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CAPÍTULO 3: HACIA A UNA ECLESIOLOGÍA DE PERMANENCIA

3.1. La necesidad de una eclesiología de permanencia

El llamado a permanecer es, sin duda alguna, imperativo para el creyente, pero también para la Iglesia. Desde allí se construye el gran llamado eclesial a la comunión hecho por el Concilio Vaticano II: “todos los hombres están llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos”181. La Iglesia que acontece en Cristo como sacramento

eficaz está de igual forma llamada a ser instrumento de unión entre Dios y el género humano182. Esta

unidad comunional a la cual está llamada la Iglesia opera conforme a la acción de aquella savia que circula por los miembros de la misma. Es el Espíritu Santo aquel que “unifica en comunión”183 en pos

de esa misma relación trinitaria: “en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”184 .

De esta manera, Cristo acontece como el centro de este misterio comunional185 y clave

fundamental del que-hacer de cada uno de los miembros de la Iglesia: el “permanecer en” Cristo garantiza su participación en dicha comunión. Este llamado a “ser uno”186, mediante la íntima

comunión gestada a partir del vínculo en el ejercicio de “permanecer”, posibilita al discípulo y a cada uno de los miembros de la Iglesia la participación en la vida divina a la cual están invitados. De la misma manera que la vid verdadera permanece en el amor del viñador, los sarmientos deben permanecer en la vid y participar de esta relación que desde el Padre es proyectada a los discípulos. Sin embargo, es fundamental señalar la claridad del documento conciliar al evidenciar que: “no se salva, aunque esté incorporado a la Iglesia, quien, no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la iglesia, en cuerpo, más no en corazón”187.Es necesario permanecer en Cristo, asido a

Él, más allá de pertenecer a la Iglesia a raíz de un certificado bautismal. Permanecer va mucho más

181 Concilio Vaticano II, “Constitución dogmática Lumen Gentium” 3. 182 Ver: Ibíd. 1. 183 Ibíd. 4. 184 Ibíd. 185 Ver: Ibíd. 9. 186 Ibíd. 13. 187 Ibíd. 14.

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allá del hecho de hacer parte de la Iglesia institucional, es el llamado de la Iglesia a participar de la comunión en medio de la diversidad de sus miembros188 y el llamado propio a la santidad en la

permanencia, proporcionada por la vida en Cristo. Ella es la “familia de Dios” manifestada por Gaudium et Spes189, la cual explicita la necesidad imperante de participar en la vida divina tras la

petición de Jesús para que los discípulos “fuesen uno”, petición mediada por la necesidad del amor en Jn 15,13 de darse del todo al todo.

Por su parte, el documento de Puebla, va a señalar que la raíz de esta comunión eclesial consiste en el vínculo entre Padre-Hijo-nosotros. Esta relación comunional a la cual estamos llamados, es motivada y alimentada por el Espíritu Santo190. Por esta razón, señala:

Por Cristo, con Él y en Él, entramos a participar de la comunión de Dios. No hay otro camino que lleva al Padre. Al vivir en Cristo, llegamos a ser su cuerpo místico, su pueblo, pueblo de hermanos unidos por el amor que derrama en nuestros corazones, el Espíritu. Esta es la comunión a la que el Padre nos llama por Cristo y su Espíritu. A ella se orienta la historia de salvación y en ella se consuma el designio de amor del Padre que nos creó. 191

¿Qué otra puede llegar a ser la razón por la cual el discípulo deba permanecer en Cristo? Es la experiencia Cristo-céntrica la que lleva a plenitud el proyecto de vida discipular. es la certeza como máxima vital que “sin mí no pueden” (Jn 15,5). Una de las dificultades más grandes que poseemos hoy a nivel eclesial es la pretensión de que el sarmiento puede llegar a dar algún fruto lejos de la vid. Una experiencia eclesiológica sin Cristo. ¿De dónde le puede venir entonces la savia al sarmiento para producir el fruto que permanece, si no existe vínculo alguno con su tronco, fuente vital?

