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Los comienzos en Venezuela

Coro es la ciudad en donde los españoles asentaron las primeras cabezas de ganado procedentes de La Española. Coro fue fundada en 1.527 por Juan de Ampíes hijo; desde allí fueron penetrando el territorio.

La fundación de Coro marca un viraje en cuanto a la conducta seguida por España en territorio venezolano. Su concertación con el cacique Manaure, cacique venezolano del pueblo caquetío se produjo entre los años 1.522-1.523 cuando éste estableció una alianza con Ampíes, lo que originó el vasallaje de la nación caquetía, echando las bases para la penetración y conquista de todo el resto de la provincia, asegurando la colonización en Venezuela; por tanto, no existió verdadera conquista sino ya entrado el siglo XVI.

Los animales que fueron entrando al territorio venezolano forzosamente tuvieron que ser cuidados y hasta curados por personas ajenas a la medicina animal, venidas en los viajes españoles. Los albéitares profesionales brillaron por su ausencia. Uno que otro ha sido señalado como tal, debido a la justificación que se haría de los herreros que viajaron, los cuales, además del herraje tenían que convertirse en cuidadores y curadores de animales.

Los datos más precisos acerca de estas migraciones provienen de la Casa de Contratación de Sevilla, creada en 1.503 con la intención de registrar adecuadamente los viajeros hacia Indias (López, 1.999). En los asientos de pasajeros se guardaban celosamente los nombres de los viajeros, así como los datos personales, entre los que sobresalía el oficio que desempeñaban. El emperador Carlos I de España y V de Alemania (1.516-1.556), hijo de Felipe “El Hermoso”, archiduque de Austria y de Juana la Loca, reina de Castilla, ordenaba en base a sus disposiciones: “ no pueden pasar a las Indias ni a sus islas adyacentes, ningunos naturales ni extranjeros de cualquier estado y condición que sea sin expresa licencia nuestra, sino fuera en los casos que la puedan dar el presidente y jueces de la Casa de Contratación” ( Recopilación de Leyes de Indias).

Admiten como prohibición los juicios inquisitoriales. Debían contar en las peticiones para viajar, la presentación de testigos que probaran que los peticionarios no estaban entre los prohibidos a pasar a las Indias por ser “cristianos

viejos limpios sin máculas de moros ni judíos, ni de personas que hayan sido penitenciados por el Santo Oficio de la Inquisición”. (Ibídem). Pesaban tanto las consecuencias inquisitoriales, que fueron aprovechadas por la corona de España para aumentar las dificultades de obtener licencia para viajar al Nuevo Mundo. Por estas provisiones se llegaba a regular el permiso al hijo de “quemado” o condenado por la herética pravedad y apostasía por la línea masculina ni femenina (Recopilación de Leyes de Indias, ley XVI). La presentación de testigos era indispensable para probar que no se estaba incurso en ninguna de las causales que impedían lograr el permiso para viajar.

Sin embargo, como sucede generalmente en todo proceso riguroso, comenzaron a surgir las actuaciones amañadas, síntomas de corrupción. Comienza la venta de testigos y las licencias fueron objeto de cualquier clase de manipulación. Se fijaban hasta los lugares fáciles para obtener la amañada licencia y una vez allí se podía obtener el permiso para ir incluso hacia los virreinatos. Para el caso de Venezuela era notoria la manipulación, hasta el punto que en 1.574 Felipe II (1.527-1.598) que reinó en España en 1.556 hasta la hora de su muerte en el Escorial, España en 1.598, hijo del Emperador Carlos I y de Isabel de Portugal, ordenaba “que de la provincia de Venezuela no pasase al nuevo reino de Granada, ninguna persona con licencia nuestra que haya ido de estos reinos”.

Siguieron los desaguisados con la publicación de avisos ofreciendo licencias a buen precio, como por ejemplo, aquella que expresaba: “quien quiera comprar una licencia para pasar a Indias, váyase entre la puerta de San Juan y la de Santisteban, cabo de un puente de piedra, que es camino que sale a Tudela y allí en aquella calle pregunte por Nicolás Losada, clérigo, que él se la venderá.” Este aviso fue casualmente encontrado por un vecino en Madrid en 1.555 (Friede, 1.952, p. 480).

A las nuevas naciones americanas fueron llegando albéitares herradores y mariscales, como fue el caso

de Cristóbal Caro que arribó a La Española (Herrero Roja, 1.990, p. 203), llegó a Cuba Baltazar Hernández a principios del siglo XVI (Ibídem, p.208) y Juan Álvarez, llegado al Rio de La Plata (Bermúdez, 1.942, p. 305). A territorio venezolano no llegó en cantidad suficiente este tipo de profesional porque seguramente la provincia de Venezuela “no era muy tentadora”, ya que debía ser más interesante y de mejor porvenir pasar a los virreinatos. (López, 1.999. ob.cit.p. 23).

