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Capítulo 3. Por una arqueología de las imágenes

3.5 La ciencia moderna como «Época de la imagen del mundo»

Para Heidegger uno de los fenómenos esenciales que caracterizan la Época Moderna es la ciencia. A su juicio, ella no es más que una derivación del pensamiento metafísico que fija su mirada sobre los entes, más que sobre el ser. Otro fenómeno que acompaña al primero y tiene una igual importancia para la constitución de lo moderno es la técnica mecanizada, que él entiende como una «transformación autónoma de la práctica» (HEIDEGGER: 1938/1996: 63). Un tercer fenómeno de igual rango es lo que el filósofo alemán describe como «el proceso que introduce el arte en el horizonte de la estética». Pero para Heidegger este evento se opondrá a la objetivación científica. Un cuarto fenómeno lo constituye la comprensión del obrar humano como cultura. Por último, un quinto fenómeno (que se hace

86 eco de una idea formulada por la sociología de Max Weber) es la desdivinización del mundo, paradójicamente operada por la imagen cristiana del mundo, la cual no excluye la religiosidad sino que transforma su experimentación como vivencia religiosa de lo infinito: los dioses ya no moran la tierra y han huido (63 y s.).

Si se pone como trasfondo la concepción que los griegos tenían del concepto de ciencia, la acción de saber obedecía a un orden por completo diferente del que actualmente persiste en su sentido moderno. Ciencia para los antiguos griegos consistía en hacer historia, de acuerdo con la etimología de la palabra. La historía en la visión griega del mundo privilegia la visión y por ello de algún modo se opone a la palabra latina investigatio, que expresa literalmente un «ir tras la huella», con lo cual se hace más énfasis en los sentidos táctil, olfativo auditivo y del gusto, más que indicar el sentido de la visión. Por lo demás, la palabra latina que designa el proceso de conocimiento no abarca el campo semántico que el vocablo griego sí posee: pues la búsqueda de la verdad no es más que la acción mediante la cual se intenta aprehender con los ojos de la mente la esencia misma de la cosa (el ser de lo ente, en palabras de Heidegger) o se indaga por el establecimiento de su causa primera (en los bien conocidos términos aristotélicos).

El vocablo griego mantiene, además, una relación de consistencia mutua con otros que pertenecen a su mismo tema. Por un lado, con el término hístōr: «el conocedor» o «sabedor» de algún asunto en particular; concretamente, «el que ve o busca», y en el ámbito jurídico, el «testigo». De hecho, la dialéctica como método racional aplicado en filosofía para la precisión de los conocimientos deriva del ámbito de los procesos de defensa y acusación, según se los desarrolló en los estrados judiciales (SICHIROLLO: 1978: 27-33). Por otro lado, en la propia indicación de la actividad del agente que investiga, la exploración e inspección de aquello que, verbigracia en Platón, se designa como el objeto teórico por excelencia, el eīdos (la forma) que sirve de principio ontológico, proviene del lenguaje de la casuística en la narración histórica y la jerga política antiguas (DGE, sv:

ἶ ος, - ος, τό)7.

87 Es decir, aquí hay una transición fundamental que parte de aquel que simplemente ve algo en el terreno práctico hasta el énfasis dado al tipo de saber contemplativo (eidénai) en el terreno de la especulación, en sentido estricto. Incluso ambos términos, eīdos y eidénai, derivan de la misma raíz indoeuropea que historía e histōr. Por otro lado, el teorizar está en conexión a su vez con esto que fue precisado también por Platón como las ideas, cuyo propósito era distinguir con referencia a tal o cual concepto algunos aspectos relativos al contenido o estructura oculta de las cosas, no fácilmente discernibles en su percepción sensible o fenoménica.

En el mundo antiguo y, específicamente desde Platón, las artes sólo podían ser explicadas según su alejamiento ontológico del mundo de las ideas o esencias que constituían el centro de la indagación filosófica. Así, los objetos de los artesanos eran copias de los modelos naturales y éstos lo eran a su vez de los modelos eternos a los que hubo de atender el demiurgo cuando formó el cosmos (GALÍ: 1999: 291 y ss). En la Edad Media, Auerbach había mostrado que lo figural impuso una especie de desciframiento de los signos que están dispersos en todos los objetos de la creación divina universal (Auerbach: 1939/1996). El arte debía ceñirse o imitar un tal desciframiento por medio de la construcción de símbolos que indicaran, en última instancia, su origen divino.

Ahora bien, producir conocimiento en la actualidad, o lo que hoy se conoce como investigación fáctica, implica algo más que un estado de mera contemplación filosófica de lo trascendente, tal como lo creyeron los primeros pensadores occidentales de antaño. Sin llegar a negar una especie de intuición intelectiva, la acción de saber hoy supone una mayor práctica científica en el terreno de las cosas, según el modo en que lo han podido realizar así los modernos desde hace aproximadamente cuatro siglos. Una clase de práctica operativa por medio de la cual el sujeto cognoscente intenta comprender y dominar la realidad en su materialidad real (presente) o potencial (predictiva). El científico ensaya, pues, a recrear un estado de cosas, siempre de la mano de la intervención experimental, a través de la construcción lógica de teorías que luego funcionan como patrones de descubrimiento o por representar ellas la síntesis última de los diversos pasos

88 metodológicos que han de ser coherentes con el paradigma que regula el estado actual de nuestros conocimientos.