De la misma manera en que la relación de Jesús con el Padre le da vida al Hijo, el documento de Aparecida insiste en que la figura de Jesús el Cristo, Hijo de Dios alimenta la vida del discípulo en pos de la propiciación de la comunión192. Esta unidad orgánica planteada por capítulo 15 del cuarto

evangelio es tomada por la tradición magisterial como paradigma de comunión eclesial. La Iglesia es “comunión en el amor”193. Solo de esta manera pueden gestarse los frutos que permanecen y que

nacen de esta fuente comunional. Esta es la dimensión misionera y evangelizadora de la Iglesia. Esa

188 Ver: Ibíd. 32.

189 Ver: Idem, “Constitución Pastoral Gaudium et Spes” 32.

190 Ver: Consejo Episcopal Latinoamericano, “Documento conclusivo de la III Conferencia General en

Puebla” 206. 211.

191 Ibíd. 214.

192 Idem., “Documento conclusivo de la V Conferencia General en Aparecida” 154. 193 Ibíd. 161.

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dimensión misionera y práctica debe ser garantizada, como señala Aparecida, por esa “unidad orgánica vital”194. Es la comunión eclesial la garante de la misión.

Juan Pablo II señala esta dimensión comunional como el fruto que da el Padre por medio de su Hijo195. De esta manera, la Iglesia acontece en la historia como “casa/escuela de comunión”196, en

eso consiste su que-hacer y su llamado como cuerpo místico. Es fundamental poner de manifiesto el pequeño matiz que utiliza el Papa Juan Pablo II a propósito de la comunión eclesial. De la comunión orgánica de la Iglesia a la vid, depende su dimensión pastoral:

Esta perspectiva de comunión está estrechamente unida a la capacidad de la comunidad cristiana para acoger todos los dones del Espíritu. La unidad de la Iglesia no es uniformidad, sino integración orgánica de las legítimas diversidades. Es la realidad de muchos miembros unidos a un solo cuerpo, el único cuerpo de Cristo.197

Este llamado eclesial a la comunión solo puede nutrirse del vínculo trinitario que se gesta en ella, ese vínculo amoroso que alimenta la vida del creyente-sarmiento. Hablar, entonces, de una necesidad eclesiológica de permanecer significa hablar de la necesidad que tiene la Iglesia por beber de la fuente amorosa de la Trinidad. De esta manera, acoger el amor de Dios que llega al discípulo de manera orgánica, gracias a su adhesión a él, es principio de una existencia nueva198, renovada y

recreada por dicha participación comunional a la cual está llamado todo discípulo, y en él, la Iglesia entera.

Evangelii Gaudium, en sus primeros numerales pone de manifiesto el diagnóstico actual, el

hoy que solo sabe mirarse a sí mismo, “acomunional”:

El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría del amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.199

194 Ibíd. 162.

195 Ver: Juan Pablo II, “Carta Apostólica Novo Millenio Ineunte” 42. 196 Ver: Ibíd. 43.

197 Ibíd. 46.

198 Ver: González de Cardedal. La entraña del cristianismo, 665. 199 Francisco, “Exhortación apostólica Evangelii Gaudium” 2.

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Esta descripción social hecha por Francisco, dista de la propuesta Trinitaria. El afán social por tener y apropiarse de todo aquello que genere “seguridades”, lo descentra de la propuesta divina de participar de aquella comunión a la cual está llamado todo discípulo. “No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él”200, al contrario, es un llamado universal, al cual todos

estamos no solo invitados, sino capacitados.

Es la capacidad inherente que posee el sarmiento, si permanece en la vid, la que lo posibilita en dicha comunión para dar frutos. De esta manera, la Iglesia está llamada a permanecer inserta en Jesús y así permanecer en esta comunión trinitaria de tal modo que su obrar sea divino, conforme a dicha unión, ya que como señala Francisco, “gracias a ese encuentro o reencuentro con el amor de Dios (…) llegamos a ser plenamente humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de la acción evangelizadora”201.

