• No se han encontrado resultados

CAPÍTULO 3: HACIA A UNA ECLESIOLOGÍA DE PERMANENCIA

3.4. Hacia un “lagar eclesial”

Si bien la imagen del “lagar” no es utilizada por el relato joánico de la vid, el viñador y los sarmientos, se ha querido tomar para darle una fuerza final a este trabajo, con el proceso que lleva el fruto de la vid, para que posteriormente pueda ser requerido como vino. Desde el primer capítulo se ha señalado como elemento particular el suceso mítico de Dionisio y su vínculo con el vino, don que viene de los dioses; y el papa Benedicto XVI retoma esta idea en su estudio sobre Jesús de Nazaret241, como una

liturgia cósmica en relación con el primer signo de Jesús, según el cuarto evangelio, en Caná. Mencionando a Filón de Alejandría, Benedicto XVI, señala que “el verdadero dispensador del vino es el Logos divino; Él es quien nos proporciona la alegría, la dulzura, y el regocijo del vino verdadero”242. Así, se pone de manifiesto el proceso orgánico de la vid que por medio de sus

sarmientos y el cuidado del viñador produce su fruto; que posteriormente y mediante un proceso “artesanal” finalmente pasa a ser vino.

El proceso de la poda es referido por el mismo texto en relación directa entre el viñador y la vid243. Es necesario en este momento narrar una experiencia personal de un hecho que a mi parecer

podría enriquecer esta etapa final del trabajo:

A mediados de abril del año 2019, fui a un viñedo en la Unión (Valle del Cauca). En la limpieza de la vid, me percaté de un elemento que me impactó fuertemente: los trabajadores del viñedo arrancaban gran parte de los botones del fruto que daba la vid. Inmediatamente pregunté: ¿por qué razón arrancan de la vid el fruto?, ¿acaso no es eso lo que esperan de la vid? El administrador del viñedo me contestó que era necesario arrancar parte del fruto, de modo que el restante creciera al tamaño requerido, porque si se dejaba que todo el fruto de la vid germinara, se ahogaba en sí mismo y no crecería.

241 Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, del bautismo en el Jordan a la transfigurasión, 300. 242 Ibíd.

83

Este sencillo, pero profundo detalle enriqueció enormemente la reflexión personal: si bien es necesario e importante que el sarmiento permanezca en la vid, algunos de sus frutos deben ser podados en pos del bien de la vid -aunque el sarmiento no sea arrancado de la vid. Es necesario que el viñador arranque incluso parte del fruto que genera el sarmiento por medio de la vid, para que el que quede crezca y sirva para el vino. Esto ciertamente puede sobrepasar la razón. Sin embargo, cobra sentido en el que-hacer diario, cuando se es consciente de que todas las obras que emanan de un solo sarmiento, pueden ahogarse.

Llegada la hora de la vendimia se inicia la recolección de la uva, aproximadamente en el mes de agosto en el caso de las regiones mediterráneas. La uva es trasladada a la bodega o lagar para iniciar su proceso de estrujado. En la antigüedad esta fase era reconocida como el pisado de la uva, de modo que pueda salir de ella el zumo o mosto. Entonces, el mosto es trasladado a unas especies de tinajas de barro denominadas conos, allí son tapados por aproximadamente seis días para iniciar su fermentación. El proceso de fermentación permite al mosto desarrollar unos microorganismos, como la levadura (hongo), de modo que la glucosa del zumo, se transforme en alcohol y dióxido de carbono; en este momento durante días, es arrastrada toda la parte solida del mosto hacia arriba de la tinaja. Finalmente, en la etapa que se denomina pinchado, se abre por primera vez el cono por la parte inferior para la cata. Aquel liquido primigenio se denomina yema o vino de lágrima.

La analogía que se quiere desarrollar en este trabajo es el lagar como imagen de la Iglesia en su llamado a la comunión y generación de frutos. El fruto propio de la Vid, por medio de los sarmientos, es la uva, que, mediante el proceso de estrujado, fermentación y conserva, alcanza la calidad de vino. Con todo, el lagar debe permanecer vitalmente en la dinámica viñador-vid-sarmiento, so pena de producir un fruto avinagrado. En esta misma línea, el fruto producido por los discípulos, que en ocasiones debe ser podado para que el sarmiento de más frutos, debe ser pisoteado, fermentado y conservado. Entonces, la comunión de los creyentes es el lugar propicio para la obtención del buen vino.

En otras palabras, Jesús, vid verdadera, es el modelo auténtico generador de buen fruto: los sarmientos, llamados a permanecer. En la cruz -como manifestación más perfecta del agape-, la Vid dio, da y seguirá dando vida a cada uno de los sarmientos que, adheridos a él, dan ese fruto que permanece. Entonces, la Iglesia como casa-escuela de comunión, se ofrece como lagar propicio para que sus miembros ofrezcan aquellos frutos buenos, generando el buen vino, porque “en esto fue glorificado mi Padre, para que den mucho fruto” (Jn 15,8).

