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CONDUCTISMO, WATSONISMO Y PENSAMIENTO REFLEXIVO

PARTE II ESPÍRITU

14. CONDUCTISMO, WATSONISMO Y PENSAMIENTO REFLEXIVO

He analizado la posibilidad de poner el concepto o idea dentro de la esfera del tratamiento conductista, intentando, de tal manera, liberar al conductismo, en la forma en que es presentado por Watson, de lo que parece ser una imperfección. Al retrotraer el proceso pensante al proceso parlante, Watson parece identificar el pensamiento con la palabra, con el símbolo, con el gesto vocal. Lo hace transfiriendo un reflejo de un estímulo a otro: reflejo condicionado es el nombre técnico del proceso. El psicólogo aísla una serie de reflejos que responden a ciertos estímulos específicos, y luego permite que dichos reflejos se expresen en distintas condiciones, de modo que el estímulo mismo sea acompañado por otros estímulos. Descubre que esos reflejos pueden ser luego producidos por el nuevo estímulo, aun en ausencia de lo que ha sido previamente el estímulo necesario. La ilustración típica- de esto es la del niño que se asusta de un ratón blanco porque le fue presentado varias veces al momento en que se producía a su espalda un sonido fuerte. El sonido fuerte ocasiona miedo. La presencia de la rata blanca condiciona esa reacción de temor, de modo que el niño siente miedo hacia el animal. Las reacciones de temor son, entonces, provocadas por la rata blanca, aun cuando no se produzca ningún sonido 25.

25 El temor del niño a la oscuridad puede haber surgido del hecho de que se viese despertado por un estrepitoso trueno y sintiese miedo en la oscuridad. Esto no ha sido demostrado, pero es una posible interpretación en términos de condicionamiento.

El reflejo condicionado de los psicólogos objetivos es también empleado por Watson para explicar el proceso del pensamiento. Según ese punto de vista, utilizamos gestos vocales en relación con las cosas, y por medio de ellos condicionamos nuestros reflejos hacía las cosas en términos del proceso vocal. Si tenemos una tendencia a sentarnos cuando hay una silla cerca, condicionamos ese reflejo con la palabra "silla". Originariamente, la silla es un estímulo que provoca ese acto de sentarse, y una vez condicionado, el niño puede llegar a realizar el acto mediante el sólo empleo de la palabra. No puede establecerse ningún límite especial para semejante proceso. El proceso del lenguaje está particularmente adaptado para ese condicionamiento de reflejos. Poseemos una cantidad infinita de reacciones para los objetos que nos rodean. Si podemos condicionar dichas reacciones por medio del gesto vocal, de modo que cada vez que se produzca cierta reacción utilicemos al mismo tiempo ciertos elementos fonéticos, entonces podremos llegar a un punto en que la reacción será provocada cada vez que surja ese gesto vocal. El pensamiento sería; entonces, no más que el empleo de esos distintos elementos vocales juntamente con las reacciones que ellos provocan. Los psicólogos no necesitarían buscar, en el proceso del pensamiento, nada más complicado que el simple condicionamiento de los reflejos por los gestos vocales.

Desde el punto de vista del análisis de la experiencia involucrada, esta explicación parece sumamente inadecuada. Para ciertos tipos de experiencia, quizá sea suficiente. Un cuerpo de soldados adiestrados exhibe una serie de reflejos condicionados. Cierta formación es lograda mediante ciertas órdenes. El éxito de éstas reside en una reacción automática, cuando son emitidas. Ahí, naturalmente, hay acción sin pensamiento. Si el soldado piensa, dadas las circunstancias es muy probable que no actúe; su acción depende, en cierto sentido, de la ausencia de pensamiento. En algún punto es preciso que se lleven a cabo complicados pensamientos, pero después de que ello ha sido hecho por los oficiales de superior jerarquía, el proceso debe tornarse automático. Reconocemos que esta explicación no hace justicia al pensamiento que debe llevarse a cabo en la jerarquía superior. Es cierto que la gente subalterna ejecuta el proceso sin pensar. Ahora bien, si el pensamiento es llevado a cabo en el plano militar elevado en las, mismas condiciones, el conductista no logra explicar qué tiene la planificación de específico. Allí ocurre algo sumamente definido que no puede ser explicado en términos de reflejos condicionados.

