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EL RUCIO MOSQUEADO

In document Cantaclaro - Romulo Gallegos (página 128-134)

SEGUNDA PARTE

EL RUCIO MOSQUEADO

Es superchería muy generalizada en el bajo pueblo venezolano que cuando alguien desempeña con acierto y prontitud los quehaceres de su oficio, sin dar muestras de excesiva laboriosidad, se le crea asistido de la colaboración de un duende familiar y

propicio, al cual se denomina su muñeco.

Tal ocurría en Hato Viejo con El Guariqueño, a quien para desbravar un caballo salvaje y sacarle paso fino le bastaba la mitad del tiempo que otro amansador hubiese empleado. Y no sólo la peonada, sino que también el doctor Payara hablaba del "muñeco" de El Guariqueño como la cosa más natural y evidente y por tal misteriosa asistencia parecía sobreestimar sus servicios. Pero como es también muy corriente que aquellos a quienes se les atribuyan semejante ayudas cultiven la superchería rodeándose de misterio cuando desempeñan su trabajo, aquél no consentía apeadores que, acompañándolo en las carreras que les diese a los mostrencos, pudiesen descubrirle los entresijos de su oficio. Así se habían explicado algunos —y entre ellos Payara— que, extremando sus reservas, hubiese procedido el amansador en el desbravamiento de aquel rucio mosqueado que un día se vino trotando detrás de la yegua que él cabalgaba, a paso aprendido, pero sin que nadie lo hubiera visto jineteándolo, ni supiese cuándo lo había enlazado y quitado de su hatajo, ya tan hecho a la presencia del hombre y tan dócil que por sus propios pasos se metió en el corral, cuya puerta le abrió El Guariqueño diciéndole:

—Entra, pues.

Pero la domadura del rucio era muy relativa, pues sólo se daba con El Guariqueño, quien a solas dentro del corral, entablaba con él una conversación misteriosa, indescifrable para los demás y que parecía mitad de un diálogo en el cual llevase la bestia la otra parte. Y si alguien manifestaba deseos de jinetearla, el amansador cazurro se limitaba a decirle: —Guá! Eso es cosa tuya. Ahí está el mostrenco escuchándote. Y si es por falta de tereca que todavía no te has resuelto a echar la pierna, yo te presto la mía.

De donde coligieron los peones de Hato Viejo que muy bellaco debía ser aquel rucio, en cuya mirada creían descubrir algo que no era propiamente animal, y que todo esto y su singular aparición debíase a que tal vez amansado por el propio muñeco de El Guariqueño, que ya era algo más extraordinario que si lo hubiera domado éste con ayuda de aquél, y que, siendo así:

—¿Cristiano montando caballo amansado por duende? Yo por mi parte no me expongo a que ese mostrenco me lleve en vida pa el otro mundo. Que fue por donde a él le dieron las primeras carreras y nada tendría de extraño que le haiga quedado esa querencia. Y ya en esta tesitura, otra versión:

—Pa mí que ese rucio no es bestia verdadera, sino algún cristiano encantado. Si no, aguáitenle la mirada, que no es de animal.

Esto fue antes de la llegada de Rosángela, ya olvidada la leyenda del duende familiar de Hato Viejo. Ahora el extraño caso del rucio se explicaba de otro modo.

Estaba Payara contemplando la polvareda que había dejado en el horizonte la cabalgata del profeta, en el cual se alejaba de él, quizá para siempre, Juan Parao, y estaba El Guariqueño dentro de la corraleja platicando con el rucio, cuando Florentino, con súbita ocurrencia :

—Guariqueño. Como ayer me dijo el doctor que escogiera el mostrenco que más me gustara y el que más me gusta es el rucio amigo suyo, vaya despidiéndose de él, ya estoy ensillándolo.

—¡Guá! Eso es cosa suya. Ahí lo tiene, escuchándolo —repuso el amansador, cruzando luego una mirada de inteligencia con Payara, quitado de su contemplación por aquellas palabras.

Florentino se dirigió al caney sillero en busca de su montura y allí se le acercó uno de los peones a decirle: —No monte ese mostrenco, Cantaclaro.

—¿Que no? Ya voy a estar echándole la pierna, a ver si es verdad todo lo que cuentan de él.

—Hágame caso, Florentino. Mire que asina mismo dijo el Caraqueño.

—A ver. Echeme ese cuento. Que es raro que todavía no me lo hubieran echado.

—Como Juan Parao no quería que se hablara de eso; pero ahora que él se ha ido, oiga el pasaje. Fue que el caraqueño se empeñó en montá el rucio, porque en ese momento conversábamos de que esa bestia debía de ser la que habría amansado el blanco de por aquí pa los viajes de sus apariciones, que pronto debían de empezá otra vuelta por causa de la venida de la niña Rosángela. Lo cual se ha visto después comprobao, porque casi todas las mañanas amanece ese mostrenco bañao en sudor, sin que se sepa que naiden lo haiga sacao del corral durante la noche y pa casualidad es mucho que ca vez que eso pasa, alguno diga que se ha tropezao esa misma noche al blanco, sobre un caballo de ese pelo. —¿Cómo se explica entonces que haya sido negro retinto el que montaba cuando se me apareció a mí?

