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CAPÍTULO 2: PERSPECTIVAS DE LA INTERPRETACIÓN TEOLÓGICA DE

2.2.4. Comunión

La comunión es considerada dentro de la tradición bíblica un eje transversal163, como

narrativa que se ha gestado en medio de una experiencia en relación entre el ser humano y Dios. De allí que, figuras e imágenes que se afincan en expresiones culturales y agrarias de Israel hablan de esta dimensión comunional de toda experiencia divina en Israel como pueblo elegido. Casas, desarrollando la figura orgánica de la “vid verdadera”, pone de manifiesto la comunión como hilo conductor de la paroimía, que ha sido tomada desde la tradición veterotestamentaria como la viña que habla de la alianza, hasta su referencia apocalíptica con la figura de la justicia164.

160 Ver: Whitmore, "The Branch is Linked to the Vine: Personal Discipleship and the Missio Dei." 472-482. 161 Ibíd., 473.

162 Juan de la Cruz, Llama de amor viva B, 1, 4, 791.

163 Ver: Casas, “Cuerpo, conyugalidad y mesa común: Símbolos de comunión en las sagradas escrituras”, 163. 164 Ver: Ibíd., 165.

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Esta comunión se ve manifestada en “la relación de interdependencia orgánica entre el discípulo y Jesús y el Padre. No basta simplemente con una relación momentánea o intermitente”165. Dicha comunión sería efectuada por la permanencia del discípulo, no de

manera temporal, sino profunda, integral, vital o como lo veníamos señalando, de manera existencial.

Esto es, pues, el resultado de la vida intra-trinitaria en la cual el discípulo se ha sumergido mediante la permanencia en el Hijo166. Es la comunión entendida a partir de la

afirmación de Eichler:

Sólo se hace posible a través del Hijo de Dios hecho hombre, a través de Jesús (…) el que está en relación personal con él, y esto quiere decir en una relación operada por el espíritu y que tiene una dimensión histórica, tiene al Padre y posee la vida eterna. Esto supone confesar la fe (1 Jn 4,2.15; 2 Jn 7) y permanecer en la recta doctrina (2 Jn 9), así como guardar su palabra y sus mandamientos (1 Jn 2,3s)167.

Hablar de comunión trae consigo el “particular atrevimiento” de hablar de divinización del ser humano, afirmación que no dista de la tradición de la mística cristiana, como lo afirma san Juan de la Cruz:

Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que el alma espira en Dios como Dios espira en ella, por modo participado, porque, dado que Dios le haga la merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios por participación (…) porque eso es estar (el alma) transformada en las tres Personas en potencia y sabiduría y amor, y en esto semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la creó a su imagen y semejanza168.

Este proceso que culmina en la comunión del que se ha adherido a la vid y ha optado por permanecer en Dios, no aniquila al ser humano como suele pasar en las místicas panteístas169, donde acontece la absorción de lo humano por lo divino. Al contrario, es Dios

165 Ibíd. 166. 166 Ver: Ibíd.

167 Eichler, “Solidaridad”, en Casas, “Cuerpo, conyugalidad y mesa común: Símbolos de comunión en las

sagradas escrituras”, 166.

168 Juan de la Cruz, Cántico Espiritual B 39, 4, 760. 169 Gamarra, Teología espiritual, 68.

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encarnado que levanta al ser humano, haciéndolo partícipe de sí. Por otro lado, la comunión acontece como don divino. El sarmiento no puede forzar la savia ni la relación. Por tanto, es preciso recordar que la disposición de ser participes de esa vida divina ha nacido de Dios (Jn 15,16). De allí que, “esta participación del ser de Dios es el núcleo fundamental e irrenunciable en el ser del cristiano. Podemos olvidarla, pero es imposible marginarla”170.

Es entonces la posibilidad que tiene el creyente por medio de esta divina invitación a participar, en lo que Van der Merwe denomina, Familia Dei171. La cual otorga al creyente la capacidad por medio de un nuevo nacimiento por el Espíritu, de adherise a la vida intratrinitaria; esta adhesión a la vida trinitaria, Familia Dei, otorga según el autor, tres capacidades fundamentales en el creyente: hablar con lo divino, comunicarse con lo divino y finalmente experimentar lo divino172.

