2. La contragobernanza y sus formas: elementos para una teoría
2.3. Cogobierno
2.3.1. Cogobierno y democracia cogubernativa
Según Bob Jessop, la “heterarquía” se halla presidida por el diálogo e implica “una autoorganización reflexiva continua basada en las redes, en la negociación y la deliberación, orientada hacia la redefinición de objetivos en vista de las circunstancias cambiantes en torno a un proyecto consensuado a largo plazo, que se toma como base para la coordinación negativa y positiva de acciones (…) Este modo de gobernanza cuenta con una importante racionalidad procedimental que es dialógica en vez de monológica, pluralista en vez de monolítica y heterárquica en vez de jerárquica o anárquica” (Jessop, 2017: 232). Coincidiendo a propósito de este énfasis en el contenido dialógico del fenómeno, pero desde una mirada más sistémica, para Jan Kooiman la cogobernanza es un tipo de gobierno que alude a formas de coordinación y cooperación entre múltiples “entidades”, las cuales, cediendo parte de su autonomía, traban relaciones horizontales entre sí, es decir, relaciones en las que ninguno de los intervinientes asume un papel dominante, sin excluir, sino al contrario, presuponiendo, la presencia de un gobierno instituido en la interacción. El cogobierno puede tener lugar en diversos planos, desde el interindividual, pasando por el inter e intraorganizacional, hasta el nivel “macro” que abarca las relaciones entre lo social y lo político-institucional, incluso en escenarios globales: “mecanismos o acuerdos macro donde hay una cuestión de coordinación
en y entre «el» Estado, «el» mercado, las jerarquías, las redes, etc. Aquí el nivel intencional de las interacciones en instituciones sociales es un nivel más amplio donde los actores del mercado (como las industrias) negocian con los gobiernos (tales como los departamentos gubernamentales o las direcciones generales de la UE); el nivel estructural de estas interacciones abarca no solo los contextos nacionales, sino en particular los contextos supra o internacional tales como los tratados, los acuerdos globales y los procesos en los que son metidos, como la globalización o la competencia internacional” (Kooiman, 2005: 67).
Así las cosas, varias de las categorías propuestas por Jessop y Kooiman para describir esta forma de gobernanza, tales como: negociación, deliberación, horizontalidad, cooperación y colaboración, nos dan la pauta para perfilar la comprensión de este fenómeno en clave de contragobernanza. En efecto, en nuestra perspectiva el cogobierno involucra una horizontalidad constitutiva a la hora de entrar a estructurar las relaciones de dirección política de las colectividades, en la medida en que presupone un equilibrio y una tensión de doble sentido entre el momento del abajo a arriba y el del arriba a abajo. En otras palabras, se trata de una forma de gobernar que partiendo de las múltiples expresiones organizadas de una política de base autogubernativa, reconoce la necesidad y la importancia de un gobierno central que sea expresivo de la soberanía popular y que se halle sujeto a control ciudadano, concediendo márgenes de autonomía en ambos extremos de la ecuación. Dicha autonomía da por sentada la presencia de una intencionalidad cooperativa entre los agentes involucrados, la cual se expresa prioritariamente de forma deliberativa, pero sin excluir la posibilidad de la negociación de intereses. Así y de cierta forma, el cogobierno es el autogobierno consciente de sus propios límites, que reniega del ensimismamiento y que quiere ir más allá de sí mismo conectando con lo concreto, es decir, con luchas que de suyo lo afectan y que lo trascienden desde el punto de vista de la escala. En ese sentido, el cogobierno es también aquella autonomía, a la par local y social, insatisfecha con su propia unilateralidad, que entiende que debe relativizarse en tanto tal autonomía para poder realizar a plenitud los fines políticos que se ha trazado. Con el cogobierno, por ende, ocurre algo parecido a lo que señala Benjamin Barber a propósito de la “democracia fuerte”, es decir, que se trata de un fenómeno que
“requires unmediated self-goverment by an engaged citizenry. It requires institutions that will involve individuals at both the neighborhood and the national level in common talk,
common decision-making and political judgment, and common action”40 (Barber, 1984: 261).
Evidentemente, acción común, criterio político y toma de decisiones compartidos así como un proceso deliberativo envolvente son cosas que solo pueden lograrse teniendo como punto de partida contextos colectivos específicos, que implican una construcción y reconstrucción comunitarias de las que también se ocupa Barber y que nosotros ya hemos abordado y seguiremos abordando en lo que sigue. Pero la cuestión a estas alturas es subrayar su idea de que tales prácticas conllevan la existencia de una institucionalidad que partiendo de un nivel tan micro como el del vecindario, se extiende hasta escenarios de amplia escala (nacional e incluso global). En otras palabras, que el cogobierno es la única forma de organización de una dirección política supralocal capaz de legitimar el autogobierno en la medida en que parte de él, respeta la fijación de fines colectivos realizada en su seno y logra conectarlo con escenarios de mayor dimensión espacial.
