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El cogobierno en la formación política de la clase

In document La teoría del gobierno en el marxismo (página 141-153)

3. El proyecto político de Marx como proyecto cogubernativo

3.2. El cogobierno en la formación política de la clase

En el capítulo LII de El Capital (III), que a su vez forma parte de la sección séptima: “Los réditos y sus fuentes”, Marx se proponía analizar de manera sistemática la cuestión de las clases sociales. Hasta entonces el tratamiento que había hecho del tema era fundamentalmente fragmentario y disperso a lo largo de sus escritos. Sin embargo y como es ampliamente conocido, la muerte lo sorprendió antes de haber siquiera comenzado a desarrollar el asunto de fondo, aunque, eso sí, dejando planteadas algunas premisas que podemos sintetizar de esta forma: las tres clases principales de la sociedad moderna son los obreros asalariados, los capitalistas y los terratenientes; esa estructura de clases no se da en forma “pura” en ninguna parte ––ni siquiera en la Inglaterra de la segunda mitad del s. XIX–– sino que es una dinámica procesual que discurre entre fases intermedias y transiciones; la respuesta a la pregunta: “¿qué es una clase?”, depende de la que se dé a esta otra: “¿qué es lo que convierte a los obreros asalariados, a los capitalistas y a los terratenientes en factores de las tres grandes clases sociales?” (Marx, 1977: 817). Al respecto, por último, formula una primera hipótesis: “Es, a primera vista, la identidad de sus rentas y fuentes de renta”.

Muy probablemente, luego de ese primer acercamiento habría pasado a descartar el mero rédito para considerar las clases como un producto de la división del trabajo, la cual conduce a que las personas se vean diferenciadas, de un lado, y abocadas a compartir unas mismas condiciones, del otro, por virtud de intereses y posiciones de tipo económico. Así por ejemplo, y a propósito del origen de la clase trabajadora, en Miseria de la filosofía Marx había ya señalado que las “condiciones económicas transformaron primero a la masa de la población del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado a esta masa una situación común, intereses comunes” (Marx, 1981: 141). Por su parte, en lo que se refiere específicamente a El Capital, ese compartir “condiciones económicas” es objeto de un amplio desarrollo, de tal forma que allí desfilan, además de las tres clases ya mencionadas, las fracciones respectivas de las mismas, los remanentes estamentales del periodo precapitalista, las capas generadas por el pauperismo, el infraproletariado, etc., etc.

Sin embargo, pese a la importancia otorgada al factor puramente económico, para Marx la noción de clase no se reduce a ello, sino que involucra además y necesariamente la presencia de otros componentes no menos relevantes, como la formación de identidades culturales y la articulación política. Ese punto queda claro e. g. en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte,

a propósito del caso de los campesinos parcelarios, los cuales, pese a tener una situación económica común, no son categorizados como una clase: “Los campesinos parcelarios forman una masa inmensa, cuyos individuos viven en idéntica situación, pero sin que entre ellos existan muchas relaciones. Su modo de producción los aísla a unos de otros, en vez de establecer relaciones mutuas entre ellos (…) Por cuanto existe entre los campesinos parcelarios una articulación puramente local y la identidad de sus intereses no engendra entre ellos ninguna comunidad, ninguna unión nacional y ninguna organización política, no forman una clase. Son, por tanto, incapaces de hacer valer su interés de clase en su propio nombre” (Marx, 1976 b: 489-490). Por el contrario, cuando “millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, por sus intereses y por su cultura de otras clases y las oponen a estas de un modo hostil, aquellas forman una clase” (ídem: 119).

Mas si el solo presupuesto de la ubicación económica no basta para poder hablar de clase, siendo forzoso tomar en consideración aspectos como la organización política en una escala nacional y la formación de identidades comunitarias, de tal forma que la combinación de los tres elementos permita marcar un antagonismo con otras clases, eso significa que para Marx la clase en sentido político es algo que debe ser formado, que no es una mera cuestión de tipología socioeconómica sino un proceso contingente y que queda fijada la diferencia entre ser clase “en sí” (donde lo que prima es el enfoque descriptivo de situaciones y posiciones estáticas de tipo económico) y ser clase “para sí” (donde lo determinante es el elemento constructivo, dinámico y conflictivo, en una palabra, político).57 En el primer caso, el abordaje

de la noción de clase gira alrededor del problema de las relaciones de producción existentes, es decir, de la esfera de la estructura o del sistema; en el segundo, en cambio, la prioridad la tiene la dimensión de la actividad humana y sus potencialidades productoras, creadoras y cooperativas, tanto materiales como espirituales, i. e., esa subjetividad amplia que involucra la noción de fuerza productiva.58

57 “Las condiciones económicas transformaron primero a la masa de la población del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado a esta masa una situación común, intereses comunes. Así pues, esta masa es ya una clase con respecto al capital, pero aún no es una clase para sí. En la lucha, de la que no hemos señalado más que algunas fases, esta masa se une, se constituye como clase para sí. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política” (Marx, 1981: 141).

