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CAPÍTULO 1: Ciudad, espacio público y performance callejero

1.1. La ciudad es ciudades

Es como un juego de vasos comunicantes. Un tejido de infinidad de cosas que a diario se va hilando a partir de cruces, interacciones, interrelaciones. Nada sucede por separado, nada anda suelto: todo se gesta e interactúa en la ciudad. Incluso para los sucesos ‘anormales’ la ciudad tiene un lugar (Vásquez, 1993: 49 – 64). El hecho de que se trate de una red de inmensas proporciones que a diario se transforma implica que es imposible narrarla abarcando su totalidad. “El sentido de la ciudad se nos manifiesta en un comportamiento, en unas prácticas. Podemos decir que el sentido de la ciudad es su expresión que se nos manifiesta como una melodía, es decir como un encadenamiento fundido, continuo, y no como la suma de instantes” (Rubio, 1993: 13).

La ciudad es diversa y unitaria a la vez. Esa complejidad hace que no haya narración capaz de poseer su sentido total. O tal vez son muchos sentidos que a diario se crean desde diferentes prácticas que surgen de la interactividad entre sujetos que reinventan a la ciudad una y otra vez. La ciudad construye hechos y estos hechos la siguen construyendo a ella. “La ciudad, a partir de los imaginarios, atiende a la construcción de sus realidades sociales y a sus modos de vivirlas y proponerlas. Lo imaginario antecede al uso social; esa es su verdad. Si se quiere ser más determinante podría decirse que los imaginarios sociales son la realidad urbana construida desde los ciudadanos” (Silva, 2003: 24). Más allá de la arquitectura, ciertos imaginarios sociales se van configurando a partir de la gente que habita determinado lugar y el uso que le dan. Por ejemplo el Parque de los Hippies, ubicado entre las calles 59 y 60 y las carreras séptima y octava de Bogotá, debe su nombre a que este era el lugar donde frecuentaban los simpatizantes de este movimiento entre las décadas sesenta y setenta. Es decir, a partir de la constante visita de los hippies a ese parque se construyó el imaginario social de que era el principal lugar de reunión de los hippies en Bogotá y llegaron a bautizarlo con ese nombre. Sin embargo, los imaginarios sociales van cambiando con el paso del tiempo, pues diferentes tipos de personas empiezan a habitar el espacio y a darle otros usos. Actualmente el Parque de los Hippies es uno de las zonas con mayor venta de sustancias psicoactivas en Bogotá. Cuando se entra al parque por la calle 59 con séptima, al lado de la estación de Gasolina, rápidamente algunas personas se acercan y le preguntan qué droga está buscando. Aunque todavía hay quienes van al parque a hacer música, malabares o a simplemente a sentarse, muchos

58 bogotanos, en su mayoría jóvenes, acuden al parque a comprar drogas. Por eso para algunas personas es un lugar peligroso y evitan transitarlo, lo que indica que el imaginario social de este parque ha cambiado en los últimos cincuenta años y está lejos de volver a ser el Parque de los Hippies.

En Imaginarios Urbanos, Armando Silva plantea que los imaginarios sociales se construyen a partir de la coincidencia de las percepciones sobre un lugar. Es decir, si hay un número significativo de personas que percibe una calle como peligrosa, entonces se configura un imaginario a partir de esas numerosas percepciones (Silva, 2000: 89 – 94). El imaginario depende del sentido que las personas le den a un lugar y de su uso. Sin embargo, el hecho de que numerosas personas coincidan en la percepción sobre un lugar y de esta forma se construya un imaginario, no quiere decir que este imaginario sea real. No puede ser del todo real ni del todo ficticio, es una mezcla entre ambos caracteres donde a veces puede haber más contenido ficticio que real o viceversa. Además, en muchos casos las percepciones de los ciudadanos están condicionadas por sus propios prejuicios o incluso por imaginarios previos no reales en su totalidad.

