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Etapas del desarrollo

1. Confianza vs Desconfianza

Sebastián ha nacido. Sus necesidades básicas son alimentarse de su madre, hacer sus necesidades, dormir. Desde su nacimiento hasta la edad de los dos años, Sebastián depende de sus cuidadores (especialmente de su madre), quienes aseguran su supervivencia. Con ella establece progresivamente una comunicación primaria que se da desde los gestos. Si sus necesidades son suplidas a tiempo y expresadas con actos de contacto directo que perciben sus sentidos cada instante, o con comportamientos de protección bien sencillos como guiñarle el ojo, atarle los zapatos, acariciarle su cabeza, él ganará confianza y seguridad frente al mundo que lo rodea. Pero si los cuidadores lo abandonan o se encargan de él a medias, morirá o crecerá débil. No llevar a cabo con éxito

esta etapa da lugar a múltiples actitudes negativas, que expondrán al niño a una sensación constante de inseguridad hacia el mundo.

La ELDS (Encuesta Nacional de Demografía y Salud), da cifras preocupantes “250

mil niños en Colombia son producto de embarazos no deseados. Solo el 48 por ciento de los nacimientos de los últimos cinco años han sido deseados, el 30 por ciento lo quería,

pero más tarde, y el 23 por ciento reportó como “francamente no deseado” (El Heraldo.co, 2011).

Dada la responsabilidad que un hijo implica especialmente para la madre, desear el bebé juega un papel determinante a la hora de dar afecto. Depende de ello si se desarrolla positiva o negativamente la identidad del bebé. Una madre guerrera del afecto comprenderá el valor del cuidado y el cariño para asegurar su propia supervivencia. Sí la madre obra negando su rol en la vida del bebé, probablemente en el futuro su hijo será una carga que hará de sus días un tormento.

2. Autonomía vs. Vergüenza y duda

Sebastián ya tiene dos años. Su entorno se ha empezado a poblar de otros rostros, de otras voces. Ya su madre no es la única figura representativa. La de su padre, sus tíos, tías, sus hermanos mayores, según el caso aparecen en su escena cotidiana. Empieza a sentir que no está solo y que comparte el mundo con otros. La comunicación se amplia y desde su individualidad y autonomía empieza a participar desde su gestualidad creciente en la construcción de un universo de expresiones. Algunas veces con su dedo selecciona la ropa que quiere usar después de ser bañado por su madre, igualmente sabe decidir qué quiere comer y qué no quiere. Su madre lo ve quizás como una pataleta y ante aquella situación tiene dos posibles respuestas en donde los gestos y el tono expresivo aparecen como importantes herramientas de comunicación para facilitar el vínculo afectivo.

Primera respuesta:el niño no quiere comer las verduras. Ella en vez de explicarle cariñosamente que son nutritivas, lo regaña, le mete a la fuerza las verduras en la boca y en un caso de mayor histeria, le pega. Esto implanta en Sebastián actitudes de inseguridad frente a sus cualidades y desconfianza o dependencia frente a su mamá.

Segunda respuesta: le explica cariñosamente que son nutritivas y su sabor es bueno, ella las come mientras se saborea y motiva al niño a hacerlo. Repite esta actitud con la paciencia necesaria durante días hasta que Sebastián accede a hacerlo. Esto siembra herramientas en el niño para sentirse más seguro frente a su capacidad de supervivencia y decisión frente al mundo.

3. Iniciativa vs. Culpa

Alrededor de los tres años y hasta los seis, el microuniverso del infante se consolida en sus imágenes, ya tiene un círculo de interacciones y expresividades que identifica y con las que se expresa espontáneamente. Podríamos decir, en condiciones de un desarrollo normal, no disfuncional, que tiene una familia. En ese escenario los niños expresan sus decisiones con más frecuencia (piden que los carguen, que los mimen, que les den alimentos, objetos). Si se les atiende y facilita la oportunidad, pueden desarrollar iniciativa, actitudes de liderazgo y confianza. Pero, si se les frustra su relación negándoles una respuesta positiva a su comunicación primaria con los demás, y a cambio se les pega, se les hacen gestos toscos, se les grita, se les mira y no se les atiende, se construye en el infante un sentimiento inicial de culpabilidad, que con el tiempo se convertirá en creencias y reglas

de conductas: “eso no es bueno”, “es malo”, “eso fastidia”. Desde allí, desde una

comunicación cargada de afectividad negativa, se verá truncado el desarrollo de una personalidad sana y se construirá a un ser tímido e inseguro.

Una vivencia personal en mis años de infancia al comenzar mis estudios escolares me permite comprender lo significativo que resulta poder superar situaciones complejas en esta fase.

“Diana se roba las monedas, Diana se roba las monedas” cantaban en coro los tres niños más malos del salón de clases, acusándome de robarle las monedas a la profesora para comprar el mecato del descanso. Yo rara vez llevaba lonchera como los demás niños. Mi madre estaba muy ocupada, entonces me daba las moneditas, que yo ni siquiera sabía contar, para comprar el mecato. Fue tanta la presión de los niños, que decidí no comer de nuevo en el recreo. Un día, mi prima mayor, Gina, vio que yo tenía la alcancía llena de monedas y me preguntó por qué guardaba las

monedas que me daban para el colegio. Le dije mientras lloraba “En el colegio dicen que me robo las moneditas de la profesora para comprar la comida en el

descanso, entonces yo ya no compro mecato”. Gina, cariñosamente, me explicó la situación y me dio fuerzas para enfrentar a los tres niños y contarle a la profesora. La conversación sostenida, en momentos críticos, con tonos de afecto, contribuyen a crear estados de ánimo y conductas de seguridad que permiten que surja el coraje como una virtud.