no disociables) entre sí: digamos, diálogo y contra-diálogo.
Aún así, el diálogo en su valor tradicional y sus realizaciones parece in- volucrar en los interlocutores, más o menos subrepticiamente, un punto de
temor a la posible desacreditación o exclusión (promovido desde el propio
dispositivo interactivo en juego) si no se mantienen precisamente, las normas y reglas dominantes que rigen la consecución de un ejercicio dialógico orien- tado a la consolidación específi ca de determinadas articulaciones en las rela- ciones institucionales del poder. De este modo el diálogo deviene una políti- ca concreta de interacción y comunicación que gestiona el temor a la des- acreditación o exclusión social de los participantes, aún y cuando tal política, probablemente funcione unida a un desmoronamiento inevitable y perma- nente.
En todo caso, la noción de diálogo, antes asociada a un ejercicio de inter- locución y encuentro autosufi ciente en su potencial epistemológico y en su presunta condición ética para el reconocimiento del otro y para la resolución de confl ictos, puede verse hoy como un instrumento del poder al servicio no de soluciones abstractas, sino de la cooptación concreta de situaciones con- fl ictivas (modifi cación-integración-neutralización) y con ello, del manteni- miento de relaciones de poder y dominación más o menos estables y articula- das socialmente. Aparece digamos, el rostro servil del diálogo y por tanto, la posibilidad de impugnarlo. Pero, ¿qué signifi ca la posibilidad de impugnar al diálogo en tanto instrumento de poder? No es posible en efecto deshacernos del diálogo en nuestra convivencia e interacciones sociales. Si el dialogar for- ma parte ineludible de nuestra cultura, entonces resulta imposible desemba- razarnos totalmente de las relaciones de poder que atraviesan toda actividad social y personal. Pero si bien no es posible eliminar al diálogo de la vida so- cial, lo que sí resulta posible es avalar su propia descomposición. Una descom- posición del diálogo que vertebre una práctica de resistencia específi ca: reali- zar acciones de interlocución que desdibujen el dialogar como fi gura unitaria de trascendencia no sólo epistemológica y ética, sino también disciplinaria y biopolítica. No es posible no-dialogar; pero es posible dialogar-en-desorden; romper la unidad instrumental del diálogo; subvertir de algún modo su con- dición de recurso para la cooptación de confl ictos sociales; transformar el diálogo en una práctica de interlocución alterna, imaginativa, que resiste los ordenamientos y mandatos, que se fuga de sí misma (nunca totalmente), que se mueve sin rumbo previsto, que improvisa, que inventa. Ese diálogo será ya un diálogo carcomido en su trascendencia-solemnidad-benignidad. Diálogo imprevisible, inestable, incapturable en su totalidad, proclive a los abatimien-
tos y a la risa. Será un diálogo descompuesto, que es decir también, un diálo- go subvertido.
Si como señala Deleuze (1987), la característica más general de cualquier
institución, consiste en organizar las diversas relaciones de fuerza de carácter molecular o microfísica en torno a una instancia molar, es decir, en torno a una
instancia integradora dominante (por ejemplo el padre en el caso de la institu- ción-familia; el dinero, el oro o el dólar en el caso de la institución-mercado; la
ley en el caso de la institución-estado; Dios en el caso de la institución-reli-
gión), entonces, algo similar ocurre en el caso de la institución-diálogo. La institución-diálogo, más o menos estabilizada en la cultura de occidente, que- rrá organizar todas sus relaciones microfísicas de fuerza en torno a una instan- cia molar, integradora-dominante que denominaré complejo del logos, que se caracteriza por la gestión en el conocimiento del objeto, el reconocimiento del otro-dialogante y la búsqueda de acuerdo-consenso en la asunción del inter- cambio y la participación recíproca.
