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Los ciudadanos y el orden político

5. Ciudadanía, ciudadanos

5.1 Los ciudadanos y el orden político

En el pensamiento político de González Luna la representación política vincula a las instituciones y al Estado con la nación, entendida ésta como la conjunción de las identidades y los valores centrados en la lengua castellana y la religión católica. Y esta representación es ejercida debe ser ejercida por ciudadanos conscientes de su responsabilidad en la construcción de un orden político orientado al bien común, orden que sólo podrá ser conseguido mediante la acción complementaria de ciudadanos y

partido para ciudadanos, pues demanda señala González Luna “...fuerzas reales

inmediatamente disponibles y listas para la acción eficaz, que declararán e impondrán, en el momento la voluntad nacional. Me estoy refiriendo al partido político (...) fruto de un cuerpo de doctrina política clara, certera, coherente, y de las exigencias éticas de una conciencia ciudadana, conocedora a fondo de la realidad nacional y del deber político”. (EGL, 1955: 240)

La “comunidad ciudadana,88 origen inmediato y directo del poder público” (EGL,

1971: 43) ha sido protagonista de la historia mexicana, más por su abstención que por su participación en los asuntos públicos; González Luna adjudica a la secular inhibición política de los ciudadanos católicos la sucesión de regímenes faccionales luego de la independencia, aunque en ningún momento deja de otorgarles a aquellos protagonismo en la construcción de un orden legítimo, sustentado en la representación y en armonía entre el Estado y la sociedad o nación. Así, el marco político que puede “alumbrar la conducta política de los mexicanos” es para EGL “la autonomía de las comunidades naturales en su orbe propio y legítimo, dentro de la unidad racional jerárquicamente organizada: el pueblo, es decir, el conjunto de los ciudadanos actuando racional y libremente como titular del poder público”, (EGL 1988: 14) titularidad que “en último término tiene su fuente en Dios, pero su origen inmediato y directo es la comunidad ciudadana”, razones por las cuales “no podemos prescindir del cumplimiento del deber político”. (EGL, 1971: 43, 45) En suma, los ciudadanos son el eje de la comunidad política: confieren la autoridad mediante la representación porque son los titulares del poder, por lo cual se infieren también las consecuencias negativas que ha tenido para la sociedad mexicana, en términos de normalidad política, la renuncia de aquellos a ejercer sus derechos y sus responsabilidades. (EGL, 1965, 1971, 1988)

En una conferencia de febrero de 1962, “El problema político de México”, explicita sus argumentos que remite a la doctrina católica de la autoridad sobre las condiciones necesarias para que los ciudadanos ejerzan la autoridad que Dios ha puesto en sus manos: “Si la autoridad es necesaria para la sociedad, tiene que haber dotado Dios a la sociedad misma de la autoridad (...) de las virtualidades necesarias para gobernarse a sí misma. Pero claro, es imposible que todos nos gobernemos a todos; entonces la comunidad de los ciudadanos, la formada por los hombres que ya llegaron a la plenitud del desarrollo intelectual, que ya son sujetos aptos para la tarea, para la responsabilidad, tienen en sí mismos la titularidad del poder público”. (EGL, 1971: 14)

Los ciudadanos capaces de ejercer como titulares el poder que les ha sido

confiado por Dios escribe en un ensayo también del año 1962, “Democracia, vínculo

de unidad nacional” (EGL, 1962: 9-34), “tienen la plenitud de la capacidad racional y

de la libertad responsable, es decir, cuando son ciudadanos. Son éstos los titulares del poder público, los dueños y señores de la autoridad; constituyen la autoridad misma en cuanto comunidad política, poseedora de su propia autoridad. Y ellos la confieren, por la investidura legítima, la única legítima, a quienes deban ejercerla, porque sería imposible que todos nos gobernáramos a todos”. (EGL, 1962: 20) En lo que se refiere al Estado, afirma: “el Estado somos todos; el Estado es la sociedad misma, en cuanto organizada jurídica y políticamente. Y el motor, el sujeto dinámico y al mismo tiempo el destinatario, el titular de la vida social y política, del Estado, es el conjunto de los hombres que forman la sociedad, somos todos nosotros, es la comunidad de los ciudadanos”, (EGL, 1962: 27) de lo cual se desprende que “la autoridad será lo que nosotros, los ciudadanos, queramos que sea. La ley será lo que nosotros queramos que sea”. Dada la centralidad del ciudadano en la gestión del orden político y social, es importante considerar las implicaciones de su deserción respecto de los deberes que le corresponden: “No puede haber, por tanto, consenso social, constitución básica, doctrina democrática, no puede tener vigencia práctica la democracia en un país, si cada ciudadano no tiene ideas políticas o no las sirve lealmente, no conoce sus derechos o no los ejercita, no tiene conciencia de su deber o no lo cumple”. (EGL, 1962: 28)