58 La índole de la actividad humana y, en particular, de la cooperación como fuerza productiva, es explícita en La ideología alemana: “La producción de la vida, tanto de la propia en el trabajo como de la ajena en la

Pero, en tales condiciones, emerge una pregunta: ¿cómo debemos entender las relaciones mutuas tanto entre los propietarios de medios de producción, de una parte, como entre los vendedores de fuerza de trabajo, de la otra, en tanto no se han formado como clase? La respuesta de Marx es contundente: “Los diferentes individuos solo forman una clase en cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase, pues de otro modo ellos mismos se enfrentan unos con otros, hostilmente, en el plano de la competencia” (Marx y Engels, 1959: 58). En un primer momento y a efectos epistemológicos, la imagen que se desprende de ese énfasis en la lucha egoísta de todos contra todos es la de un Marx inscrito en un individualismo metodológico casi a la Hobbes; sin embargo, su aserto no busca hacer gala de ningún naturalismo ahistórico sino describir la situación concreta en la que se hallan las personas bajo el capitalismo. Así las cosas, para Marx la clase aparece como una construcción colectiva y una correa de transmisión de la politización de individuos abocados a circunstancias objetivas de aislamiento y competencia, esto es, en una palabra, como la subjetividad política del modo de producción capitalista.Esta idea, cuya maduración plena es alcanzada en La ideología alemana, tenía su antecedente en el ya comentado texto introductorio a la Crítica del derecho del Estado de Hegel, escrito dos años antes. Allí las clases aparecen como los actores centrales de la lucha política y, particularmente, en el caso del proletariado, de la disputa por la superación de las condiciones de “autoenajenación del hombre”, una disputa que combina la crítica teórica y la acción política: “La cabeza de esta emancipación es la filosofía; su corazón, el proletariado. La filosofía solo llegará a realizarse mediante la abolición del proletariado, el cual no podrá abolirse sin la realización de la filosofía” (Marx, 1982 b: 502).

Por supuesto, esta cuestión nos lleva a considerar el papel de la teoría en la formación de las clases y, de paso, nos permite comenzar a desarrollar la hipótesis de dicha formación como proceso cogubernativo. En esa dirección, es de resaltar cómo para Marx no solo cada clase tiene sus propios intelectuales, sino que la actividad de estos como productores de ideas discurre en el marco del interjuego entre teoría y práctica y, por tanto, se halla delimitada por

procreación, se manifiesta inmediatamente como una doble relación ––de una parte, como una relación natural, y de otra como una relación social––; social, en el sentido de que por ella se entiende la cooperación de diversos individuos, cualesquiera que sean sus condiciones, de cualquier modo y para cualquier fin. De donde se desprende que un determinado modo de producción o una determinada fase industrial lleva siempre aparejado un determinado modo de cooperación o una determinada fase social, modo de cooperación que es, a su vez, una «fuerza productiva»” (Marx y Engels, 1959: 29).

él. Respecto de lo primero, lo clave es entender que la división del trabajo material e intelectual, que de por sí impera en el contexto amplio de las relaciones sociales, también se impone al interior de las clases mismas. Así, por ejemplo, en el caso de la clase burguesa (cuyas ideas predominan en la sociedad), se sostiene que “una parte de esta clase se revela como la que da sus pensadores (los ideólogos conceptivos activos de dicha clase, que hacen del crear la ilusión de esta clase acerca de sí misma su rama de alimentación fundamental), mientras que los demás adoptan ante estas ideas e ilusiones una actitud más bien pasiva y receptiva, ya que son en realidad los miembros activos de esta clase y disponen de poco tiempo para formarse ilusiones e ideas acerca de sí mismos” (Marx, 1959: 49).

