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La educación teológica como formación posee tres dimensiones di­ stintas entre sí, las cuales se encuentran en una relación de cambio con el objetivo de formar tanto al individuo como a la comunidad. Estas dimensiones podrían definirse como “inculturación”, “educación” e “instrucción”.317 “Inculturación” podría definirse como la formación

individual de un ethos comunitario. Uno nunca se emancipa de la ne­ cesidad de ser marcado por una comunidad creyente, y en la forma­ ción teológica pentecostal las personas son marcadas y formadas me­ diante estos procesos participando en la vida comunitaria del culto. Estos procesos también preparan a la persona para recibir la gracia de Dios. La formación de conciencia ocurre cuando la formación teoló­ gica permite y promueve la unión de las dimensiones afectivas y cognitivas de la existencia. Por ello la formación teológica debiera po­ seer elementos de inculturación que faciliten el surgimiento en una comunidad creyente devota única, que represente una alternativa radi­ cal frente al orden existente. Por esto una comunidad de aprendizaje también debiera incluir la participación en rituales como la comunión, lavado de pies, testimonio, oraciones de sanidad y otras formas de expresión de la devoción pentecostal. Todo el entorno es percibido como “que enseña”, y como un entorno que promueve el conoci­ miento de Dios.

“Educación” ofrece lo que John Westerhoff llama “las actividades reflexivas críticas”, las cuales están ligadas con las experiencias de la comunidad.318 En este sentido la educación se concentra en el desar­

rollo y actualización del potencial humano. En este componente de la educación teológica, la epistemología de la práctica resulta ser extre­ madamente útil. Los procesos de enseñanza que promueven la capaci­ dad de analizar, emitir juicios, hacer descubrimientos y realizar la crí­ tica, permiten una individualización que es necesaria para “leer la

317 La elaboración de la pregunta acerca de la formación, es el resultado de

una conversación con Jackie Johns que me ha ayudado a aclarar la esencia y los componentes de este amplio proceso.

318 J. Westerhoff, Formation, Education and Instruction, en: Religious Edu­

propia realidad” como sujeto en el mundo. Una educación de este estilo es un esfuerzo liberador y humanizante. La realidad se vuelve el objeto de la reflexión crítica y la acción. El análisis científico debiera ser el instrumento para el examen de la compleja naturaleza de la di­ námica sociopolítica. En el marco de una epistemología relacional, que ve en las Sagradas Escrituras la efectiva fuerza del encuentro y la transformación, así como la base autoritativa de la investigación, todas las disciplinas debieran esforzarse por descubrir su relación con la verdad de la Palabra de Dios así como su relación con la cultura, tra­ dición y experiencia eclesial.

“Instrucción” se refiere a la “inserción” o la formación del individuo ayudándole a adquirir conocimiento y habilidades. A raíz de la com­ prensión autoritativa de la Biblia que remarca su carácter de ense­ ñanza, muchos evangélicos parecieron dar más importancia a la in­ strucción que a otros aspectos de la formación. En algunos casos la instrucción elimina la investigación crítica, que pertenece a la educa­ ción como un todo. La consecuencia de ello es una asimilación acrí­ tica de hechos y habilidades como herramientas útiles para la fe cristiana. En estos casos, el lugar de formación teológica primeramente se ve como un sitio en el cual se adquieren habilidades en el área de la exégesis, los métodos para la promoción del creci­ miento eclesial o la hermenéutica eclesial. En este entorno hay poca conciencia comunitaria y una conciencia crítica muy escasa. Lamen­ tablemente, muchos pentecostales han adoptado esta forma de ver la instrucción, la cual contradice su propia forma de ver la verdad.

La instrucción, que es necesaria en un contexto pentecostal, debiera ligar ambas cosas: el ser autoritativo revelado (de las Sagradas Escri­ turas) y el carácter de experiencia. Estos dos componentes poseen una relación dialéctica, donde la experiencia es medida en la norma de la Biblia. En el proceso de instrucción también debiera regir verdad y entrega frente a los profesores “Paracletos”, que saben toda la verdad. Por eso la instrucción debiera ocurrir comunitariamente y en inter­ acción con las Sagradas Escrituras, y ser vista como el camino de ad­ misión personal y comunitaria de Dios. Se le da espacio al poder de la transformación cuando los seres humanos se entregan juntos a la mi­ sión del Espíritu Santo en el mundo.

Tal vez esta propuesta no va suficientemente más allá en su visión a un nuevo pensamiento de la educación pentecostal en un contexto pentecostal. Sin embargo, representa el intento de crear un marco comprensible para el recuerdo subversivo y dejar en claro al mismo tiempo la necesidad de una aguda y crítica acción de reflexión en un modelo de formación pentecostal orientado a la práctica. Tal vez de­ ban crearse nuevos “odres de vino” para formar a aquellos en el cargo pastoral que creen que se puede reconocer a Dios en la verdad y que con Él se puede recrear la historia. Estos “odres” podrían resultar sub­ versivos en sus efectos sobre la formación de conciencia, tal como el movimiento pentecostal aún puede parecer subversivo.