TERCERA PARTE
TRUENO ABAJO
Díjole el positivista al fantaseador: Tenemos que hablar, hermano.
José Luis, el positivista, en nada se parecía a Florentino, el fantaseador. Ni en lo físico — Belisario purito, como decía doña Nico del primogénito, su copia en lo cenceño, bronco de la voz, aborrascado del entrecejo y moreno de la piel, que el sol llanero le había curtido ya, apergaminándosela; mientras que Florentino era de ese blanco bronceado de resol y viento sabaneros que por allí llaman catire, color de todos los Coronados—, ni en lo congénito del carácter, ya que de lo adquirido no habría que hacer mención, pues dos géneros de vida totalmente diferentes no podían producir semejanzas.
Le gustaban los cantares llaneros, más se desdeñaba de ocuparse en componerlos, que, por lo demás, para eso estaba ya Florentino; le agradaba viajar, pero detrás de su ganado y con rumbo fijo, cuando iba a venderlos a tal parte; no le interesaban las mujeres, mientras que Florentino no entendía vida sin viaje, ni éste sin alguna en la remonta; no soportaba injurias ni agravios, pero no barajustaba tan de pronto y por quítame allá esas pajas, como el hermano, y, finalmente, era sedentario, en cuanto puede serlo un llanero, le tenía apego al trabajo continuo y sabía administrar el hato de El Aposento que heredaran del tío Manuel.
Sin embargo, en El Aposento las cosas marchaban mal, con vistas a peor y ele esto era que tenía que hablarle a Florentino.
Por la cara que pones presumo que no será muy agradable lo que tengas que decirme. Se trata, en primer lugar, de saber qué planes trae usted— repuso José Luis, quien por tímido y zamarro disimulaba todos sus afectos bajo tratamiento distanciador.
—Pues, en primer lugar, arrimarte el hombro de veras y con fundamento. O mejor dicho: coger para mí toda la carga del hato a fin de que tú descanses un tiempo y eches un paseo a la capital, o a donde te lo pida el cuerpo, que buena falta te hace complacerlo, pues todo no puede ser rigor.
—¿Paseos? ... Pero sigamos con mis preguntas. ¿Y respecto a esa muchacha, qué trae usted entre cacho y quijada?
—Acuérdate, hermano, de que ya te he dicho muchas veces.
que para puntas de amores Florentino tiene contras.
—¡Jm! —hizo el positivista. Y el fantaseador prosiguió :
—Las ganas de trabajar de veras y con fundamento no me vienen por ese lado, José Luis, sino del haberme convencido de que ya es tiempo de que amarre el bongo en una playa donde haya buen sesteadero, para rato largo. ¿Me explico?
—Como si hablara soñando.
Florentino se volvió a mirarlo y así permaneció un rato en silencio, antes de interrogar: —¿Y si el sueño fuera de algo grande, José Luis?
—Yo no le haría ruido para que no se despertara.
—Ya hablaremos de eso, hermano. Por ahora mi propósito es, como te digo, arrimarte el hombro para que descanses un tiempo y te des un gusto siquiera, de los muchos que le has negado al cuerpo. Por ejemplo, ese paseo a la capital, que ha sido siempre tu ambición.
—¿Paseos? —volvió a murmurar José Luis—. No están las cosas para eso. —Estando yo aquí...
—Mire, hermano. Yo no había querido confesarle la verdad para que usted siguiera tranquilo, llevando la vida que le gusta llevar. Porque, ahora que viene el caso, voy a referirme a una cosa que no sé si usted recordará. Cuando murió el viejo nuestro, a quien Dios tenga en su gloria, me acuerdo mucho que estaba usted en un rincón del cuarto acurrucadito, llorando y que yo me le acerqué y le dije : "No llore, hermanito, que a usted no le faltará apoyo en el mundo. Desde hoy en adelante yo voy a ser su padre".
—¿Que si lo recuerdo, hermano? —repuso Florentino emocionado.