No solo la gente que habita un lugar y el uso que le dan ayuda a configurar el imaginario social sobre un parque. También los medios masivos de comunicación tienen influencia en estos asuntos en los imaginarios que sus audiencias tienen respecto a diferentes lugares de la ciudad, así como depende de qué tanto la persona visita ese lugar sobre el que está interponiendo un imaginario. Por ejemplo, quien viviendo en Bogotá y jamás haya visitado la Universidad Nacional y vea casi todos los días los noticieros de Caracol y RCN, en varias ocasiones habrá visto que informan sobre disturbios en la Universidad Nacional. Seguramente, el imaginario que tiene de esa universidad pública es que puede ser un lugar peligroso. Pero quien casi todos los viernes en la noche visita esa universidad y se sienta con sus amigos a escuchar música y tomar cerveza en ‘la plaza del Che’, es probable que tenga un imaginario sobre la Nacional más asociado a un espacio público de goce al aire libre.

Entonces los imaginarios que se construyen en torno a los lugares de las ciudades dependen, más allá del clima y la arquitectura, de la gente que frecuenta los lugares, del uso que le dan. Otras veces también influyen los medios de comunicación con la información que difunden sobre un lugar, e influye la formación que cada persona haya tenido y qué tanto frecuenta el lugar sobre el cual establece un imaginario. Pero estos imaginarios sociales en torno a ciertos lugares de Bogotá son solo partes de los múltiples imaginarios sociales alrededor de la capital en su conjunto. Depende de la formación y de las condiciones del grupo social que lo construye. Aunque Silva afirma que lo imaginario antecede al uso social, en otros casos puede ocurrir que

59 el uso social anteceda al imaginario. El uso social que se le da a un espacio puede generar un imaginario y este imaginario puede generar otro uso social y así sucesivamente. Es una relación donde no hay principio ni fin. Imaginario y uso social se nutren mutua y constantemente. Siempre se transforman de acuerdo al flujo de los ciudadanos involucradas en la situación.

En cuanto al sentido de la ciudad, Juan Carlos Pérgolis plantea que “el reto actual es mirar a la

ciudad desde la óptica del sentido, el que sugiere la reconstrucción del todo con la mitad faltante, ya que la ciudad adquiere sentido cuando satisface (o insinúa la posible satisfacción) del deseo de sus habitantes. Allí se produce el acontecimiento (la fusión habitante – ciudad) o se mantiene viva su expectativa. Con el acontecimiento nace el sentido, la ciudad pierde discursividad, entra en nuestros relatos a la vez que nosotros en los de ella o, como en el símbolo del sol partido, entre ambas parte configuramos el relato del acontecimiento” (Pérgolis, 2005: 55). El sentido que se le da a la ciudad no solamente construye en las oficinas de la administración pública, también lo dan sus habitantes a partir de su experiencia como habitante de la ciudad.

No es posible hablar de ciudad sin hablar de sus habitantes. Somos nosotros quienes construímos diferentes sentidos de la ciudad desde nuestra relación con los otros habitantes. Somos quienes en gran parte hacemos la ciudad, más allá de su arquitectura y de las decisiones que toman los políticos. “La ciudad es evidentemente entorno, infraestructura, diseño, forma. De otra parte, la ciudad es, también o sobre todo, sus modos de habitar, los encuentros y conflictos que propone, los modos de vínculo que desarrolla. Por lo tanto, no hay ciudad, tenemos ciudades. No hay identidad de ciudad, hay flujos de identidades, diversidad de encuentros y mestizajes” (Rincón, 2006: 120). Esta ciudad que hacen los habitantes no es la misma de quienes la diseñan o la distribuyen. Los habitantes, con sus encuentros y conflictos son quienes construyen sentidos del espacio a partir de su ocupación, no de su vaciamiento. Incluso deambulando solos por la ciudad, sin hablar con nadie, construimos sentido. Cada habitante contribuye de una forma diferente a la construcción de sentido en la ciudad. El sentido tiene el potencial de configurarse como una estética si la interacción entre los sujetos constructores de sentido es constante y sus ideas son afines, es decir, cuando hay colectividad. “La ciudad, entonces, es muchos más que un espacio físico construido por sus arquitectos: se convierte en un espacio estético que es materia ciudadana” (Silva, 2003: 150). No importa si se está en condición de actor o de espectador. Al final ese límite no es tan relevante si todos están movilizando sentidos a través de la comunicación. La afinidad entre los participantes es lo que da lugar a la configuración de diferentes estéticas dentro de la ciudad. Los vendedores