Por su parte, en lo que se refiere al problema de las relaciones entre teoría y práctica como contexto en el cual se desenvuelven los intelectuales de una clase, la concepción de Marx ha quedado plasmada, a propósito del caso del proletariado, en la famosa alusión al arma de la crítica conjugada con la crítica de las armas y en su percepción de que la “teoría se convierte en un poder material cuando prende en las masas”, en el entendido de que esto último solo tiene lugar “a condición de que argumente y demuestre ad hominem, para lo cual tiene que hacerse una crítica radical” (Marx, 1982 b: 497). Y una crítica radical, concreta, ad hominem, es aquella que va a la raíz de lo humano y, específicamente a las necesidades igualmente radicales del ser humano:

Toda revolución requiere, en efecto, un elemento pasivo, una base material. En un pueblo, la teoría solo se realiza en la medida en que es la realización de sus necesidades (…) ¿Serán las necesidades teóricas necesidades directamente prácticas? No basta con que el pensamiento acucie hacia su realización; es necesario que la misma realidad acucie hacia el pensamiento (…) Una revolución radical solo puede ser la revolución de necesidades radicales (ídem: 498).

En este punto, el aire de familia con la visión gramsciana de la hegemonía es proverbial y queda de esta manera rotulado el terreno dentro del cual pueden desenvolverse los intelectuales de la clase trabajadora: la formulación de las ideas en su forma abstracta, general, tiene que partir forzosamente de la situación real del pueblo, es decir, de sus necesidades más sentidas o radicales en sentido humano (consideración que, de otro lado y

acto seguido, le sirve para postular al proletariado como clase revolucionaria59). Eso significa,

en otras palabras, que la ideología del proletariado es una construcción que involucra ese doble movimiento de abajo a arriba y de arriba a abajo que aquí hemos identificado como propio de la noción de cogobierno.

La constitución política de la clase en el contexto genérico del modo de producción queda de esta forma analizada. Pero ¿qué pasa cuando nos planteamos el problema en el escenario más específico de una formación social, como podría ser el caso de los países que en la época de Marx venían experimentando la revolución industrial (Inglaterra, Francia, Alemania, Holanda, Estados Unidos, etc.)? Nuestra hipótesis es que al resituarnos en este terreno de lo concreto, la relación que forma la clase en sentido político debe ser interpretada como una interacción cogubernativa entre movimiento social sindical y partido político. Veamos en qué sentido. Hasta principios de la década del 60 del siglo XIX, la actitud de Marx respecto de los sindicatos fue de indiferencia y, casi se diría, de desconfianza, cosa debida principalmente a su familiaridad con el caso inglés, en donde si bien dichas organizaciones se habían venido extendiendo tras la disolución del cartismo, sin embargo hacían gala de una orientación puramente reivindicativa y de baja politización. No obstante, a medida que dicha década avanza el panorama sindical británico ––y hasta cierto punto también el francés–– comienza a cambiar, sobre todo como consecuencia del deterioro de las condiciones laborales de los trabajadores de la industria textil, sector impactado por el cierre del mercado norteamericano en virtud de la Guerra de Secesión que desgarraba a ese país. Así las cosas, se abría paso un movimiento de radicalización política y de avance hacia formas de cooperación internacional encabezado por los proletariados británico y francés, cuyo subproducto inmediato vendría a ser la constitución de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Marx es invitado a

59 Para Marx, el proletariado es la clase revolucionaria por excelencia en virtud de una razón muy precisa: agrupa a los individuos cuyos sufrimientos son universales por cuanto son víctima no de algún “desafuero especial” sino “del desafuero puro y simple”. En tales condiciones, ella “representa la pérdida total del hombre” y, por ende, “solo puede ganarse a sí misma mediante la recuperación total del hombre”. Desde el punto de vista marxiano, hasta la aparición del proletariado las clases revolucionarias se limitaban a defender un interés particular que lograban presentar como interés general. A contrapelo de esto, y por cuenta de encarnar esa “pérdida total del hombre”, el proletariado defiende un interés universal, rotundamente humano: la “recuperación total del hombre”. En consecuencia, con el proletariado estamos, por primera vez, ante una clase en la que se conjugan la generalidad real de su interés con la generalidad del interés colectivo, es decir, ante una clase cuyo interés particular es el interés general. Así es como podría entenderse, de otra parte, la enigmática consideración del proletariado como “una clase que no es una clase”.

