CAPÍTULO II: MARCO TEÓRICO
1.1. El río de la lengua o la variación y el cambio
Hace casi cinco décadas, John Lyons (1971:1) entendió por estudio científico del lenguaje «su investigación a través de observaciones controladas y empíricamente verificables y con referencia a alguna teoría general sobre la estructura del lenguaje». Para Lyons, el acceso de modo objetivo a la lengua estaba dotado de gran dificultad debido a la familiaridad con la que la percibimos, y debido a toda una serie de «prejuicios sociales y nacionalistas asociados al lenguaje y (a) muchas tergiversaciones populares alimentadas por versiones torcidas de la gramática tradicional» de las que
evidentemente hay que liberar la mente si queremos conseguir observar objetivamente el lenguaje.
En esta observación libre y objetiva de la lengua, se pone en evidencia también que, cada lengua, en su estructura interna, no puede ser uniforme. Las lenguas como entidades vivas producto del hombre no son, y no pueden ser, realidades rígidas para todos los que las hablan o invariables en las diferentes situaciones comunicativas, pues el hombre tampoco lo es. Suponer, o llegar a pensar, que una lengua pueda ser homogénea o inmóvil ya hace tiempo que carece de sentido:
«En efecto, la inmovilidad absoluta no existe; todas las partes de la lengua están sometidas al cambio; a cada período corresponde una evolución más o menos considerable. La evolución puede variar de rapidez o de intensidad sin que el principio mismo se debilite; el río de la lengua fluye sin interrupción; que su curso sea lento o torrentoso, es de consideración secundaria.» (Saussure
1983:166)
La lengua también es un organismo sistemático en el que todo está relacionado con el objetivo de la comprensión en la comunicación, y por ello debería esperarse estabilidad, pero no es así, cambia, y lo hace para seguir funcionando como tal, pues no es solo un código sino también algo histórico por naturaleza. De este modo, no hay contradicción entre sistema e historicidad, más bien la historicidad de la lengua implica su sistematicidad. Todo elemento lingüístico se conoce, precisamente, porque tiene forma; «La sustancia no se conoce sino como sustancia formada», es decir, sustancia dotada de socialidad e historicidad. La lengua es siempre sincrónica en el sentido de que funciona sincrónicamente, o sea que siempre se halla sincronizada con sus hablantes, coincidiendo su historicidad con la de ellos. Pero esto no significa que no debería cambiar sino que al contrario, justifica que cambie continuamente para seguir funcionando (Coseriu, 1973:171).
El concepto de historicidad ya es un concepto esencial en la filosofía desde finales del siglo XIX (Cfr. Dilthey, Heidegger, Ortega y Gasset), pero Coseriu (1985,1988,1992) la entiende como una propiedad esencial
de la actividad del hablar dada en el «ser hablante». El hombre como ser histórico pertenece a una comunidad lingüística; habla según una tradición lingüística. Y encontrarse en un mismo plano de historicidad no es posible sino por medio de la lengua, que en el hablante y en el oyente representa su modo de ser histórico. El lenguaje es la forma expresa e inmediata de la historicidad del hombre y por la misma razón existen las lenguas. Y en la historicidad se da la intersubjetividad, que tiene un doble sentido: «solidaridad con una tradición histórica y solidaridad en contemporánea con una comunidad hablante, que también es histórica» (Coseriu, 1985:32). El hablar es algo que va indefectiblemente con el hombre, esta es la originalidad de Coseriu en relación con otros sistemas filosóficos; El lenguaje no es una manifestación de la imaginación o «espíritu del hombre» en el tentativo de dar una respuesta al conocimiento, ni es el sitio en el que el hombre localiza su esencia, ni es un acontecimiento constitutivo del ser del hombre. El lenguaje es la realidad constitutiva de lo que es ser hombre. El hombre no es nada antes del lenguaje. El hombre se concibe con el hablar, se establece por el hablar y se fundamenta en el hablar.
