A partir de 1.830 se hace evidente el grave peligro de epizootias siendo notoria también la falta de organización y sobre todo, de verdaderos profesionales para enfrentarlas. Además, el erario depauperado no garantizaba cubrir con los gastos de los programas en áreas que habían sido devastadas durante el desarrollo de la guerra independentista.
El gremio médico de entonces el más organizado en cuanto a las cuestiones sanitarias, acude con los más conspicuos de sus representantes en auxilio de la amenazada ganadería. Entre ellos destaca de manera especial el doctor José María Vargas eminente médico venezolano, amante de las labores del campo y uno de los organizadores en ese entonces de una entidad creada por el general José Antonio Páez, la Sociedad Económica de Amigos del País, cuando ejercía el cargo de jefe civil y militar “de los Departamentos del Norte, nombre que entonces recibía oficialmente Venezuela dentro de la Gran Colombia (Farías de Urbaneja y Pérez Vila, 1.997, tomo 3, p. 1.162). Estas sociedades vienen a ser reminiscencias de aquellas
creadas en Europa por el rey Carlos III en el siglo XVIII, siendo la primera la Sociedad Vascongada ;(1.765); todas presentaban cerca del rey el papel de un consejo técnico (Gómez, Piquer Pérez García, 2.000, ob.cit., p. 31).
La Sociedad Económica venezolana abarcaba gran diversidad de temas, entre los que sobresalían la creación de escuelas especializadas” para dictar materias fundamentales como dibujo, matemáticas y veterinaria (Farías de Urbaneja y Pérez Vila, 1.997, ob. cit p, 1.163). A través del doctor Vargas, quien fue director de la Sociedad y a la vez diputado al Congreso Constituyente, se animaban estos propósitos.
La revolución de Las Reformas intentada contra el gobierno de José María Vargas el 8 de julio de 1.835, acaba momentáneamente con el mandato del insigne médico, aunque el general Páez derrota a los facciosos y repone al presidente. Sin embargo por problemas que se presentan en el senado, Vargas presentó la renuncia definitiva el 18 de julio de ese mismo año.
Todos estos acontecimientos conspiran contra la sociedad, la cual termina desapareciendo en 1.847. (Ibídem, p. 1.164). Su creación se había basado en el artículo 16 de la Ley Orgánica de Educación Pública, aprobada el 18 de mayo de 1.826 por el Congreso de la Gran Colombia, aunque su vigencia no se llevó a cabo sino a finales de 1.829. Fue el 26 de octubre de 1.829 cuando el general Páez convocó a un grupo de personalidades, para establecer la Sociedad. En 1.820 aparecieron sus estatutos.
Desde la Sociedad Económica de Amigos del País el doctor Vargas sugería a la Diputación Provincial de Caracas, para que decretaran la creación de una “Clase de Agricultura, Pastoría y Veterinaria”. (León A., 1.996, p. 36).
El doctor José María Vargas ampliamente conocido por diferentes labores altruistas, llevadas a cabo durante su vida, había nacido en La Guaira el 10 de marzo de 1.786, siendo hijo de José Antonio ► José Antonio Páez
de Vargas Machuca y Ana Teresa Ponce. Obtuvo su grado de Médico en el Universidad Real y Pontifica de Caracas en el año 1.808. Fue rector de la Universidad de Caracas y Presidente de Venezuela. Actuó como médico ante los estragos que causó una enfermedad que diezmaba a la especie equina y que se conoció con el nombre vulgar de derrengadera, cuyo agente causal fue puesto en evidencia años después (1.905), como un tripanosoma por el sabio venezolano Rafael Rangel, aunque este último reconocía el mérito al doctor Ignacio Oropeza, quien ejerciendo en Calabozo estado Guárico, con un microscopio había evidenciado en la sangre de los caballos afectados un parásito al que denominó hematozoario paludismo del caballo.
El doctor Vargas aprovechaba las publicaciones de la Sociedad Económica de Amigos del País para publicar trabajos de su autoría, concernientes a experiencias de campo, en cuanto a las enfermedades de los animales domésticos. En una ocasión fue llamado para ver un torete que padecía lesiones bucales. Después de tratarlo redactó un extenso informe en los siguientes términos: “advertí un tumor viscoso adherido a los labios cuyo origen tuvo lugar en un lado de la boca”; como tratamiento había prescrito: “un purgante en agua de guásimo (Guazuma ulmifolia), el cual combinaba con sal común”. Como astringente, en vez de alumbre usaba el caldo del merei (Cardium occidentalis). Como tratamiento sostenido recomendaba: “lavar la parte afectada dos veces al día con este último caldo, durante seis días”. Como conclusión remataba escribiendo: “con este sencillo método, el animal comenzó a recuperarse hasta que admitiéndole por nuevos reconocimientos perfectamente curado, lo soltó” (Sociedad Económica de Amigos del País. 1.834. Memoria). Con sobrada razón el periodista y escritor venezolano Francisco Salazar Martínez (1.973) decía que el doctor Vargas “también fue veterinario “(pp.134-135). Hoy en día el fruto del guásimo, de sabor dulzón es estimado como alimento para el ganado por sus propiedades medicinales (Diccionario de Venezolanismos, 1.993, pp. 514-515).