intervenir en el proceso fundacional de dicho organismo en calidad de representante de los obreros alemanes en Inglaterra y ese será el pistoletazo de salida de una nueva actitud suya en lo concerniente al sindicalismo. En efecto, en el documento interno de trabajo de la Internacional que luego se ha conocido como Salario, precio y ganancia (1865), Marx defiende en contra del obrero inglés Weston ––que sostenía la inutilidad de las luchas por la mejora salarial, alegando que un alza de salarios generaba inmediatamente un alza de precios–– la importancia de la organización en sindicatos y de “la guerra de guerrillas” económica que ellos, en su calidad de representantes del trabajo, desarrollan contra el capital: “Si en sus conflictos diarios con el capital los obreros cediesen cobardemente, se descalificarían sin duda para emprender movimientos de mayor envergadura” (Marx, 1976 e: 76). Para él, entonces, la lucha sindical es importante no sólo porque ayuda a impedir el deterioro del salario en relación con la tasa de ganancia, sino sobre todo porque puede contribuir a potenciar la maduración de formas de organización de clase más elevadas. Sin embargo, eso no sucedería si los sindicatos se conformaban, como venía sucediendo hasta ese momento, con desarrollar una mera lucha reivindicativa: “Las tradeuniones trabajan bien como centros de resistencia contra las usurpaciones del capital. Fracasan, en algunos casos, por utilizar poco inteligentemente su fuerza. Pero, en general, son deficientes por limitarse a una guerra de guerrillas contra los efectos del sistema existente, en vez de esforzarse, al mismo tiempo, por cambiarlo, en vez de emplear sus fuerzas organizadas como palanca para la emancipación definitiva de la clase obrera; es decir, para la abolición definitiva del sistema del trabajo asalariado” (ídem).

Sin embargo, un año después, es decir, en 1866, Marx hace una nueva valoración, esta vez bastante más positiva, que vale la pena recoger en extenso:

La única fuerza social de los obreros está en su número. Pero, la fuerza numérica se reduce a la nada por la desunión. La desunión de los obreros nace y se perpetúa debido a la inevitable competencia entre ellos mismos (…) Originariamente, las tradeuniones nacieron de los intentos espontáneos que hacían los obreros para suprimir o, al menos, debilitar la competencia, a fin de conseguir unos términos del contrato que les liberasen de la situación de simples esclavos. El objetivo inmediato de las tradeuniones se limitaba, por eso, a las necesidades cotidianas, a los intentos de detener la incesante ofensiva del capital, en una palabra, a cuestiones de salarios y de duración del tiempo de trabajo. Semejante actividad de las tradeuniones, además de legítima, es necesaria. Es indispensable mientras exista el actual modo de producción. Es más, esta

actividad debe extenderse ampliamente mediante la formación y la unidad de las tradeuniones en todos los países. Por otra parte, sin darse cuenta ellas mismas, las tradeuniones se fueron convirtiendo en centros de organización de la clase obrera, del mismo modo que las municipalidades y las comunas medievales lo habían sido para la burguesía. Si decimos que las tradeuniones son necesarias para la lucha de guerrillas entre el capital y el trabajo, cabe saber que son todavía más importantes como fuerza organizada para suprimir el propio sistema de trabajo asalariado y el poder del capital (…) Ocupadas con demasiada frecuencia en las luchas locales e inmediatas contra el capital, las tradeuniones no han adquirido aún plena conciencia de su fuerza en la lucha contra el sistema de la esclavitud asalariada. Por eso han estado demasiado al margen del movimiento general social y político. Sin embargo, últimamente, por lo visto, se ha despertado en ellas la conciencia de su gran misión histórica (…) Aparte de sus propósitos originales, deben ahora aprender a actuar deliberadamente como centros organizadores de la clase obrera ante el magno objetivo de su completa emancipación. Deben apoyar a todo movimiento social y político en esta dirección. Considerándose y actuando como los campeones y representantes de toda la clase obrera, tienen el deber de llevar a sus filas a los obreros no asociados. Deben preocuparse solícitas por los obreros de las ramas más miserablemente retribuidas, como, digamos, de los obreros agrícolas, que, vistas las circunstancias excepcionales, se ven privados de toda capacidad de acción. Las tradeuniones deben mostrar a todo el mundo que no luchan por intereses estrechos y egoístas, que su objetivo es la emancipación de los millones de oprimidos (Marx, 1976 f: 83-84).

Esto significa que para Marx los trabajadores inician su construcción política como clase de abajo a arriba y de lo particular a lo general. En ese marco, las organizaciones sindicales pueden jugar un papel clave en cuanto logren erigirse en el instrumento a través del cual se produzca el desarrollo político de la clase obrera como colectivo. Todo ello, claro, siempre y cuando aprendan “a actuar como centros organizadores ante el magno objetivo de la completa

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