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COMO ANTE EL PAISAJE

In document Cantaclaro - Romulo Gallegos (página 101-106)

SEGUNDA PARTE

COMO ANTE EL PAISAJE

Pero además de estos motivos de diversión, Florentino llevó a la soledad de Hato Viejo otro, de mal entretenimiento, por haberle dado a la antigua conseja del duende un sentido nuevo y de mayor incentivo para los comentarios maliciosos, a los cuales se entregaron sobre todo las mujeres, tanto las del hato como las del servicio de la Casa Grande.

Sólo Hinojoza y Juan Parao podían sospechar que Rosángela no fuese hija de Payara, pues el resto de la servidumbre era de tiempos muy posteriores al drama conyugal de éste, y la fidelidad de aquéllos nunca claudicó en murmuraciones acerca de lo que entonces hubiesen presenciado u observado. Ni aun entre sí solos, primero por el mutuo recelo que se tuvieron y luego, ya íntimos amigos a través de la adhesión a Payara, por obra de una singular rivalidad de a quien más leal fuese para con “el blanco” y más reservado respeto a cuanto pudiera ser mengua de su honra. De donde vino a resultar que, habiendo comenzado por aquella sospecha, ya ni el uno ni el otro la abrigaban, convertida la reservada en convicción de que Ias cosas eran como Payara había querido que pareciesen. Que si el negro le había referido a Florentino el episodio de Mata del Ahorcado, no fue propiamente con ánimo de murmurar, sino porque entendió que aquél deseaba que lo conociese y con la buena intención de que el autor del corrido alusivo al hecho no continuase juzgando al “blanco” capaz de ahorcar a un hombre por un becerro.

Pero la llegada de Florentino y su cuento de cómo el duende se había empeñado en franquearle el paso —cosa inusitada, pues según la conseja sólo acostumbraba aparecerse para atemorizar a las mujeres y hacerlas abandonar la casa donde les estaba vedado permanecer— dieron pábulo a las murmuraciones, corroborando maliciosos pensamientos que ya se hubieran ocurrido.

—Es ahora que lo vengo a decí, pero ya lo había pensao hace días —aseguraba una de las murmuradoras—.

Esa manera de miré el doctor a la señorita ya se me había metío en Ia cabeza que no era muy bendita.

—¡Mujé! ¿Qué quieres decí con eso? —replicaba otra, haciéndose la inocente. —Que asina no miran los padres a sus hijas.

—¿Crees entonces que no sea hija dél? —Ya lo creo que sí; pero...

—¡Ave María purísima! Cuidao como te oyen decí eso.

—¡Pero si está claro, mujé e Dios! ¿Pa qué se iba a empeñá el espanto en que Florentino pasara el tranquero? Fíjate pa que veas: llega Florentino, lo conoce la señorita y se enamora dél, como toas las mujeres a cuya vera él pase; él también se enamora de ella y como los dos son blancos y puén entenderse, se casa con ella y se la lleva de aquí. ¡Y santas paces!

—¡Mujé! ¿Sabes que como si tienes razón? Pa eso debe de ser que el blanco le haiga abierto la puerta a Florentino.

—Pero lo malo es que Florentino como si no se ocupa de ella, pues a la hora de éstas toavía no ha tratao de acercársele.

—¡Hm! ¡Qué te lo figuras tú! Nadie sabe cuándo el peje bebe agua. ¿Pa qué son entonces las medias noches oscuras?

—¿Crees tú?...

—No es que creo; es que he escuchao caballos trotando a medianoche, rumbo a la Casa Grande.

—¿Luego de ná le ha vallo al doctor mandarlo pacá?

—Ni haberle encargado al Guariqueño que no lo pierda vista. —Pero con hacerlo seguí su camino tendría.

—¡Cosas del blanco, que tiene más vueltas que un cacho! Yo lo que te aseguro es que esta mañana le escuché decí a Juan Parao que aquí iba a ardé pronto esa Troya de los pasajes que él cuenta. Que si mal no he escuchao por una mujé jue que ardió.

—¡Hum! ¿De mo y manera que Florentino, haciéndose el mogollón, se da sus saliítas de noche?

—Más te digo: es el mismo duende el que lo viene a busca pa acompañarlo hasta allá, porque son dos los caballos que he escuchado troté a medianoche.

—¡Ave María Purísima!

