CAPÍTULO II: MARCO TEÓRICO
2. Variedades lingüísticas
2.2.5. Lengua versus dialecto: los conceptos de lengua y dialecto desde una perspectiva lingüística
Desde un punto de vista geográfico o espacial es la geografía lingüística la que estudia la variación de la lengua en el espacio y la refleja en mapas. Considerada más que una ciencia, un método dialectológico que aparece a fines del XIX y principios del XX, removió alguna de las bases teóricas de la dialectología: si no existen límites, fronteras, no existen dialectos. Al menos en un primer momento hubo quienes lo interpretaron así, en
sentido estricto. Sin embargo, los mapas lingüísticos nunca negaron, sino que matizaron, el concepto que está en la base misma de la investigación – el dialecto-, al tiempo que reconocieron al hablante su protagonismo en el cambio lingüístico. El dialecto pasó, de negarse, a considerarse como una abstracción necesaria. Ante la variación en el espacio, la geografía lingüística impuso el principio de que existe unidad en la variedad- por eso busca un informante para representar a toda una comunidad de habla- lo mismo que el principio de la continuidad de áreas – la lengua es un continuum, una realidad continuada- que se da por supuesta, de ahí que se estudie como significativa cualquier fragmentación (García Mouton, 1996: 75).
Es importante pues, no pasar por alto que el dialecto es variedad geográfica determinada de una lengua, es contemporáneo a la lengua, y su noción está vinculando un sistema, a una geografía, por lo que también se habla de geolecto. A partir de la concepción del dialecto como sistema de signos, normalmente con una concreta delimitación geográfica y sin una fuerte diferenciación frente a otros de origen común, existe la posibilidad de identificar, dentro de ellos, otro tipo de variedades lingüísticas, circunscritas a grupos de hablantes de comunidades dialectales. Para el lingüista es importante partir de la idea de que la lengua hablada en una comunidad refleja un dialecto o una variedad geográfica determinada, y por ello el dialecto es una propiedad de una comunidad (Moreno Fernández, 2009: 96).
De este principio se desprende que cada hablante nativo tiene el mismo tipo de acceso al dialecto -a la variedad, la lengua- de su comunidad y el mismo conocimiento sobre él que los demás hablantes nativos de la misma comunidad. Las dificultades para la identificación y el estudio de los dialectos surgen cuando se dan cita en un mismo lugar, en un mismo núcleo urbano, hablantes nativos de variedades diferentes, como es el caso de muchas capitales hispanoamericanas que reciben población de origen rural. La sociolingüística podría estar interesada tanto en el estudio del dialecto que se considera característico de una comunidad (el español de X) como en el estudio del encuentro de dialectos que se pueda estar produciendo en un lugar determinado (el español en X) (Caravedo, 1990: 17-32). El estudio de un dialecto siempre requiere el análisis de una comunidad, puesto que es ahí donde se manifiesta (Moreno, 2009: 98).
Volviendo a la consideración de los criterios lingüísticos, hay quien propone desentenderse de las adherencias no lingüísticas, por mucha tradición filológica que tengan, y de esta manera llegar a un acuerdo más o menos unánime respecto a la clasificación en lenguas y dialectos, pues sería insostenible una situación en la que cada romanista siguiese los criterios que más convienen sin que necesariamente sean lingüísticos o no. Por ejemplo, el poseer o no una literatura no puede ser considerado de ninguna manera como un criterio clasificatorio en lingüística. Así parece que el problema de la caracterización del concepto de dialecto radica en la costumbre de renunciar a lo más elemental del principio de inmanencia, lo cual se hace introduciendo en el discurso científico lingüístico criterios no glotológicos, es decir, externos: sociológicos, culturales, literarios, políticos, etc, entremezclando con ligereza dos campos que debieran separarse siempre rigurosamente: el campo de la Lingüística, que abarca la lengua como sistema, y el de la Sociología lingüística, que se ocupa de la lengua como institución social o como objeto de uso social (De Andrés, 1997: 67- 108).