—Pues bien —continuó el positivista—, como esa ha sido mi ley desde entonces, nunca he querido que usted se preocupe por lo positivo de la vida y con gusto he trabajado siempre para que ni a nuestra vieja ni a usted les falte nada. Pero una cosa piensa el rucio y otra el que le está ensillando, dice el dicho, y conmigo ha resultado. El negocio de ganado, que ya venía malo hace tiempo, ya pasó de peor. Los peajes —que y que ya no los hay— y los pasos de puentes, que por debajo los pasa siempre el ganado, pagando como si fuera por encima, acabando con ellos, y los derechos de empotreramiento y las mil vagamunderías que todos los días inventa el gobierno para exprimir al trabajador, se llevan todo el dinero que produce el ganado, sin contar la necesidad de venderlo a como quieran pagarlo los que tienen el monopolio de la matada.
Sin embargo, yo me había ilusionado por creer en aquello de que "no hay mal que dure cien años", que lo que está resultando cierto es que no hay cuerpo que lo resista, como termina el dicho. Me había ilusionado, digo y gasté todos los ahorros, que habíamos hecho, por vivir como vivimos sacando del cuero las correas, en comprar las sabanas de los alrededores de El Aposento que me fueron ofreciendo en venta sus dueños desesperados, y luego, ilusionándome más, fui y cogí prestados unos reales que toditos se los tragó la cerca, a estas horas no terminada todavía. Estos reales, que me los habían dado hasta sin recibo, como ya sabe usted, tuve que pagarlos buscándolos en otra parte y para eso, como ya usted también sabe, tuvimos que hipotecar el hato.
—No se aflija, hermano —interrumpió Florentino—. Ya saldremos de abajo otra vez. Ahora seremos dos para meterle el pecho al trabajo. ¡Y con las ganas que yo tengo de pegarme a la brega! En cuanto rompa la entrada de agua vamos a coger un buen lote de ganado, que yo mismo iré a vender a la cordillera ... 0 mejor dicho, dos buenos lotes; uno que me llevaré yo para la cordillera y el otro que lo arrearás tú para el centro. Y así matarás dos pájaros con una misma piedra: conocer la capital y vender el ganado a buen precio, porque el que madruga coge agua clara y este ario, antes de que otros hayan terminado de recoger, ya nosotros iremos arreando. ¡Eche galante, hermano! Aquí hay hacienda bastante y toda gorda. Cuando las cosas se ponen difíciles es cuando más me gustan y me provocan. Mañana mismo rompemos los trabajos, porque ya no debe de dilatar la entrada de aguas…
—Pero es que hay algo más, hermano —replicó José Luis, pesaroso de tener que destruír aquel entusiasmo explosivo—. Hace dos días que he sabido que la hipoteca que pesa sobre El Aposento la va a tomar en traspaso el coronel Buitrago.
Florentino contrajo el ceño al oír mencionar al Jefe civil del distrito, en cuyos términos estaba ubicado el hato, mala persona y peor autoridad con quien ya había tenido rozamiento por causa de algunas coplas, en las cuales satirizaba, aunque sin nombrarlo, su codicia y su brutalidad.
—La operación todavía no se ha efectuado —prosiguió José Luis—, pero me consta que ya es un hecho detrás del cual estaba hace tiempo Buitrago, quien, como ya usted sabe, tiene visteado El Aposento y varias veces me ha propuesto que se lo vendamos, por lo que él cree que vale, desde luego y no por lo que queramos pedir.
—Pues que se siente a esperar.
—¡Ah, caramba, hermano! Con ejecutarnos la hipoteca a su hora y punto ya tiene causa para obligarnos a vender.
—Es que a esa hora y punto no se llegará, porque antes tendremos los reales para rescatar la hipoteca.
—¿Y si no los tenemos?
Ya verás que sí. En último caso hacemos otra operación para pagarle a Buitrago. Todo menos venderle El Aposento.
—¡Ah caramba, hermano! Vuelvo yo a decir. ¿No sabe usted en qué tierra vive? Ese hombre es el mismo que arruinó a los Bejaranos, haciéndoles meter en la cárcel a cuenta de revolucionarios, porque no quisieron venderle Las Juajitas a él como quería pagarla, que es como él compra.