La Sociedad Económica de Amigos del País, tratando de fomentar la atención hacia las enfermedades de los animales domésticos, había establecido un premio en 1.834, consistente en: “una medalla de plata del peso de una onza, en la que iba grabado el escudo de la sociedad por el anverso y por el reverso la siguiente inscripción: “Premio a la Industria”.
Entre los aspirantes al premio, apareció un sujeto que proponía, de manera descabellada, según lo interpretamos hoy, un supuesto tratamiento contra la rabia. Este individuo, cuyo nombre desconocemos, porque no fue revelado en la memoria de la sociedad, recomendaba: “sesenta onzas de limadura de peltre, sesenta de ruda (Ruta gravedens), cuarenta de ajos y cincuenta de triaca de Venecia “(remedio usado en la época contra la mordedura de animales venenosos). La palabra triaca tiene origen del vocablo griego theriake, que significaba antídoto la cual era una” preparación de la farmacopea antigua, en la que podían encontrarse unos sesenta componentes y que se prescribía como antídoto en los envenenamientos “(Diccionario Terminológico de Ciencias Medicas, 1.980, p. 1.005).
El aspirante al premio al seguir describiendo su preparación agregaba: “la ruda y el ajo machacados muy menudamente y con azumbre” y medio de cerveza fuerte o de vino blanco; se colocan en una vasija de barro con tapadera de modo que quede bien cerrada. Esta vasija se coloca dentro de otra llena de agua, teniendo cuidado de embutir alguna paja entre las dos para que no se rompa con el hervor, que debe durar, a fuego lento, mas de tres a cuatro horas. Separada del fuego se estruja todo el material y se embotella el licor sin las heces, corchando bien la botella”.
Finalmente el autor sugiere la forma de administrar y la dosis a utilizar: “para un perro basta darle una cucharada de las regulares el primer día, dos el segundo, tres el tercero, cuatro el cuarto, cinco el quinto y esta misma cantidad otra cuatro mañanas
seguidas. Igual cantidad se daría a hombres y mujeres, según su robustez. Para los muchachos hasta la mitad y si es posible, aplicar a la herida una cataplasma de ruda y ajo en donde se ha usado el licor. Termina con otra recomendación: “Debe hacerse caliente, pues es seguro que sentirá mejor efecto” (Sociedad Económica de Amigos del País, (1.829-1.839) cuaderno 14).
El desconocimiento de la etiología de la enfermedad y la gravedad de su contagio a través de la saliva, hace pensar dramáticamente en las posibles víctimas del tratamiento, si este llegó a aplicarse.
La Gaceta Médica de Venezuela le sirve al doctor Vargas como documento para hacer conocer una epidemia que azotaba a los efectivos equinos y mulares en varias regiones del país describiendo” la curación de una mula afectada por el mal” ( Salazar Martínez, 1.973, ob. cit p. 134). Se sigue llamando derrengadera por el desconocimiento de su agente causal, atreviéndose Vargas a elucubrar al respecto cuando expresa que: todo nos conduce a creer que proviene de la influencia de la estación seca y demasiado calurosa” y que consistía en: una gran irritación o inflamación de los órganos de la circulación de la sangre y de una determinación desigual de ella a aquella parte más predispuesta como el espinazo en sus diferentes regiones, lo que causaba una apoplejía del órgano de la médula que contiene y de aquí una parlesia de los extremos de atrás y aun de la vejiga de la orina y del recto o última porción de las tripas. Vargas recomendaba como tratamiento: “una sangría copiosa cuanto antes y un purgante de sal de higuera”. Luego de la sangría se inclinaba por la aplicación “de un botón de fuego o hierro encendido en seis puntos diversos, pero aproximados a los lados del espinazo, cerca del anca, sobre la región de los riñones, tres a cada lado (Ibídem, p.175).
Después de cinco o seis aplicaciones recomienda: “un ungüento de basilicón fuerte mezclado con polvos de Juan o precipitado rojo”. Termina diciendo: “el resultado ha sido muy feliz, la mula empezó a
levantarse, ha ido comiendo y hace muy pocos días se nos ha informado que está perfectamente buena”. En otros casos se recomendaba añadir al tratamiento la administración de agua de malva en gran cantidad, refrescando la cutis con la untura de mantequilla fresca y darle al animal el alimento en forma gradual cuando se vaya saliendo del mal (Ibídem).
En el caso de esta mula enferma, la mejoría que debe haber presentado, como lo asegura el doctor Vargas, seguramente se debió, al paso de la enfermedad de una de sus fases a otra. La fase de anemia (de la cual deriva el otro nombre vulgar de la enfermedad de peste boba) pasa a la fase nerviosa. En ese intervalo puede haberse percibido la mejoría. Sin embargo (aunque no lo dice ningún otro informe), la muerte del animal era inevitable porque debió agravarse con una sangría copiosa.
En 1.833 cuando la derrengadera invade el llano, el doctor José Santiago Rodríguez, desde Calabozo, estado Guárico, le hace saber al doctor Vargas, la presencia de la enfermedad en sus predios y le pide el auxilio de su ciencia, dada la cantidad de noticias que recibió de varios dueños de hatos. Este mismo médico en 1.860 y Anacleto Llamozas, médico también calaboceño, en 1.866, dedican grandes esfuerzos contra los frecuentes brotes de esta epizootia.