Los puntos de vista «externos» de tipo estético, filosófico, cultural o sociológico son muy interesantes e incluso imprescindibles para estudiar gran cantidad de fenómenos, pero no para captar las leyes específicas del código lingüístico. De esta manera, solo es posible comprender en su verdadera naturaleza los fenómenos propios del sistema lingüístico adoptando una perspectiva estrictamente interna a dicho sistema. Los aspectos externos del lenguaje no hay que desecharlos sino «colocarlos en su terreno». Esto puede también aplicarse al concepto de dialecto en oposición al de lengua. Por lo que se refiere al concepto de prestigio del que antes hemos hablado, este no pertenece al terreno de la lingüística sino al de la sociología o al de la historia:
«Un cambio fónico en marcha puede explicarse por factores de tipo estructural al mismo tiempo que de tipo sociológico. Así, puede que una nueva pronunciación desplace a otra por la necesidad de un reajuste fonológico en el sistema, pero también porque esa nueva pronunciación se rodea de prestigio, se pone de moda y se extiende; un factor no niega al otro, sino que ambos contribuyen al mejor conocimiento del fenómeno. Lo que resultaría una absoluta mistificación sería presentar como fenómeno glotológico el prestigio de esa pronunciación (puesto
que, como es obvio, la noción de prestigio no es glotológica)» (De Andrés, 1997:
67)
De este modo, en lo que se refiere a los conceptos de lengua y dialecto, muchos lingüistas dan por sentado que no se puede aclarar nada si no se manejan criterios externos a la lingüística, y el resultado es que se mezclan criterios sociológicos con lingüísticos, o que cunde la resignación, renunciando a los lingüísticos en favor de los sociológicos. Estas dos actitudes suponen una capitulación de la lingüística ante el principio de inmanencia, antes de agotar todas sus posibilidades operativas. La solución al problema pudiera encontrarse como primer paso en restituir el punto de vista inmanente en lo lingüístico para así dilucidar si estamos ante hechos lingüísticos o de otro tipo. Este punto de vista es un principio elemental de la lingüística moderna, y sin él la lingüística no se hubiera conformado como ciencia formal a lo largo de este siglo. Desde esta perspectiva, la Lingüística oficial que se declara inmanentista, acostumbraría asimismo a valerse algunas veces de criterios «externos», pero de la misma manera que jamás un biólogo creará clasificaciones o determinará especies basándose en criterios «externos» de provecho o utilización humana (por ejemplo, animales domésticos/animales salvajes), el lingüista no debería utilizar más que criterios de su ciencia. Así los conceptos de lengua y dialecto solo tienen validez si realmente aluden a fenómenos de carácter lingüístico interno. En caso contrario transferir dichos conceptos a la sociología o a la sociolingüística. Así las cosas, se tendría que proceder, por tanto, al «lavado de todas las adherencias no lingüísticas, aunque estén consagradas por cierta tradición filológica.» (De Andrés, 1997).
Cuando hablamos de dialecto y lengua, y hablamos de prestigio de un idioma de una determinada sociedad o época histórica, no estamos en el terreno de la lingüística, sino en el de la sociología o en el de la historia. En primer lugar, lengua y dialecto poseen valor lingüístico. Pero, antes de nada, hay que advertir que en los terrenos primarios de la lingüística la dicotomía lengua/dialecto es absolutamente superflua, no significa absolutamente nada. Todos los sistemas lingüísticos sirven para la comunicación de sus hablantes, y por ello son estructuras completas y no jerarquizables en términos cualitativos. De este modo, una distinción lengua/dialecto en estos términos sería inviable y acientífica. La constatación de esta realidad
la encontramos en los conceptos de Eugenio Coseriu «lengua en sentido
general» y «lengua funcional». (15)
Todo lo anterior forja consecuentemente que una distinción científica de lengua/ dialecto construida con el criterio o la creencia en sistemas «mejores» o «completos» y sistemas «peores» o «defectuosos», pueda parecer un prejuicio. La cuestión es que cuando se trasladan carencias que pertenecen al plano social o cultural al plano del sistema lingüístico, como la aplicada afirmación de que no es lengua el sistema que carece de literatura o de variedad normativa, ciertamente se estaría amparando la cultivación de una práctica seudocientífica que clasifica las lenguas en aptas o no aptas para determinados menesteres y eso sería falsear la realidad o deformar la misma. Hjelmslev (1971: 52), hacía hincapié en las reflexiones de los americanistas que subrayaban la aptitud de las lenguas indias, como cualquier otra lengua, para poder expresar la civilización occidental, pues toda lengua posee, además de los signos empleados efectivamente, una reserva prácticamente inagotable de posibilidades inexplotadas. André Martinet (1974: 27) señalaba que la lista de los monemas de una lengua es abierta y que es imposible determinar cuántos monemas distintos presenta una lengua, pues las nuevas necesidades hacen nacer nuevas designaciones. Como no tendría sentido oponer lengua a dialecto, habría que usar los términos indistintamente, junto con otros como sistema, código, modalidad lingüística, variedad lingüística, y otros de contenido igualmente neutral. La oposición sí es útil desde un punto de vista clasificatorio. La palabra dialecto designa una variedad dentro de la lengua. Lengua es un conjunto y los dialectos son sus subconjuntos. Y así, todas las lenguas son conjuntos de maneras de hablar afines, esto es, todas las lenguas son conjuntos de dialectos. Está claro que todos hablamos una lengua a través de alguno o algunos de sus dialectos.
