Capítulo 3. Por una arqueología de las imágenes
3.6 Foucault y las arqueologías de nuestra actualidad
Al final de su Arqueología del saber (1969), Michel Foucault ya había esbozado dicho programa, a modo de plan de trabajo, con objeto de aplicar en otros dominios el análisis arqueológico. Su objetivo era abrir el examen por él realizado alrededor de la episteme y sus fragmentarias y periódicas discontinuidades durante los cuatro últimos siglos en Occidente, con la intención de buscar allí, en la exterioridad de los discursos producidos, un correlato que, dentro el curso mismo de la investigación, resultaba en alguna medida asincrónico con respecto a los propios «regímenes de enunciación». En efecto, estos últimos habían sido estudiados por tener una estricta orientación epistemológica y científica, es decir, por ser constitutivos de unos objetos de discurso. Al estar conformado por un conjunto de prácticas, dicho correlato de lo «discursivo» remitía a unas modalidades de la mirada o «regímenes de visibilidad», cuyo ámbito Foucault designó en un comienzo, para dar cuenta de su especial singularidad, en términos de lo «no discursivo». Y sin que esto llegase desencaminar en el proyecto general de ofrecer la regularidad de la episteme en
91 una época determinada, es decir, la empresa de ofrecer un cuadro completo de la regularidad formativa en que iban apareciendo las figuras propias de los enunciados que son característicos de las ciencias humanas.
Por el momento, buscamos atender a la manera en que Foucault logró separar cuidadosamente la autonomía de ambos elementos constitutivos, por referencia al eje del «saber» (sc., lo visible y lo enunciable, el hablar y el ver), pues, al momento de confrontar o de poner en relación «las formaciones discursivas» y unos «dominios no discursivos», lo que interesa en el análisis arqueológico no es (re)construir la mentalidad de un período anterior de la historia para «sacar a la luz grandes continuidades culturales», ni hacer una descripción de las instituciones y/o circunstancias que dieron lugar a una serie de discursos, ni dar con la interpretación correcta de lo expresado en ellos, sino, por el contrario, «se intenta determinar cómo las reglas de formación de que depende —y que caracterizan la positividad a que pertenece— pueden estar ligadas a sistemas no discursivos: se trata de definir unas formas específicas de articulación» (FOUCAULT: 1969/2007: 272).
En la serie de dominios alternativos señalados por Foucault en su Arqueología (325-30) se contaba, según el orden y el grado en que pudieron ser desarrollados, en primer lugar, una «arqueología de la sexualidad», luego una «arqueología de la política» y, por último, una «arqueología de la pintura».
En el primer caso, esto es, en torno a la sexualidad del sujeto, lo que estaba implicado en un tal tipo de investigación, debemos insistir, era un estudio tanto de sus formas discursivas como de su articulación con lo no discursivo. Tema que, de hecho, él mismo pudo concretar bien en los tres únicos tomos que se publicaron de su Historia de la sexualidad (La voluntad de saber [1976], El uso de los placeres y La inquietud de sí [ambos de 1984]), bien en los últimos cursos que impartió desde comienzos de los ochenta en el Collège de France (Subjetividad y verdad [1980-1981], La hermenéutica del sujeto [1981-1982], El gobierno de sí y de los otros [1982-1983] y El coraje de la verdad [1983-1984]). En rasgos generales, Foucault después pudo definir este tipo arqueológico como una investigación en la que se intentaba establecer en qué momento aparecieron una serie de técnicas y
92 procedimientos a través de los cuales los sujetos pasaron a ser o se convirtieron en los objetos de sus propias prácticas y discusiones éticas y sexuales.
El segundo dominio estaba representado por una «arqueología de la política». Si bien antes esta variante sólo pudo vislumbrársela, por las cuestiones allí tratadas en torno al estudio del poder disciplinario, con un único trabajo como Vigilar y Castigar (1975), sólo hasta la aparición de los cursos que dictó también en el Collège de France, desde mediados de los setenta fue posible hacerse una idea de las reales dimensiones e implicaciones de semejante indagación (Defender la sociedad [1975-1976], Seguridad, territorio, población [1977- 1978], El nacimiento de la biopolítica [1978-1979] y El gobierno de los vivientes [1979- 1980]). Foucault terminó así por adelantar el estudio del poder bajo una noción práctica de la política, designándola bajo el término de «gubernamentalidad». Noción que comporta un triple sentido: ante todo, por ser una praxis vinculada con toda una multiplicidad de técnicas, análisis y cálculos a la hora de ejercer un poder en red «que tiene por blanco principal la población, por forma mayor de saber la economía política y por instrumento técnico esencial los dispositivos de seguridad». Luego, al estar ligada con la configuración de una línea de fuerza tendencial que condujo a la preeminencia de un tipo de poder en occidente tal como el «gobierno», sobre otros anteriores (sc., la soberanía y la disciplina), cuya expresión se da en forma ya sea en dispositivos de seguridad ya sea en un saber de índole gubernamental. Por último, al derivar su consolidación «del proceso en virtud del cual el Estado de justicia de la Edad Media, convertido en Estado administrativo durante los siglos XV y XVI, se "gubernamentalizó" de forma progresiva» (FOUCAULT: 1978/2006: 136).
Aunque, de manera conjunta, Foucault esbozó otra arqueología que, a pesar de no ser abordada con la profusión en que lo hizo con las dos anteriores (esto es, en libros y en investigaciones independientes), no por ello dejó de tener un lugar central en su obra, al constituir ese otro lado de lo indecible de su propia escritura. A saber, no sólo sus breves estudios dedicados a la pintura (su ensayo sobre Magritte [1973], Esto no es una Pipa y su conferencia La pintura de Manet [1971], del cual hay también un manuscrito inédito), sino su preocupación conjunta por lo que podría llamarse una «arqueología de la literatura y el
93 arte» que es incluso extensible a una teoría de las imágenes. Queremos simplemente dejar abiertas las siguientes preguntas: ¿Cuáles fueron las líneas directrices trazadas por Foucault en las que se realizaría tales temáticas? ¿Qué relación tiene esta investigación en torno al arte con esos tres ámbitos que son el saber, el poder y la subjetividad? ¿Por qué el arte mismo tendría un dominio autónomo e interdependiente como lo discursivo con respecto a lo figurativo? Creemos que las respuestas a tales interrogantes están esbozadas en su abordaje sobre la historia de la sexualidad y la manera en que concibió allí la ética como el hacer de sí mismo una obra de arte (cf. supra, Cap. 1, 1.2).
Por nuestra parte, creemos que así como el psicoanalista debe poner en términos no lingüísticos sino simbólicos lo que brota del inconsciente que escapa incluso de ser expresado en el lenguaje, así también una arqueología de las imágenes (al incorporar los diferentes dominios del arte) afronta el problema de tratar con las prácticas no discursivas. Estas prácticas no discursivas se las ubica mejor en el dominio de una periodización de las imágenes que habrán de abarcar varios de los grandes períodos de la historia humana. Autores como Gilles Deleuze, Regi Debray, Pierre Lévy, o José Luis Brea han proporcionados útiles herramientas para hacer una tal periodización. Este capítulo enfatizará más en el cuadro ofrecido por Lévy, al recoger en toda su amplitud el trasfondo histórico del desarrollo de las morfologías de la imagen que ofrecen los otros autores.