Esto nos lleva a concebir la comunión como el punto de partida, como llamado vocacional de todo discípulo y como capacidad unitiva dentro del ejercicio relacional intratrinitario: “Dios no quiso hacernos ‘para él’ en el sentido de que seamos servidores suyos (…) sino para que podamos ser nosotros mismos en comunión con él y con todos los demás”173; es el llamado y la finalidad de quien sigue y permanece en Dios: “hacerse y ser

plenamente humano, en comunión con Dios, en diálogo de amor”174.

Seguir a Jesús y permanecer en Él implica la relación inminente con las tres Personas, a partir de un llamado a la comunión, de la misma manera por la cual Jesús participa de dicha unión con el Padre y el Espíritu. Como es señalado por García-Murga, por el vínculo de la unión, los seguidores llamados por el Espíritu participan de la relación con el Padre y el Hijo, en ejercicio comunional175.

El seguimiento de Jesús, dentro del cuarto evangelio, es motivado por el vínculo del amor: “como me amó el Padre, también los amé yo a ustedes” (Jn 15,9) y la invitación consiste en permanecer en dicho amor en clave de lectura comunional, que proviene

170 Ibíd., 69.

171 Ver: Van der Merwe, "Divine Fellowship in the Gospel of John: A Trinitarian Spirituality." 1-12. 172 Ver: Ibíd., 2.

173 Pikaza, Teodicea: Itinerarios del Hombre a Dios, 237. 174 Ibíd., 238.

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originalmente del Padre y se da al discípulo, así como es dada la savia al sarmiento para la producción de frutos. Ya que como lo menciona Whitmore, “therefore, fruit bearing is not a product of the individual, but rather is only possible through ‘the life-giving sap’ of the divine”176

Erich Fuchs, en torno al dogma Trinitario y la ética cristiana177 señala las

características fundamentales para este vinculo amoroso:

I. Reconocimiento de la alteridad -la vid, el viñador y los sarmientos: este principio

reconoce la dimensión del otro dentro del ejercicio relacional. El amor pasa por el reconocimiento del otro, sin tomar posesión de él. Esta relación de amor está exenta de manipular o pretender pasar por encima del otro. La vid-el viñador-los sarmientos acontecen en relación de amor, en la posibilidad de permanecer o no el uno en el otro. II. Conciencia de proximidad -permanezcan en mí: esta relación vinculante es próxima,

íntima, es la capacidad de aproximarse sin cesar y dejar que se aproximen. “Permanecer en” es la posibilidad de acércame vitalmente, sin pretender permanecer preso del otro, o a su vez poseer al otro, anulando dicha conciencia.

III. Compromiso en una relación creadora de vida -para que su fruto permanezca: esta

tercera característica del amor en relación, genera la indiscutible y ya planteada generación de frutos. El sarmiento que ha decidido permanecer en la vid se dispone a dar fruto, relación vital generada a partir de esta relación con el viñador. El maestro permite la inserción del discípulo, para hacer su vida fecunda. Lejos está el campo semántico “permanecer” de toda realidad estéril.

Estas tres dimensiones como características fundamentales del vínculo de amor intratrinitario, se dan en el marco de la comunión. Por esta razón, es precisa la afirmación de Fuchs al señalar que la patrística frente al estudio trinitario, relaciona al Espíritu con el lazo

176 Whitmore, "The Branch is Linked to the Vine: Personal Discipleship and the Missio Dei." 477. 177 Ver: Fuchs, “Pour une réinterprétation éthique du dogme trinitaire”, 533-540.

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amoroso que vincula al Padre y al Hijo, y posteriormente bajo este mismo modelo invita al ser humano a participar de dicha comunión divina178.

De tal manera que, la comunión como perspectiva interpretativa del campo semántico “permanecer” no solo es de paradigmática importancia, sino que constituye el llamado por el cual Jesús llama al discípulo a permanecer en él, el objetivo final de todo discipulado. La permanencia en Dios opera sin duda alguna como fundamento del quehacer discipular, es su fuente vital por la cual puede operar y existir; esta afirmación nos lanza necesariamente a la comunión como finalidad del seguimiento: “sean uno” (Jn 17,21), en esa permanencia mutua que se gesta a imagen del Padre y el Hijo. Elaborando de esta manera el punto de partida para la reflexión eclesiológica del tercer capítulo de este trabajo, con base en una Iglesia que esta llamada a la comunión, una eclesiología de permanencia.

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