Así si la relación de inclusión dialecto/lengua tiene carácter específicamente lingüístico, es necesario que se establezca con medios específicamente lingüísticos, los cuales han de ser exclusivamente las características o
15) De Andrés (1997) recuerda la idea de Coseriu de que «lengua en sentido general» es el sistema de isoglosas comprobadas en una actividad lingüística completa, es decir, que consiente el habla y la comprensión de varios individuos de acuerdo con una tradi‑ ción históricamente común, y «lengua funcional» es el sistema lingüístico unitario desde los tres puntos de vista, es decir, una lengua sintópica, sinstrática y sinfásica, esto es, una unidad sintópica tomada en un solo nivel y en un solo estilo de lengua.
rasgos lingüísticos, es decir, las isoglosas (y, si se quiere, las estructuras profundas): en los planos fonológico, morfosintáctico y léxico-semántico (más concretamente, en el fondo léxico básico). La semejanza o disimilitud de rasgos lingüísticos tiene que ser el único medio para emprender la clasificación en conjuntos y subconjuntos, rechazando la tentación de los factores externos como la conciencia social, la literatura, la existencia de una variedad normativa, etc. Dentro de la clasificación, los grados de lengua y dialecto tienen una peculiaridad: la lengua supone el máximo grado de autonomía clasificatoria funcional.
Para De Andrés (1997), el criterio estrictamente lingüístico puede contemplarse desde tres perspectivas o dimensiones:
a) La sistemática, en la que se toma como punto de referencia el inventario de rasgos de los sistemas lingüísticos que son objeto de clasificación. Es decir, se establecen unos parámetros rigurosos y se ve si los conjuntos guardan entre sí homogeneidad o heterogeneidad, y en qué grado.
b) La geográfica, cuyo punto de referencia los rasgos lingüísticos, pero ahora entendidos como isoglosas geográficas. En un mapa los espacios con el mismo grado de homogeneidad en cuanto a la distribución de isoglosas, han de ser considerados de la misma manera. Un problema pueden ser las fronteras geográficas difusas, los límites entre dos lenguas pueden ser difusos o graduales, de modo que existe una zona intermedia o de transición (asturiano-gallego, catalán-aragonés, catalán-occitano, occitano- francoprovenzal) o los contínuums dialectales, pues parece haber vastos espacios geográficos en los que se hace difícil encontrar acumulaciones de isoglosas que permiten aislar espacios de homogeneidad (el caso del contínuum eslavo que va desde Trieste al Mar Negro).
c) La genealógica o evolutiva, que adopta una perspectiva diacrónica. Las unidades resultantes de la evolución en un mismo periodo de tiempo pueden recibir el nombre de lenguas. Pero tal nombre lo merecen por igual todas las unidades resultantes de la misma generación.
Asimismo resultan muy interesantes «los criterios que debe rechazar y de los cuales debe precaverse el lingüista»:
-El criterio de la intercomprensión: consiste en observar si dos hablantes no se entienden es que hablan lenguas diferentes y si se entienden es que hablan dialectos de una misma lengua. Se trata de un criterio engañoso, pues podemos entender a un hablante de gallego y no a un hablante cubano. Es decir, la inteligibilidad mutua depende también de otros factores como el grado de exposición de los oyentes a la otra lengua, su grado de educación y su voluntad de entender.
-El criterio literario: este criterio no debería usarse en lingüística por no ser de carácter lingüístico, pues poseer o no literatura no emana de la lengua, sino que es un atributo cultural de la sociedad o comunidad.
-El criterio normativo: consiste en sostener que son lenguas aquellas que están dotadas de una variedad normativa (modélica, estándar, koiné), y son dialectos aquellos que no tienen tal variedad. Este es un criterio sociocultural, pues es la comunidad de hablantes la que decide dotarse o no de un estándar, de modo que es irrelevante en una clasificación estrictamente lingüística. El hecho de que una forma pueda legalizarse y oficializarse carece de fundamento lingüístico, ya que la posición ventajosa del grupo se logra por razones externas o ajenas al sistema lingüístico.
-El criterio político: son lenguas aquellas que son oficiales o que tienen un trato institucional favorable, y dialectos aquellos que o no son oficiales o tienen un trato institucional desfavorable (o no tienen ninguno).
-El criterio social o de conciencia de los hablantes: radica en defender que el lingüista debe considerar lenguas aquellas maneras de hablar sentidas por la comunidad como autónomas de otras y dialectos las sentidas como partes o variedades de otras, dentro de las cuales se encuentran englobadas. El criterio social es válido taxonómicamente pero no en estricta lingüística, sí en sociología lingüística. Aunque los hablantes de occitano, franco provenzal o aragonés no tengan conciencia lingüística, el lingüista, debe permanecer ajeno a la contingencia sociológica, y usando solo su método, está obligado a decir que los anteriores entran en la lista de las lenguas románicas.