60 ambulantes dan lugar a una estética de la supervivencia que se reinventa constantemente. Por ejemplo, malabaristas, acróbatas y músicos hacen parte de una estética de la supervivencia; venden su performance, pero generan una estética del goce. La estética de la ciudad se compone de los diferentes sentidos que se le da a la ciudad y de la interacción entre estos. En este punto es pertinente tener en cuenta una definición de estética para aclarar de qué estamos hablando. Omar Rincón plantea que “la estética es, en síntesis, una disciplina que tiene que ver con prácticas creativas, que debe dar cuenta de subjetividades y los sentidos frente a las formas de configuración y producción culturales. La estética está comprometida con las formas de creación y, ante estas, produce un juicio de valor. Así la estética expresa un gusto, un estilo, un modo de ser. El juicio estético, a partir de un sistema de valores establecido, busca definir el gusto. La estética es, en última instancia, una experiencia mediadora de comprensión/explicación y percepción/representación sobre los procesos y las obras llamadas creativas” (Rincón, 2006: 27). La estética no busca hacer una diferenciación entre lo bonito y lo feo, entre lo que place y lo que incomoda, sino que define y al tiempo regula la práctica y la apreciación de una expresión o de una experiencia que exige descargar emociones y que busca ofrecer y exhibir lo bello (Silva, 2003: 149). Por ejemplo, no se puede hablar de una estética del centro de Bogotá dejando a un lado los habitantes de la calle o el olor a frituras que despiden los carritos de comida cerca a la plaza de San Victorino. Todos los elementos de un lugar hacen parte de la estética, pues movilizan el sentido que se le da al lugar.

Ya no estamos en tiempos de una estética ligada a los dictámenes de Kant o de Hegel. La estética ha salido de las aulas académicas y de las galerías de arte. “La sensación estética renunció a la condición elitista y exclusiva para aceptar la contaminación de la calle, del habla social” (Abruzzese y Miconi en Rincón, 2006: 19). No podemos dar cuenta de las estéticas del espacio público en Bogotá limitándonos solamente a las estadísticas del distrito o a las noticias que transmiten los medios masivos. Ya no se trata de establecer patrones estéticos que apliquen de igual forma para todo. La estética tiene que dar cuenta de las subjetividades y los sentidos que surgen a partir de la producción cultural (Rincón, 2006: 27). La estética se nutre de la diferencia, de la multiplicidad de expresiones, de sentidos que se le da a la ciudad. No tiene tanta eficiencia aplicar teorías estéticas formuladas por autores europeos que no han pisado la Bogotá del siglo XXI como salir a la calle y observar, oler, pisar, escuchar los elementos del espacio público en Bogotá. Relacionarnos con esos conciudadanos, hablarles, mostrarles, así se pueden desentrañar las estéticas que todos contribuyen a construir. Se hace pertinente hablar del espacio público, de las personas que lo habitan y le dan otros usos más allá del transitorio, pues son determinantes en la construcción de sentido de una ciudad.

61 Independientemente de los sentidos y estéticas que se construyan en torno a experiencias individuales o colectivas, si logran plasmarse en una obra audiovisual, gráfica, escrita, digital o algún otro soporte, se generará una estética diferente de la ciudad partiendo de su mediatización. Además la trascendencia será mucho mayor, pues dará lugar a más sentidos sobre la ciudad con cada espectador de la obra.

Estas diversas construcciones de sentidos, y estéticas que se configuran a partir de estos, tienen un escenario principal en la ciudad. Un espacio al que se supone que todo ciudadano debería poder acceder en las mismas condiciones. El espacio público como principal escenario de gestación de las ciudades: el lugar donde los sujetos interactúan, generan sentidos colectivos y dan lugar a estéticas.