A Venezuela arribaron muy pocos albéitares, el mayor número lo constituyeron los herreros y herradores, de los cuales los primeros practicaron el herraje por la necesidad imperiosa de la conquista y los segundos se trasformaron en albéitares practicantes por la carencia casi absoluta de estos profesionales. Solamente a comienzos del siglo XIX arriban algunos albéitares y hasta veterinarios europeos que más bien se dedicaron a luchar en favor del movimiento independentista. Por la carencia de profesionales que atendieran la salud animal, no sólo se multiplicaron los brujos y yerbateros, por lo demás, autorizados por el Protomedicato de Caracas, sino que también los médicos de la época incursionaron en la prevención e intento de cura de los animales domésticos atacados generalmente por las pestes que los diezmaban (León A., 2003, ob. cit p, 21).

A comienzos de la etapa independentista, a partir del movimiento del 19 de abril de 1.810 llega a Caracas, el médico veterinario británico William Burke, nacido en Irlanda (la fecha se desconoce) quien ejerció como veterinario a media paga del ejército actuando en el Regimiento 22 de Dragones Ligeros. En 1.807, cuando ya está retirado del ejército británico es contactado en Londres por el precursor Francisco de Miranda quien lo entusiasmó para viajar a Venezuela. Cuando se entera de los sucesos del 19 de abril decide su traslado hacia el país, y rápidamente contacta al patriota Juan Germán Roscio quien le abrió las puertas de la Gaceta de Caracas, donde Burke comienza a publicar desde el 23 de noviembre de 1.810 una serie de ensayos sobre Los Derechos de

la Comunidad de América del Sur y de México. “El arzobispo Narciso Coll y Prat y muchos eclesiásticos observaban con preocupación la subida de la marea revolucionaria, para ellos equivalente al libertinaje que podía sumergir los valores cristianos”. (Pérez Vila, 1.983, pp. XI-LVII).

Cuando aparece en la Gaceta N°20, del martes 19 de febrero de 1.811 un escrito de Burke criticando la intolerancia religiosa como una de las características más perniciosas del sistema político- religioso hispano, el escándalo fue inmenso y las protestas llovieron. Antonio Gómez, doctor en medicina de la Universidad Real y Pontificia de Caracas y las autoridades del convento franciscano de Valencia fueron autores de la réplica inmediata.

Por su parte el Claustro de la Universidad le pide al gobierno que ordenara recoger los números editados de la Gaceta del 19 de febrero y encarga a dos de sus profesores, Juan Nepomuceno Quintana y Felipe Fermín Paul, la redacción de un escrito impugnatorio del publicado por Burke. La impugnación fue admitida por la universidad, aunque no fue publicada sino en 1.812. Estas impugnaciones prácticamente no tuvieron éxito; la mayoría de las Gacetas del 19 de febrero fueron destruidas, rescatándose un ejemplar que se conservaba en la American Philosophical Society de Filadelfia. (Ibídem, p. XXVI)

A la caída de la Primera República (julio 1.812), Burke a escondidas logró embarcarse en el puerto de La Guaira el 13 de julio de 1.812, en la goleta “Saphire”, de bandera británica que lo condujo a salvo hacia Curazao, isla que en ese entonces, estaba en poder de los ingleses. A Curazao llegó el 3 de agosto y de allí rápidamente siguió hacia Jamaica, también posesión británica, donde murió el 12 de noviembre del mismo año. (Pérez Vila .1.997, p.563).

Nuestro Libertador Simón Bolívar en sus campañas más brillantes, como la efectuada a través de los Andes, solía tener la previsión de mantener en su estado mayor a un albéitar herrador, siendo

uno de ellos Ediwando Adges quien le acompañó en Guayaquil en agosto de 1.823. Giannini y Sucre, 1.997, testimonian que Adges actuaba como “herrador con sueldo de alférez” y que “el hecho de que tuviese sueldo de oficial indicaba que sus funciones iban más allá del oficio de hacer herraduras y ponérselas a los animales. (p.258).

Un joven veterinario alemán arribó a nuestro país después de egresar de la Escuela Superior de Hannover. Se trataba de Otto Philip von Braum quien rápidamente expresa el deseo de luchar al lado del ejército patriota como simple combatiente. Ignoramos si llegó a ejercer su profesión en la caballería venezolana, pero si conocemos que obtuvo suficientes méritos como para alcanzar el grado de Mariscal del Ejercito de la Gran Colombia (Walter, 1.985, p.75). Se encuentra entre los alemanes que acumularon mayores méritos y estuvieron próximos a Bolívar, acompañando a Johannes von Uslar (Ibídem).

Entre 1.890 y 1.899 (no se conoce la fecha exacta) llegó a Venezuela el albéitar herrador de origen italiano Giuseppe Pedemonte, quien logra fundar un taller de herrería en donde por espacio de cuarenta años se dedicó al herrado, cuido y cura de los animales a su cargo, los cuales procedían, con mucha frecuencia, de las más prestigiosas cocheras de Caracas. Posteriormente trabajaron como herradores dos venezolanos: Jesús García y Pedro Álvarez, dos españoles canarios, Juan Díaz y Luciano Meza, así como un inglés con nombre castellanizado, José Dolores Green. (Baumeister, 1.943,54 (27-30)