Aquí entran en juego las actitudes de los hablantes, la Folk Linguistics o Lingüística Popular, un fenómeno peculiar pero muy frecuente, pues el lenguaje es un recurrente tópico en el discurso mítico. Bloomfield (1944: 45) llamó a este fenómeno «secondary responses to language» (reacciones
secundarias al lenguaje). Los hablantes construyen elaborados y complejos mitos acerca de las lenguas y el lenguaje, y además usan las diferencias entre sus formas de habla como medida para juzgar el carácter de las personas, imaginan que quienes no hablan exactamente como ellos son más sabios o más ignorantes, más inteligentes o más tontos. Es frecuente encontrar mitos que se han usado muchas veces como instrumentos para segregar y rechazar a ciertos grupos sociales o de hablantes. Además, por alguna razón, los “inventores de mitos” tienden a teorizar más sobre el lenguaje o la Lingüística que sobre la Biología o la Química, por ejemplo. Sería interesante indagar sobre qué extraña fuerza humana influye en ello, o lo que es mismo, cuáles son las causas que propician el nacimiento de los mitos lingüísticos. En este sentido, puede parecer indudable la incidencia de la percepción de los hablantes, tal como la investiga la dialectología perceptiva.
Está claro que no se trata de desdeñar la transcendencia del aporte multidisciplinar; apoyarse en otras disciplinas como la sociología, la psicología, etc, es importante, pues el lenguaje es un fenómeno social. Pero eso no significa que una teoría lingüística tenga que parir soluciones exclusivamente lingüísticas, como lo hacen otras ciencias, es decir, la visión del científico tendría que partir de unos fundamentos que tienen que ser lingüísticos. En un segundo momento la descripción y clasificación de los hechos lingüísticos puede (y debe) apoyarse o ayudarse de otros puntos de vista que puedan complementar, perfeccionar, integrar o explicar.
Parece que en los últimos tiempos la perspectiva del investigador a la hora de focalizar el objeto de investigación ha ido englobando más, se ha hecho más amplia y se ha vuelto más compleja, lo cual no deja de ser enriquecedor. Pero no hay que correr el riesgo de disolverse y perder el punto de mira, haciendo de la lingüística una multidisciplina, como no convendría que lo fuese tampoco la medicina, la química o las matemáticas. El hecho de que la lingüística no sea una ciencia exacta la hace más fácilmente desviable o persuasible. La investigación lingüística parte de la observación o experimentación de hechos humanos, pero para llegar a conclusiones estrictamente lingüísticas. Hay que seguir teniendo en cuenta otras disciplinas que evidentemente puedan ayudar, pero estas no pueden convertirse en partes indispensables o forzosamente necesarias para describir los hechos estrictamente lingüísticos, lo cuales tienen que ser descritos internamente, y sobre todo para hacer clasificaciones. Las conclusiones se tienen que apoyar en bases lingüísticas.
Si esto es así el concepto de dialecto en oposición a lengua no tiene razón de ser:
«...Desde una perspectiva científica, la oposición lengua vs. dialecto no tiene sentido: los dialectos no son lenguas de segunda categoría. En realidad, toda lengua se realiza por medio de dialectos, en ellos, bien sean estos geográficos, sociales o de registro. Las lenguas no son sino entes construidos por el imaginario colectivo y, más tarde, por la descripción científica, y que a partir del primero cristalizan en un modelo, o varios, definido fundamentalmente por la escritura. La lengua española, el español, sin más, no se realiza en ningún sitio ni momento: solo existen el español de Burgos o el de Sevilla o el de México, o el español culto o el jergal... (los cuales, ciertamente, tampoco dejan de ser abstracciones). De ahí que haya una continua tensión entre las variantes realmente usadas y el estándar o los estándares, con que se trata de dar uniformidad al uso lingüístico con objetivos muy diversos (instrucción social, unidad nacional, mejora intelectual, ventajas pragmáticas, etc.)» (Cano, 2009: 74)
Es imposible definir el concepto de dialecto sin recurrir al de lengua ya que desde una perspectiva lingüística las lenguas naturales siempre se presentan en forma de variedades dialectales (Moreno Fernández, 2010: 18).
Sin embargo a la hora de enseñar una lengua, parecer ser que el enfoque comunicativo es el que ha complicado las cosas. Sabemos que la escritura tiende a mantener aquellos rasgos comunes a todas las variedades, de este modo cuando el libro de texto era una sucesión de textos literarios, no importaba la distancia dialectal al sistema. El problema inició cuando se