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Estoy convencido de que los radicales católicos de las CEB y las cre­ cientes comunidades pentecostales comparten muchas cosas concer­ nientes a la política y la espiritualidad. Su antagonismo reside en que no han reconocido sus similares experiencias. Los teólogos de la Libe­ ración están frustrados por la apatía política de los pentecostales. Los pentecostales son enemigos de todo lo católico (esto quiere decir aquí jerárquico, tradicional), especialmente de aquellos grupos que otorgan más valor a la acción política que a la experiencia espiritual. Estos conflictos no serán resueltos rápidamente; cualquier unidad a nivel or­ ganizacional no parece estar a la vista en los próximos decenios. Sin embargo, inmediatamente pueden hacerse realidad un trato coopera­ tivo, un diálogo con sentido y una buena comunidad si se toman en cuenta las siguientes similitudes de ambos grupos:

Ambos grupos atestiguan que la experiencia comunitaria es el punto de partida tanto para la espiritualidad como para la teología. Dios no se encuentra en discusiones abstractas o rituales enajenantes. Dios se vive como piadoso, misericordioso, sagrado y justo en la medida en que las personas abandonan el egoísmo y una introversión exagerada, y se dirigen a servir. Esto no es estrechar o negar la trascendencia di­ vina. El “poder” y la “soberanía” de Dios se muestran allí donde los seres humanos deciden vivir bajo la cruz y sufrir por justicia y amor, en vez de buscar una fama pasajera que finalmente desaparece. Si bien subsisten diferencias en vista de la teología de la Cena del Señor y la tradición litúrgica, ambos grupos pueden alegrarse en una experiencia conjunta con Dios en el culto y la evangelización.

Los teólogos de la Liberación comienzan a enfrentar el machismo y se esfuerzan por un trato igualitario entre mujeres y hombres. Durante años el movimiento pentecostal brindó dignidad y humanidad a las personas que experimentaron al Espíritu Santo mediante la conversión y la bendición. Las mujeres, que siempre forman parte central de toda comunidad creyente, son reconocidas como receptoras igualitarias de los dones y la misericordia del Espíritu. Ambos grupos comparten el principio de liberar a las mujeres. Los pentecostales han luchado por

el reconocimiento de culturas e idiomas autóctonos y dan testimonio de una comunidad experiencial entre distintas razas. Los miembros de las CEB pueden aprender de esa unión-en-la-diversidad, en la cual se confirma identidad étnica y se eliminan comportamiento prejuiciosos.

También existe un convencimiento e interés conjunto en el sector de la acción social a nivel local. Los cristianos de las CEB aceptan la Re­ volución como un movimiento de base progresista que incluye a los pobres, pero no como el ascenso violento de una élite que, con dema­ siada frecuencia, se convierte en un nuevo opresor. Los pentecostales, que siempre han desconfiado de lo mundano, creen tener la obligación de ser colaboradores de Dios en la liberación del mundo de todos los aspectos del pecado, incluso la opresión institucional. Aquí hay mu­ cho espacio en común para esfuerzos conjuntos concentrados en la práctica del amor y la justicia.

Los teólogos de la Liberación han comenzado a crear un programa político que incluye elementos de la propiedad privada y la libertad personal, así como la preocupación socialista por el bien común a tra­ vés del aseguramiento de los derechos de alimentación, educación y atención médica. La meta es una democracia de izquierda, aún cuando algunos vean un paso hacia un estado más y más socialista. Los pente­ costales siempre recalcaron la libertad personal y la obligación colec­ tiva de rendir cuentas al interior de la iglesia. Esta mezcla de libertad y autoridad patronal crea una tensión creadora que es necesaria para cualquier forma de gobierno representativo. Repito: católicos radicales y pentecostales no están muy lejos cuando se trata de sus metas en cuanto a las experiencias humanas.

Cuando Jesús llegó a su sinagoga natal y anunció el “Año del Per­ dón del Señor”, sus auditores estaban sorprendidos acerca de su pala­ bra de perdón, y se llenaron de esperanza sobre la liberación de Roma. Cuando Jesús subrayó que “sacar a los presos de la cárcel” significaba devolver la justicia a los pobres, los encarcelados y los parias, la masa se inquietó. Cuando explicó que el perdón de Dios obraba fuera de las fronteras del judaísmo tradicional, sus hasta entonces seguidores in­ tentaronlincharlo (Lucas 4: 14-31). Tanto las CEB como los cristianos pentecostales enfrentan a las destructoras fuerzas del poder, la opre­ sión y la riqueza con el mensaje del servicio, la liberación y el com­ partir. Este mensaje exige una “metanoia”, un arrepentimiento de to­

dos los individualismos pecaminosos. Este mensaje crea una nueva esperanza, la cual se funda en la realidad de la resurrección de Jesús, quien ya ahora puede comenzar la liberación y terminarla en el “es­ jaton”. La esperanza es la fe que mira hacia delante; el amor es la fe que hace justicia aquí y ahora (Miqueas 6,8). Una esperanza de fe y amor entregan una duradera base para un ecumenismo revolucionario, el cual, si es intentado, puede cambiar la iglesia y la sociedad en Amé­ rica Latina. Esta unidad no es bienvenida entre aquellos cuyo poder, estatus y riqueza provienen de prácticas opresoras. El gran enemigo de los cristianos, el viejo acusador, llamado Satanás, hará todo lo posible para dividir a los creyentes y para que luchen unos contra otros. Estas divisiones no corresponden al consejo de Dios, porque todas las divi­ siones se reconcilian en Cristo (Juan 17). Como gran sacerdote de la Iglesia, Cristo oró por la unidad (Juan 17). La prerrogativa de todos los cristianos es vivir de tal forma que su vida sea una respuesta a la oración del Señor.

Dos manifestaciones de la Obra del Espíritu Santo para