3.2. “Permanecer”: elemento fundamental de una eclesiología contemporánea A partir de la necesidad que posee la Iglesia como llamado primigenio a la comunión mediante la permanencia de sus miembros (los discípulos-creyentes) en Jesús, surge inevitablemente la pregunta por la fuente vital de la cual bebe el misterio de la Iglesia. Por esta razón la propuesta de Bruno Forte es fundamental: la Iglesia es icono de la Trinidad202. Es la Trinidad origen, forma y meta del misterio

eclesial:

La Iglesia viene de la Trinidad, es la “Ecclesia de Trinitate”: “La preposición de evoca al mismo tiempo la idea de imitación y la de participación: ‘a partir de’ esta unidad entre las hipóstasis se prolonga la ‘unificación’ del pueblo, el cual, unificándose, participa en una unidad diferente, de modo que para san Cipriano la unidad de la Iglesia no se puede comprender sin la de la Trinidad” (…) La iglesia es icono de la Santa Trinidad, es decir, está estructurada en su comunión a imagen y semejanza de la comunión trinitaria203.

El misterio trinitario ilumina arquetípicamente, como modelo original204, la vida del misterio

de la Iglesia:

200 Ibíd. 3. 201 Ibíd. 8.

202 Forte, La iglesia, icono de la Trinidad. 203 Ibíd., 31.

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La Iglesia es icono de la Trinidad; gracias a una “notable analogía”, ha sido comparada con el misterio del Verbo encarnado (LG 8), en la dialéctica de lo visible y lo invisible, mientras que su “comunión”, una es la variedad de las Iglesias locales y de los carismas y ministerios que se dan en ellas, refleja la comunión trinitaria (II-VI de la LG)205.

La Iglesia que permanece en el seno de la Trinidad responde a su origen fontal. No es accidental el hecho de que el discípulo deba permanecer. Por el contrario, es una condición para asumir auténticamente el discipulado. Lo menciona Alberto Parra cuando señala que “el modelo eclesial que reclama la dramática situación mundial, es el modelo comuniológico, comunitario y trinitario”206. La permanencia de la Iglesia acontece como condición de posibilidad de dicho modelo

comuniológico. De esta manera propone Parra una eclesiología comuniológica con tres elementos inseparables: “Trinidad, comunidad y relación”207.

Sin embargo, antes de la propuesta eclesial-trinitaria evidenciada por el Concilio Vaticano II, la eclesiología jurídica y jerarcológica208 se movía bajo un principio “cristomonista”209, como lo

denomina Yves Congar. Oriente gestionaba la vida eclesial trinitariamente; occidente bajo el “cristo- monismo solipsista que se desdobló en Pedro como cabeza del colegio apostólico. Luego en Pedro como primado romano. Luego en los obispos como sucesores de los Apóstoles”210. Es decir, existía

una privilegiada atención de cada uno de los aspectos cristológicos de la Iglesia, tanto institucional como jurídicamente. La “sociedad perfecta inmediata y voluntariamente instituida por Cristo”211,

como era definida la Iglesia, pone su mirada ahora en su origen fontal: la Trinidad.

El Cardenal francés, Henri de Lubac, a propósito de la expresión trinitaria de san Cipriano - la Iglesia fue preparada en la historia del pueblo de Israel y en la antigua Alianza- utilizada por Lumen

Gentium 2, afirma: “la iglesia es una misteriosa extensión de la Trinidad en el tiempo, que no sólo

nos prepara a la vida unitiva, sino que ya nos hace participar en ella. Proviene de la Trinidad y está llena de la Trinidad”212.

205 Forte, La iglesia, icono de la Trinidad, 14. 206 Parra, La Iglesia, 219.

207 Ibíd., 220. 208 Ver: Ibíd., 185.

209 Congar, “La pneumatologie ecclèsiologique au service de l`unité de Église”, 323-340. En Forte, La iglesia,

icono de la Trinidad, 15.