En efecto, la instancia molar hacia la cual la institución dialógica intentará dirigir sus multiplicidades discursivas es esa plaza epistemológico-ética tras- cendental en virtud de la cual, se pretende elevar todas las singularidades has- ta el concepto; y se afi rma (y confi rma) el diálogo mismo como entidad natu-
ralmente unifi cante en la alteridad y como entidad potencialmente productora
de conocimiento en la búsqueda y exploración del tema tratado, por medio de la articulación específi ca, más o menos extendida, de preguntas, respuestas y refl exiones de los participantes.
Desde la perspectiva foucaultiana, un diálogo no podría caracterizarse por el complejo del logos, es decir, por el conocimiento que en sí mismo ese diálogo produzca o por el reconocimiento del otro-dialogante que llegue a suceder en el propio encuentro interpersonal; sino en todo caso, por los entramados de- terminantes de sujeción (no pertenecientes al ámbito del consentimiento ni del
consenso) que tal ejercicio de interlocución implica respecto al diagrama de
poder actuante en ese instante. El diálogo deviene por tanto, una especie de armazón discursiva en cuyas líneas de intervención-participación se expresa no sólo la unión operativa de singularidades confrontadas, sino, fundamental- mente, la efectuación y actualización de relaciones de fuerza y resistencia de- rivadas del diagrama de poder que en ese momento engloba y penetra la inter- locución misma.
Un diálogo involucra pues en su realización, unas u otras acciones sobre
acciones de las cuales ese diálogo es inseparable. No existirá pues, en la pers-
pectiva de Foucault, un diálogo liberado de los engranajes del diagrama de poder. Es por ello que las relaciones de poder tienen primacía respecto a las relaciones de saber: la heterogeneidad del saber sólo se integra por mediación de las relaciones de fuerza. Ver y hablar (y por tanto dia-logar) de una u otra manera, obedece (aunque también resiste) a las relaciones diagramáticas que el poder despliega en determinado momento y situación social concreta. «Diría- se incluso que si bajo el saber no existe una experiencia originaria libre y sal- vaje, como desearía la fenomenología, es porque el Ver y el Hablar siempre
están ya totalmente inmersos en relaciones de poder que ellos suponen y ac- tualizan» (Deleuze, 1987, págs. 111-112). El saber entonces, como multiplici- dad discursiva (hablar) y multiplicidad no discursiva (ver) se abre a la multipli- cidad de las relaciones de fuerza en constante devenir.
Dialogar no será por tanto un ejercicio atribuible solamente a determina- das facultades (psicológicas, lingüísticas, verbales) pertenecientes a los sujetos participantes en ese diálogo. Dialogar no dependerá de una presunta interio-
ridad aislada que disponga de lo visible y lo enunciable para que cada sujeto
aporte y confronte su criterio en la consecución del propio diálogo. Por el contrario, dialogar será un suceso (transitorio, no eterno) que ocurre «bajo la injerencia» de una exterioridad, «de un afuera» que al ensamblarse como rela- ciones de fuerza, irrumpe en la interlocución y desmiembra, fragmenta, divi- de, altera, revuelve (pero también reintegra, recompone o reconstituye dife- rencialmente y sin descanso) la unicidad interna del saber.
Por todo lo anterior, resulta necesario cuestionar también el diálogo con- cebido como relaciones de comunicación entendida ésta como la mera trans- misión recíproca de informaciones por medio de un lenguaje, sistema de sig- nos o cualquier medio simbólico. Para Foucault, la comunicación es siempre una manera de actuar sobre otro individuo o grupo de personas aunque en todo caso, se puede entender que habrá relaciones de fuerza que no necesaria- mente pasan por sistemas de comunicación (pero no a la inversa). Aún así, sucede que las relaciones de poder y las relaciones de comunicación suelen solaparse. Las relaciones de comunicación producen efectos de poder. Existen por ejemplo sistemas regulados y concertados que se constituyen por relacio- nes de comunicación y de poder entrelazados en bloque para el ajuste de ha- bilidades o el control formativo, como es el caso de la institución educativa (Foucault, 2001, págs. 421-436). Un diálogo puede constituir entonces una actividad que fomentaría la obtención-producción de conocimientos, valores y comportamientos pero sólo por medio de múltiples comunicaciones regula- das y procesos de poder (que sería el caso paradigmático del llamado diálogo
institucional).