Tampoco el concepto de cambio era nuevo en la época de Saussure. W. von Humboldt (1836), uno de los primeros pensadores de la época moderna en recapacitar sobre los hechos de lengua, ya decía, basándose en Aristóteles, que la lengua no es solo un resultado o «ergon», un producto final, sino también una actividad o «enérgeia» (Humboldt, 1990:65). El cambio, pues, es esencial a la misma lengua porque precisamente la lengua se realiza a través del cambio. Pero ese cambio no lo realiza de modo autónomo, ya que no es un sistema ni abstracto ni autónomo, sino un producto social.
Dicho esto, sabemos que una misma lengua presenta diferencias que, en primer lugar, y quizás por ser el síntoma más patente del carácter dinámico de la misma, pueden situarse en el eje temporal. No es la misma lengua la empleada por Cervantes en El Quijote que la de García Lorca en sus versos; no muestran las mismas características, ni tampoco es mejor o peor. Sin embargo, siendo la misma lengua es una lengua diferente.
En el cambio lingüístico las modificaciones son diacrónicas, pertenecen más al terreno de la lingüística histórica. De los fundamentos generales e históricos del cambio lingüístico se ocupa una sociolingüística histórica, que va desde la búsqueda de regularidades, bajo la forma de reglas variables, hasta la explicación concreta del proceso sociolingüístico del cambio, a
partir del reconocimiento de los problemas empíricos del cambio lingüístico en curso (Gimeno Menéndez, 1983). En el terreno específico del cambio lingüístico hay que destacar la atención prestada al terreno específico del cambio lingüístico en curso, donde se ha conseguido un nivel descriptivo muy satisfactorio (Cfr. Labov, 1994, 2001), aunque «lenguas como el español no se hayan visto suficientemente beneficiadas por estos avances» (Moreno Fernández 2009:300).
Todo cambio presupone pues variación, mientras que no toda variación desemboca en cambio, ya que la solidez y el equilibrio de las lenguas de debe precisamente a que son variables:
«Desde la perspectiva laboviana la variación puede entonces representar o no, un primer paso hacia el cambio, de modo que la estabilidad de las lenguas descansa en cierto equilibrio interno de la variación, y el cambio se produce solo cuando la estabilidad se rompe en algún punto del espacio a causa del comportamiento de ciertos grupos sociales que se desvían de modo abrupto de las tendencias de los demás integrantes de la sociedad». (Caravedo, 2003:39)
En la variación lingüística, en cambio, la modificaciones son sincrónicas y la analiza, entre otras disciplinas, la sociolingüística. La variación lingüística existe cuando para expresar un mismo concepto se recurre a formas diferentes sin que haya variación en el contenido. La lengua puede poner a disposición del hablante dos o más elementos, totalmente compatibles en su disponibilidad y capaces de responder a una misma necesidad comunicativa en un contexto determinado. Son diversos los factores que propician la elección de un elemento u otro por parte del hablante: factores exclusivamente internos o de naturaleza puramente lingüística; factores pragmáticos o discursivos que pueden ser internos o externos, y que tienen que ver con el uso contextualizado de la lengua; o factores o agentes de tipo meramente externos como la historia, la geografía, la sociedad, o el entorno comunicativo. Moreno Fernández (2010:25) desarrolla una distinción entre «condicionamientos externos anteriores» y «condicionamientos externos posteriores». Los primeros actúan sobre la lengua previamente a la intención comunicativa de un hablante concreto en una situación
comunicativa dada, y son de índole histórico-geográfico: la lengua de una comunidad ha evolucionado de una manera en un territorio, ha adquirido una determinada forma en un territorio concreto (variación geolingüística), o en cada momento de la historia (variación histórica o diacrónica). Los segundos pueden depender, o del perfil social y cultural del hablante y dan lugar a la variación sociolingüística (sociolectos), o de las condiciones comunicativas de cada situación que dan lugar a la variación estilística (estilos o registros).