—Con decirte que yo me acuesto rezando la Magnífica...

Y así como en los mentideros del hato, también en la cocina de Ia Casa Grande.

Mientras en ésta vivió solo Payara, Ia única mujer que tuvo a su servicio fue Evencia, hermana de Hinojoza y ya tan vieja como él, para los cuales hizo construir una casa de baharaque y palmas, a una distancia de la Casa Grande que le permitiese a aquélla sentirse tranquila respecto a las visitas nocturnas del espanto, aunque, además, tuvo que allanarse a persuadirla de que la famosa prohibición de Aquilino Payara no debía en tenderse sino al pie de Ia letra de su testamento y que

por lo tanto, no se refería sino a las casas construídas por él, la grande y las del hato antiguo. Nunca habló Evencia —ni tampoco la mujer y la hija de Hinojoza, que allí también vivieron— de haber oído el trote de aquel caballo que anunciaba la aparición del fantasma, ni aun cuando ya Rosángela habitaba la Casa Grande; pero no ches después de la llegada de Florentino despertó preguntándole a Hinojoza, de cuarto a cuarto:

—iJosé! ¿Estás escuchando? —¿Qué?

—¿No oyes como si viniera un caballo?

—Déjate de zoquetadas, mujé, que ya estás muy vieja pa esos melindres. Si alguno viniera ya habrían latío los perros.

Sin embargo, Hinojoza se levantó y salió a explorar los alrededores de la Casa Grande, murmurando:

—¡Ah caramba con el Florentino y su empeño de buscarle tres pies al gato! Pa después decir que si será sonámbulo.

Pero si no se acercaba ningún jinete, en cambio sí distinguió alejarse uno y se regresó a su casa preguntándose:

—¿Paonde irá el doctor a estas horas? Y no es la primera vez, porque ése fue el caballo que escuché anteanoche y no en sueños, como creí.

Y ya al entrar en su casa:

—Y lo peor es que deja a la niña sola en ese caserón.

Vamos a quedarnos por aquí montando guardia mientras él regrese, no vaya a ser cosa que la niña se dé cuenta de estar sola y se asuste y pida auxilio... ¿Qué significarán esas salidas del doctor a estas horas?... El nunca había tenío esa costumbre.

Pero como en la casa de Hinojoza dormían también dos muchachas del servicio de Rosángela y oyeron la pregunta de Evencia al hermano y sintieron salir a éste, al día siguiente las sorprendió Rosángela, cuchicheando, con una de las mujeres del hato que había ido por allí de exploración, so pretexto de llevar unos quesos.

—Tú lo oíste? —preguntaba la del hato. —!Guá, mujé! ¿No- te digo?

—A qué hora fue eso?

—Pues, como a medianoche. Ahí mismito empezaron a menudeá los gallos. —Pues jue él. Alrededor de esa hora lo sentí yo salir de allá.

—Pero no eran dos caballos, como tú dices que y que salieron del hato, sino uno solo el que nosotras sentimos.

Evencía no estaba en la cocina en ese momento y así pudieron entretenerse murmurando, la del hato y las muchachas del servicio de Rosángela, hasta que ésta, como se acercase

por allí, oyó que la primera de aquéllas decía:

—Ustedes no habrán notao na raro, ya que lo dicen; pero, convénzanse, por eso fue que el blanco le corrió el tranquero; pa que viniera a evitá lo que no debe de sucedé.

Inmutáronse y cambiaron la conversación al ver a Rosángela y aunque por el momento ésta no dió importancia a lo oído, bastante vago por lo demás, tales palabras habían de deslizársele por los entresijos de aquella rara quietud que experimentaba ante el paisaje, obstinada y más poderosa que su voluntad de reprimirla, acaso porque ya fuese modo de represión de otra y más profunda intranquilidad de su espíritu.

Pero a poco de regresar de la cocina oyó voces alteradas y- volvió allá.

Era la vieja Evencia riñendo a Ias muchachas, a quienes había sorprendido comentando las insidiosas palabras de la mujer del hato que ya se había marchado.

—¡Y se largan ya de por todo esto! —decíales—. ¡Canallas! Grandísimas perras, que asina agradecen el cariño que se les tenga. Se largan ya de aquí porque lo dispongo yo, que tengo derecho a hacerlo. Y ya le voy a manda a decí a Juan Parao que les ponga preparo a esas zánganas de allá, que na tienen que vení a hacé aquí.