¡Ah malhaya se atreva con los Coronados!
Se atreverá, hermano. No se haga ilusiones. Ese hombre está bien cogido con el gobierno y así fuéramos las Tres Divinas Personas, dicho sea con el perdón de ellas y contando a nuestra vieja, que para el caso sería un hombre, nos hace meter en la cárcel con tres pares de grillos, como los que les pusieron a los Bejaranos. Ya nos está poniendo dificultades. En días pasados .me embargó un lote. de ganado porque en él iban dos vacas que le había ofrecido la Vieja de regalo al doctor Carrillo y valiéndose de la ley que prohibe beneficiar vacas, Buitrago se quedó con ellas y encima me hizo pagar una multa de cincuenta pesos. Como quien dice, para abrir boca.
Y como Florentino callara, ceñudo, José Luis prosiguió
Yo no debiera contarle esto, hermano, porque usted es volado y puede darla por querer arreglar este asunto de hombre a hombre. Pero nada se ganaría con eso, por lo cual le aconsejo que se quede tranquilo, como si nada supiera, como me he quedado yo tragándome la saliva; sino que por el contrario se perdería todo, pues ya Buitrago podría decir, si usted va a pedirle cuenta a las bravas, que somos enemigos del gobierno. Que es la vuelta que nos anda buscando para quedarse con lo nuestro. Y a usted, principalmente, para cobrarle las burlas que ha hecho de él en sus coplas.
A lo que repuso Florentino, refiriéndose a palabras de Juan Crisóstomo Payara:
Ya me han dicho que mientras mis coplas anden rodando por el llano yo no haré nada de provecho; pero si de buena gana las recogería todas, como hacienda cimarroneada que nada produce, a esas que le molestan al coronel Buitrago las dejaría solas, pitando en medio de la sabana.
No vaya a imaginarse, hermano, que con eso de haber mentado sus coplas piense yo que de ahí provengan las ganas que nos tiene Buitrago, pues como el mal viene de su codicia armada de autoridad, con coplas y sin ellas siempre le habría puesto la vista a El Aposento, como se la puso a Las Juajuitas.
Y al cabo de una pausa y sin darse cuenta de que atizaba un rescoldo:
—Convénzase, hermano: en esta tierra hay que ser jefe para que lo respeten a uno y lo dejen vivir tranquilo en lo suyo. Ese ha sido el error de los Coronado de antes que estamos purgando nosotros: preferir que fuéramos hombres honrados y de trabajo. Si el viejo o nuestro tío Manuel en vez de ponernos una soga en la mano para que sabaneáramos, como ellos lo habían hecho, nos hubieran puesto una lanza o un machete para que nos incorporáramos a la primera revolución que nos pasara al alcance, a estas horas usted y yo estaríamos jefeando y nadie se metería con nosotros.
Hasta aquí llegó José Luis, porque ya estaban en el sitio a donde se dirigían, a pisar para otras sabanas un ganado que se majadeaba por aquellos parrapatales, a los que era menester pegarles candela antes de que comenzasen las lluvias.
Pero durante la faena y mientras arreaban la hacienda castigada por la sequía hacia la querencia de otros comederos y bebederos, las palabras del positivista siguieron trabajando en el ánimo fantaseador, picándolo también hacia el recuerdo de aquellas de Juan Parao que prometían ancha majada y caudaloso abrevadero:
—"Usté tiene condiciones de jefe, catire"...
El peón puntero guiaba el rebaño silbando una tonada tendida en el silencio. La calma de la atmósfera irrespirable y ardorosa daba congoja. Al ras de los pastos ardidos vibraba un resplandor amarillento. Sentíase la inminencia de la tormenta con que se desata el invierno... Se oyó un mugido lejano.
—Truenos abajo —murmuró José Luís—. No tarda en llover.
Florentino miró en aquella dirección y como hacia allá caía el pueblo donde era autoridad el coronel Buitrage, se quedó pensando en él y en lo que con él habría de ocurrirle si insistía en hostigarlos para que le vendiesen El Aposento.
—Trueno abajo —repitió uno de los peones. Se estremecieron los pastos...
III