—Yo no sé cómo podrá explicarse; pero lo que le estoy diciendo es el evangelio. Y volviendo a lo del caraqueño. Le aconsejamos que se dejara de eso, porque caballo amansado por duende no lo debe montá cristiano; pero el quería demostrarnos que se burlaba de esas creencias y siempre se salió con la suya. Le echó la pierna al rucio, le dimos llano y salió el mostrenco pisando volatería, que nadie se la había enseñan. Digo nadie de carne y güeso. Y nosotros desde aquí mirándolo, hasta que vimos que el rucio

cambiaba el paso y seguía de ahí p' alante como al de otra bestia que se le hubiera aparejado. Sin que por todo eso se viera tal bestia, por supuesto. Y así desaparecieron los dos en la Mata del Ahorcado. Porque eran dos, Cantaclaro. Eso se veía clarito. Este que digo: se comprendía. Bueno, pues. Apenas habían entrao en la mata cuando ahí mismo vuelve a salí de ella el caraqueño rumbo p'acá y cuando llega se apea del rucio, le quita la montura y se la pone a la bestia de él, que era por cierto un matalón y sin decí palabra por su boca, coge su camino y se larga de por to esto. Y digo que por su boca, porque si no habló pa explicar lo que había sucedido en Mata del Ahorcado, en cambio lo jipato que llegó estaba diciendo a gritos que algo muy espantoso había mirado. De mo y manera que por aquí nos quedamos preguntándonos, to esa tarde y esa noche: "¿Qué sería lo que vió el caraqueño?"

—¿Y nada más, compañero? —pregunta Florentino, al cabo de una pausa. —Na más, que es bastante.

—Pues ya van a salir ustedes de dudas, porque lo que soy yo monto el rucio, cuésteme lo que me cueste, y desde ahora les doy mi palabra de contarles lo que me suceda.

—¡Qué se va a hacé! —concluyó el peón—. Ya yo he cumplío con aconsejale que no monte ese mostrenco. Pero si usté se empeña... Ch'acá la montura, pa ensillárselo yo mismo.

* * *

Fue un ardid para el cual le sirvió de mucho haber oído aquel pasaje; pero el mismo peón que se lo refirió y todos los demás creyeron que las cosas estaban sucediendo tal como le ocurrieron al caraqueño. Incluso Payara parecía sumamente interesado.

Atravesó la mata y aplicándole las espuelas al rucio lo encaminó hacia las antiguas fundaciones de Hato Viejo, a donde no había vuelto desde que estaba por allí.

—Dije ayer que no me iría de por estas tierras sín llevarme algo en los cachos y la ocasión la pintan calva. Solita debe de estar la muchacha en la Casa Grande.

Al galope y protegido por la mata que lo ocultaba de la vista del Hato Nuevo, llegó a las ruinas de las fundaciones primitivas, y ya salía de la arboleda que las separaba de la casa de habitación de Payara, cuando se encontró de manos a boca con El Guariqueño.

Refrenó la bestia y se lo quedó mirando.

—¡Qué casualidad! —exclamó el amansador socarronamente—. Que ambos háigamos tenío la misma idea: usté en dar la vuelta por detrás de la mata y yo en cortó derecho pa salile alante.

—Pero supongo que no habrá sido para decirme eso, solamente. —Pa eso y pa lo que venga después.

Se clavaron las miradas. Algo acababa de agregarse a la antigua querella pendiente... Y de pronto, con simultáneos movimientos, tiraron de los revólveres.

Un grito les contuvo los brazos. —¡Guariqueño!

Era Rosángela, que hacía rato estaba observándolo desde la casa, recelosa de la presencia de aquel hombre inquietante por aquellos lugares.

Florentino la vio avanzar hacia ellos y guardándose el arma dijo a su rival: —Bueno, amigo. No tenernos suerte para esto. Será otro día.

Se les acercó Rosángela y encarándose a El Guariqueño le preguntó autoritariamente: —¿Qué hace usted por aquí? ¿Por qué no está en su trabajo?

—Semos dos para la primera pregunta —refunfuñó el amansador.

—Pero yo se la hago a usted solo y no le acepto que me replique. Retírese de por todo esto inmediatamente. —Usted perdone, señorita; pero... dos vinimos y dos tenemos que dirnos. Contimás que ya falta por aquí Hinojoza.

—Ya le he dicho que no le admito que me replique. Quítese de mi presencia inmediatamente. Y agradezca que no le cuente esto a mi padre.

Volvió grupas El Guariqueño, no sin haberle dirigido una rápida mirada a Florentino, como respondiéndole a sus últimas palabras.