5.1.1 Consecuencias de la deserción de los ciudadanos

Tanto la denuncia como el señalamiento argumentado de la deserción que también

denomina inhibición de los ciudadanos (y de los ciudadanos que también son

católicos), es constante en la reflexión y en las intervenciones públicas de González Luna. En este aspecto, buena parte de sus reflexiones provienen de un diagnóstico histórico negativo sobre las condiciones bajo las cuales se desarrolló la formación política de los mexicanos desde los siglos coloniales. En los umbrales de la independencia, afirma en el ensayo de 1954 sobre la participación política de los católicos, (EGL, 1988) “el pensamiento político no había madurado suficientemente para preparar y requerir el advenimiento y la presencia del verdadero protagonista, del titular directo y preeminente de la autoridad (...) y que es el único capacitado para delegarla y conferirla por medio de la representación: la comunidad ciudadana”, (EGL,

1988: 26) “el pueblo católico no era un cuerpo ciudadano, no había constructores ni pilotos del Estado nacional”. (EGL, 1988: 32-33)

La pasividad de la comunidad ciudadana, que González Luna entiende como causa principal de nuestra carencia de “estructuración política” en su recapitulación biográfico-política de 1953, “Origen y sentido de mi candidatura”, (EGL, 1965: 22-42) incluirá a un nuevo protagonista en el ensayo de referencia de 1954, los ciudadanos católicos a quienes considera la mayoría social en México, a cuya inhibición político atribuye el costo que ha tenido para el país, en términos de normalidad política, su abstención en las decisiones públicas; en 1962, señala que “para el ciudadano católico mexicano el problema político de México no tiene importancia en cuanto misión y responsabilidad propia (...) no existe la política para el ciudadano mexicano”. (EGL, 1971: 24-25)

La abstención respecto de los asuntos políticos (cuyo efecto es la falta de “normalidad política”) y su consecuencia, el “entronizamiento de las facciones” desde los primeros años de nuestra vida independiente, ha tenido su origen, afirma EGL, en “el Estado mexicano (…) responsable, con la defección de la ciudadanía, no debemos olvidarlo, de un proceso, de un viejo, de un constante proceso abortivo que ha impedido la construcción del patrimonio nacional (...) Todas nuestras coyunturas políticas han sido planteadas en términos facciosos”. (EGL, 1955: 174) Es decir, no deja de subrayar que la falta de “normalidad política” se origina en la pasividad de los ciudadanos: “Por falta de una vida política normal, falta atribuible en primer término a la inhibición ciudadana…”. (1988: 81)

Ambos factores pasividad ciudadana y dominio de la facción están para González Luna en el origen de los males nacionales: “Esta tenaz dolencia histórica (carencia de estructuración política) explica causalmente los demás rasgos característicos de la existencia nacional (...): la constante burla de los derechos políticos de los ciudadanos la simulación democrática y la falsificación de instituciones”. La dominación facciosa, anota en el ensayo de 1953, “sólo es posible cuando el cuerpo político, la comunidad ciudadana, es incapaz de defenderse y defender el bien común (...) en nuestro caso, al entronizamiento faccioso corresponde una pertinaz inhibición ciudadana”, (EGL, 1965: 24-25) inhibición de los grupos dirigentes, de los mexicanos pertenecientes a los

círculos más favorecidos, que González Luna juzga apelando al pasado histórico: “El llamado ´hombre de bien´ es el gran culpable del desastre, porque no ha sabido ser ciudadano. (...) ¿Qué fue lo que faltó a los mexicanos capaces de integrar consciente y responsablemente la comunidad ciudadana para asumir una recta conducta política en la hora crucial que siguió a la consumación de la Independencia? (...) había un vacío en las conciencias y su proyección práctica privó al Estado mexicano del protagonista esencial de toda normalidad política: la organización ciudadana iluminada, activa, convencida de su derecho y de su misión”. (EGL, 1965: 26)