Esta conducta sin pensamiento del soldado, al cumplir con la orden en forma de que la simple emisión de la orden implica su ejecución, es característica del tipo de conducta de los anímales inferiores. Empleamos ese mecanismo para explicar los complicados instintos de ciertos organismos. Una serie de reacciones sigue a la otra; la completación de una fase pone al animal en contacto con ciertos estímulos que liberan otros, y así de seguido. Se descubren grandes complicaciones de este proceso, especialmente en las hormigas. El pensamiento característico de la comunidad humana está presumiblemente ausente en aquellas comunidades. La avispa que acopia a las arañas paralizadas como alimento para larvas que jamás verá y con las cuales nunca ha entrado en contacto, no actúa en términos de previsión consciente. La comunidad humana que acumula alimentos en cámaras frigoríficas, y que más tarde los utiliza, hace, en cierto sentido, lo mismo que la avispa, pero la distinción importante reside en que la acción es conscientemente intencional. El individuo que dispone el acopio en cámaras frigoríficas se presenta en realidad, a sí mismo, una situación que surgirá, y determina sus métodos de conservación con referencia a futuros usos.

La explicación que Watson proporciona del condicionamiento de reflejos no hace referencia a esas partes de la experiencia. Tal tratamiento ha sido aplicado experimentalmente sólo en experiencias como las del niño. Watson trata de elaborar un mecanismo sencillo que pueda ser aplicado ampliamente sin tener en cuenta todas las complicaciones involucradas en tal aplicación. Por supuesto, es legítimo que una nueva idea busque su aplicación más amplia y luego trate de salir al encuentro de las dificultades específicas. Ahora bien, ¿es posible reformular nuestra explicación de la psicología conductista, de modo que pueda hacer más justicia a lo que comúnmente llamamos conciencia de lo que estamos haciendo? He sugerido que por lo menos podríamos proporcionar, en el sistema nervioso central, un cuadro de lo que responde a una idea. Parece que eso es lo que queda de la explicación de Watson. Éste agrega, simplemente, una serie de reacciones a ciertos estímulos, y demuestra que el mecanismo del organismo está en condiciones de cambiar dichos

estímulos, de sustituir un estímulo por otro; pero las ideas que llevan a cabo semejante proceso no pueden ser explicadas simplemente mediante esa sustitución.

En el ejemplo que di del ofrecimiento de una silla y de la solicitud hecha a una persona de que se sentara, la solicitud puede ocupar el lugar de la percepción específica de la silla. Uno puede estar completamente ocupado con cualquier otra cosa, y en ese caso el estímulo no es el estímulo que funciona en el reflejo original; uno podría entrar y sentarse sin prestar atención alguna a la silla. Pero tal sustitución no nos proporciona el cuadro del mecanismo que en algún sentido responde a la silla, ni la idea de qué le pide la persona que haga. Yo sugerí que tenemos semejante mecanismo en el sistema nervioso central, un mecanismo que responde a esas complicadas reacciones, y que los estímulos que provocan éstas pueden poner en marcha un proceso que no es ejecutado del todo. No nos sentamos realmente cuando una persona nos lo pide, y sin embargo el proceso, en algún sentido, es iniciado; estamos dispuestos a sentarnos, pero no lo hacemos. Nos preparamos para determinado proceso pensándolo, haciendo el gráfico de una campaña de conducta, y entonces estamos ya preparados para cumplir con las distintos pasos. Los impulsos motores que ya están presentes han agitado las distintas vías, y las reacciones pueden producirse más fácil y más seguramente. Esto es particularmente cierto en lo que respecta a la relación de los distintos actos entre sí. Podemos agregar un proceso de reacción a otro, y podemos construir, a partir de la forma instintiva inferior, lo que se denomina un reflejo general en nuestra conducta. Esto puede ser indicado, en cierto sentido, por la estructura del sistema nervioso. Podemos concebir reacciones que surgen con sus distintas respuestas a esos objetos, a lo que, en otras palabras, llamamos las significaciones de esos objetos. La significación de una silla es sentarse en ella, la significación del martillo es clavar el clavo; y estas reacciones pueden ser inervadas, aunque no sean ejecutadas. La inervación de estos procesos en el sistema nervioso central es quizá necesaria para lo que llamamos significación.

En este punto puede preguntarse si la excitación nerviosa en cierta zona o en ciertas vías es un sustituto legítimo de lo que llamamos la idea. Nos encontramos con una explicación paralelista de la aparente diferencia existente entre las ideas y los estados corporales, entre lo que llamamos la explicación psíquica y la explicación física en términos neurológicos. Podría objetarse que la psicología conductista establece una cantidad de mecanismos, pero omite lo que llamamos conciencia. Podría decirse que la conexión de distintos procesos que he venido describiendo, la organización de distintas reacciones en el sistema nervioso central, no es; en fin de cuentas, distinta de lo que describía Watson. También él tiene toda una serie de reacciones que responden a la silla, y condiciona la reacción mediante el gesto vocal "silla". Cabe sospechar que eso es todo lo que hemos hecho nosotros. Y sin embargo, como he dicho, reconocemos que existe en la conciencia algo más que semejante reacción condicionada. La reacción automática que produce el soldado es distinta de la conducta que involucra pensamiento en relación con ella y la conciencia de lo que estamos haciendo.