Por supuesto, hay un precio a pagar por esa transformación cogubernativa, más allá de los márgenes de autonomía que deben ser cedidos en el camino, y es la imposibilidad de alcanzar un autogobierno pleno en el escenario ampliado. Como lo admitiera C. B. Macpherson ––uno de los primeros en proponer el debate de la democracia radical en tiempos contemporáneos: “Parece evidente que, a nivel nacional, será necesario disponer de algún tipo de sistema representativo, y no de una democracia completamente directa (…) No podemos prescindir de los políticos elegidos. Debemos utilizar la democracia indirecta, aunque no hace falta utilizarla en exclusiva. El problema es de cómo hacer que los políticos elegidos sean responsables” (Macpherson, 1991: 115). El reconocimiento de esta realidad traslada la reflexión hacia ese otro elemento constitutivo del cogobierno que Macpherson llama “responsabilidad” y que tiene la virtud de emparentarlo, además de con la ya aludida democracia radical, con la tradición republicana: la cuestión del control de los gobernantes, cuestión que involucra tanto un componente institucional (la dispersión del poder que tiene como presupuesto el reconocimiento del pluralismo político y que es provista por instrumentos como la existencia de una judicatura independiente y una organización territorial de tipo federal, entre muchos otros) como una dimensión relativa a la acción política colectiva y, particularmente, a las precondiciones que la estructuran: la presencia de movimientos
40 [“requiere el autogobierno sin mediaciones de ciudadanos comprometidos. Requiere instituciones que involucren a los individuos al mismo tiempo en el nivel del vecindario y en el nacional, en una discusión común, una toma de decisiones y un criterio político comunes y una acción común”].
sociales insertos en proyectos de articulación hegemónica que incluyen partidos políticos, de un lado; y, del otro, la organización de partidos políticos capaces de gobernar y a la vez de estar abiertos a ser controlados desde abajo, entendiendo por “abajo” y para el caso, el ejercicio del derecho de resistencia por parte de movimientos sociales. Ahora bien y desde nuestro punto de vista, esa perspectiva republicana de una interrelación colectiva capaz de controlar el poder, descansa necesariamente sobre fundamentos comunitarios y locales.
Así pues y de la mano de las tradiciones democrático radical y republicana, encontramos los dos grandes aspectos estructurantes que entraña la noción de cogobierno: un actuar conjunto entendido como política de base, esto es, una política que se hilvana a partir de contextos autogubernativos específicos; y, un orden político-institucional supralocal diseñado de tal forma que el gobierno central queda sometido al control desde abajo.
Con respecto al primero de estos puntos, la apuesta por una política de base significa que la idea de cogobierno se halla impregnada por ese principio autogubernativo al que hacíamos alusión en su momento y que David Harvey ha llamado el “particularismo militante”, es decir, la visión según la cual toda política surge a partir de la confluencia de personas determinadas
en lugares y momentos determinados, fenómeno cuya condensación es comunitaria y local.41
Sin embargo, la aproximación al cogobierno quedaría lastrada por una grave anacronía si se pasaran por alto los cambios que han sufrido las comunidades en su versión tradicional por cuenta de los impactos del capitalismo (desarrollo del espacio instrumental y de una urbanización acelerada, globalización, desposesión de bienes comunes, etc.) y de las innovaciones tecnológicas (aumento de la velocidad de los transportes y las comunicaciones, desarrollo de la microelectrónica y la internet, entre otras). Así las cosas, resulta claro que la conjugación de estas dinámicas conduce a lo que podemos caracterizar como una insoslayable transformación comunitaria: la aparición de nuevas comunidades en donde el munus ya no se fragua exclusivamente en el espacio vecinal o barrial sino también alrededor de articulaciones identitarias signadas por la heterogeneidad y que se desarrollan en escenarios como el de las grandes metrópolis o el de la interacción ciberespacial (colectivos galvanizados alrededor del
41 “Todos los movimientos políticos tienen que enfrentarse de alguna manera, por lo tanto, a la cuestión de «localidad» y «comunidad» (…) Articular el lugar y evaluar la importancia del particularismo militante ––la reunión de individuos en patrones de solidaridad locales–– dentro de un marco político más amplio se convierte en una tarea crucial” (Harvey, 2014 a: 208).
género, la raza, la opción sexual y la defensa del medio ambiente; de la oposición a la gentrificación o a la planeación urbana; de la defensa de los comunes del conocimiento como en el caso del copyleft, etc., etc.).