¡Vamos! A recogé sus trapos ligero, porque ya van a está cogiendo camino. —.Qué pasá, Evencia? —intervino Rosángela.

—Na, niña —respondió la vieja—. Estas percusias que están de más en- esta casa y las estoy poniendo de patas en Ia sabana. Yo siempre pude con el - trabajo de aquí y entuavía puedo, manqué esté vieja y carranclona.

Y desentendiéndose de Rosángela continuó con las muchachas:

—¡Alza! ¡A recogé sus trapos! Y que no las vea yo más por to esto porque voy a echá los perros.

Evencia, por sus años y por la probada lealtad, tenía atribuciones suficientes para proceder a aquel despido; pero además de que no intentaría discutírselas, tampoco se atrevió Rosángela a insistir en pedirle que le explicase los motivos de aquella determinación y se volvió a su cuarto a continuar su labor.

Pero ya no fue ante el panorama obsesionante de la inmensidad desierta y muda la sorda inquietud, la es pera angustiosa, sino en la presencia amiga de las cosas que ya tenían impreso el sello de su espíritu, en su habitación apacible y sencilla, torre de marfil de sus gustos caseros, lo mismo ésta que aquélla de Ia casa de las Payaras, detrás de cuyos muros siempre se habían detenido y apagado los rumores del mundo, así los placenteros como los inquietantes.

Ahora los traspasaba el cuchicheo de las sirvientas, palabras duendes que la hacían quitar la vista de Ia labor que hacía para adorno de su cuarto y volverla una y otra vez en torno suyo, como si buscara dónde se produjesen, inquieta, cual de invisible presencia acechante, asqueada como de inmunda vecindad. No tenía en qué fundarse, ni aun después de la indignada determinación de la vieja Evencia, para sospechar que las murmuraciones de las sirvientas se refiriesen a ella, pero se repetía lo que oyó en la cocina, sin darle importancia entonces:

—... a evitar lo que no debe suceder.

No quería admitir la posibilidad de que se refiriesen a ella, pero la alevosa comidilla de la cocina cuchicheaba en el pulcro silencio de su habitación como una advertencia, Y de pronto se le escapó exclamar:

—¡Yo en boca de sirvientas!

Pero en seguida se apresuró a reprimir aquel pensamiento, detrás del cual hacía presión una fuerza que no debía desatarse:

—Yo, por qué?

Y luego, procurándose, de prisa, una explicación aceptable de lo sucedido:

—Hablaban del aparecido, que según ya les había oído otras veces, dice ese Florentino que le abrió la puerta y como Evencia sabe que papá tiene prohibido que se hable de esa superchería...

Pero al decirse así recuerda que en la noche anterior estuvo a punto de incurrir, ella también, en aquella superstición, porque sintió llegar un caballo y apearse al jinete y penetrar en la casa, sonando las espuelas, aunque andaba en puntillas.

—¿Quién es? —preguntó, ya con el corazón saliéndosele por la boca. . —Yo, hija —le respondió Payara.

—Ah! ¿Tú?... No te había sentido salir.

Payara dio un explicación que por el momento le pareció suficiente: padecía insomnios, acostumbraba a combatirlos cabalgando un rato por la sabana...

Pero ahora dudaba y varias interrogaciones se le formularon simultáneamente:

¿Qué relación existiría entre aquellas furtivas salidas nocturnas y Ias apariciones del duende de Hato Viejo?

¿Por qué los peones de éste designaban con el mismo nombre de “el blanco” a su padre y al: aparecido?...

Y una interrogación que, sin haberse formulado, obtuvo respuesta: —Tal vez habría sido mejor que papá se hubiera vuelto a casar...

¿Acaso pensó que aquellas salidas nocturnas fuesen furtivas visitas a alguna mujer?... La casta disciplina: de su espíritu y su romántica admiración filial no debieron darle acogida a

tal pensamiento; pero en todo caso la respuesta correspondía a una interrogación formulada en lo más sondable del alma... Y ya esto era como ante el paisaje, inmensidad misteriosa.

Volvió a su labor, que era de tejido, en la cuenta de cuyos puntos nunca se equivocaba... Pero la erró varias veces...

Ya los muros de su torre de marfil dejaban pasar los rumores de afuera.

III

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