5 E l comunismo: ^Lear o Gonzalo?
6. Comunismo del intelecto, comunismo de la voluntad
Pe te r Hallward1
Plantear la cuestion del comunismo desde el punto de vista de su “idea” tiene al menos dos virtudes iniciales.
En primer lugar, nos ayuda a distinguir el comunismo de su reduc tion pura y simple al anticapitalismo. Por supuesto, la crftica del capi- talismo es la preocupacion central de la obra de la madurez de Marx y continua siendo una parte esencial de cualquier analisis que trate de anticipar una eventual transition a un modo comunista de production. Evidentemente, el capitalismo establece y luego intensifica algunas de las condiciones historicas en las cuales llego a darse la posibilidad, por primera vez', de intentar abolir las clases y las desigualdades en un piano que no fuera meramente utopico. Pero hacer prevalecer la des truction del capitalismo sobre la construction del comunismo es con- cederle demasiado al capitalismo mismo. En la medida en que se con- ciba el comunismo unicamente como una consecuencia mas o menos “inevitable” de la autodestruccion del capitalismo, su formulation con- tinuara estando limitada y sometida a la historia que pretende superar: cuanto mas insistamos en que, para poder concebir el comunismo, pri- mero debemos esperar que el capitalismo cree las condiciones de su eventual autodestruccion, tanto mas dificil se hara distinguir la resis- tencia anticapitalista de un entusiasmo efectivamente procapitalista por subsumir plenamente todos los aspectos de la vida social dentro de una unica maquinaria de production globalmente integrada.
1 Una version considerablemente mas larga de la segunda y la tercera parte de este capitulo aparecio ya publicada con el titulo “The Will of the People: Notes Towards a Dialectical Voluntarism”, Radical Philosophy, 155, mayo-junio 2009.
En segundo lugar, el enfasis en la idea del comunismo invita a lan- zarse a una especulacion libre o algo mas temeraria, a una reflexion sobre el comunismo entendido como un proyecto o una posibilidad independientes del legado que nos dejo el comunismo que existio antes. Nos alienta directamente a dejar en un segundo piano las cues- tiones que siempre plantearon los escepticos y los desenganados o quienes quieren examinar la solucion completa de un problema antes de resolverse a abordarlo. ;Como nos atrevemos a hablar de comunis mo, dicen, cuando no hemos logrado ninguna alternativa al mercado en gran escala que sea viable? ^Cuando no hemos resuelto el problema de un Estado burocratico y centralizado? ; Cuando no hemos exorci- zado los fantasmas de Stalin, ni de Mao...? Este tipo de objecion me hace acordar un poco a la manera en que ciertas personas -en otros aspectos “progresistas”- hablaban del fin de la esclavitud en los Esta- dos Unidos. Hasta un democrata genuino como Thomas Jefferson, al igual que practdcamente todos sus contemporaneos revolucionarios, se resistia a la cuestion de la emancipation o la abolition porque aun no podia imaginar una solucion practicable al problema que todos ellos habian heredado y aceptado: no lograban imaginar (salvo alguna fan tasia de deportation de regreso a Africa) como podria darse una con ciliation racial despues de la abolition, teniendo en cuenta el legado de brutalidad y resentimiento que habia creado la esclavitud. Y me parece que la sensation aun dominante de que “no hay alternativa” y la tendencia a mantener el comunismo, junto con otras pocas ideas, decididamente fuera de la agenda, responden a una falta similar de imagination politica.
Me parece que hariamos mejor en seguir el ejemplo dado por gente como Robespierre, Toussaint L’Ouverture o John Brown: enfrentados a una institution indefendible como la esclavitud, apenas surgio la oportunidad, resolvieron luchar inmediatamente y por todos los medios disponibles para eliminarla. El Che Guevara y Paulo Freire hicieron lo mismo ffente al imperialismo y la opresion. Hoy el doctor Farmer con su obra “Socios en salud” en Haiti, Chile y otras partes adopta una actitud semejante al afrontar las desigualdades indefendi- bles de la provision global de los cuidados de la salud.2 En todos los casos, la argumentation logica basica es muy sencilla: una idea, como la
2 El sitio en Internet de Socios en salud (Partners in Health) es <www.pih.org>; vease Tracy Kidder, Mountains beyond Mountains: The Quest of Dr. Paul Fanner, Nueva York, Random House, 2004.
Comunismo del intelecto, comunismo de la voluntad
idea del comunismo o la igualdad o la justicia, nos ordena que luche- mos por realizarla sin complacencias ni demoras, aun antes de que los medios para tal realization se consideren factdbles, legi'timos o siquiera “posibles”. El esfuerzo deliberado en pos de la realization misma con- vertira lo imposible en posible y hara volar en pedazos los parametros de lo factible.
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Ni siquiera el mismo Marx se sentia tentado a escribir “recetas para los cocineros del futuro”3 y era bien conocida su poca disposi tion a extenderse sobre la idea del comunismo. Pero, como se reco- noce ampliamente, en esa idea Marx evoca dos preocupaciones dis- tintas. Por un lado, la referencia al comunismo sirve de norma rectora, la anticipation de una sociedad organizada en concordancia con el viejo lema, adaptado de Babeuf y luego de Louis Blanc, “de cada uno segun su habilidad y para cada uno segun su necesidad”.4 En este sentido, el comunismo vale como principio guia para el desarro- llo futuro. “En lugar de la antigua sociedad burguesa”, como dice el
Manifiesto, “con sus clases y su antagonismo entre clases”, tendremos
una asociacion en la cual el desarrollo libre de cada individuo sea la condition para el desarrollo libre de todos”.5 Trabajar en el sentido de una asociacion semejante es luchar por hacer realidad ese “reino de libertad” que para Marx, y antes para Kant y para Hegel, da fun- damento a nuestro principio normativo esencial: el despliegue auto- nomo de la “energia humana como un fin en si mismo”.6 Por otro lado, para el Marx implacablemente crftico de toda forma meramente “utopica” de socialismo, el comunismo nombra un proyecto histori- co real:
Para nosotros, el comunismo no es un estado de cosas que debe establecer- se, un ideal al cual la realidad debera ajustarse. Llamamos comunismo al
5 Karl Marx, Capital I, posfacio a la segunda edition en ingles, trad, de Ben Fowkes, Londres, Penguin Classics, 1976, pag. 98.
4 Karl Marx, Critique of the Gotha Programme, Pekin, Foreign Languages Press, 1972, pag. 17.
5 Karl Marx y Friedrich Engels, Manifesto of the Communist Party, Pekin, Foreign