En un discurso ante correligionarios, en febrero de 1946, al tiempo que reivindica el trabajo de su partido en la formación de una ciudadanía activa, capaz de contrarrestar las inercias históricas de despolitización y pasividad, juzga severamente a las élites del país: “No es pueblo lo que nos falta (...) No es el pueblo el que ha traicionado. La deserción hay que situarla en otras partes, hay que situarla en la zona que ocupan las llamadas clases directoras (...) No es pueblo lo que nos falta. Lo que nos falta, señores, es ciudadanía. Y este ha sido el trabajo de Acción Nacional: formular un ideario político, despertar la conciencia política dormida (...)”. (EGL, 1955: 44)

5.1.2 Organización de la comunidad ciudadana

“La conciencia política dormida”, afirma González Luna, sólo puede activarse cuando los ciudadanos se movilizan, asumiendo sus responsabilidades, para promover la realización de un estado nacional que se identifique con la sociedad real, y que ejerza su autoridad legítima para el bien común. “Este bien que incluye los bienes de la

persona y de la nación, tiene que ser gestionado; no se da gratuitamente; se gestiona

por el Estado y por los ciudadanos; a uno y otros incumbe esta gestión como deber y responsabilidad. El Estado sirviéndolo, haciendo del bien común nacional la esencia, la justificación única de su legitimidad y de su misión (...) Y los ciudadanos gestionan el bien común cumpliendo su deber político”, señala en una conferencia de 1943, “Del régimen de facción al Estado nacional”. (EGL, 1955: 172) El cumplimiento del deber aparece en la reflexión de EGL como una condición esencial para resolver los que a su juicio son obstáculos para alcanzar un verdadero orden político. El primero de estos obstáculos es precisamente la apatía ciudadana respecto de los asuntos que le conciernen; la marginación de los ciudadanos, que González Luna remonta a los años

coloniales en sus interpretaciones históricas (EGL, 1998: 21-35; 1962: 30; 1971: 15-20) 32-33), creó condiciones favorables para la consolidación de los regímenes faccionales, particularmente los del siglo XX.

Durante el lanzamiento de su candidatura presidencial, en diciembre de 1951 señala en un Manifiesto a la nación cuál es “el camino de la salvación del pueblo: la lucha por la auténtica representación política de la ciudadanía en el Gobierno, mediante el sufragio libre y respetado, empresa ardua como toda obra de redención humana; pero accesible a la enérgica determinación d ela ciudadanía”. (EGL, 1998 1: 32-33) Su propuesta política consiste en la ejecución de un trabajo sistemático, por vías pacíficas, para hacer valer derechos fundamentales, entre ellos de manera importante el derecho al sufragio, para lo cual se hace necesaria la participación de los propios “titulares del poder político”, los ciudadanos; su propuesta para éstos, en las circunstancias de 1952,

puede condensarse en un pasaje del citado Manifiesto: “Sólo una ciudadanía

organizada y actuante puede instaurar la normalidad política en México, expulsando para siempre de su historia caudillos y facciones. Es perfectamente posible esa organización. Más aún: está ya en marcha y substituye rápidamente con vigorosa energía el abstencionismo culpable, la criminal deserción del deber político (...) Y puede la ciudadanía libre, en cuanto se decida, ser tan fuerte que ni siquiera necesite ser violenta”. (EGL, 1998 1: 34)

Tal organización le corresponde al partido, organización que vista con la perspectiva de 15 años transcurridos desde su fundación, le permite afirmar a González Luna que “ha podido echar raíces, despertar la conciencia ciudadana”, (1988: 61) “desde el primer momento concebido como obra permanente, fincada sobre el doble cimiento de una doctrina de la naturaleza del hombre y de la comunidad humana y de una apreciación objetiva de la realidad nacional (Acción Nacional) se proponía la reconstrucción política de México desde la base hasta la cúpula. Para lograrla, había que formar la conciencia de los ciudadanos, liquidando hábitos seculares de abstención y sumisión” (EGL, 1965: 29) con el propósito de “dar vigencia práctica a las instituciones democráticas para asegurar la representación popular como base de la investidura, de la legitimidad y de la eficacia del poder público”. (EGL, 1965: 27)