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CAPÍTULO II: MARCO TEÓRICO

2. Variedades lingüísticas

2.2.1. Concepto de dialecto

Es noto que el reconocimiento de la dignidad de los dialectos y de su estudio se debió en parte al nacimiento de la lingüística como ciencia histórica (Alvar, 1996:5), pero también es ostensible que es muy difícil marcar las fronteras del dialecto respecto a la lengua, de hecho, sabemos que durante muchos años numerosos estudiosos han negado su existencia (Gaston Paris, Paul Meyer, Wenker). Lengua y dialecto podrían ser realidades idénticas desde un punto de vista filosófico o desde un punto de vista lingüístico. Desde un punto de vista estrictamente lingüístico, dialecto es diferenciación, que no quiere decir solo fragmentación histórica y geográfica:

«...dialecto significa, desde un punto de vista estrictamente lingüístico, diferenciación. La geografía es, ni más ni menos, la precisión dentro de la que se han cumplido los hechos lingüísticos; del mismo modo que la cronología establece, también, sus propios límites. Y la diferenciación no obliga a un largo perspectivismo histórico; basta la distancia suficiente para que el hecho cobre sus exactos perfiles.» (Alvar 1983: 60)

Criterios como la intercomprensión, la estandarización o la presencia o no de literatura, de una gramática, una ortografía o un diccionario han sido considerados bastantes para deslindar una lengua de un dialecto. En la actualidad no son criterios pertinentes o suficientes.

Podemos recurrir a la norma para intentar definir el concepto de dialecto. El concepto básico de la dialectología es la norma; la norma como uso tradicional, propio de una comunidad de habla que la identifica y la distingue de otras comunidades similares, y que permite definir el dialecto como forma idiomática incluida en un conjunto mayor (la lengua-idioma) a cuya norma modélica se subordina, y caracterizada por un conjunto de normas que la individualizan frente a otras formas similares de la misma

lengua (Alvar, 1996: 135). No se puede hablar de dialecto sin hablar de lengua.

Intentando una relación de oposición o también de jerarquización entre los dos conceptos, desde un punto de vista rigurosamente lingüístico, no existen evidencias que justifiquen la distinción entre lengua y dialecto. Es decir, no habría manera de diferenciar lengua de dialecto, por lo que resulta pues obligado recurrir a criterios extralingüísticos para establecer esa oposición (Alvar, 1983: 87).

Realmente es muy complejo determinar si una variedad es dialecto o no, sobre todo si «se carece de datos básicos sobre las isoglosas, sobre la historia, sobre la distribución sociolingüística de los fenómenos y las actitudes de los hablantes» (Moreno Fernández, 2009: 92). Podríamos recurrir a dos argumentos para justificar la existencia de los dialectos: por un lado el lingüístico, es decir, la lengua se manifiesta de forma variable lo que supone que en territorios diferentes puede manifestarse de manera diferente. El segundo es de tipo social o sociológico: los hablantes tienen conciencia de que el modo de hablar de su comunidad forma parte de su identidad y los diferencia de otras comunidades, aunque hablen la misma lengua (Moreno Fernández, 2010: 18).

Es indudable que los factores extralingüísticos adquieren un papel muy importante, y aquí entra en juego el factor del «prestigio lingüístico» del que todos y cada uno de los hablantes tienen clara conciencia, incluso instintivamente, respecto a otras variedades. ¿Es entonces una cuestión de prestigio lo que hace de un dialecto que lo sea o que obtenga el rango

de lengua? El prestigio es un modo de crear jerarquías. (11) Seguramente

cualquier valoración que hagamos de la lengua comparándola con el dialecto nos llevará al prestigio de la primera y a la limitación del segundo (Alvar, 1983: 69). Pero para entender adecuadamente esta realidad es importante tener en cuenta dos circunstancias: en primer lugar, cuando se habla de dialecto se está haciendo referencia a una modalidad concreta de una lengua y esa modalidad no tiene por qué estar desprestigiada. No es necesario aclarar que el español es el suprasistema abarcador de todas las realizaciones de nuestra lengua que son heterogéneas entre sí; en segundo lugar, este

11) «podemos entender por prestigio, la aceptación de un tipo de conducta considera‑ da mejor que otra.» (Alvar, 1996:15).

concepto de «dialecto» está vinculando un sistema a una geografía, por lo que también se habla de geolecto (Moreno Fernández, 2009: 92).

Es cierto que hoy en día, aunque en un momento de la historia no fue así, no concedemos el mismo valor al leonés, al aragonés y al castellano, pues a los dos primeros se le sigue considerando dialectos del latín, basándonos en el prestigio del último en relación a los dos primeros. Eso sí, también en lo que concierne al prestigio, cada instrumento lingüístico es lo que quieren que sean sus propios hablantes; pero esos hablantes viven en una sociedad que, a su vez, se aloja en otra más amplia y en otra (Alvar, 1983: 71). La falta de tolerancia puede llevar hasta la autodiscriminación lingüística. La coacción,

independientemente de las ideologías, es siempre desfavorable. (12)

Y es el prestigio de una estructura, el que acaba empobreciendo a las

otras variedades (castellano con respecto a leonés o aragonés), o haciéndolas desaparecer (castellano frente a mozárabe o riojano), con lo que la lingüística termina yendo a remolque de la política, según se comprueba tanto en lo antiguo como en lo moderno (Alvar, 1983: 78).