La función ulterior de la ciencia (y a su vez de la técnica que, a juicio de Heidegger, determina incluso el desarrollo de aquélla) consiste, simplemente, en servir de norma de evaluación para la estimación de soluciones ya existentes o por determinar, alcanzadas dentro de un programa de investigación general o con vistas a una disciplina o campo del saber cada vez más específico.

Tal parece ser el fundamento epistemológico con base en el cual, dentro del contexto de la más reciente Filosofía de la Ciencia, ha quedado conformada la imagen moderna del mundo. Una imagen forjada según el puesto privilegiado conferido a la objetivación o reificación de lo humano y lo natural, uno de los blancos principales de la crítica heideggeriana. De este modo, el método científico adoptado por cualquier investigador viene ser, en esencia, la elección más viable (entre muchas posibles) del camino a seguir para resolver un problema que requiere del uso, no sólo de unos conocimientos previos sobre la manera en que se hayan resuelto otras dificultades similares, sino también de la aplicación de una serie de reglas de procedimiento a nivel operatorio. Tales reglas son inferidas durante el transcurso del análisis, con el fin de encontrar unos resultados que puedan ser demostrados o explicados. Procedimiento aplicable también a las teorías derivadas de los objetos de predicción, por susceptibles de ser sometidas a nuevas refutaciones y conjeturas por otras investigaciones en el futuro.

¿Qué se ha entendido tradicionalmente por investigación en la Ciencia moderna? Para tratar de dar una aproximación a este gran interrogante, enunciaremos a continuación los rasgos que son más comúnmente aceptados a la hora de afirmar que la Ciencia ocupa una posición dominante en el mundo moderno. Características que también hacen de ella la principal fuente de producción de conocimiento conceptual en detrimento de otras formas de conocimiento alternativas:

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i. La Ciencia es una forma de pensamiento que fundamenta su modo de conocer en la

observación empírica de la estructura de los fenómenos naturales, y por adelantar conceptos a través del nivel de coherencia que posean sus afirmaciones sobre las causas que explican de forma objetiva la disposición del mundo en donde tales fenómenos ocurren.

ii. El pensamiento científico llega a conclusiones validas a través de la conjunción/

articulación entre un razonamiento empírico inductivo y un razonamiento teórico deductivo. La lógica deductiva asegura la correcta demostración de las hipótesis o postulados desde los que se parte para conocer la realidad en cuanto tal; la lógica inductiva convalida y contrasta las afirmaciones que se hacen sobre lo real desde aquel plano estrictamente teórico, constituyéndose, pues, en la base o soporte de la inferencia científica (MORIN: IV: 1992: 179 Y SS.).

iii. La Ciencia busca de esta forma un principio de «continuidad de la investigación»

consistente en que los productos o resultados de su hacer (la construcción y definición de teorías) sean acordes con los medios empleados para su consecución (los métodos de búsqueda o el diseño metodológico propuesto para el caso). Aquí juega un papel importante el examen que se haga de tales componentes: 1) al exigir que las relaciones entre productos y medios sean susceptibles de ser formuladas a través de nuevas proposiciones, para constituir luego un único cuerpo de conocimientos y 2) que éste a su vez consiga ser ulteriormente sometido a nuevas demostraciones o refutaciones (DEWEY: 1938/1950).

iv. El objeto de estudio de la Ciencia es, por tanto, el ser de lo real; pero este «ser» es

el equivalente a las entidades pertenecientes a lo real físico aprehendido desde nuestro campo mental/visual de percepción o bien de nuestra desnuda condición bio-antropológica (DEWEY: 1938/1950; MORIN: 1992). De ahí que la realidad en cuanto tal pueda ser relativamente inteligible para nosotros en la medida en que ésta excede los márgenes de dicho campo.

v. Así pues, el pensamiento científico supone un mundo objetivo que posee un tipo de

ser independiente y, por ende, una organización propia; lo cual legitima y asegura la forma en que produce su conocimiento, hasta cierto punto.

90 Desde las investigaciones de Panofsky (1927/1999) se ha insistido mucho en que esta concepción científica de la realidad estaba influida por la introducción de la perspectiva en la pintura renacentista como forma simbólica por la que eran ubicados bajo un único horizonte los objetos de la naturaleza. El distanciamiento del sujeto, que ve o contempla de forma proyectiva sobre un plano de fondo, permite el cálculo o la manipulación de lo visto en términos de objeto. Las imágenes de las cosas eran un acicate para la conceptualización y medición del entorno en el que se ha venido desarrollando la subjetividad moderna. El proyecto foucaultiano de la arqueología del saber en las ciencias humanas que durante su aparición rivalizaron con las ciencias exactas, creando así unas específicas formas de experiencia, no desatiende esa conexión entre una imagen del mundo impuesta por la visión científica moderna y lo expresado en los diagramas que, por ejemplo, desarrollara la pintura. A continuación trataremos de ver en qué consistieron las líneas de investigación esbozadas por Foucault, asumidas por nosotros como especie de apoyaturas o antecedentes para una periodización morfológica en la historia de las imágenes.