Pero más allá de estos ingredientes específicos, la cuestión de fondo es la de que el vínculo comunitario entendido como el patrón de solidaridad que articula a sus miembros nunca es estático, sino por el contrario, procesual y en consecuencia sujeto a modificación constante de la mano de las luchas que emprende la colectividad respectiva. En otras palabras, que alrededor del conflicto (cuya escala rara vez queda reducida a lo puramente local) se construyen y reconstruyen las comunidades y con ello, evidentemente, también las personas que las conforman se ven abocadas al cambio y al autodesarrollo.42 Destacando lo que percibe
como un movimiento de doble sentido en virtud del cual, de un lado, la participación en luchas colectivas desata los impulsos más solidarios y creadores de las personas y, del otro, paralelamente, unas personas así dignificadas potencian los proyectos colectivos a los que pertenecen, Benjamin Barber hace una apuesta firme por la transformación del conflicto en cooperación mediante la acción política de base local y comunitaria, concepción que tiene un aire de familia muy cercano a la dinámica cogubernativa que estamos tratando de plasmar aquí:
strong democracy resists the liberal idea that conflict is intractable and at best vulnerable only to adjudication or toleration. Instead, it develops a politics that can transform conflict into cooperation through citizen participation, public deliberation, and civic education (…) The conservative's appreciation 42 La tradición de la teoría política de tiempo atrás ha reparado en esta cuestión al señalar ––con una recurrencia que es sintomática–– los efectos que la participación activa en procesos colectivos produce en los individuos. Según Rousseau, por ejemplo, al desatarse esa intervención en política estos últimos ven cómo “sus facultades se ejercitan y desarrollan, sus ideas se amplían, sus sentimientos se ennoblecen, su alma entera se eleva” (Rousseau, 1981: 21). Por su parte, es sabido que John Stuart Mill resaltó en clave utilitarista la “función felicitante” que trae consigo la participación en el sentido de promover el desarrollo de sentimientos altruistas que son fuente de felicidad para los intervinientes. Paralelamente y hablando desde su experiencia como revolucionarios, dos personajes tan diferentes como Paine y Lenin también incidieron en lo mismo. El primero al subrayar cómo “puede parecer que las revoluciones crean genios y talentos. En realidad, no hacen más que despertarlos. Hay en el hombre una masa con sentido en estado latente que, de no ser activada, permanecerá adormecida y descenderá, junto con él, hasta la tumba. Dado que el conjunto de esas facultades debe ser empleado en beneficio de la sociedad, la construcción del gobierno debe actuar de manera que despierte, con una acción tranquila y regular, toda esa capacidad que siempre renace en la época de las revoluciones” (Wainwright, 2005: 43). Por su parte y finalmente, en el texto de las Dos tácticas, escrito en medio de los vaivenes revolucionarios de 1905, un vanguardista como Lenin no puede dejar de reconocer que “las revoluciones son la fiesta de los oprimidos y explotados. La masa del pueblo nunca es capaz de ser un creador tan activo de nuevos regímenes sociales como durante la revolución” (Lenin, 1973 a: 46).
of community and the democrat's attachment to participation meet in the strong democrat´s idea of direct political activity, which commences with mediate and local forms of goverment (…) The democrat looks to parochial participation and local activity to give the individual citizen a stature that will enable him to feel part of the mighty nation (…) we must recall that strong democratic bonding arises not out of substantive commonality but out of common deliberation, common work, common empathy, and common imagination (Barber, 1984: 135 y 248-249).43
Sin embargo, por más distancias críticas que tome respecto del liberalismo, Barber no llega a romper con la prioridad que este le otorga al presupuesto individualista a la hora de pensar la comunidad ni, mucho menos, a cuestionar los pilares capitalistas de la sociedad estadounidense a propósito de la cual formula el concepto de “democracia fuerte”. A contrapelo y en la mira de sacar punta a una idea tan potente como la de la transformación de los conflictos propia de la inserción comunitaria, Macpherson propone una lectura mucho más radical al pensar en ella como la fuente de un cambio de valores conducente a la superación del individualismo posesivo. En tales condiciones, un desarrollo de esa índole podría favorecer una situación en la que “la conciencia de la gente pasa de verse a sí misma y de actuar como esencialmente consumidores a verse y actuar como personas que ejercitan sus propias capacidades y gozan con el ejercicio y el desarrollo de estas (…) Un individuo puede adquirir y consumir para uno mismo (sic) (…) lo cual no requiere ni fomenta un sentimiento de comunidad, mientras que el disfrute y el desarrollo de las propias capacidades se ha de realizar, en su mayor parte, conjuntamente con otros, en una relación de comunidad de algún tipo. Y no cabe duda de que el funcionamiento de una democracia participativa requeriría un sentimiento de comunidad más fuerte que el actual” (Macpherson, 1991: 120).