La psicología conductista ha tratado de librarse de las complicaciones más o menos metafísicas involucradas en la erección de lo psíquico contra el mundo, del espíritu contra el cuerpo, de la conciencia contra la materia. Se sintió que ello conducía a un callejón sin salida. Tal paralelismo se habría demostrado valioso, pero después de que se lo utilizó en el análisis de lo que ocurre en el sistema nervioso central, condujo, ni más ni menos, a un callejón sin salida. La oposición del conductista a la introspección está justificada. No es una empresa fructífera, desde el punto de vista del estudio psicológico. Puede considerarse ¡legítimo que Watson la borre sin más ni más y diga que lo único que hacemos es escuchar las palabras que pronunciamos subjetivamente; por cierto que ésta es una forma completamente inadecuada de encarar lo que llamamos introspección. Empero, es verdad que la introspección, en cuanto medio de tratar fenómenos que deben ocupar a la psicología, es bastante ineficaz. Lo que ocupa al conductista, aquello a lo que tenemos que volver, es la reacción misma, y sólo en la medida en que podamos traducir el contenido de la introspección en términos de reacción podremos obtener alguna doctrina psicológica satisfactoria. No es necesario- que la psicología se meta en cuestiones metafísicas, pero es importante que no pierda de vista la reacción que se emplea en el análisis psicológico mismo.

Quiero insistir en el hecho de que el proceso por medio del cual esas reacciones que son las ideas o las significaciones llegan a asociarse con ciertos gestos vocales, reside en la actividad del organismo, en tanto que en el caso del perro, el niño y el soldado, este proceso ocurre, por así decirlo, fuera del organismo. El soldado es adiestrado por medio de toda una serie de evoluciones. No sabe por qué le es dada esta serie especial, o qué empleo se le dará; se le somete simplemente a los ejercicios, tal como es adiestrado un animal en el circo. El niño es similarmente expuesto a experimentos, sin pensamiento alguno por su parte. El pensamiento propiamente dicho significa que este proceso de asociar la silla como objeto con la palabra "silla" es un proceso que los seres humanos en sociedad llevan a cabo y luego subjetivizan. Tal conducta ha de tenerse en cuenta, ciertamente, tanto como la conducta condicionada que ocurre externamente; y tendría que ser tenida en cuenta más aún, porque es sumamente más importante que entendamos el proceso del pensamiento que el resultado del mismo.

Y bien, ¿dónde se lleva a cabo este proceso del pensamiento? Si se quiere, estoy describiendo aquí un rodeo en torno a la cuestión de qué es la conciencia, o a la de sí lo que ocurre en la región del cerebro tiene que ser identificado con la conciencia. Este problema no es psicológico. Lo que pregunto es: ¿dónde ocurre ese proceso, por medio del cual, en el sentido de Watson, son condicionados todos nuestros reflejos o reacciones? Porque este proceso se lleva a cabo en la conducta y no puede ser explicado por los reflejos condicionados que resultan de él. Se puede explicar el temor que siente el niño hacia la rata blanca por medio del condicionamiento de sus reflejos, pero no se puede explicar la conducta de Mr. Watson al condicionar el mencionado reflejo por medio de una serie de reflejos condicionados, a menos que se establezca un super-Watson para condicionar los reflejos de aquél. Ese proceso de condicionamiento de los reflejos tiene que ser incorporado a la conducta misma, no en -el sentido metafísico de establecer una mente de un

modo espiritual, un espíritu que actúe en el cuerpo, sino como un proceso real que pueda ser encarado por la psicología conductista. Los problemas metafísicos siguen en pie, pero el psicólogo tiene que estar en condiciones de explicar ese proceso de condicionamiento de los reflejos tal como ocurre en la conducta misma.