210 Parra, La Iglesia, 219.

211 Cantalamessa, Contemplando la Trinidad, 110.

212 De Lubac, “Quid significat ecclesiam esse mysterium”, 32. En Cantalamessa, Contemplando la Trinidad,

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Así, nace entonces una intención fundamental de renovación eclesial, sobre todo a nivel espiritual213. Por ello, esta estructura trinitaria encarnada en la historia cumple la función divina de

hacer que sus miembros participen de la “vida divina en la comunión de la Trinidad”214. Este elemento

fundamental le otorga a la Iglesia el carácter trinitario, ya que “la Santa Trinidad es origen, forma y meta de la realidad eclesial”215.

Bruno Forte enmarca esta “Ecclesia de Trinitate” bajo tres dimensiones216:

I. “La Iglesia es ante todo communio Sancti, la comunión en el Espíritu de Cristo”217: la acción

de la Iglesia no puede reducirse a categorías sociológicas o propiamente valoraciones de carácter histórico-políticos, por que corresponde más que al accionar humano, a la obra del Espíritu, ello la constituye “misterio”; su carácter trinitario así lo demanda. “Así pues, la tarea de la Iglesia es hacer presente en todo tiempo y frente a todas las situaciones el encuentro del Espíritu y la carne, Dios y los hombres, tal como se realizó en el Verbo encarnado”218.

II. “La Iglesia es la comunión en las realidades santas, communio sanctorum

sacramentorum”219: la Iglesia es sacramento de Cristo, de la misma manera en que Cristo es sacramento de Dios220. La comunión trinitaria con la Iglesia, acontece en el dialogo entre

palabra y sacramento, es decir, la eucaristía como cuerpo místico comunional. En la cual, la participación de sus miembros acontece en adhesión al cuerpo que alimenta la vida de la Iglesia. De allí que, “el hecho de compartir el único pan y el cáliz común en un lugar determinado manifiesta y lleva a cabo la unidad de los participantes con Cristo y con todos los comulgantes”221. Es entonces la eucaristía el sacramento donde nace la comunión de toda

la Iglesia222, ya que es el sacramentum unitatis223.

III. “La Iglesia es, en fin, la comunión de los santos, communio sanctorum fidelium224”: es la Iglesia de aquellos que son movidos por el Espíritu Santo, y que, a partir de esta posesión divina, son llamados “hijos de Dios” (Rom 8, 14). Por tanto, “si la Iglesia-comunión no es un

213 Ver: Forte, La iglesia, icono de la Trinidad, 19. 214 Ibíd., 27. 215 Ibíd., 69. 216 Ibíd., 69-76. 217 Ibíd., 71. 218 Ibíd. 219 Ibíd., 72. 220 Ver: Ibíd. 221 Ibíd. 222 Ver: Ibíd., 73. 223 Ibíd. 224 Ibíd., 74.

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cementerio, sino un mundo de personas que viven en el Espíritu, tampoco es un lugar de las aventuras individuales; la fidelidad al Espíritu exige un valeroso y paciente crecimiento en comunión con todos”225.

Estas tres dimensiones de la Iglesia-comunión, solo quieren poner de relieve la evidente imagen trinitaria que, como respuesta elocuente, responde la triple pregunta planteada durante todo el texto de Bruno Forte: ¿de dónde viene-origen? ¿Qué es-forma? y finalmente ¿a dónde va-meta? Su respuesta es contundente en los tres casos: la Trinidad.

Ahora bien, si hemos dicho que la Trinidad acontece como modelo arquetípico de la Iglesia, el llamado a la comunión con su suelo nutricio consiste en una necesidad categórica de “permanecer” en Cristo, vid autentica. Si la Iglesia, con cada uno de sus miembros-discípulos-sarmientos, no “permanece” en Jesús-vid verdadera, lejos está entonces de cumplir su función y a su vez de generar frutos que permanezcan de igual manera.

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