Mas, ¿cómo hacer para embarcarse en una dinámica que conduzca al fortalecimiento de ese “sentimiento de comunidad” capaz de resquebrajar el individualismo posesivo y, en consecuencia, de favorecer los desarrollos cogubernativos? A ese respecto y siguiendo con
43 [“la democracia fuerte se resiste a la idea liberal de que el conflicto es inmanejable y que, por tanto, su tratamiento es judicial u objeto de mera tolerancia. En cambio, ella desarrolla una política que puede transformar el conflicto en cooperación a través de la participación ciudadana, la deliberación pública y la educación cívica (…) El aprecio conservador por la comunidad y el apego democrático por la participación confluyen en la idea de la actividad política directa propia de la democracia fuerte, la cual comienza con la mediación de las formas locales de gobierno (…) El demócrata mira hacia la participación parroquial y la actividad local como formas de dar al ciudadano individual una estatura que lo habilitará para sentirse parte de una nación potenciada (…) debemos recordar que el vínculo propio de la democracia fuerte surge no de esencializar lo comunitario sino de la deliberación, el trabajo, la empatía y la imaginación comunes”].
Macpherson, su argumento es que se observan algunos síntomas positivos de cambio: una mayor conciencia de la gente en torno a los límites ambientales del crecimiento, una disminución de la apatía política manifiesta en el auge de los movimientos sociales y un debilitamiento del apoyo público a las guerras imperialistas, entre otros.44 Tales síntomas, que
a día de hoy se mantienen vigentes e incluso se han profundizado, le permiten pensar en la posibilidad de un avance por etapas en la dirección de una radicalización democrática; sin embargo, la salida que plantea es, en general, vaga.
Otra respuesta posible ––y que complementa el análisis de Macpherson–– es la que interpreta la transformación del conflicto en cooperación como la construcción de una hegemonía fundada en la confluencia de movimientos sociales y partidos políticos a partir de articulaciones de doble vía. A la luz de esta perspectiva, se apela a la idea de David Harvey según la cual “las comunidades y los barrios son ámbitos clave dentro de los cuales se producen las exploraciones, tanto en lo referente al aprendizaje y la construcción de nuevos imaginarios de la vida social como de sus realizaciones tangibles mediante prácticas materiales y sociales. La tensión entre el conformismo y la desviación es patente en nuestra geografía histórica de la vida comunitaria” (Harvey, 2014 a: 219). Si esto es así, quiere decir que las comunidades reúnen todas las condiciones necesarias para erigirse en “instituciones mediadoras” entre los individuos, de una parte, y agentes políticos de mayor espectro como los movimientos sociales, de la otra, vínculo que queda proyectado como el primer paso de una dinámica llamada a consumarse a través de las alianzas flexibles de estos últimos con partidos políticos afines, y todo ello en el marco de un itinerario capaz de crear nuevos lenguajes y significaciones entendidos como sistemática “traducción de lo concreto a lo abstracto”.45 Por supuesto, aludir a ese esfuerzo de reconstrucción lingüística, es decir, de
creación de sentidos compartidos y alternativos a los dominantes, no es, en último término, sino otra forma de indicar que la hegemonía ha quedado ubicada en el centro de la lucha
44 A todo esto habría que agregar la dinámica de recomunitarización, si así se puede llamar, que es inherente al propio desenvolvimiento del capitalismo contemporáneo (posfordista). En efecto, este aboca a los individuos ––impactados por el desempleo, la precarización, la informalidad, etc.–– a refugiarse en redes de apoyo mutuo y a desarrollar proyectos de autosubsistencia que tienden a asumir una forma comunitaria de organización.
45 Según Harvey, de lo que se trata es de elaborar “un discurso hegemónico alternativo a partir de múltiples particularismos militantes (…) sin la traducción y sin la construcción de un lenguaje común, se hace imposible colectivizar la acción de base. Armados con un lenguaje común que respeta las diferencias, los movimientos de base pueden unirse para reimaginar y reconstruir su mundo social” (ídem: 214-215).
política: esa traducción, en tanto elevación de lo concreto a lo abstracto, viene a coincidir con la “catarsis” de la que hablaba Gramsci al intentar dar cuenta del paso de lo estrictamente corporativo o de grupo a lo ético político o nacional-popular. Para él, tal es la condición de posibilidad de toda hegemonía: la construcción de una filosofía de la praxis entendida como asunción crítica del sentido común popular, aspecto sobre el que volveremos más adelante. En cuanto al segundo elemento componente del cogobierno que enunciábamos atrás, es decir, el control ciudadano de la acción gubernativa, hay dos asuntos a considerar: el tema del diseño institucional más idóneo para, a la vez, dispersar el poder y favorecer la intervención ciudadana, y la cuestión de la desconfianza ciudadana y sus contenidos.