No hay que desatender el punto de vista temporal o el histórico ni tampoco el espacial o geográfico, por lo que respecta al dialecto y su caracterización, dentro de la búsqueda de oposición dialecto-lengua. Ya Coseriu (1980: 113) estableció un modelo de dialectos primario, secundario y terciario: dialectos primarios o constitutivos, secundarios o consecutivos y terciarios o variedades regionales; los dialectos que son tan antiguos como el dialecto que constituye la base de la lengua común, los llama “primarios” (el astur-leonés, el navarro-aragonés y el castellano, hoy español). Más tarde Coseriu (1981: 14) añade también el judeo-español a esta serie de dialectos primarios. Con la clasificación diatópica de la lengua común surgen nuevos «dialectos» llamados “secundarios” (Paufler, 1997) son los que se escinden de esta lengua histórica por una diferencia diatópica (como las diferentes variedades del español de la Península y el español de América). En tercer lugar, se ubican los dialectos “terciarios”, «variantes peninsulares e insulares» y «variantes americanas» (Lope Blanch, 1992: 320), que derivan del estándar y adoptan rasgos regionales representando el habla de una élite

12) por ejemplo, no se podría imponer, al resto de aragón, el habla de peñarroya, por grande que sea su personalidad y digna de estudio que la consideremos (Alvar 1983: 71). Pero, todavía más, rozaría lo ridículo si estos hablantes llegasen a tener dificultades a la hora de emplear la variedad impuesta luego de una normalización lingüística. la imposición coactiva de ningún modo resulta prudente.

urbana (como la norma castellana, andaluza, extremeña, canaria, etc., y la norma mexicana, caribeña y rioplatense, respectivamente). Es decir, más allá de la diferenciación de la lengua común existen formas de un español ejemplar, de un español estándar (y, por tanto, dialectos terciarios). Como la lengua ejemplar presenta una diversidad interna en los distintos países y regiones, ya han surgido tendencias hacia una unidad a un nivel aún más alto de la lengua en España y en América Latina (Coseriu, 1992: 165).

La división de Coseriu parece aportar claridad a nivel terminológico, pero no por ello se licencian las dificultades a la hora de aplicar el modelo en lo que respecta a la clasificación y al funcionamiento de estos diferentes grupos de dialectos. La clasificación de los dialectos primarios asturiano- leonés y navarro-aragonés en la categoría de «lengua histórica» española resulta problemática si consideramos su equivalencia histórico-genética con otros dialectos primarios, que evidentemente no pueden ser incorporados a la categoría español, además de la gran cantidad de puntos en común a nivel del sistema interno que también tienen con ellos y justamente no solo con el castellano. Por otra parte, el hecho de que todos los dialectos secundarios deban provenir de la lengua común castellana también plantea un problema; si tenemos en cuenta el papel tan activo e importante que desempeñan otros dialectos primarios, como por ejemplo, la influencia del leonés en la constitución del dialecto secundario andaluz, o la del gallego o el asturiano- leonés en la formación de las diferentes variedades del español de América Latina. Y esta no es la única razón por la cual a estos últimos tampoco se los puede clasificar solamente como dialectos secundarios de la lengua común española, pues estos son más bien la suma de rasgos de la lengua común y de características dialectales secundarias, como por ejemplo, el andaluz y el canario (Paufler, 1997), o por ejemplo, los dialectos terciarios del español en cada zona: en Asturias sería el «castellano asturianizado» (Neira, 1982: 26), en Cataluña, el español catalanizado (Sinner, 2004; Vann, 2005).

De este modo, tiene una gran relevancia para la dialectología actual lo que Coseriu entiende como diferenciación diatópica en el marco de lo «ejemplar» de la lengua común, es decir, en el marco del lenguaje estándar, más precisamente, de la norma sociocultural vigente. La diversa realización de lo «ejemplar» en las diferentes regiones crea unidades sintópicas nuevas de las que hemos hablado arriba, es decir, los llamados dialectos terciarios. Basándose en el concepto aplicado por Montes Giraldo (1982) del «superdialecto» en la Península Ibérica, se pueden reconocer bastante

claramente los rasgos de un superdialecto terciario de tipo meridional en contraposición con otro de tipo septentrional. Actualmente la tarea de la geografía lingüística es, en su calidad de medio indispensable para comprender y registrar la sincronía diatópica, describir y registrar el proceso evolutivo del estado idiomático que, contrariamente al proceso histórico, en donde tuvo lugar una «castellanización» del sur (acompañada de la formación de los dialectos secundarios) hoy en el ámbito de los dialectos terciarios, se tiende a una «meridionalización» del norte de la Península Ibérica (Paufler,1997).