—Otro día será.

Y Rosángela lo siguió con la mirada hasta que se hubo alejado buen trecho. Luego, volviéndose a Florentino, que entretanto había estado contemplándola en silencio:

—¿Y usted, qué ha venido a hacer por aquí?

—Ahora no hago sino esperar que usted me ordene que me vaya y mientras tanto corregir la pintura que me había formado de usted. Veo que es usted una mujer valiente que sabe imponérseles a los hombres sin alzar la voz, al revés de casi todas las mujeres que he conocido, que cuando se ponen bravas gritan más que una chen-, chena. Pero ésa no era la figura que yo me había pintado de usted, de haberle oído la voz no más, la noche de Mal Paso.

—¡Sí es verdad! La noche en que usted nos sacó al camino. Que por cierto dice papá que todavía no se explica cómo pudo perderse en un lugar que conoce como sus manos. Ya me olvidaba de...

—No vaya a darme las gracias —atajó Florentino—porque entonces voy a quedar debiendo.

—No se preocupe. Con el mal rato que acaba de hacerme pasar, pocas ganas tengo de dárselas.

—Es verdad, digo yo ahora. Se me olvidaba pedirle excusas. Es una vieja pendencia que tiene El Guariqueño conmigo, por causa de unas coplas que a mí me salieron mejores que a él.

¿Y por eso se matan dos hombres? O mejor dicho: dos bárbaros.

—¿Sin mejorando lo presente, señorita? —Y cómo Rosángela no entendiese—: Es una costumbre llanera de decir que lo que se ha dicho no se ha dicho por la persona a quien se le dijo... ¡Y he dicho! Por si fueren pocos los decires que he soltado.

Pues sin mejorar lo presente —repuso Rosángela. Y luego, sonriendo—: ¡Qué cara de poca vergüenza tiene usted!

—Poca es mucha, señorita; pero ése es un mal de nacimiento.

Sin embargo, anoche, casualmente, me hablaba papá de su familia de usted y como se expresó muy bien de sus padres y de su tío, que fueron buenos amigos suyos y él es tan escrupuloso en escoger sus amistades...

—Pero es que mi mal no es de herencia, sino de nación, como decimos los llaneros brutos. —Y como lo repiten los que no lo son, ¿verdad? Por cierto que esa conversación provino de que papá me ofreció que esta noche vendría usted a cantarme algunas de sus coplas más famosas.

Y como esto dejase desconcertado a Florentino, tuvo tiempo para proseguir:

Ya le había dicho yo que deseaba oír a ese Canta-claro, de cuya fama todos los llaneros se hacen lenguas.

Por primera vez se sintió humillado Florentino al oírse tratar como a cantador y sólo se le ocurrió replicar:

Pues ... Pues ahí tiene usted la explicación de mi venida hasta acá. Vine a decirle que esta noche vendrá Cantaclaro a despedirse de usted, cantándole unas coplas.

—¡Ah! Conque, ¿ya está de marcha?

—Ahora mismo la emprendería si no fuera porque ya le he prometido venir esta noche. —Por mí no desista de su viaje si ya lo tenía resuelto.

Yo nunca he tenido resuelto nada cuando lo he hecho. Todo me ha venido siempre por corazonadas y todavía no me había arrepentido de la primera.

Mas, como advirtiese que Rosángela esquivaba sus miradas para fijar las suyas en el camino por donde se alejaba El Guariqueño, se interrumpió y concluyó:

—Bien. Ahora sí puede irse —repuso Rosángela—. Y acompañando la amonestación con el índice— Pero cuidado como vaya a darle alcance.

—Despreocúpese, señorita. Cogeré otro camino. Me iré por donde vine, silbandito iguanas, como decimos los llaneros que se van los que han ido por lana y salido tras- quilados. Y si El Guariqueño me busca, me dejaré pegar.

—No tiene usted cara de eso, a pesar de lo que le dije antes. Ni yo podría exigírselo tampoco.

Florentino se la quedó mirando y luego :

—A mí puede exigirme usted todo lo que quiera.

—Gracias.. Bueno... Váyase a preparar las coplas que me cantará esta noche. Porque supongo que algunas serán inéditas.

Y le tendió la mano. ¿Coplas?

—¡Apréciate, Cantaclaro! Que me da el corazón que esta noche vas a cantar tu última copla.

Por los caminos del llano fui mis cantares dejando, el viento me iba siguiendo... ………. Por los caminos del llano voy mis cantares buscando...

—¿Dónde estoy, que no me encuentro?

* * *

Y aquel día se confirmó la leyenda del rucio mosqueado, que era un caballo sobre el cual se corría el riesgo de transportarse en vida al otro mundo, pues cuando de regreso al hato Florentino le sacó la pierna y los peones acudieron a rodearle, preguntándole:

—¿Qué hubo, Cantaclaro? El les respondió enigmático :

—Que yo también me voy de Hato Viejo ahora mismo.

VI

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