84

A partir de ello, se entiende que, a pesar de no ser un elemento propio de este trabajo de investigación, toda la teología del martirio, como fruto elocuente de la vida anexada a la vid, es una consecuencia inmediata del paso por el lagar donde es machacado el fruto, y se produce, posteriormente, el buen vino para gloria de Dios. Todo esto, después de un proceso de permanencia en Cristo, en relación con la Trinidad, generando una comunión y a partir de allí, el fruto que Dios quiere.

Es decir, la pregunta por los mártires contemporáneos señala directamente la necesidad de una relación comunional en la permanencia. En otras palabras, la Iglesia no dará mártires, testimonios vivos, si ella y sus miembros no permanecen en Cristo, o en palabras de la misma paroimía, si sus sarmientos no permanecen en la vid, nada pueden hacer (Jn 15,5).

José García-Murga, a propósito de su reflexión en torno al seguimiento de Cristo y la Trinidad, señala cuatro elementos fundamentales, de los cuales desarrollaremos solo uno: primero, la vida de Jesús entre nosotros como síntesis de una vida trinitaria244; segundo, el seguimiento de Jesús,

viviendo en una iglesia en comunión trinitaria volcada al servicio del Reino; tercero, seguir a Cristo con la cruz que ha pasado por el crisol del amor trinitario; y finalmente, la consumación escatológica del seguimiento que desemboca en la comunión trinitaria.

El tercer elemento señalado por García-Murga, indica precisamente aquel aspecto que queremos resaltar: la cruz como realidad innegociable de la vida del discípulo, y como el resultado de una vida de permanencia trinitaria. Señala el autor: “la cruz constituye un elemento imprescindible del seguimiento; Jesús la ha convertido en programa de vida de sus seguidores”245. Si bien esta

referencia no comprende una dimensión masoquista de la fe, sí remite al sentido profundo de la existencia, a la profunda adhesión del discípulo a Cristo que lo acerca a quien sufre y lo hace participar de aquel mismo proceso. Añade García-Murga:

Las intuiciones del Nuevo Testamento conducen a considerar la cruz, el seguimiento amoroso del Jesús sufriente, como camino hacia la plenitud de la filiación divina, de la que el propio Jesús nos hace partícipes. Ser hijo es, en primer lugar, acoger el amor. El hijo comienza siendo pura receptividad al don que sus padres le hacen de la vida y amor.

Esta donación-recepción del amor que se da al creyente, le impulsa a donarse a sí mismo, se ve identificado en el que sufre, en el que llora. Esta relación amorosa frente al dolor hace parte de su

244 García-Murga, “Seguimiento de Cristo y comunión trinitaria”, 409-435. 245 Ibíd., 421.

85

seguimiento, ya que al Dios trino que se ha adherido no le es displicente el sufrimiento, por el contrario, lo asume. Aquella relación trinitaria que opera en el discípulo y que permanece en él -dado que él permanece en la trinidad-, le enseña a transformar el dolor y la contradicción246 en buen fruto

y vino deleitoso para el paladar divino.

La Iglesia es entonces esa “familia de Dios” que ayuda a sus miembros en la plenificación de su vida como seguidores de Cristo; seguimiento plenificado en el seno de la Trinidad: “el creyente se incorpora a la unión vital del Padre con el Hijo. Esa comunión pasa del Padre a Jesús, y de Jesús a los discípulos, y circula también entre estos últimos”247; la Iglesia como el lagar es, pues, lugar

propicio para el proceso del fruto que permanece. En pocas palabras, “es amor que es entrega de vida”248.

3.5. Balance del capítulo

El llamado desde el magisterio de la Iglesia es concreto y al unísono. En primer lugar, la Iglesia como sacramento eficaz de Cristo, está llamada a la unión con Él y siendo instrumento y mediación de salvación, lleva a cada uno de sus miembros, de igual manera, a dicha unión con Dios. En esto consiste el llamado conciliar y magisterial: comunión. La adhesión a Cristo constituye entonces la invitación fundante de la Iglesia, permanecer en Él es fundamental para poder gestarse un auténtico seguimiento de Cristo. No se puede comprender a la Iglesia alejada de su tronco, la vid autentica.

En segundo lugar, este llamado concreto a la comunión tiene su raíz en el misterio trinitario. La Iglesia acontece en la historia como icono de la Trinidad. La Iglesia encuentra en la Trinidad su origen, su forma y su meta, y nace del misterio trinitario, es decir, de una experiencia autentica de amor que se hace donación no solo intra-trinitario, sino desbordado en la historia. La Iglesia es icono de Trinidad en su forma, por su carácter perijorético, es decir, una danza amorosa entre los miembros que participan del baile divino de la Trinidad; ese don que se hace donación y recepción; y finalmente, la Trinidad es meta, hacia ella tendemos, la plenitud del amor, que se ha entregado al extremo y de la que generosamente se nos ha hecho participes.

