TERCERA PARTE
UN ZARPAZO DE BUITRAGO
Pero mientras así reinaban en El Aposento la alegría y la confianza, allá, en su Jefatura Civil del Distrito en cuyos términos estaba ubicado el hato, Buitrago se desperezaba y distendía la garra.
Era Dionisio Buitrago el mismo Jefe Civil que, antes de arruinar a los Bejaranos, ya había arruinado, entre otros, a Juan el Veguero.
—Mire, don José Luis —le había dicho hacia algún tiempo—. Véndame El Aposento, pero véndamelo barato.
—Pero, coronel —hubo de replicarle aquél—, si ni barato ni caro quiero, yo venderlo. Además, no soy su único dueño y necesitaría el consentimiento de mi madre y de mi hermano, quienes tampoco están dispuestos a desprenderse del hato a ningún precio. —¡Ah caramba, don José Luis! ¿No ha oído decir que cuando a uno le proponen comprarle algo debe venderlo incontinenti, pues si no después tendrá de qué arrepentirse? Escúcheme si no este pasaje, no más, como dicen ustedes los llaneros, que le ocurrió a un compadre mío, allá por los lados de El Chaparro donde yo era Jefe Civil en ese entonces, recién empezandito mi carrera política.
Tenía el hombre una mula caureña muy buena moza y caminadora, que a mí me gustaba, y le propuse comprarsela; pero el compadre se empeñó en no vendérmela y al día siguiente no más le amaneció enferma y allí mismito se le murió.
Dionisio Buitrago no era propiamente un cínico, o a lo menos pura y simplemente un cínico, sino que se las daba de muy ducho en el arte de bellaquerías, imaginándose que nadie sería bastante astuto para penetrarle sus entresijos y así hablaba de ellas con la fruición del disfrazado que se presenta como quien es para desorientar a quien pueda reconocerlo.
Pero ya José Luis estaba en el secreto de aquel ardid y así repuso, intencionadamente: —¿De qué moriría, coronel?
—¡Yo qué sé, don José Luis! Cosas raras que pasan en la vida. ¿Sabe? Digo que Será por aquello de que las cosas y que no son de su amo sino de quien Ias necesite.
—Pero no vaya a imaginarse que fuera porque yo le echaría mal de ojos. Pues por ahí dicen mis enemigos que y que tengo esa propiedad. ¿Sabe? Lo que puedo asegurar es que partía el alma ver muerto aquel animal tan hermoso.
—Me lo figuro. Muy buena mula sería para que usted se enamorara de ella y barata querría comprársela a su compadre.
—Voy a decirle, don José Luis. Eso de barato y caro es según el cristal con que se mire, como dice el verso. Si no, vea lo que les -pasó a los Bejaranos. ¿Sabe? Les pareció poca la plata que les ofrecí por Las Juajuitas, que no son sino unos pañitos de sabana y, sin embargo, van y se meten a gastar un platal en una revolución. ¿No le parece mucha temeridad de hombres, don José Luis? Ellos que siempre habían sido gente de trabajo y de orden, como ustedes, los Coronado, verbigracia, O mejor dicho, como usted, pues Florentino no se ocupa sino de sus coplas. Que son muy ocurrentes y muy sabrosas, por cierto.