Podemos encontrar parte del mecanismo necesario para tal conducta en el sistema nervioso central. Podemos identificar algunos de los reflejos, tales como el temblor de la rodilla, y seguir el estímulo desde el reflejo hasta el sistema nervioso central y vuelta. Pero no cabe seguir en detalle la mayoría de los reflejos. Con tales elementos adecuados, podemos establecer la analogía y presentarnos la complicada organización a que me he referido y que responde a los objetos que nos rodean y a los objetos más complejos, tales como una sinfonía o una biografía. La cuestión, ahora, reside en saber si la mera excitación de esos grupos de reacciones es lo que nosotros entendemos por idea. Cuando nos proponemos traducir semejante idea en términos de conducta, en lugar de conformarnos con un poco de conciencia, ¿podemos trasportar esa idea a la conducta y, por lo menos, expresar en ésta lo que queremos significar al decir que tenemos una idea? Podría ser más sencillo suponer que cada uno de nosotros tiene guardado un poco de conciencia y que las impresiones son producidas en la conciencia, y que, como resultado de la idea, la conciencia, en alguna forma no explicada, provoca la reacción en el sistema mismo. Pero lo que debe preguntarse al conductismo es sí puede explicar en términos conductistas qué se entiende por tener una idea o un concepto.

Acabo de decir que la explicación de Watson acerca del simple condicionamiento del reflejo, la puesta en marcha de cierta serie de reacciones cuando se emplea la palabra, no parece responder a ese proceso de alcanzar una idea. Responde al resultado que puede darse ya teniendo una idea, porque, sólo habiéndola ya alcanzado, uno puede empezar a realizarla, y entonces suponemos que todo el proceso sigue. El logro de una idea es muy distinto del resultado de tener una idea, porque lo primero involucra el establecimiento o condicionamiento de reflejos, que, por sí mismos, no pueden ser empleados para explicar el proceso. Pues bien, ¿en qué condiciones ocurre esto? ¿Podemos indicar esas condiciones en términos de conducta? Podemos explicar en términos conductistas cuál será el resultado, pero, ¿podemos también explicar en términos del conductismo el proceso de alcanzar y de tener ideas?

El proceso de alcanzar una idea es, en el caso del niño, un proceso de relación con los que le rodean, un proceso social. Puede luchar por sí solo sin tener una idea de lo que está haciendo. En su conversación consigo mismo no existe mecanismo alguno para condicionar ningún reflejo por medio de los gestos vocales, pero en sus relaciones con otros individuos puede condicionarlos de ese modo, y ello ocurre también en la conducta de los animales inferiores. Podemos enseñar a un perro a hacer ciertas cosas en respuesta a palabras especiales. Condicionamos sus reflejos por medio de ciertos gestos vocales. Del mismo modo, un niño llega a referirse a una silla mediante la palabra "silla". Pero el animal no tiene una idea de lo que va a hacer, y si nos detuviéramos

aquí en el niño, no podríamos atribuirle ninguna idea. En la transmisión de una idea está involucrado lo que no puede ser explicado en términos de ese condicionamiento de un reflejo. He sugerido que, involucrado en tal trasmisión, está el hecho de que el estímulo no sólo provoca la reacción, sino que, además, el individuo que recibe la reacción emplea también ese estímulo, ese gesto vocal, y provoca la reacción en sí mismo. Tal es, por lo menos, el comienzo de lo que sigue. En la conducta del perro no podemos encontrar la complicación posterior. El perro sólo se para sobre sus patas traseras y camina con ellas cuando usamos una palabra especial, pero no puede darse a sí mismo ese estímulo que le da algún otro. Puede reaccionar a él, pero no puede participar él `mismo, por así decirlo, en el condicionamiento de sus propios reflejos; sus reflejos pueden ser condicionados por otro, pero no puede hacerlo él mismo. Ahora bien, es característico del habla significante el que este proceso de autocondicionamiento se lleve a cabo continuamente.

Existen, es claro, ciertas fases de nuestra habla que no se encuentran dentro de la esfera de lo que llamamos conciencia de sí. Hay cambios que han ocurrido en el habla de la gente a lo largo de los siglos - cambios de los que ninguno de los individuos tuvo conciencia alguna. Pero cuando hablamos del habla significante, queremos siempre decir que el individuo que escucha una palabra emplea, en cierto sentido, esa misma palabra con referencia a sí propio. Eso es lo que llamamos una comprensión personal de lo que se dice. El individuo, no sólo está preparado para reaccionar, sino que además utiliza el mismo estímulo que oye y tiende a reaccionar a él a su vez. Esto rige en relación con una persona que emplea el habla significante con otra. Conoce y entiende lo que está pidiendo a la otra persona que haga, y en cierto sentido está provocando en sí misma la reacción para llevar a cabo el proceso. El proceso de dirigirse a otra persona es un procesa de dirigirse también a uno