Y, en tercer lugar, la Iglesia como lagar donde se ofrece el fruto agradable a la Trinidad, cumple su función como escuela de comunión. Permanecer en la vid trae consigo la vida trinitaria,

246 Ver: Ibíd., 427. 247 Ibíd., 417. 248 Ibíd.

86

de donde emanan los frutos buenos. En el lagar, los frutos de los sarmientos deben ser machacados y pisoteados, pasando por la cruz, para que den la cata del buen sabor de Dios. Ese fruto que permanece, el que da gloria a la Trinidad. Así lo expresa Isabel de la Trinidad:

Y con serenidad y fortaleza subiremos también nuestro calvario con el divino Crucificado, haciendo subir hacia el Padre un himno de acción de gracias, porque los que van por esta vía dolorosa son aquellos a quienes “Él ha conocido y predestinado a ser conformes con la imagen de su divino Hijo”, el crucificado por amor249.

Solo de esta manera, el discípulo vive escondido en Jesús, afronta y vive su vida en él, así como la imagen matrioska lo sugiere. Toda la vida, historia y existencia del discípulo están ahora en Cristo. Dietrich Bonhoeffer finaliza El precio de la gracia con un párrafo que enriquece sin duda alguna, este segmento como cierre de un trabajo investigativo:

Lo único que nos permite ser como él fue es que él fue como nosotros somos. Lo único que nos permite ser “como Cristo” es que nos hemos vuelto semejantes a él. Ahora que nos hemos convertido en imágenes de Cristo, podemos vivir según el modelo que nos ha dado. Ahora es cuando actuamos como debemos; ahora, en la sencillez del seguimiento, vivimos una vida semejante a la de Cristo. Ahora obedecemos con sencillez a su palabra. Ninguna mirada se dirige a mi propia vida, a la nueva imagen que llevo. En cuanto desee verla, la perdería. Por eso, sólo contemplo fijamente el espejo de la imagen de Jesucristo. El seguidor sólo mira aquel a quien sigue. Pero del que lleva en el seguimiento la imagen de Jesucristo encarnado, crucificado y resucitado, del que se ha convertido en imagen de Dios, podemos decir, por ultimo, que ha sido llamado a ser “imitador de Dios”. El seguidor de Jesús es el imitador de Dios. “Haceos imitadores de Dios como Hijos queridísimos” (Ef 5, 1)250 .

249 Isabel de la Trinidad, Obras completas, 112. 250 Bonhoeffer, El precio de la gracia, 360.

87

CONCLUSIÓN

Al finalizar este trabajo investigativo, respecto a la pregunta de investigación: ¿Cuál es el aporte del campo semántico “permanecer”, como fundamento del discipulado joánico, a partir de Jn 15, 1-17 al desarrollo de una reflexión eclesiológica?, nos hemos podido aproximar a una respuesta a partir de los siguientes puntos: el lector puede encontrarse con la certeza de que el seguimiento supone permanencia y que es ella tan vital para el discípulo como lo es la adhesión del sarmiento a la vid. Con el fin de enriquecer la reflexión, el lector, pasando por una aproximación sincrónica y contextual de la perícopa Jn 15, 1-17, ha podido determinar la importancia del campo semántico “permanecer” dentro de la paroimía de la vid, el viñador y los sarmientos. No lo testifican solo las once apariciones de “permanecer”, sino la red relacional que vincula cada uno de los personajes y elementos que nutren tanto la paroimía como el mandamiento del amor.

En el primer capítulo se ofreció una contextualización tanto de la perícopa. Desde allí, se evidencian los elementos tanto culturales y socio-históricos, como literarios que giran en torno al texto: la relación veterotestamentaria relacionada con toda la tradición profética y sapiencial, la vinculación con el relato mítico de Dionisio o la comprensión en torno a la vendimia en relación a lo divino. Es precisamente allí donde emerge la figura orgánica de la vid autentica y su comunicación recíproca tanto con el viñador como con los sarmientos. En torno a esta imagen agrícola, donde “permanecer” cobra sentido como adhesión a la vid dentro del marco del discipulado joánico, surge la relación de permanencia como criterio de vida.

De esta manera, “permanecer” se enriquece de una manera integral con las categorías señaladas durante el segundo capítulo de este trabajo investigativo. Categorías como “ser en Cristo”, constituyen una mirada que apunta al llamado unitivo que propone la tradición neotestamentaria como oferta al discípulo. Esta dimensión comunional que devela el ejercicio de permanencia recíproca, es evocada por la mística cristiana como una “inhabitación recíproca”. Esta teología relacional traslucida por el campo semántico permanecer sugiere, de igual manera, una relación subsidiaria entre cada uno de sus miembros, volcados el uno al otro en un ejercicio de donación y recepción de amor.