No se imagina usted lo que me gustan. Con decirle que no hay parranda ni joropo donde yo llegue y no me las haga cantar. ¿Sabe? Hasta esas donde me zumba unas punticas tapadas, como dicen por aquí, muy ocurrentes también y con mucho consonante bueno. ¿Sabe? Pero, volviendo a lo de los Bejaranos. ¿Qué les sucedió, don José Luis? Que después mandaron a proponerme la finquita por menos de lo que yo les había ofrecido endenantes. Yo sé que por ahí dicen mis enemigos que fueron calumnias mías que les levanté, para hacerlos meter en Ia cárcel y arruinarlos. Pero yo tengo mi conciencia tranquila. ¿Sabe? No sólo no es verdad eso, sino que no quise aprovecharme de que ya estaban presos y les pagué por Las Juajuitas lo mismo que endenantes les había ofrecido, cuando estaban, como dicen ustedes los llaneros, vivitos y coleando. Que también lo decimos nosotros. ¿Sabe? La última frase fue cabalística, pues quizás aludía a dos campos ya separados hacía tiempo: los que querían conservar algo de lo cual, viviesen o con lo cual estuviesen encariñados y los que se proponían despojarlos de ello, a bajo precio y por la fuerza que los asistía. Pero lo original y exclusivo de Buitrago eran aquellos ¿sabe? que intercalaba en sus discursos y que tenían una singular virtud intranquilizadora, pues aunque parecieran completamente superfluos daban la impresión de un relámpago que por momentos iluminase una caverna habitada por seres torvos y acechantes.
Pero si José Luis Coronado no era pusilánime, tampoco carecía de prudencia y ésta le aconsejó que interpusiese alguna valla entre tal -caverna y sus amenazados intereses. Como lo hizo acudiendo al Presidente del Estado en demanda de que le hiciera comprender a su subalterno
que El Aposento no estaba en venta y, por lo tanto, debía quitarse de la cabeza la idea de comprarlo.
Nada más inútil, sin embargo, pues lo personal de las apetencias del Jefe Civil ajustaba perfectamente con el engranaje del plan político que a la sazón se venía desarrollando y que consistía en arrancar las raíces de la revuelta armada mediante Ia adquisición— por los que componían el gobierno y sus adictos insospechables— de las propiedades agrícolas y pecuarias que habían sido y pudiesen continuar siendo las bases de operaciones del feudalismo caudillista, gracias a las facilidades que brindaban a sus dueños, por lo general caciques políticos, para la tenencia de armas y para el mando que les permitía sobre peonadas que en el momento dado pudiesen convertir en tropas. Ya la revuelta armada parecía definitivamente desterrada del país, pues habían desaparecido todos aquellos caudillos y, por otra parte, los propietarios de El Aposento nunca la dieron por ella, excepto aquella pequeña cooperación monetaria que Manuel Coronado prestase al doctor Payara; pero siempre podría alegar Buitrago que estando la finca en manos suyas, todo posible peligro de alzamiento con peonadas coronadeñas que daría desvanecido. Y ahora sí se explicaba aquel “nosotros” que empleó hablando con José Luis. Y así cuando el Presidente del Estado le dijo:
—Mirá, Dionisio. Por aquí estuvo José Luis Coronado.
Dejá tranquila a esa gente, que es pacífica y de trabajo—, pudo replicarle:
—No digo que no lo sea, General; pero seguro mató a confiado, dice el dicho, y en El Aposento se pueden movilizar algunos hombres en un momento dado. Además, yo lo que quiero es comprarles y a buen precio. Que si les parece poco lo que les he ofrecido no veo que haya motivo de queja, porque en materia de negocio todo se puede proponer y con no aceptarlo basta.
—También es verdad —dijo el Presidente.
Y así quedaron las cosas peor que antes, pues Buitrago se propuso adquirir El Aposento como había adquirido Las Juajuitas.
Ya con este plan supo que lo Coronado habían hipotecado el hato, y desplegando todo lo tortuoso de sus habilidades logró que el acreedor hipotecario se allanase a venderle su acción; pero diciéndole:
—Eso sí, aunque ya es negocio cerrado entre nosotros, del cual usted no se echará para atrás, avísele a los Coronados que va a traspasarse la hipoteca y así cumple con la amistad que tiene con ellos. Que también podría suceder que ellos encontraran manera de rescatarla antes con antes, si no les conviene o no les agrada tenerme por acreedor. Que no sería imposible, pues ya sé que este año se disponen a coger mucho ganado.