Por otra parte, aquella dimensión ética del diálogo en virtud de la cual se otorga un reconocimiento al otro sujeto como dialogante para la conforma- ción de un fondo de sentido común a los/as participantes en la interlocución, es lo que ahora de algún modo se aprecia como una condición necesaria para favorecer el despliegue de relaciones de poder en el diálogo mismo. En efecto, una relación de poder se articula también en la medida que el/la otro/a es completamente reconocido/a como sujeto de diálogo y acción. Parece sugerir- se entonces la idea de que mientras más personalizado sea el diálogo, más profundamente comprometido estará con el diagrama de poder y los vectores de fuerza que actúan en ese instante en su confi guración; ello signifi caría una mayor disposición a utilizar un repertorio diverso de respuestas, una mayor apertura a la expresión de lo íntimo y una mayor posibilidad de afectar al/a otro/a y de ser afectado por el/la otro/a en la realización del propio diálogo. La personalización del diálogo permitiría por tanto, estructurar con mayor
fuerza el campo potencial de acción del/a otro/a, desde el compromiso de ese mismo sujeto. He aquí el doble vínculo del reconocimiento en el diálogo: a mayor personalización, mayor totalización del diagrama de poder. Aunado a ello, si una estrategia puede defi nirse como conjunto de medios y procedi- mientos dirigidos a la re-activación de cualquier dispositivo de poder, enton- ces el diálogo y sus mecanismos de interlocución pueden entenderse también en términos de estrategia de poder. La interacción recíproca que ocurre en el diálogo pondrá en juego pues, de modo inapelable, determinada articulación diagramática de las relaciones de fuerza en la consecución de unos u otros objetivos socio-personales a cumplir.
En palabras de Foucault (1990, pág. 138):
El poder no es una sustancia. Tampoco es un misterioso atributo cuyo origen habría que explorar. El poder no es más que un tipo particular de re- laciones entre individuos. Y estas relaciones son específi cas: dicho de otra manera, no tienen nada que ver con el intercambio, la producción y la comu- nicación —en sí mismas— aunque estén asociadas entre ellas. El rasgo dis- tintivo del poder es que algunos hombres pueden, más o menos, determinar la conducta de otros hombres (...).
y probablemente, la presencia del poder se constata en el instante en que, a pesar de posibles rechazos o rebeliones, se consigue que el sujeto hable de de-
terminada manera en sus interacciones con otros/as.
El ejercicio de dialogar entonces formará parte de los engranajes socio- productivos de los aparatos de corrección del diagrama de poder. Cada diá- logo realizado se constituirá, en mayor o menor medida, de una u otra for- ma, en una bisagra más (de carácter pedagógico, técnico, psicológico, jurídi- co, axiológico u otros) que funciona permanentemente como instrumento para la captura funcional-productiva de los individuos en las redes sociales y políticas correspondientes. El diálogo deviene además una práctica frag- mentada, atravesada y recompuesta cada vez más, por las articulaciones técnico-objetales e informáticas del mundo contemporáneo. Una práctica que ahora pervive de modo diferente gracias a las diversas formas de inter- conexión cibernética. El diálogo se convierte así en un relieve, en un giro específi co (no protagónico ni determinante desde sí mismo) que expresa la expansión activa de esas redes complejas de corporeidad-expresividad que dichas articulaciones o ensamblajes actuales de regulación y virtualización social implican. El diálogo pierde pues de algún modo su carácter sustantivo (es decir, su existencia propia, independiente, auto-nombrable), para asu- mir una especie de condición adjetiva o adverbial (es decir que, por su nue- vo carácter accidental, secundario o no-esencial, sólo complementa o modi- fi ca otras signifi caciones). Se convierte en un agente dinámico del poder que en sus fragmentaciones e interconexiones inusitadas, defi ne hoy más bien, una característica o una manera de lograr cierto funcionamiento de las inte- racciones humanas.
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