88

Esta red relacional ha llevado el trabajo investigativo a poner su mirada en la figura arquetípica de relación: la Trinidad. Por esta razón, el tercer capítulo ha desarrollado en una mirada de relación trinitaria, las relaciones propuestas en la paroimía de la vid, el viñador y los sarmientos, desde una reflexión eclesiológica. A partir de ello, se construye la idea efectiva de una “perijóresis eclesiológica”251. Así como la Iglesia es icono de la Trinidad, desde su origen, forma y meta; la

Trinidad es el molde original de las relaciones comunionales gestadas en el amor, que ilumina e invita al discípulo a participar de dicha relación y lo hace participe de la vida divina. Es decir, el discípulo permaneciendo en la vid, participa de la danza de la Trinidad, solo de tal manera puede participar de dicha comunión. Solo de esta manera sus frutos pueden permanecer.

En este baile divino, generado entre los discípulos en relación con la Trinidad, acontece la Iglesia como lagar divino, donde los frutos de cada uno de los miembros son pisados y estrujados para generar ese vino con sabor a Dios que permanece. En el ejercicio perijorético, que como comunidad es llamada a participar de la comunión divina, los frutos permanecen siempre y cuando cada uno de sus miembros permanezcan asidos a la vid autentica.

De la permanencia del lagar en la dinámica relacional del viñador, la vid y los sarmientos, depende la generación de un fruto de calidad: el vino adobado. En otras palabras, la comunión de los creyentes es el lugar propicio para la obtención de un buen vino. El Hijo es el modelo auténtico de la generación de buen vino, por tanto, de la misma manera que él en la Cruz se mantiene dando vida a cada uno de los sarmientos, el fruto del sarmiento en el lagar –casa/escuela de relación– debe ser estrujado, fermentado y conservado, generando buen vino, porque “en esto fue glorificado mi Padre, para que den mucho fruto” (Jn 15,8). Se trata, en últimas, de una invitación salvífica –en tanto propia de vida divina– a amar, que se resume en darlo todo y darse a sí mismo, en el lagar.

La vida escondida del discípulo encuentra su fuente de vida al interior del maestro, que a su vez vive en el seno del Padre. Por ello, la imagen que, a lo mejor, puede servir como la mayor síntesis de este trabajo investigativo es la Matrioska: el discípulo permanece dentro del maestro, así como el sarmiento permanece en la vid, y, a su vez, es llevado al interior del Padre, gracias a ese vinculo amoroso y a la savia que circula por los tejidos de la vid, el Espíritu Santo, principio de vida, néctar del fruto que permanece para gloria del Padre.

¡Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad donde me pierdo!,

89

yo me entrego a Vos como una presa. Encerraos en mí para que yo me encierre en Vos, mientras espero ir a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas (Isabel de la Trinidad, Elevación a la santísima Trinidad)

91

BIBLIOGRAFÍA

Arzubialde, Santiago. “Configuración (Rom 8, 29) y vida en Cristo”. En El seguimiento de

Cristo, por Juan Manuel García-Lomas y García-Murga José Ramón (Editores).

Madrid: PPC, 1997.

Bachmann, H. y Slaby, W. A. (Dirs.) Cumputer-konkordanz zum Novum Testamentum

Graece. Berlín: Walter de Gruyter, 1980.

Barret, Charles Kingsley. El Evangelio según san Juan. Madrid: Cristiandad, 2003.

Barrios Tao, Hernando. El seguimiento del Señor: del primer al segundo testamento. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana- Facultad de Teología, 2007.

Bartolomé, Juan José. Cuarto evangelio, cartas de Juan. Madrid: CCS, 2002.

Benedicto XVI. Jesús de Nazaret, del bautismo en el Jordan a la Transfiguración, Vol. I, Bogotá: Planeta, 2007

Beutler, Johannes. Comentario al evangelio de Juan. Navarra: Verbo Divino, 2016. Bonhoeffer, Dietrich. El precio de la gracia. Salamanca: Sígueme, 1968

Brown, Raymond E. El Evangelio según Juan I-II. Madrid: Cristiandad, 2000. Cantalamessa, Raniero. Contemplando la Trinidad. Burgos: Monte Carmelo, 2015.

Casas, Juan Alberto. “Cuerpo, conyugalidad y mesa común: Símbolos de comunión en las sagradas escrituras”. Veritas. 39 (2018): 161-188.

Castro Sánchez, Secundino. Evangelio de Juan, Comprensión exegético-existencial. Madrid: Comillas, 2001.

92

Collins, C. J. "Abiding in the Vine: True Branches have no Choice but to Stay Connected to

Documento similar